martes, 31 de julio de 2012

Bienaventurado quien nada espera porque nunca se verá decepcionado


Es lo que tiene seguir creyendo que la generosidad es posible, lo que ocurre cuando esperamos que alguien se comporte de una determinada manera porque, en nuestro fuero interno, así lo hemos visualizado. Esa situación cotidiana que nos sorprende porque ya no es como siempre había sido…

Quizás esperamos que los demás actúen en una determinada situación de la misma manera en que nosotros nos comportaríamos, sin darnos cuenta de que el baremo aplicado no tiene porqué ser el mismo. ¿Ejemplos? A patadas, pero cuando escribo el post diario siempre tengo en mente el hecho que ha servido de detonante para el título y el contenido, así que contaré lo que quiero contar dejándome de tanto prolegómeno.

Una de las formas en las que mi inquietud intelectual tiene satisfacción es asistir a conferencias. Conferencias o coloquios o encuentros públicos con personas que conforman la elite del conocimiento. Léase filosofía, literatura, espiritualidad, ciencia, bellas artes o humanidades en general. Y esta ciudad nuestra no se queda a la zaga de ninguna otra a la hora de proporcionar al ciudadano este alimento peculiar.

Acudí pues, al “diálogo” que propició el insigne Pedro Miguel Echenique con el público en una charla amena, distendida y completamente participativa que fue un regalo en todos los sentidos. Desde aquí las gracias a un señor que hizo “parada y fonda” en Donostia de camino a Oviedo para la entrega de los premios Príncipe de Asturias de Investigación de este año. Dudo mucho que defraudara las expectativas de ninguno de los asistentes al centro cultural Ernest Lluch entre los que me encontraba.

Con parecida y similar esperanza acudí ayer tarde a la Universidad de Deusto en Mundaiz a la presentación que haría Eduardo Galeano de su último libro –que llevé bajo el brazo con la ilusión de conseguir una dedicatoria autógrafa. Más de cuatrocientas personas estuvimos ayer entregadas y en silencio devoto mientras el Sr. Galeano fue desgranando su nuevo libro literalmente. Es decir, que sin preámbulos, introducción o comentarios adyacentes, LEYÓ durante más de una hora páginas y páginas de su nueva entrega editorial.

Ya se sabe que el público donostiarra es educado, agradecido y tiene por costumbre premiar con aplausos discretos cualquier decepción que se le pueda inferir y así fue efectivamente. Con voz monocorde, sin énfasis alguno, el Sr. Galeano vendió su libro, cumpliendo –supongo- con sus compromisos de promoción editorial. En la prensa local no había salido ninguna entrevista con él previa a la cita vespertina, tan sólo el anuncio de su comparecencia pública.

Sin coloquio, sin preguntas, sin posible participación alguna por parte del público, al final de su lectura se ofreció a firmar los ejemplares de su libro (indicando que “sólo” del libro publicitado) a quienes quisieran. Quisieron más de cien personas que, libro en ristre gracias a una oportuna red de librerías que había colocado su chiringuito a la puerta del lugar, hicieron cola durante más de una hora para conseguir el garabato dedicado de su firma “personalizada”.

¿Por qué mi decepción y por qué la expreso aquí? Pues porque Eduardo Galeano nunca había formado parte de la caterva de oportunistas que escriben para vender en vez de para compartir, porque siempre ha sido un “luchador de la palabra” defendiendo sus pueblos latinoamericanos, los derechos de los sometidos, llevando la palabra de los lugares del mundo que la sinrazón, la maldad y el oprobio han pisoteado a otros foros donde se pueda expresar el ser humano en libertad.

Con mi libro en el bolso, salí de la pequeña turbamulta editorial de ayer sin la firma del autor en el mismo. Y no me importa nada, porque la decepción va a pesar más en mi recuerdo que un autógrafo deslavazado, aunque sea de un señor de fama mundial.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





domingo, 29 de julio de 2012

Feliz como una lombriz




Tengo muchos motivos para ser feliz y, como no siempre me acuerdo, hago una lista que colocaré en lugares estratégicos para los momentos bajos.


Soy feliz porque he aprendido a quererme a mí misma tal y como me merezco, no como opinan los demás.


Soy feliz porque el amor que nació conmigo sigue vivo y compartido.


Soy feliz porque tengo un corazón que late a pesar de los esfuerzos que alguna vez hice por pararlo.


Soy feliz porque mis ojos ven a los demás como son por dentro y no como se visten por fuera.


Soy feliz porque mis oídos saben escuchar críticas y alabanzas, la música y el silencio.


Soy feliz porque mis manos han aprendido a acariciar y no a golpegar.


Soy feliz porque me gusta más un beso que un pastel.


Soy feliz porque puedo distinguir el olor del cariño del de la envidia.


Soy feliz por todo lo que tengo que no sabía que tenía: fuerza para combatir y fe para seguir mi camino.


Y también soy feliz por todo lo que me falta porque sé que algún día llegará a mi vida. Y aunque no llegue, sé que seguiré siendo feliz.


Porque por fin he podido darme cuenta de que mi felicidad no depende de nadie más que de mí misma. Y porque el amor que siento en mi interior se mezcla con lo que recibo desde fuera: amor de mis hijas, de mis amigas y amigos, cariño y reconocimiento, generosidad, comprensión, apoyo y empatía. Este hermoso conjunto se nutre del amor que está dentro de mí, del cariño que reparto, del reconocimiento que otorgo, de cuando soy generosa y comprensiva y capaz de ponerme en el lugar de los demás para…simplemente, que sean un poco más felices.

Y así, soy feliz yo también.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:







viernes, 27 de julio de 2012

Chapuzas a domicilio


La pequeña herramienta no tiene misterios para mí. Destornilladores, llaves ajustables, Allen o de las otras; brocas, alcayatas, puntas, tornillos, arandelas (Grower o de las otras). Y sobre todo el martillo; pues toda esta parafernalia “masculina” donde las haya a mí me encanta. Supongo que heredé de mi padre el gusto por “salsear” y,  cuando el lavabo dice que no, que ya no da más de sí, agarro lo que haga falta y me pongo a ello.

Pero con los imprevistos no tengo nada que hacer. Imprevisto es que lo desmonte y luego no pueda volver a encajar el enganche del codo porque no tengo más que dos manos y están más acostumbradas a acariciar que a aporrear.

Así que, en contra de mis principios en defensa de los gremios, en vez de llamar al linternero de turno, llamo al amigo manitas que va a venir enseguida y encima contento de poder hacerme una “chapucilla”.

Como en las películas, oyes, divertidísimo. Llega el buen hombre, me da un abracito de compromiso, que qué tal estás y todo eso y me lo miro de soslayo, -vaya éste ha adelgazado, está mucho más… eso. Y él que qué bien te sienta el reflejo del sol de la tarde en los ojos…y se mete en harina con la pistola (de silicona) que las juntas tóricas están ya para pocos trotes.

Ahí estamos ambos dos, en el cuarto de baño, él sumergido en las profundidades oscuras de debajo del lavabo y yo sentada encima de la tapa del uvecé, qué poco glamour, por dios, dándole palique mientras observo su trasero moviéndose y buscando la postura adecuada para terminar el ensamblaje.

Acaba pronto, demasiado pronto y, total ya, “ya que estás aquí”, pues lo mismo me miras el lavabo del baño del pasillo que parece que pierde un poco… y él encantado, faltaría más, ya sabes para eso estamos los amigos y vaya que si estás guapa, oye, tiempo que no te veía, ¿cuánto, casi un mes, no? y mientras hablaba yo ya me lo veía venir, claro está, si es que los hombres son previsibles y transparentes…

Así que compruebo mis provisiones de limones y tónica (ginebra nunca falta) porque algo le tendré que ofrecer al muchacho y ya cuando acaba, emerge de las profundidades acuosas en todo su esplendor (estaría yo pensando en Boticelli, digo) y le ofrezco –con mi mejor sonrisa- una copa, un té, un vaso de agua, vamos, lo que quieras, se me azora, tartamudea un poco, no sabe a qué atenerse, seguro que le da miedo a meter la pata (los hombres, siempre con sus miedos) y entonces viene Elur a arreglar la cosa, y le caracolea alrededor, haciendo que se relaje y se sienta un poco más distendido.

La tarde ha seguido su camino sin reparar en nosotros y el sol parece que calienta un poco más que antes. No hay nada mejor que improvisar el deseo y dejar que fluya sin cortapisas. No hay nada mejor que permitir que una emoción positiva nos alegre el día, la tarde, la noche. No hay nada mejor que seguir soñando a partir de los cincuenta, vamos, a cualquier edad nos viene bien una “chapuza a domicilio”.

¡Menos mal que no llamé a un fontanero de verdad!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

Laalquimista99@hotmail.com

jueves, 26 de julio de 2012

La Ley de las compensaciones




Todo en esta vida no se puede tener –de hecho, ni siquiera la mitad-, así que hay que estar muy atento a cuáles son los dones que nos han sido ofrecidos, la “buena suerte” con que hemos sido agraciados, para compensar con la cruz que todo hijo de vecino carga a cuestas.

Suele ocurrir que quien ha sido favorecido con un C.I. digno de mención arrastra alguna deficiencia física insalvable, tipo Stepehn Hawking. O quien disfruta de una belleza externa magnífica, adolece de los mínimos necesarios exigidos para comprender el Teorema de Pitágoras (aquí no pongo ejemplos por no crearme enemigos).

Pero entre la gente común y corriente no hace falta llegar a extremo alguno; quien más, quien menos, cuenta en su haber con suficientes bonus para compensar sus malus. Así vemos al “triunfador” que gana mucho dinero, se casó con la más guapa del pueblo, sus hijos montan a caballo y esquían, cambia de coche cada dos años, tiene casa en el campo y apartamento en la playa, pero la naturaleza le ha dado “a cambio” una malísima salud. O al profesional independiente que pisa fuerte, tiene ideas y carácter, crea opinión cuando habla, se relaciona con los demás sin esfuerzo aparente, pero en su intimidad se le ríen a la cara.

Quizás la vida ponga en bandeja extraordinarias oportunidades a quien las puede aprovechar y, a cambio, le niega el bálsamo del amor, el consuelo de sentirse querido. O toque nacer en un clan unido y amoroso, pero los impulsos cerebrales vayan cada uno por su camino y se acabe siendo carne de psiquiátrico.

Cada acción que llevamos a cabo, cada decisión que tomamos, nos da o nos quita algo… a largo plazo. Y cuando más confiados estamos de nuestra abundancia –espiritual, intelectual, material- la mariposa mueve sus alas en Brasil y el tsunami se origina en el otro lado del mundo… o en nuestro pequeño mundo. Y nadie sabe el porqué aunque Edward Lorenz lo explicó muy bien en su Teoría del Caos.

Siento en lo más profundo el convencimiento de que las mejores bondades que me han acaecido han sido para “compensar” el sufrimiento y el dolor que también he tenido que padecer. Hago chistes con mi currículum y digo que la suerte que no tuve con mis maridos la tuve con mis hijas. O que los sobresalientes que me quitaron por mal comportamiento en la Universidad, me los devolvieron con un buen sueldo durante mi vida laboral. Compensaciones.

Durante la primera mitad de mi vida (suponiendo que llegue a los ochenta, que ya es mucho decir) sufrí abandono afectivo y maltrato psicológico, también físico en alguna ocasión. Pero luego el equilibrio se estableció milagrosamente y toda la energía a mi alrededor se convirtió en positiva, benéfica, amorosa. Mi “paso del ecuador” vital fue traumático en muchos aspectos: salud, divorcio, muerte del padre. Y aquella balanza desequilibrada que era mi vida, empezó –empecé- a levantarla de a poquitos consiguiendo que el fiel de la misma marcara un equilibrio casi siempre estabilizado.

La última de las compensaciones que me ha dado la vida ha sido muy curiosa: soñaba con disfrutar del mar y del sol cuando llegara a la edad de la jubilación o cerca de los sesenta y cinco. Pero la crisis económica me dejó sin trabajo a los cincuenta y cinco, es decir, me ha regalado “diez años” de vida intensa y fructífera. A cambio, como no podía ser de otra manera, una queratosis actínica me impide exponerme al sol el resto del tiempo que me quede de vida.

Pura Ley de las Compensaciones. Es bueno ser consciente de todo cuanto tenemos, de todo cuanto disfrutamos…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:
































miércoles, 25 de julio de 2012

Relaciones tóxicas




Todos sabemos lo que son los productos tóxicos; son los que contienen una cosa llamada VENENO y que, en consecuencia,  hay que utilizar con pinzas cuando no queda otro remedio que usarlos. Suelen ser necesarios para erradicar un mal mayor, como los limpiadores y ciertos medicamentos. Luego están las drogas permitidas y legales (como alcohol y tabaco) y las otras, las que lo destruyen todo directamente. ¿Quién necesita aleccionarse en contra de tanto producto tóxico si ya está todo dicho al respecto?

 Pero de lo que no se habla apenas es de las relaciones tóxicas. ¿Puede un ser humano ser “tóxico” para los demás? Pues por supuesto, faltaría más…

 ¿Quién no conoce a alguien que tiene por dentro ese “veneno” que inocula a quienes se descuidan? Veneno llamado envidia, celos, rabia, resentimiento, infelicidad y baja autoestima. Y esa persona que así está conformada y así se mantiene no puede evitar que los demás se den cuenta de lo que tiene por dentro. Al igual que una gripe o un gran resfriado, los virus y microbios flotan alrededor del “enfermo” y van entrando en el espacio vital de quienes le rodean, contagiándoles e invadiéndoles.

Una relación tóxica es aquella que nos envenena de a poquitos. Una relación tóxica es la que mantenemos con personas que no nos quieren y de las que no terminamos de separarnos. Puede ser cualquiera, no hace falta mirar dentro de la pareja necesariamente, porque las personas tóxicas no siempre se casan o no siempre tienen hijos y además casi nunca tienen muchos amigos.

El problema es cuando estamos ahí, en medio de una relación que se ha ido envenenando con el paso del tiempo y de la que cuesta muchísimo salir, casi siempre por miedo a hacer daño o a perder algo que hemos considerado valioso para nosotros.

Pero ocurre como con las cajetillas de tabaco; que por mucho que ponga avisos de peligro, los fumadores siguen haciendo caso omiso. También hay personas que llevan en su rostro el cartelito invisible que pone “Puedo matar” o “Soy seriamente perjudicial para tu salud” y, no nos engañemos, o vemos o lo intuimos, pero seguimos estando ahí, a su lado.

La mayoría de las veces son personas infelices que, como no saben manejar sus carencias y desprenderse de ellas, se dedican a proyectar hacia los demás lo que sienten por dentro. Y si lo que proyectan no es bueno sino malo, es imposible dejar de percibirlo y  que nos afecte.

Ocurre pues que se sigue tratando a alguien así por una especie de cariño, en el sentido de que nos da pena ver que esa persona no tiene a nadie más que a nosotros (error estúpido por nuestra parte) o creer equivocadamente que valen de algo restos de relaciones pasadas, brasas escondidas o, simplemente, recuerdos en común. Pero nada de esto es cierto, son nuestros propios miedos a enfrentarnos con quien no nos hace ningún bien aunque de vez en cuando tengamos que intoxicarnos un rato con su presencia. Pensamos, “bueno, ya he cumplido, hasta la próxima” y así, poco a poco, vamos permitiendo que se inocule SU veneno en nuestra alma hasta que creemos estar vacunados… y seamos como no queremos ser.

Afortunadamente, la vida nos pone a todos en nuestro sitio sin remisión y nos envía avisos incuestionables que nos obligan a tomar decisiones que estaban larvadas en nuestro interior, aunque no nos atreviéramos a dar el paso definitivo.

Y cuando ocurre la catarsis, el disgusto, la pelea o todo salta por los aires…hay que aprovechar y echar a correr en dirección contraria y alejarse definitivamente de ese veneno que hemos mantenido junto a nosotros. Hay que atreverse a ROMPER definitivamente la relación, por propia dignidad y por preservar nuestra autoestima.

La responsabilidad de mantener una relación tóxica no es de la otra persona, sino nuestra únicamente.

 Huimos, atacamos o nos doblegamos. No queda otra.

 En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

Laalquimista99@hotmail.com

martes, 24 de julio de 2012

Todavía me sigues amando...



Un requiebro de tu voz, tan fuerte, tan hermosa, cuando pronuncias mi nombre y parece que quisieras acariciarlo, me hace sospechar que me sigues amando.

 Me miras entonces desde el fondo de tus ojos que se niegan a pestañear mientras me invitan a pasar al interior de tu alma y creo adivinar que me sigues amando.

 Tu mano inicia una caricia temerosa sobre mi piel y activa los recuerdos de cuando eran amigas tu piel y la mía, y el estremecimiento de tus dedos me avisa de que me sigues amando.

El espacio entre tú y yo. Hueco hasta ahora mismo y llenándose de un beso; un beso que son todos los besos que habíamos guardado para este momento en que empezamos a sentir que no hemos dejado de amarnos ni un solo día.

Es el momento de las palabras, porque el silencio es demasiado sagrado y se adivinaría todo el amor guardado en su sagrario. Palabras para contar, palabras para llorar, palabras para perdonar y pedir perdón, palabras, finalmente, de amor.

 Hemos dejado en un rincón del jardín tu mente y la mía al pie de un rosal que se está abriendo al verano que se anuncia. Dos mentes racionales, llenas de ideas confusas, pensamientos prolijos y parámetros contradictorios. Tu mente y la mía, eternas enfrentadas, caballos desbocados huyendo del corazón común que ha escapado despavorido de la cruenta batalla librada durante el invierno.

Hemos abierto las puertas tímidamente, como amantes que tienen miedo de reconocerse en lo no dicho, en lo escondido, en el tiempo perdido sin haber expuesto el amor.

Antes de la piel, antes del deseo, en el momento exacto en que he visto que llorabas por dentro, he sabido que todavía me sigues amando…

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:




lunes, 23 de julio de 2012

Tomaduras de pelo


La verdad es que, con la edad, no he aprendido gran cosa; sí, ya sé que “debería”, pero es que las lecciones que ofrece la vida las he dejado pasar porque si lo aprendo todo luego ya no tengo que ir más a clase y… ¿qué haría? Bromas aparte, hay cosas que no aprenderé jamás, aunque viva cien años, que espero que no. Una de ellas es saber cuándo me están tomando el pelo y cuándo no; quizás es que me falta sentido del humor, ya se sabe, esa rigidez típicamente vasca que me hace entornar los ojos, arrugar el entrecejo y pensar que no entiendo nada. Me pasa en lo cotidiano, me pasa en lo importante y me pasa en el amor.

Que me tomo las cosas muy en serio, porque soy una mujer seria, y no capto los matices superficiales del asunto o interpreto de manera literal lo que puede ser tomado de varias formas superficiales y ahí me doy el golpe yo sola sin remedio. ¿Ejemplos? Uf, a montones.

Desde que me llamen de la tele vasca para participar en un debate y cuando llego me digan: “tú quítale la palabra a los de enfrente y con eso ya vale”, cuando yo pensaba que aquello iba en serio, tonta de mí. Hasta que un tipo con el que estuve varios años saliendo, con anillo de brillante y todo, me dijera un buen día que “no estaba preparado para el compromiso” y yo que pensaba que aquello iba en serio, tonta de mí.

Será que me toman el pelo porque tengo mucho, que si fuera hombre y luciera calva pelada no se atreverían conmigo, digo yo. También me ocurre que soy de las que paga religiosamente todo lo que gasta de un bien común y hay que ver la cara que se me pone cuando veo que los demás se escaquean vilmente y se ríen a mi cara por “ser tan ingenua”. ¡Vaya por Dios, otra tomadura de pelo más!

Sin contar con que casi voy a cumplir los sesenta y todavía no he sido capaz de comprender por qué la gente dice una cosa y luego hace todo lo contrario, por qué quien habla de amor (incluso de amor a DIOS) es incapaz de amar a quien tiene más cerca, cómo se incumplen promesas deshaciéndose de ellas sin pestañear apenas, como si las hubiera formulado otra persona diferente de la que tienes delante, que te mira con cara de y a mí qué me cuentas… Y luego la gente se pelea por un quítame allá esas pajas, por un qué dirán, por un qué pensarán y lo verdaderamente importante, la honestidad, la lealtad, quedan ridiculizadas en los temas que son vitales.

A mí es que es muy fácil tomarme el pelo, de verdad, lo puede conseguir prácticamente cualquiera que se haya ganado mi confianza y mi cariño. ¡Qué le vamos a hacer!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:




domingo, 22 de julio de 2012

Gracias, Amanda



Demasiadas veces damos por sentado que quienes nos rodean conocen nuestros verdaderos sentimientos hacia ellos y que no es preciso andar cada dos por tres expresándolos. Así suele ocurrir que personas que se quieren no se lo dicen; o no se abrazan o besan porque “no hace falta”. Y yo creo que sí, que sí hace falta poner palabras, gestos, música a lo que nos nace del corazón para que los seres amados lo celebren con nosotros.

Decir “te quiero” cada día a quien bien amo lo llevo haciendo más de treinta años; aprendí a poner voz a mi sentir para que mis amores supieran que forman parte de mi vida cotidiana aun estando lejos, aun teniendo su propio camino.

Pero hoy me toca decir “gracias” acompañando al “te quiero” de cada día, porque es tu cumpleaños y quiero poner en prosa las emociones que, tantas veces en forma de poesía, me inspira tu existencia a mi lado.

Gracias en primer lugar por existir, por haberme elegido para que fuera tu madre y nos acompañáramos en esta aventura hermosa e infinita que es la vida, que nunca acaba, ni siquiera con la muerte. Sé que yo elegí a mi madre para aprender a vivir y sé que tú me elegiste a mí, de entres tantas otras posibles, cuando ya pensaba que no podría tener más hijos, para endulzarme el camino durante nueve meses primero y los siguientes veintidós años después.

Gracias siempre por ser como eres; si no fuera por tu mirada limpia llena de amor y paciencia en muchas –demasiadas- ocasiones habría soltado las riendas de mi vida y me habría dejado llevar por el desánimo. Pero por ti –por lo que representáis tú y tu hermana- sé que estoy amorosamente obligada a intentar hacerlo bien.

Gracias por plantearme retos; por no dejar que me abandone a los momentos tristes y hacerme comprender con tu risa que tengo que seguir hasta el final atrayendo energía positiva y haciendo las cosas de la mejor manera posible. Tú nunca permitirás que me abandone…

Gracias por tu comprensión; cuando me pongo de los nervios y hago volatines con mi mente y mi corazón, estrellándolos inmisericorde al uno contra el otro. Sé que no me juzgas y que aceptas mis debilidades con amor.

Gracias infinitas por tu sonrisa dulce, por tus abrazos que me rompen, por los besos de carmín señalando mis mejillas como amorosa marca; gracias por jugar conmigo para que no olvide que yo también soy una niña como tú, aunque te pongas seria y creas que ya eres mayor por cumplir los veintidós primeros años de tu vida.

Y sobre todo, gracias por tu paciencia infinita para conmigo. Tú me enseñas cómo hacerlo. Viéndote actuar aprendo a comportarme mejor, a dulcificar mi gesto, a modular mi voz, a alejar de mí lo feo, lo burdo, lo inútil para el amor.

Debería hacerte un regalo en el día de hoy –y también haré lo más sencillo, lo que puede hacer cualquiera, comprarte un capricho o darte un gusto-, pero también quiero expresarte con palabras lo agradecida que estoy de que formes parte de mi existencia.

Yo sí que te debo a ti la vida, hija mía.

Mi Amanda del alma.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:


viernes, 20 de julio de 2012

¿Qué eso de la "paz interior"?


De tanto hablar de ella se ha convertido en un lugar común, un concepto abstracto y escurridizo que casi todo el mundo cree entender cuando alguien hace mención de ello. Ayer mismo, sin ir más lejos, en mi visita mensual a “la pelu”, atiborrándome de “incultura general” a base de hojear todas las revistas del colorín que pillé, capté la imagen de una mujer de unos cuarenta y tantos años, en un palazzo veneciano paradigma del lujo renacentista. Atraída por  lo que parecía un Tintoretto auténtico en una de las paredes de la fastuosa residencia del siglo XV, resbalé por el texto: “Lo que me enriquece realmente es la paz interior”, decía la protagonista –que se descubría de más de sesenta años reales en su modelo de Valentino Haute Couture Sring/Summer 2012- y esposa de un jeque árabe que usaba el magnífico enclave del Gran Canal veneciano como segunda residencia (o cuarta o quinta).

¡Caramba! –pensé-, esto es nuevo para mí… y me quedé muy pensativa, soslayando ningún tipo de juicio hacia la señora en cuestión.

Si vis pacem, para bellum, otro lugar común atribuido erróneamente a Julio César, me pone sobre la pista de esa etérea “paz interior”. “Si quieres la paz, prepara la guerra”, sería una buena traducción del latín. Exacto. Si quieres la “paz interior” hay que librar una cruenta batalla con uno mismo. Para llegar a esa inefable sensación que emana directamente de la propia y más íntima esencia del ser humano, hay que pelear con prejuicios sociales, batallones de malos pensamientos y, sobre todo, el gran ejército de la inconsciencia.

Rechinan los dientes cada vez que cometemos un error y el resentimiento se ceba en la propia debilidad resistiéndonos a hacer realidad nuestras aspiraciones más elevadas. Subsiste el deseo profundo de progresar en todas las áreas de la vida, pero no estamos dispuestos a pagar el precio.

Paz es sinónimo de armonía, tranquilidad, pajarillos cantando con un fondo de puesta de sol. Parece cursi, pero todos lo entendemos. Y, simplificando mucho –muchísimo- algo parecido es la paz interior. Una armonía que emana de lo más profundo del ser cuando se asienta en su propia esencia y sabe que ES.

Todos llevamos dentro esa capacidad, pero no se despierta una mañana entre sedas de un palacio veneciano confundiéndose con ese otro concepto de “felicidad social” que parecía esgrimir la dama del reportaje. Ella estaba tranquila por dentro porque, a pesar de ser la esposa de un multimillonario, dedicaba parte de la fortuna de su marido a financiar una fundación que intentaba llevar canalizaciones de agua a no sé qué desierto de Oriente Medio para que los camellos pudieran abrevar. (No puedo sustraerme a la ironía) Y ella tenía “la conciencia tranquila” y de ahí sacaba su paz interior.

Y no es lo mismo. Dormir como un bebé porque no se debe nada a nadie no es lo mismo que tener paz interior. Sentirse reconfortado con el mundo y la vida porque uno no se mete en líos ni con el prójimo puede dar tranquilidad, pero no es auténtica paz interior.

Además… ¿para qué sirve?

Cada uno debe encontrar el propio sentido de todas las cosas, no hay lecciones ex cathedra que valgan. Pero no confundamos a nuestra mente ofreciéndole modelos paradigmáticos falsos. En mi camino hacia mi paz interior, ayer tuve muy claro qué NO podía ser un ejemplo de paz interior. Así que sigo por mi camino que más me lleva hacia celdas silenciosas que a residencias vestidas de lujo.

Y si algún día la alcanzo, esa paz interna que me permite fluir desde lo más profundo del ser hacia un Universo compartido, no podré explicarlo aquí. Estoy segura de que no tendré el menor deseo ni necesidad de hacerlo…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:




























jueves, 19 de julio de 2012

¿Por qué todavía tengo apegos?



Cuando no sé por dónde salir en una situación en la que me siento acorralada, hago el chiste y digo que “Doña Perfecta se murió hace mucho tiempo de aburrimiento” y así mi “atacante” se da por enterado de que me rindo, me rindo, que no me interesa la pelea…

Algo he mejorado porque antes, el siglo pasado por ejemplo, cuando me sentía acorralada, atacaba. Como los lobos más o menos. Ahora ya he conseguido que me importe menos tener razón, salirme con la mía o, simplemente, ganar una pequeña batalla con una victoria que, casi siempre, suele ser pírrica.

Pero todavía arrastro alguna rémora de esas que no se van ni con agua caliente. Yo les llamo apegos, una especie de dependencia emocional innecesaria que me hace estar demasiado pendiente de algo que me viene de fuera en vez de centrarme únicamente en lo que emana de mi interior.

Si fuera un apego mundano y superficial, qué fácil me resultaría desprenderme de él como quien combate una dependencia psicopatológica, dejar de fumar, por ejemplo, nunca nada me resultó menos traumático y doloroso. Pero cuando uno se autoconvence de que “necesita” a alguien porque esa persona solventa aunque de mala manera la carencia traumática que arrastramos –sabiéndolo o no- es como ponerse grilletes y tirar la llave al mar.

Nuestro cerebro reptiliano busca el cobijo mínimo y necesario para la supervivencia. Traducido a día de hoy, seguimos necesitando sentirnos “cobijados” por alguien que nos ofrezca protección. La familia quizás, la figura del padre o de la madre, casi siempre una pareja, marido o mujer en quien depositamos la difícil tarea de proveernos de aquello que no somos capaces de conseguir por nosotros mismos. Seguridad, cobijo, comida, tranquilidad. Y de ahí proviene el apego.

 ¡Qué terribles pueden llegar a ser! ¡Cuánto dolor inflingen a quien los siente y a quien está obligado a padecerlos como sujeto pasivo! ¿Qué me hace tener el convencimiento de que necesito vivir junto a una persona aunque esa persona no me haga feliz? ¿Por qué agarrarse con uñas y dientes a una situación puramente superficial sin afecto profundo? ¿Soy más feliz socialmente con una pareja a mi lado?

 Poco a poco me voy apartando de esa línea terriblemente dolorosa que atraviesa el corazón para llegar hasta la mente donde encuentra la respuesta a la pregunta que me he resistido a formularme a mí misma.

¿Por qué todavía tengo apegos?

 Porque estoy en el camino, porque soy mala alumna y no repaso las lecciones en casa, porque es más cómodo “copiar” en los exámenes que clavar los codos estudiando, porque le he dado valor a unos abrazos mendigados, no regalados con el corazón, sino con la falta de frescura de la rutina.

Por lo menos me doy cuenta de lo que estoy haciendo mal.

 En fin.

LaAlquimista

 Por si alguien desea contactar:





martes, 17 de julio de 2012

Cumplir años, el mejor regalo



Yo es que no entiendo a esas personas que, cada vez que se acerca su cumpleaños, se ponen nerviosas, un punto histéricas incluso, como con una rabia contenida hacia la vida por el hecho de hacerse un año mayores…y estar todavía vivas. Y no quieren celebrarlo –“yo paso de esas tonterías”- ni que les hagan ningún regalo; supongo que para no tener que corresponder y porque, en el fondo, la vida les parece una absurdidad y no quieren ser felices ni siquiera el día de su cumpleaños.

Afortunadamente y para compensar, existen las otras personas; las que se sienten conscientes, contentas y orgullosas de poder seguir caminando, de tener la oportunidad de disfrutar junto a sus seres queridos del regalo que significa cumplir años y estar con ganas para celebrarlo.

Cuando alguien conocido se queja de que se acerca su cumpleaños y del “trauma” implícito en el hecho de cumplir una edad más o menos provecta –los cincuenta son un hito terrible y no digamos los sesenta- no puedo reprimirme las ganas y siempre les pregunto si preferirían estar ya muertos. ¡A qué tanto quejarse pues!

Cumplir cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y seis años, edades todas ellas magníficas si detrás se hallan magníficas personas. Como mis tres amigas que, en pocos días, han celebrado su cumpleaños. Y es que las veo TAN guapas, es que SON tan guapas, por dentro y por fuera… Con sus afanes, sus luchas, sus amores, sus penas, sus arrugas (poquísimas). Con la energía para bañarse en el frío mar casi todos los días, andar en moto para arriba y para abajo, ayudar a los demás en jornadas exhaustivas; trabajar fuera y dentro de casa, ser el soporte emocional de la familia, “Directoras Generales” ellas del pequeño mundo que gira, agradecido y entregado, alrededor de su energía, de su amor.

Mis amigas cumpleañeras son mujeres a las que admiro. Por separado y en su conjunto, cada una con sus características, disímiles entre sí, pero parecidas en un afán común: el de ser felices y hacer felices a los demás. Y son un ejemplo para quienes van cumpliendo años y se van arrugando por dentro sin darse cuenta de que están perdiendo sus ilusiones. Ellas tienen toda la vida por delante y yo espero tenerla también para poder seguir disfrutando de su amistad.

Son éstos días de celebraciones; porque cumplir años es el mejor regalo que nos puede ofrecer la vida, la posibilidad –aún y todavía- de hacer tantas cosas, cumplir tantos sueños, disfrutar de tantos besos…

Gracias a las tres por estar ahí. Hacéis mi vida un poco más feliz. Y que sea por muchos años…

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:









domingo, 15 de julio de 2012

Donde el corazón te lleve


Susanna Tamaro supo darle a esta frase incierta un magnífico sentido. En su novela –de entrañable lectura- desvela los entresijos de todos los amores que no fueron, no pudieron o no quisieron ser. Nos habla con palabras agridulces de silencios contenidos, de miedos sin sentido al dolor de amar, de expresar, de mostrar.

Dejarse llevar por el corazón no está de moda; ahora menos que nunca. Son éstos tiempos de quebranto, grises por definición, donde al amor no se le da carta de naturaleza, como si fuera un valor obsoleto, ridículo incluso. Se habla –eso sí- de pasión, de atracción física entre personajillos mediáticos, furores hormonales que van y vienen para llenar portadas y conseguir entradas. No se habla del amor sereno, profundo, esencial. No vende.

Menos interesan todavía otro tipo de amores. El amor a la humanidad de quien dedica su vida a la generosidad de la entrega; el amor sencillo y discreto, doméstico y a la vez universal de mujeres y hombres por sus hijos y por su familia.

Se habla del amor al dinero, el amor al éxito, el amor al poder. Se realizan acciones profundas “por amor al arte”, generosas e infravaloradas. El mismo concepto prostituido entre intereses espurios y sinceridad a ultranza. Un sinsentido que, por cotidiano, va siendo aceptado y elevado a la categoría de ley.

Pero el corazón sigue estando presente; con su latido constante nos recuerda que sirve para algo más que para bombear la sangre que mantiene con vida al ser. Un SER que, al ritmo de los tiempos, se está alejando de su propia esencia para perderse en vericuetos de grises necesidades económicas. Pareciera que ya no se habla más que de pérdidas de dinero, receso en calidad de vida, ausencia de bienestar económico, pasos atrás del gigante de la riqueza que tiene que seguir enseñoreándose en nuestro pequeño mundo que se va quedando sin valores.

Quizás sea el momento de parar. De pararse y reflexionar sobre aquellas facetas de la vida que verdaderamente aportan sosiego, paz y alegría a nuestra existencia. Quizás sea el momento de plantearse seriamente si, esta ola que nos arrastra, está formada por “nuestra” agua. Nunca es demasiado tarde para frenar, decir “basta”, cortar el suministro de energía a la existencia que se desplaza empujada por un ímpetu que nos es ajeno, por una inercia que viene de no se sabe dónde, pero que –en conciencia- no proviene de nuestro ser más profundo.

Prefiero ahora dejarme acompañar por mi instinto; y eso puede significar cualquier cosa, un plan ausente de intención, tan sólo una fuerza sin nombre que dejo que me guíe entre tanta niebla perlada de fría humedad. Necesito el calor en el alma y sé dónde buscarlo, cómo conseguirlo. Está dentro de mí y para abrirle las compuertas tan sólo tengo que hacer algo tan sencillo como ir donde el corazón me lleve.

Y como no me puedo quedar en la intención, dejo mis palabras como prueba de que lo que siento, lo pienso y lo que pienso, lo hago.

Me voy por unos cuantos días. Donde el corazón me lleve.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





sábado, 14 de julio de 2012

¿Sabes diferenciar "precio" de "valor"?



Creo que estoy llegando a ser una experta en nanoeconomía y es porque me voy fijando en los pequeños detalles que, a fin de cuentas, es de lo que vivo rodeada ya mi pequeño mundo es eso: muy pequeño.

Hace un par de semanas pasé unos días de asueto, silencio y descanso en un bosque cercano a un pueblecito de las Landas de Gascogne, Aquitania, Francia. Un sitio donde “sólo” había UN pequeño colmado, UNA panadería/pastelería, UN carnicero y así hasta completar la gama básica de la subsistencia. La primera sorpresa la recibí cuando comprobé que el precio marcado en una baguette de pan (francés, qué duda cabe) costaba 40 cts. de euro. No me corté en absoluto de preguntarle a Monsieur le Boulanger cómo era posible que el precio fuera mucho más barato que en mi ciudad…a lo que, sonriendo, el hombre matizó mi pregunta para afinar su respuesta: “Una cosa es el precio del pan y otra cosa lo que realmente vale”.

Así que queda claro, meridianamente claro, que una barra de pan VALE unos céntimos, que su costo real no pasa de los pocos céntimos de euro, aunque luego le pongan un PRECIO de 1€ e incluso más, como en mi barrio donostiarra. Si el panadero del pueblecito gana dinero honradamente, no quiero saber el costo añadido que imputa el empresario del ramo a esa “baguette” de pan congelado que mete en un horno delante de la clientela para venderla a precio de jamón.

Por el contrario, estos últimos días se vendió en una subasta en Nueva York un cuadro del maestro Rothko (“Naranja, rojo, amarillo”) en 66,8 Millones de Euros = más de once mil millones de pesetas por si alguien no se aclara. Por cierto, un cuadro de una belleza emocionante. Un poco antes, una versión de “El grito” de Munch, alcanzó la friolera de 91 Millones de Euros. Un buen precio de mercado para los inversores de arte.

Mi concepto de la nanoeconomía se nutre de bucear en el conocimiento empírico. Comparo el maravilloso cogote de merluza, comprado en la pescadería de toda la vida, con un costo para mi bolsillo de 6€ (pagué por la mediana entera 18€ y el cogote no era más que la tercera parte) y los 45€ que figuraban en la carta de precios de un restaurante al borde del agua por el mismísimo plato de la tierra. (Eso sí, para dos personas) ¿Añadir alquiler, gastos estructurales, salarios del personal, impuestos y beneficios? Por supuesto, faltaría más. Pero las cuentas no salen; simplemente, a mí no me salen.

No salen para mi bolsillo cuando me pruebo unos pantalones –que me quedan perfectos- con un precio etiquetado de 19.95€, después de salir por piernas de una tienda de esas “de las buenas” donde un pantalón similar –que también me quedaba como un guante- llevaba una etiqueta colgando de 155,00€. ¿Uno es una porquería y el otro es mejor porque cuesta más? En absoluto.

Lo que pasa es que no sabemos diferenciar “precio” de “valor” y creemos que aquello por lo que pagamos un alto precio es más válido que aquello por lo que hemos de desembolsar menos dinero. Somos así de tontos muchas veces, demasiadas.  Cierto es que el “valor añadido” es la firma, claro está. Como en el caso de Rothko o de Munch, salvando las distancias.

También con las personas suele suceder algo similar. Las hay que llevan pegada por la parte de atrás una etiqueta, bien visible, no ya con el precio, sino con “la marca”. Y se hacen de valer en función del precio que se ponen a sí mismas. Que, seguramente, no corresponde con lo que valen.

 En fin.

 LaAlquimista

 Por si alguien desea contactar:











viernes, 13 de julio de 2012

Malditos Serrat & Sabina



Terrible mi inconsciencia, disfrazada de simpática noche nostálgica, la que me hizo asistir ayer al concierto de “Dos pájaros contraatacan”. Ya desde las primeras canciones noté que algo no marchaba bien…en mi interior.

Al dirigirme hacia el recinto del concierto, el Velódromo de Anoeta, saludé a muchos conocidos. Gente de mi quinta –y de la de ellos- que seguramente acudían movidos por el regustillo de poder hacer los coros de todas las canciones que iban a ser interpretadas. Gente mayor –las cosas como son-, dignas representantes de los que ahora vivimos la vida “a partir de los 50”.

 Ya desde las primeras canciones se me desató la caja de los truenos íntima y personal y una vorágine de imágenes tomó posesión de mi mente al son de las viejísimas y conocidas canciones.

Recordé a quien las cantaba a coro conmigo, con el saxo de testigo de amores malditos, recordé sin querer recordar besos amargos, amores que no mueren y matan, amores de verdad y de mentira, amores, amores…

Con la música de estos dos viejos cantantes se abrieron las puertas de un baúl de recuerdos perlado de detalles, aquella noche en las fiestas del pueblo donde también nos dieron la una, las dos y las tres; aquel primer Mediterráneo compartido en una playa desierta haciendo el amor como lo hacíamos antes. Cuando todas las noches eran noches de boda y cada luna era luna de miel…hasta que se convirtieron en hiel. El pueblo de Colliure a donde fuimos a depositar versos a los pies del poeta, los diecinueve días que tardó en olvidarme a quien yo dediqué más de quinientas noches…

Serrat y Sabina fueron la espoleta de tres horas que podían haber resumido perfectamente mi vida entera. Porque yo también fui hija de una “Señora”, y “jodía con la pelota” y hubiera querido elegir mi propia vida aunque hubiera sido “con parche en el ojo”… y… que salí del concierto mohína en vez de exultante de alegría.

Como no podía ser de otra manera, he dormido inquieta y más sola que nunca a pesar de que algún fantasma se ha colado en mi cama saltando desde un huequecillo de mi corazón donde, sin yo saberlo, había seguido viviendo durante todos estos años.

Yo os perdono porque no fue vuestra la culpa de mi tristeza de ayer, sino mía por creer que la nostalgia debía de ser únicamente acariciadora. Ahora tengo que perdonarme a mí misma el mal rato que me hice pasar recordando amores que casi me matan

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:






jueves, 12 de julio de 2012

Intento no enfadarme, pero...




De verdad que intento no enfadarme cuando compruebo que alguien no entiende nada –porque es incapaz de entender, por cerrazón mental o falta de capacidad, y encima hace molinetes con la espada porque se ha sentido “ofendida” por un comentario mío. Esas personas que todo lo toman como suyo, que si hablas de lo difícil que es la amistad, te dicen: “pues tú más y peor” y si cuentas que vas a  hacer un viaje te lanzan el: “claro tú que puedes y yo no”; esas personas, digo, me cansan tanto que tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no enfadarme con ellas, ya que me resulta difícil evitarlas. Tan sólo me queda aplicar a rajatabla la “media hora de seguridad” para recordar que tengo que ser comprensiva con quien no tiene las mismas capacidades que yo.

Intento no enfadarme cuando voy por la calle y la persona que va delante deja caer al suelo el paquete vacío de cigarrillos y tragarme las ganas de recogerlo, avanzar dos pasos y decirle: “eh, que se te ha caído esto…” porque sé que le estaría agrediendo a través de la vergüenza ajena que siento y entonces pienso que la vida tiene cosas hermosas aunque en ese momento yo no sepa verlas.

Intento no enfadarme cuando veo a una anciana, en plena calle, intentando con el mango del paraguas arrancar un esqueje de un geranio de una ventana y le digo -“¿Quieres que te ayude?” y me contesta, -“ay, sí, sí, que quiero un trocito de ese geranio” y yo insisto, pero…-”¿te das cuenta de que le estás rompiendo la planta?” y la mujer porfía: -“ah, no pasa nada, tiene muchas más en la ventana” y me muerdo la lengua y me doy media vuelta porque con alguien así no hay ya nada que hacer, están perdidas para la causa irremediablemente, esas personas ancianas abusadoras, egoístas y  asociales.

Pero cuando sí me enfado de verdad es cuando veo a un padre –casi siempre un padre, ya lo siento- gritando a un chavalín y dándole una bofetada en mitad de la calle, me pasó el otro día, ahí iban los tres, padre, madre e hijo dando la tabarra, pidiendo a gritos no sé qué la criatura y la madre, que te calles, que no seas pesado y el padre de repente hace ¡ZAS! y le arrea un sordabirón al chaval -de cinco o seis años-, no tendría más y yo me encaro al tipo y le digo: -“¿Cómo te atreves a pegar a una criatura?!” y el hombre me mira, va a contestar, la mujer lo agarra del brazo y siguen caminando, como si la cosa no fuera con ellos, arrastrando al crío que ahora sí que llora con ganas.

Cuando sí me enfado de verdad es cuando me encuentro con una señora en mitad del aparcamiento de debajo de mi casa, “guardando el sitio” a su marido que “ahora viene con el coche”. ¿Pero esto qué es, la selva? Y le digo, no, no, usted se quita ahora mismo de en medio a ver si le voy a atropellar y tenemos un disgusto y ella dice que nones, que ese sitio lo está guardando ella para su marido “que ahora mismo llega” y meto la primera en un amago de avance y la buena mujer se aparta y me da una patada en la puerta del coche y yo cuento hasta diez antes de salir y suelto un juramento con la puerta cerrada, porque como salga así la liamos. Y en esto que llega el marido en su Mercedes del año de la nana, renqueando el coche y…!le monta la bronca a la mujer por no haberle guardado el sitio…!

Y entre enfadarme y desenfadarme, entre aguantarme la rabia y dejarla salir libremente me paso parte de la vida… ¡ay quién fuera indiferente a la estupidez humana!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:



lunes, 9 de julio de 2012

No siempre somos justos con los demás


Supongo que nadie negará que a cada hijo de vecino le habitan sus propios demonios, esos que no se pueden presentar en sociedad y que viven en el cuarto de atrás, el que no tiene ventilación y más bien parece un trastero, pero que forman parte del atrezzo inevitable de la existencia. Y aunque los queramos tener escondidos o castigados sin salir a la calle, cada vez que franqueamos la puerta de casa, en el último momento, como una corriente de aire frío y gris, casi siempre se vienen con nosotros.

Muchas veces no nos damos cuenta de que se han introducido en un bolsillo del pantalón o en el compartimento pequeño del bolso hasta que, inopinadamente, sin aviso ni motivo aparente, se deslizan por nuestra boca hacia el juego de la vida.

Son esos demonios que estropean un paseo al atardecer mediante una conversación que no tenía que haber sido y que es el detonante de un desencuentro triste; son esos demonios que convierten en rictus la sonrisa que durante horas estuvo anidándonos. Son los demonios que nos vuelven poco amables a los demás y francamente incómodos ante nosotros mismos.

Si reflexionamos después, lo más que solemos decir es: “no sé qué me pasó, se me cruzó el cable de repente”, como si fuera una excusa infantil para intentar deshacer el entuerto emocional ocasionado. Pero ya está hecho y no tiene marcha atrás.

Son esos días en que le montamos una bronca a una persona que no se la espera –aunque estemos seguros de que se la merece; son esas ocasiones en que nos crece al final del brazo una espada flamígera con la que tenemos que vengar alguna supuesta ofensa. Desbocadas emociones que se desbordan como si se hubieran reventado las compuertas de un embalse de penas viejas y enmohecidos resentimientos.

Cuando nos lo hacen padecer, se nos queda instalado en el alma el vacío de la incomprensión y un sentimiento de injusticia, como si fuéramos una víctima que pasaba por allí y a la que le cayó encima el aceite hirviendo. Cuando lo hacemos padecer nosotros a los demás, volvemos a casa con el corazón encogido por haber hecho de verdugos sin obtener a cambio maldita la satisfacción.

En ambos casos estamos sufriendo y haciendo sufrir. Y la vida no es esto, no vale la pena vivirla de esta manera.

Hoy abro la ventana de par en par y establezco una buena corriente de aire entre el cuarto de atrás y la vida que está ahí afuera. Que salgan volando hacia los grises del amanecer y no vuelvan más. Por lo menos éstos. Y me perdono a mí misma por el daño cometido y a quienes he acusado de hacerme daño también. Porque la vida no es esto aunque nos empeñemos.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





domingo, 8 de julio de 2012

Cadena de favores



Buscando alternativas posibles para sentir que mi vida tiene “muchos sentidos”, recalé hace algún tiempo en una asociación de viajeros llamada “The Hospitality Club”, donde cualquier persona de buena voluntad pone parte de su tiempo –y eventualmente su casa- a disposición de otros miembros del club que viajen a su país o su ciudad, ofreciéndose a hacer de cicerone, mostrar la ciudad o simplemente acompañar al viajero en tierra extraña. A la espera de hacer uso de las posibilidades que ofrece el hecho de que puedan alojarte, ayudarte, acompañarte en un viaje por una ciudad o país desconocido, posibilidad que utilizaré cuando me anime a viajar sola, sí estoy dispuesta a ayudar a quien venga a Donosti y me contacte a través de la página web del Club.

En este contexto, hace varias semanas recibí un e-mail desde Israel, de una mujer que decía viajaría al País Vasco y que a su paso por Donostia le gustaría conocerme y que le mostrara la ciudad y sus “sitios escondidos al turista”. Por supuesto que le contesté afirmativamente, aunque no me atreví a ofrecerle mi casa por esa prudencia atávica que todavía conservo en mi interior y que parece mentira que todavía siga vigente. (Cuando le conocí me arrepentí de no haberle ofrecido alojamiento). Pero bueno.

El caso es que el miércoles quedé con Eugenia; le cité en el reloj del Boulevard y le dije que me reconocería por el pelo y el perro. Pero fui yo quien supe que era ella, viéndola venir desde lejos, caminando con paso seguro y semblante feliz. ¿Por qué pensé que sería una chica joven o como mucho en la treintena? ¿Porque su voz al teléfono sonaba juvenil? Cual no sería mi sorpresa al encontrarme con una mujer de pelo blanco, en una esplendorosa sesentena, con fuerza en la mirada y paso firme…

¡Ah, qué experiencia, cuanto mejor nos va la vida en cuanto nos abrimos a ella y a lo que tiene que ofrecernos…!

Eugenia vive en un kibuttz al sur de Israel, está jubilada y divorciada, tiene cuatro hijos adultos y adora viajar; y pudiendo hacerlo, no se pone trabas a sí misma por no tener compañero de viaje. A través del Club mencionado, va contactando con personas de los diferentes lugares a visitar y siempre la acogen con gusto: bien para darle alojamiento o, como en mi caso, para mostrarle los lugares y poder hablar con gente autóctona, que es la única forma de enterarse un poco de la realidad de cada país.

Desde un kibbutz de Israel hasta el País Vasco con “amigos” en Getxo, Deba, Donostia, Iruña y Vitoria-Gasteiz. Un recorrido de doce días a unas costumbres, una geografía, un paisanaje que ella considera importante desentrañar. Habla perfectamente español puesto que tiene orígenes familiares de los que aprendió el idioma y en una semana ya le han enseñado cuatro cosas en Euskera, ha visitado una bodega de txakolí –al que se ha aficionado sin pensárselo dos veces- la han paseado por el Casco Viejo de Bilbao, invitado a una sociedad, recorrido la maravillosa costa vizcaína y escuchado lo que tenían que decirle los vascos que la han acogido.

Ella, a cambio, es generosa en su forma de corresponder –noblesse oblige- y viaja tranquila por el mundo porque mantiene su principio inamovible de confiar en el ser humano, a pesar de vivir en un país donde la realidad de un estado de guerra continuo debería haberle llevado a cuestionarse tal bondad…

Estuvimos por aquí y por allá, con un día que era un regalo de los dioses, para acabar la noche en un Hondarribia desierto y hermoso a la luz de un atardecer moroso y de color rojo Athletic. (Lástima, no pudo ser) Al día siguiente, después de una jornada de montes, playa y luz, una cena en mi casa donde le ofrezco algo desconocido para ella: un cogote de merluza que sella una nueva amistad.

Le he ofrecido unas horas de mi vida y a cambio ella me ha regalado una visión de Israel que no fui capaz de obtener en el viaje que hice a ese país hace un año. Es una magnífica cadena de favores que pienso seguir cuidando, sin romper ni un solo eslabón. Porque todo lo que se da, vuelve. Para bien o para mal.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:









sábado, 7 de julio de 2012

Un día entretenido


El lunes mi perro cojeaba malamente y la veterinaria le sacó una garrapata bien incrustada –y chupando y comiendo- de la pata izquierda. Antibióticos y anti-inflamatorios y mimos y en brazos todo el día. Así que lo dejo atado a la puerta del colmado de la esquina para comprar lo básico –frigorífico parecido a desierto del Kalahari- y cuando salgo (con dos bolsas en cada mano) veo que el pobrecillo se ha soltado y está en mitad de la calle, buscándome y lloriqueando. Y en su tribulación “se ha hecho de todo” allí mismo. (Imagen ausente de glamour, paso de describirla).

Ese es el momento crucial en el que suena el móvil y, obviamente, paso de atender la llamada. Llego al portal y, como puedo, hasta el ascensor y, cuando ya las puertas se cierran, entra con prisas un señor desconocido –para mí, al menos- con un perro collie de la correa. ¡Hombre, ya son ganas! Obviamente, a mi chucho le dan los dos minutos histéricos y empieza a querer subirse a mis brazos, y el otro perro, contagiado de los nervios, se revuelve en la cabina entre mis piernas, las de su dueño y las bolsas con la comida. El buen hombre no sabía dónde meterse –tampoco había mucho donde elegir- y me soltó una charla de cómo los perros se respetan o se temen entre sí según las razas y el tamaño de los dientes. (Me dio por pensar en Obama y Merkel)

En ese momento, vuelve a sonar mi móvil y, como sigo en el ascensor, sin nada mejor que hacer, lo contesto. ¡Pues resulta que es Julio Diego, llamándome desde la República Dominicana –o así- que no sé si pretende que cambie de operador de telefonía o tenga un orgasmo allí mismo, tan melosa es su voz, aunque no se le entienda ni cascorro lo que dice. Le digo que si quiere quedamos a tomar algo y que si no quiere, que no me vuelva a llamar, que me colapsa la línea y me quita posibilidades.

Ya en casa, compruebo que mi mala costumbre de dejar la lavadora puesta mientras me voy a la calle, por fin me va a hacer pagar las consecuencias; el agua se ha salido por la trampilla del filtro e inunda media cocina. La otra mitad, está seca, menos mal. Elur, atontado el pobrecillo, se mete en mitad del charco y lo patea a conciencia y cuando intento agarrarlo se escapa hacia el salón y se seca las patas en la alfombra (nueva).

Calma. Calma. No perder la calma. (Lo he leído en alguna parte). Voy al tendedero a por la fregona y el cubo, lo agarro con ímpetu y se me atraviesa el palo en la puerta justo cuando doy el paso adelante y me tropiezo y ahí estoy yo, en el puro suelo, a mis años, con el mocho enarbolado como un estandarte, una pierna para Tudela y el perro saltando encima de mí creyendo que es el cuarto de hora del jugueteo. Afortunadamente, la cadera sigue en su sitio –bueno, las dos caderas- y tan sólo me duele el brazo derecho que ha soportado el peso de la caída.

Me levanto como puedo, recomponiendo mis sayas –casualidad el día que no me pongo pantalones- cuando suena el teléfono fijo. A la carrera me voy hasta el salón…y…!adivina quien llama! Pues sí, el Diego Julio de antes que ahora intenta venderme la moto del ADSL a precio de bolsa de pipas y velocidad de Ferrari Testarrosa. Reconozco que le hablo de mal humor, es que tiene que comprender el muchacho, que lo que él hace conmigo es “acoso y derribo”, así que le digo que no insista más, que mi marido trabaja en Movistar y no puedo cambiar de operadora porque el teléfono me sale casi gratis.

(Parece que le convence mi razonamiento, porque cuelga sin despedirse).

Una vez el estropicio doméstico controlado, estoy sin lavadora, con toda la ropa chorreando dentro del tambor lleno de agua, así que coloco un balde grande en el suelo, junto a la puerta y la abro cuidadosamente para que caiga el agua…en forma de catarata que desborda –obviamente- la circunferencia del recipiente y…vuelta a empezar.

Este es el momento en que elige para llamar a la puerta el operario que hace la lectura de los contadores del agua. Mi perro ladra de contento, pensando que es una visita y caracolea y da saltos encima del agua derramada… De perdidos, al río, voy, abro la puerta y le digo al buen hombre: “Usted mismo, pise por donde quiera, está usted en su charco”; el tipo, rápido de luces, decide volver otro día.

Viendo el cariz que tomaban las cosas, puse en el equipo de música los coros de Carmina Burana a 20 watios de salida por canal, cerré las puertas y saqué de mi interior el manojo de demonios que me habitaba. Mano de santo.

El antibiótico le hizo efecto a Elur y se pasó el resto del día dormitando a mis pies; yo también.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:




viernes, 6 de julio de 2012

Empeños estúpidos




Tengo constatado que, en la vida, como en la huerta, se recoge lo que se siembra y que todos podemos aspirar a la mejor “cosecha” siempre y cuando la hayamos cuidado convenientemente. Y sé de lo que hablo porque durante varios años tuve mi propio terreno donde crecieron lechugas, tomates, pimientos y vainas. Y un huerto con manzanos, melocotoneros y una hermosa parra, junto al jardín de rosales, gladiolos y muchas otras flores.  Pero el cierzo de la vida y la mala intención de las personas agostaron aquel sueño y yo dejé que así fuera porque así tenía que ser.

Aprendí entonces –de esto hace ya más de quince años- que uno no debe siempre empecinarse en los sueños que no quieren ser, ni perseverar en los proyectos que no funcionan, sino observar la viabilidad de los afanes con dos dedos de frente para no despeñarse por el barranco de los empeños estúpidos.

Mi sueño de aquel entonces era tener una casa en el campo y, si bien sabía que no podría vivir en ella porque mi vida giraba en torno a mi trabajo en la ciudad, me empeñé en ir construyendo los pilares de un futuro que adivinaba de suaves y agradables perfiles. Invertí parte de una herencia y muchos afanes en un espacio en plena naturaleza, justo a la salida de un pueblo que hacía de muga entre dos provincias cercanas. Y durante cinco años estuve yendo y viniendo, más bien huyendo de la ciudad, cada vez que tenía más de dos días libres en mi trabajo.

Era yo misma y otra mujer diferente a la vez con tan sólo recorrer ciento treinta kilómetros, una dualidad que peleaba consigo misma a la espera de la futura jubilación y el predecible descanso en el entorno elegido para pasar “los mejores años de mi vida”.

Fue un empeño estúpido. Estúpido porque elegí como compañero en el viaje a quien no tenía ganas de desplegar sus velas a mi lado, sino que viraba su derrota hacia otra dirección. Y por más que lo tenía que haber visto –delante de mis narices estaba- no quise verlo, ni aceptarlo, sino que pretendí, estúpidamente, adecuar la realidad a mis deseos con una tenacidad rayana en la testarudez.

Aquel trabajo de Hércules se vino abajo y lo lamenté profundamente, dejándome la cicatriz de una herida profunda que, curiosamente, después de tantos años ya apenas recordaba que tenía hasta que, esta mañana, de algún meandro de mi inconsciente, ha saltado al teclado del ordenador, propiciando el título y contenido de este post.

Me he acordado de mis proyectos arruinados, de los sueños abortados, de los mil y un afanes que tuve alguna vez y que dejaron su aliento en el camino, en mi “viaje a Itaca” por las aguas de la vida.

Y, sin embargo, no me siento fracasada ni con el peso de derrota alguna en la mochila, sino que siento que las cosas fueron así porque yo promoví que así fueran y que si permití zancadillas, golpes y alguna que otra puñalada trapera, fue porque tenía que aprender mis lecciones al precio que fuera.

Han pasado los años y ya no estoy atada a la noria laboral; puedo ahora disponer con libertad de la nave para dar cuantos golpes de timón quiera en absoluta libertad, dejándome empujar por el buen viento y sin tener que luchar contra los “cantos de sirena”.

Y sin embargo, ya no tengo interés en empeñarme en nada que no sea vivir dejándome fluir, porque he descubierto que de “empeños estúpidos” no surge más que infelicidad y frustración. Y una ya no tiene edad para ciertas cosas…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar: