jueves, 31 de mayo de 2012

Cómo darse cuenta de que alguien no nos quiere

 

Hay muchas personas que defienden el hecho de que “cada uno quiere a su manera” y de esa forman ponen punto y final a cualquier queja que pueda expresar quien no se siente querido. Eso de “querer a su manera” siempre me ha parecido una falacia, ciertamente. Es como cuando me querían convencer de aquello tan terrible de “la letra con sangre entra” o lo otro de “quien bien te quiere te hará llorar”. Pues no señor, las tres afirmaciones son bárbaras, erróneas e inventadas para engañar y someter.

Es como hablar del tiempo. Si llueve a cántaros, ¿significa eso que hace mal tiempo? Pues depende. Siempre depende. Porque el agua es vida y la sequía muerte. Y si brilla el sol un mes entero, ¿significa eso que hace buen tiempo? Pues lo mismo.

Así que no será la lluvia ni los rayos de sol lo que hay que identificar con bondad o maldad sino la “percepción” de la Tierra en ese momento. Y eso es lo que importa de verdad también en la forma de expresar los sentimientos amorosos, la forma en que los perciben los demás.

Yo me doy cuenta de que alguien no me quiere cuando lo que percibo de esa persona me hace daño. O me deja indiferente. A partir de ahí, todo es posible, pero si no llegamos a ese umbral en el que me siento cómoda, a gusto, calentita con la cercanía y deseosa de que dure un poco más… no hay nada que hacer.

Cuando alguien evita los gestos y palabras cariñosas, cuando no me toca ni me besa ni me abraza…que no me diga que me quiere “a su manera”.

Cuando alguien rechaza mi compañía –o no la busca- que no me haga creer que me quiere.

Cuando alguien me tiene como último recurso para que le ayude y no como compañía para compartir… que no me diga que me quiere.

Cuando alguien sólo sabe pedir y se olvida de dar, que no hable de amor conmigo.

Cuando alguien da por supuesto que tiene mi amor y no se esfuerza en cuidar el suyo…que no se diga a sí mismo que me quiere.

Y eso sin hablar del respeto, de la comprensión, de la fidelidad y la honestidad que se supone deben sentir entre sí las personas que se quieren.

Y cuando me manifiesto al respecto, en más de una ocasión me he tenido que tragar el sapo ése de: “si yo es que te quiero a mi manera” o esa absurdidad de: “es lo que hay”.

Pues no y mil veces no. Sólo hay una forma de amor válido: aquél que hace sentirse bien, en paz y feliz a quien lo da…y a quien lo recibe.

Porque el amor es libre y a nadie le ata más de lo que su corazón permite.

En fin.

LaAlquimista

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martes, 29 de mayo de 2012

¿Por qué si el perro es tuyo la mierda es de todos?

 

No, no me he equivocado al escribir el título del post de hoy, que nadie lo dude. Quiero escribir en contra de las personas que tienen perro y no son conscientes de la responsabilidad que adquieren junto con el animal.

Los que tenemos hijos sabemos de esto de las responsabilidades; también sabemos de cómo educar, enseñar en valores y preparar para la vida a nuestros retoños. Aunque nos hayamos equivocado muchas veces, que no se nos quite la presunción de inocencia ni la buena y amorosa intención.

Pero cuando llega a nuestra vida un animal de compañía, un perro concretamente, parece que no le damos la importancia debida a la educación de este animal de cuatro patas. Partamos de la base de que, en general, no somos expertos en cuidado de perros –por mucho que veamos programas simpáticos en la tele al respecto y de que nos apañamos con cariño, paciencia y buenas intenciones. Pero creo, sinceramente, que a veces se nos olvida lo fundamental: que el perro es un animal y como animal va a comportarse toda su vida. Por mucho que queramos convencernos de que nuestro perro es “inteligentísimo”, esa afirmación no traspasa la barrera del amor subjetivo y de la opinión personal poco documentada.

Llevar un perro por la calle es como llevar un niño pequeño. Hay que vigilarlo continuamente, protegerlo y cuidarlo. Procurar que no se exponga a peligros y conseguir que no moleste a los demás seres humanos con los que ya comienza a interactuar. Si nuestro “cachorro humano” es cuidado y vigilado continuamente… ¿por qué dejar campar a sus anchas a un cachorro de perro que, evidentemente, no controla sus instintos?

Un niño pequeño se puede acercar a la gente extraña y provocar sonrisas. Un perro pequeño –de edad, que no de tamaño- si se acerca a la gente extraña a jugar, puede molestar y mucho. ¿Acaso pensamos que porque nos gustan a nosotros los perros les tienen que gustar a todo el mundo? ¿Y los niños? ¿Todos sienten atracción hacia los niños? No, por supuesto que no.

Pero nuestro niño no babeará, ni hará sus necesidades al lado de seres humanos extraños, mientras que un perro, animal regido únicamente por su instinto, puede molestar no queriendo molestar y la responsabilidad de evitarlo es completamente nuestra.

Cuando se me acerca un perro grande a olisquear a mi perrito pequeño y éste se asusta, se esconde entre mis piernas, gañendo y viene el propietario del perro grande, que anda suelto -debiendo ir atado- y me dice eso de: “no hace nada, sólo quiere jugar” yo le miro muy seria y le contesto: “eso es lo que TÚ dices, no lo que entiende mi perro”. Y se enfadan a veces…

¿Qué decir de los amos de perros que SE NIEGAN  a recoger las deposiciones de los mismos? Aducen que son biodegradables (MENTIRA PODRIDA), que en la hierba no importa (importa y MUCHO, porque NO ES ABONO, sino porquería que luego tiene que venir un empleado de FCC a recoger), que se tapan solas con la arena (UNA FALTA DE RESPETO TOTAL Y ABSOLUTA HACIA EL ENTORNO) o que se les ha olvidado la bolsita en casa.

Cada vez que veo a alguien sin recoger la mierda de su perro me gustaría decírselo y pedirle que no ayude a que paguemos justos por pecadores. A veces lo digo con la mirada; otras con palabras. Pero es cansado.

Cada vez que veo los perros saltando y brincando sueltos, sin correa, en los paseos de la ciudad, en la playa, por cualquier calle o en cualquier jardín soy consciente de que todas esas personas AMAN MÁS A SUS PERROS QUE AL RESTO DE LA GENTE. Y me da repelús. Por supuesto que el perro tiene que correr y saltar: llévatelo al monte como hago yo. Si vives en un piso y tu perro se estresa… no es culpa del resto de seres humanos, sino tuya. Si insistes en que “MI PERRO TIENE QUE ESTAR LIBRE”, tienes que ser muy consciente de que estás faltando al respeto a los seres humanos a quienes MOLESTA tu perro.

Siempre llevo a mi bichón maltés atado. Siempre en la ciudad, siempre cuando hay otros perros sueltos –peligro, peligro- y me enfada mucho que esas mismas personas (jóvenes y mayores) antepongan el disfrute de su perro a la tranquilidad de los demás. ¿Cómo es posible que se erijan en defensores de los perros y no sean capaces de respetar a las demás personas?

Algo huele mal ahí además de las porquerías que dejan en la calle sin recoger.

En fin.

LaAlquimista

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domingo, 27 de mayo de 2012

Copago sanitario. Justos por pecadores.




Cualquier españolito de a pié conoce el número de parados que hay en este país; pero lo que ya no está tan claro es si sabe cuántos pensionistas hay. ¿Tantos como parados? Pues no. Unos cuantos más. Tantos, como la escalofriante cifra de siete millones. SIETE millones de pensionistas que… curiosamente, son los que han alimentado las arcas del estado con sus impuestos durante –como mínimo- treinta y cinco años por persona. Es decir: que si ahora hay dinero –por poco que haya- es gracias, entre otras cosas, a esos siete millones de personas “mayores” que se han deslomado trabajando y pagando impuestos al céntimo.

Lo justo, honesto y también legal hasta ayer mismo, es que puedan recoger lo que han sembrado y sigan manteniendo una sanidad gratuita de pleno derecho, porque es suya y bien suya. Pero no.

Va a haber un 10% de repago generalizado de los medicamentos a cargo de los jubilados, un 40% a cargo de los funcionarios –aunque estén jubilados–, y los trabajadores en activo, aunque estén en paro, si cobran prestación, pagarán al menos la mitad del precio de los fármacos. Curiosamente, la inflación ha subido tan sólo el 1,2%, “una bendición del euro” según el Gobernador del Banco de España y los recortes del Ministerio de la Presidencia –de donde salen los sueldos de los políticos- justo justo llegan a un 3,5% que contrasta descaradamente con ese otro 20% de bajonazo a las Autonomías en Sanidad, Educación y Servicios Sociales.

Sirva todo este largo prolegómeno para ubicar la situación concreta a la que quiero dar salida, que sepamos en qué cifras nos movemos.

Pero en lo que en realidad quiero hacer hincapié es en el hecho de que, una vez más, van a pagar justos por pecadores. ¿Por qué se implanta el repago sanitario? Pues porque, evidentemente, el gasto ha llegado a ser absolutamente exagerado y desproporcionado a la misma población jubilada. Por supuesto que no justifico ni estoy de acuerdo en absoluto con las medidas económicas que está aplicando el Gobierno para sanear unas cuentas que están tocadas del ala, si no de muerte, porque son medidas que expolian al más débil, que se ciernen como espadas de Damocles sobre un colectivo que no puede defenderse.

Quizás hubiera bastado que se revisara la expedición abusiva de medicamentos a tantas y tantas personas que parece que hacen “colección de recetas” y que cada vez que van a la farmacia tienen que llevar el carrito de la compra. Parece ser –y digo parece porque soy una privilegiada que gasta en medicinas menos que un ateo en agua bendita- que en muchísimos hogares españoles, y con toda naturalidad, existen auténticos “arsenales” de medicamentos como una costumbre normal y corriente. Stocks absurdos de medicinas que nunca se han utilizado ni desprecintado, un almacenaje casero cuya práctica se remonta a muchos años ha.

En los ambulatorios, cuando ponen el “contenedor” para depositar medicamentos caducados o bien no terminados de consumir, se amontonan cajas y cajas SIN ABRIR.

¿Qué significa esto? Pues dos cosas: la primera es que parece que al paciente se le contenta –aunque no se le cure- con la expedición masiva de medicamentos. Y la segunda, que el paciente coge la costumbre de pedir medicamentos que no necesita realmente para…¿qué? Pues muy sencillo. Picaresca para darle los medicamentos gratuitamente a quien de otra manera debería pagarlos, práctica que debe ser bastante habitual… y no vamos a señalar a nadie. Pero ya sabes, como yo tengo las medicinas gratis, pues las saco sin pagar para toda la familia. ¡Qué truquito, eh!

Y como todo esto lo sabe el Gobierno, como sabe del uso y abuso del sistema sanitario por parte de los que han abusado de él –eso sin contar la atención médica a quien, por no haber pagado impuestos en este país en su vida, también tienen derecho, y como el Gobierno no es una ONG ha decidido cometer un acto injusto, un abuso de poder, sin contar con el incumplimiento de promesa electoral, y hacer pagar a justos por pecadores.

Como viene siendo habitual en los últimos doscientos años…

 En fin.

LaAlquimista

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sábado, 26 de mayo de 2012

Meteduras de pata

 

Durante muchos –demasiados- años fui una especialista en el nada desdeñable arte de “meter la pata”. Pero, a diferencia de otros adeptos al mismo que, con sus patinazos, hacían reir, lo mío era más bien patético. Sobre todo para mí, claro está. Digamos que tenía el verbo tan rápido como el pensamiento y sin activar el filtro de la prudencia. Así que pasaba lo que tenía que pasar, que en no pocas ocasiones perdía la partida social que no admitía “gente sincera”.

De esta forma aprendí a estar callada, sobre todo cuando no me interesaba demasiado la cosa. Pensaba: “¿para qué me voy a tomar la molestia de expresar mi opinión si esto ni me va ni me viene?” Y así gané muchos “amigos”.

Pero con el paso del tiempo, empecé a darme cuenta de que era mínima la satisfacción que obtenía callándome, que lo hacía por no llamar la atención en contra de mi persona; por cobardía, vamos. ¡Y vuelta a des-aprender la lección que había entendido mal!

Tuve que convencerme a mí misma de que callar no es sinónimo de sumisión. De que el silencio significa también falta de precipitación. O falta de interés, según se tercie. Es decir, que unas veces tenía que dar mi opinión y en otras debía callarme como una muerta. Pero ¿cómo diferenciar unas situaciones de las otras? ¡Menuda papeleta!

Los niños y los jóvenes, con sus ansias e ímpetus, poco tiempo tienen para “pensarse” las cosas. Con espontaneidad, frescura e incluso inocencia, interactúan con el mundo de los adultos sin prestar miras a las consecuencias de sus palabras (o de sus actos). Les tenemos por irreflexivos a la vez que por incontaminados; les miramos (y soportamos) con la paciencia que se instala en nuestro interior como lo han hecho las canas en nuestra cabeza y el peso de la vida en nuestro corazón. Y les vemos “meter la pata” ante la vida, ante la sociedad, ante lo estatuido, con una mirada mitad conmiserativa, mitad nostálgica…

Porque nosotros, los adultos, ya no metemos la pata. Hemos aprendido que es más importante el “quién” que el “cuándo” y hemos aprendido –mal que bien- a separar el grano de la paja- y a discernir a quién podemos hablarle sin ambages (y sin miedo a meter la pata) y con quién debemos guardar una distancia más que considerable.

Hemos ganado en sabiduría y hemos perdido en frescura. O no, vaya usted a saber.

En fin.

LaAlquimista

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jueves, 24 de mayo de 2012

El amor que no se expresa, se pierde




La frase no es mía, aunque la suscribo, sino de una persona amiga que compartía conmigo sus íntimas reflexiones. Me decía –y  a ver si lo transmito correctamente, que ya sé que me estás leyendo- que siempre sintió que en su interior había mucho amor, amor suyo, amor que nacía de su propia esencia como ser humano, pero que, por miedo a entregarlo como hizo una vez y sufrir como hizo aquella vez, lo había protegido con una coraza y colocado un candado bien grande.

Para que nadie se lo robase o para negarse a una posible futura entrega. Por prevención, prudencia o, simplemente, miedo.

Y así había estado viviendo estos últimos años, en una tranquilidad aburrida y carente de todo sobresalto; justo lo que creía que necesitaba. Sin embargo, últimamente, estaba surgiendo de su interior una vocecilla –a la altura del fondo de su estómago, más o menos- que le susurraba y molestaba cuestionándole si no habría cometido el más grande de los errores: el de no amar.

Hasta aquí el planteamiento de quien conmigo compartía inquietudes. A partir de aquí, la reflexión que a mí se me ocurre y que ya está fuera del ámbito de lo personal y se inclina a una divagación nada inocente.

Lo que más me gustó de aquella conversación pausada, sin ruidos de fondo y ausente de prisa, fue el hecho de reconocer que el “amor” no es algo que tenga que venir de fuera, sino que ya anida en nuestro interior, que viene de fábrica en el modelo de serie. En contra –y muchas discusiones ha habido- de la opinión de tantos y tantos que hablan como si hubiera en nosotros un vacío que ha de ser llenado por el amor que viene de fuera. Contraria sigo siendo a la tan extendida premisa de que “sin ti no soy nada” y “antes de conocerte mi vida no tenía sentido”.

Yo creo firmemente que todos nacemos con una capacidad de amar infinita en nuestro interior. Así como el corazón bombeará sangre y los pulmones trasegarán aire con una capacidad sin límite, indiscriminada –hasta su fin- también el amor existe en cada persona para que hagamos con él lo que queramos. Amordazar, maniatar, reprimir, constreñir o ignorar. Es nuestra elección. Expresar, mostrar, compartir o regalar. Lo que libremente decidamos.

Pero teniendo muy claro que lo que no se expresa, se pierde.

Y allá cada cual con sus decisiones, que no le eche la culpa a nadie de sus propias incapacidades, de las limitaciones que no ha sido capaz de superar, de la arrogancia de creer que tiene derecho a ser amado sin entregar apenas nada a cambio, de la soberbia infinita de pensar que porque una vez entregó el amor, ya nunca más ha de volverlo a entregar y sentir entonces cómo la vida se engrisece, cómo los días se vacían, cómo la gente de buen corazón no tiene ya nada que decir ante la frialdad en la que se ha voluntariamente instalado.

Amar o no amar, ésa podría ser la cuestión.

En fin.

LaAlquimista

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martes, 22 de mayo de 2012

Si Vargas Llosa lo dice, tendrá razón.

 

Me atrapa la noticia que da cuenta de las palabras del insigne premio Nobel de Literatura, con las que presenta su nuevo ensayo “La civilización del espectáculo” diciendo que: la cultura vive en la canalización y la frivolización permanente. Me llega, por un lado, las ganas e interés de leerlo y por el otro el mal sabor de boca con la constatación de lo que durante tantos años hemos estado padeciendo, con indignación primero, con tristeza irremediable después.

Quiero reservarme, sin leer las entrevistas conducentes a la publicidad del ensayo en cuestión, para sumergirme a nadar en la superficie de las palabras del Nobel. No voy a bucear –porque no sé- en sus hondos pensamientos ni mucho menos en sus razones ocultas (que tendrá que haberlas también), sino a recopilar más razones, a estudiar y aprender cómo explicar a mis nietos –supuestos y esperados futuros nietos- que lo que llamábamos CULTURA con mayúsculas, pasó a ser un espectáculo penoso en muchas ocasiones, desvirtuando el concepto, la esencia y el fundamento de la misma.

Ya he comentado muchas veces que he sobrevivido sin televisión. Hasta ayer mismo, como quien dice, puesto que, si bien compré una pantalla bastante grande para visionar el cine que me apasiona, tenía sin sintonizar los canales de televisión (excepto el canal Art francés que me lo dejó instalado el técnico que vino a colocarme el aparato hace unos meses). Así que, teóricamente, ya tengo televisión. En la práctica, me niego a tenerla y es como si no la tuviera porque no la pienso encender y seguir con mi ascetismo televisivo en el que llevo sumergida exactamente desde el día en que abandoné el hogar de mis padres, hace ya de esto, la friolera de treinta y siete años.

Jamás he visto Gran Hermano. Ni un solo programa. Ni un solo (des)Informe Semanal. Y los telediarios los uso para hacer chistes sobre el tiempo que les queda por estar juntos a una pareja que se lleva a tortas. No tengo iconos en mi imaginario particular, como no sean los que saco de las pequeñas incursiones en exposiciones de arte ¿?, visitas a Museos allende las fronteras, o lecturas continuas –aunque no siempre bien encaminadas- de lo que está pasando en el mundo.

Internet me provee de toda la información que preciso y que quiero que entre en mi cerebro. Internet me permite separar el grano de la paja y leer a profesionales independientes, a pensadores sin nómina fija, a filósofos recalcitrantes, a científicos sin beca y contemplar la obra de artistas sin mecenas pagados por el erario público.

Cuando estoy en un grupo que habla de tonterías –lo que es de lo más normal en estos últimos tiempos- (lo de chacharear, digo)- me alucino del recuento de personajillos que están en nómina del acervo popular, una incultura provocadora, desafiante, de mal gusto y, lo que es peor, ecuménica.

Cuando voy a la peluquería, hojeo y hasta a veces ojeo, las revistas mal llamadas “del corazón”. (El corazón desvirtuado también, prostituido a menesteres nada amorosos) Y esa visita más o menos mensual para arreglarme los pelos, me lanza a la calle de mal humor casi siempre. Tardo como mínimo unas horas en quitarme la sensación de haber vuelto a hacer el idiota por interesarme en lo que la mayoría (abrumadora) de mis conciudadanos ingiere cotidianamente y como compensación o penitencia me leo algún libraco de esos que, a veces, no entiendo casi ni yo.

Vargas Llosa sabrá de lo que habla, y en cuanto lea su ensayo, lo sabré yo también. Todos tenemos que tener referentes; de hecho, todos los buscamos aquí o allá.

Yo también he asistido a alguna instalación en la Tate Modern que me hizo sonrojar de vergüenza ajena. Yo también he pagado dinero por presenciar una representación artística –ballet o teatro- que, bien publicitada, era una ofensa directa al buen criterio e inteligencia del espectador. Y yo también, porque leo la prensa por Internet, me tengo que tragar titulares (con su fotografía incluida) en portada que aluden a personajillos que me son desconocidos y cuyas “hazañas” que resultan patéticas.

¿Qué puñetas me aporta a mi desarrollo intelectual, humanista o como ser humano saber que un tipo flaco se ha hecho una liposucción? ¿Y que una mujer hermosa y famosa le puso los cuernos a su pareja bello y famoso también? Eso sin contar las gestas deportivas sin par ni cuento. Para leer una noticia/noticia a veces tengo que tirarme cinco minutos moviendo el ratón hacia abajo…y no siempre la encuentro en portada, sino relegada, escondida casi, entre la penumbra vacía y solitaria del apartado “cultural” correspondiente.

Gracias Mario por decir bien alto y bien claro lo que tantos y tantos pensamos y no sirve de nada que llevemos años contándoselo a los amigos. Ahora tengo que pagar 17,50€ por leer el ensayo que has escrito recopilando experiencias pseudo-culturales de los últimos años. No me importa; más he pagado en otras ocasiones a cambio de casi nada.

En fin.

LaAlquimista

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lunes, 21 de mayo de 2012

Prioridades vs opciones



Circula por Internet una frase inteligente: “No trates como prioridad a quien te trata como una opción”. Son pequeñas “perlas cultivadas” que se repiten en sonsonete sin a veces reparar en el significado profundo que albergan. Así que ayer por la tarde, mientras llovía, analicé UNA POR UNA todas mis relaciones por ver si alguna la tenía yo mal ubicada.

Lo primero de todo agarré papel y lápiz y dividí un folio verticalmente con una raya. A la izquierda puse “Prioridad” y a la derecha “Opción”.

Y comencé a apuntar los nombres de todas las personas cercanas con las que interactúo de alguna u otra manera motivada por unos u otros cariños, deseos o intereses.

Los primeros nombres que escribí –obviamente en la parte de las prioridades- salieron sin pensar. Son las personas cercanas, queridas y que me quieren, cotidianas y presentes, constantes y fieles. Ni un solo titubeo al respecto tuve.

Pero enseguida surgieron otros nombres, aquéllos que están en la agenda telefónica pero con quienes el contacto es intermitente o puramente eventual. Seres denominados “amigos” con los que la relación no pasa de verse cada varios meses y siempre por algún motivo determinado.

Y empezó a llenarse la parte derecha del folio.

Cuando terminé, al cabo de no tanto tiempo, porque tengo buena memoria todavía, comprobé –como bien me temía- que las “opciones” iban a rebasar con creces las “prioridades”.

Así que me preparé una infusión de varias hierbas mezcladas para relajarme y acometer la segunda parte del experimento. Que, como no podía ser de otra manera –en justicia- consistía en ponerme en los zapatos de todos los que estaban presentes en el papel y comprobar si ellos a mí me consideraban de la misma manera.

El tanteo final no tiene mucha importancia para compartirlo aquí, pero sí la reflexión que llevo haciéndome desde ayer. “¿Por qué trato como prioridad a quienes me tienen como opción?”.

Y lo que es peor todavía: “¿Por qué trato como opción a quien me trata como prioridad?”

Aquí estoy, reflexionando todavía… Y tengo todo el fin de semana por delante…

En fin.

LaAlquimista

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sábado, 19 de mayo de 2012

¿Qué hacer con la gente que no tiene interés por la vida?




Todos conocemos algún caso. De cerca o de lejos, le hemos seguido la pista a alguna persona que ha tirado la toalla anímicamente y no tiene más discurso que el de “ya no tengo ganas de vivir más”.

Obviamente, si yo fuera profesional de la medicina y hubiera hecho el juramento hipocrático, no me plantearía duda alguna el hecho de intentar ayudar, animar, consolar o vitalizar en la medida de lo posible a esa persona enferma de ausencia de ganas de vivir, enferma del alma. Pero como mujer sana, vitalista y con un cuerpo entero que alberga un alma también sana, no puedo hacer sino  observar, comprender y aprender de esos seres humanos que quieren apearse del tren vital antes de llegar a la última estación.

Si fuera psicóloga, psiquiatra, filósofa, humanista o simplemente socióloga de bolsillo tendría al alcance de mi comprensión una o varias teorías que explicarían y justificarían el comportamiento descrito. De manual, vamos.

Pero tan sólo quisiera comprender desde mi óptica humana–alejada de toda formación academicista- cómo y porqué tantas personas que aún no han agotado su cauce vital, jóvenes incluso, miran salir el sol cada mañana y cómo se pone cada tarde, sin que en el intervalo se les mueva ni una sola pestaña para hacer algo con su propia vida.

Estas personas que, repito, no están enfermas del cuerpo ni de la mente sino lejanas a su propia alma, hacen girar el reloj vital alrededor de su propio espacio. Cerrado, claustrofóbico a veces, alejado del amor hacia los demás y hacia sí mismas, un espacio umbrío hasta el que no pueden entrar los rayos del sol, los rayos de la vida, porque ellas mismas así lo han decidido.

No hablo de personas depresivas, ni con trastornos bipolares, ni neuróticas, ni con ninguna patología clínica. No. Hablo de las personas a las que les da lo mismo “arre que so” o que el mundo esté a punto de estallar, siempre y cuando no se tambalee su precario equilibrio y no se rompa ese hilo que les mantiene unidas a sí mismas, dentro de una órbita individual y carente de oxígeno.

Hablo de personas egoístas, terriblemente egoístas, que no piensan más que en su devenir cotidiano dentro de un mundo que no aceptan, pero del que todavía forman parte. ¿Qué hacer con ellas?

Y para que no sea una preguntar retórica, me la responderé a mí misma en pocas palabras. Nada. No habría que hacer nada más que dejarlas en paz, en su mundo, respetarlas en su decisión y comprender que tienen que tener motivos que se nos escapan –y que no son de nuestra incumbencia- para comportarse de tal manera.

Probablemente, el Universo y sus paradojas les hará vivir hasta los cien años…

En fin.

LaAlquimista

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lunes, 14 de mayo de 2012

Escalera al cielo


 

Se nos han olvidado los sueños. Y creo sinceramente en lo que digo. Es el signo de los tiempos, machacado por un desgaste emocional que nos aprieta como un corsé decimonónico. Un cambio en las costumbres, como si se hubiera pasado de moda soñar. Tuvimos sueños que mimábamos a escondidas hace ya muchos, muchos años. Los cuidábamos con esmero aunque pasara el tiempo sobre ellos y dejara su pátina de polvo, los protegíamos de la desidia y del desencanto, sabíamos que iban a hacernos falta para sobrevivir.

Como un poste firmemente plantado en la tierra y que apunta al cielo, con el peligro bien visible si la flaqueza se impone, pero apuntando a ese infinito donde duerme la luna y flota el deseo todavía por realizar.

Hubo un tiempo en que se arriesgaba incluso la vida por conseguir que un sueño tomara forma sin escurrirse como agua entre los dedos. Hubo un tiempo en que soñar era asignatura obligada para pasar la página, mientras nos enseñaban que la vida podía ser cualquier cosa maravillosa con tal de que no nos la arrebataran.

Y todo eso lo creímos; vaya que si lo creímos. ¿Quién no vivió una adolescencia perlada de poemas escritos con mano temblorosa? Ante el sueño del amor, ante el sueño del futuro, mágica palabra que nadie osaba olvidar.

Pero ya no se lleva eso de soñar. Los tristes augures arrinconaron el ímpetu y la fuerza que se desparramaba en el soñar y la quisieron encauzar hacia el único mar donde el mundo guarda ahora lo que tiene valor cotizable. Empeño, trabajo, tesón. Aquiescencia, humillación y cobardía.

Mis hijas viven en un mundo que yo no les conté que ocurriría, en un mundo para el que no les supe preparar, porque el mundo que yo quería para ellas, un mundo mejor que el que yo caminaba, estaba habitado también por sueños. Y sé que no pensarán que les engañé, pero es muy posible que sientan el frío de la decepción y la amargura de lo inesperado.

¿Cuáles serán los sueños de los jóvenes ahora mismo? ¿Tendrán acaso algún sueño como tuvimos el privilegio hace treinta años?

¿Quién se atreverá a trepar por esa escalera al cielo…?

En fin.

LaAlquimista


Foto: Amanda Arruti

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domingo, 13 de mayo de 2012

Un sistema infalible para ligar

 

Cuando accedí a ocuparme del perrillo de mi madre, yo que nunca antes en mi vida había demostrado el más mínimo interés por tener en casa a un animal de cuatro patas, como parte de las ventajas añadidas de las que iba a poder disfrutar si me responsabilizaba del can, me enumeraron en tercer lugar la de: “con un perro se liga mucho”, después de “te da mucho cariño” y “te hace mucha compañía”. Dejando claro que personalmente entiendo el cariño y la compañía en su acepción humana, la otra ventaja, la de ligar, me la tomé con una media sonrisa escéptica.

Pero es cierto, es cierto.

Bueno, maticemos. Ligar, lo que se dice ligar, entendido por entablar relaciones amorosas o sexuales pasajeras (DRAE), como que no. O por lo menos no me he dado cuenta. Pero ligar, en la acepción de unir o enlazar, es algo increíble. O que hay que verlo para creerlo.

Resulta que vas por la calle con un chucho al final de la correa y eres blanco de atracción indefectible para:


- los niños a los que les gustan los perros. ¿?

- los familiares que acompañan a los niños a los que les gustan los perros. ¿?

- los propietarios de perros iguales al tuyo. !¡

- los propietarios de perros diferentes al tuyo. !¡

- los jubilados de sexo masculino. ¿?

- las señoras ancianitas que van con acompañante. ¿?


Así que, posibilidades de ligar, todas. Quiero decir que se entablan conversaciones, se intercambian datos, se comparten vivencias. Si es un niño el admirador del perro (el perro es el “gancho”) te preguntará SIEMPRE cómo se llama. Si lo puede acariciar. Si muerde. Si es bueno. Si se lo prestas un rato.

Si el niño va con un señor con aspecto de padre separado siempre puedes corresponder preguntándole al niño cómo se llama él y si le puedes acariciar tú también… y si el papá no muerde pues…

Los jubilados de sexo masculino se fijan mucho en mí. No sé porqué, con lo guapo que es mi perro.

Las señoras ancianitas que están con su acompañante sentadas al sol en un banco, hacen amago de acariciarlo y me piden con la mirada que se lo acerque. Si abro la boca ya he hecho la mañana…

Pero la gracia está en las personas que van paseando un perro. Con ellas hay tema enseguida. Se notan las ganas de hablar. Sobre todo si son mujeres. Abiertas, simpáticas y dispuestas, sin importar la edad, se enrollan magníficamente para compartir unos minutos de charla canina y hacer unas risas sobre las peculiaridades del perro que cada una lleva. Lo primero que te preguntan es si es “chico o chica” y en función del sexo te acercan o alejan a su chucho, porque ya se sabe que un macho SIEMPRE va a dar la tabarra a una hembra aunque esta no esté en celo. Las mujeres que llevan una hembra te cuentan de lo “lanzadas” que son (sus perras) en cuanto ven un macho en lontananza y el chiste está servido, claro está. Son pequeñas conversaciones amigables de cinco minutos entre desconocidas. Tienen su gracia.

Pero lo que de verdad es un caramelo es encontrarse con un señor de aspecto interesante, con mirada interesante y un perro interesante al lado. Normalmente llevan perros grandes, no los peluches que llevamos las mujeres al final de la correa, y estos perros grandes, por definición y costumbre, no les gustan nada a los perrillos nuestros y…ahí es donde comienza el eterno juego del “uy, qué miedo” y “no te preocupes, no te haré daño”.

El hombre lleva un perro grande. El hombre tiene un coche grande. El hombre va serio, seguro de sí mismo, con la mirada al frente, indiferente a su entorno.

La mujer lleva un perro pequeño. La mujer tiene un coche pequeño. La mujer va sonriente, segura de sí misma, con la mirada posada en su entorno.

Luego se encuentran en mitad de la arena con sus perros. Y pasa lo que pasa. Que como van sueltos y alocados (los perros) se enzarzan en una danza incomprensible a los ojos de sus amos, lo que últimamente me recuerda a las relaciones entre las personas, no sé porqué…

Yo, por las dudas, llevo siempre a mi perro atado. Y el que quiera ligar, que se acerque y se lo curre. Faltaría más.

En fin.

LaAlquimista


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viernes, 11 de mayo de 2012

!Qué bien que me he atrevido!




Modelo nº 1.-

De repente percibes que ya llevas varias noches durmiendo mal, con un ruido de fondo en sordina que enturbia el descanso. Ese despertar súbito en mitad de la noche, empapado de sudor, con la sensación de que las pesadillas acechan y que, si te vuelves a abandonar, se adueñarán de tu alma.

En la mañana no hay sensación de descanso que ilumine el día y el buen humor se ha perdido en algún recoveco del inconsciente. El bullicio interior sigue molestando aunque lo intentes ahogar en café con leche. Los pequeños ruidos se convierten en estruendos, la palabra concisa en discurso insoportable, la vida es un inconveniente, hay un dolor invadiéndolo todo.

Y el miedo. El miedo al abandono. El miedo al abandono que sobrevendrá si hablamos. No. Mejor callar, como siempre, evitar el conflicto, para qué más peleas. Aunque la pelea sea interior, con uno mismo, angustia que se agarra a la boca del estómago, estrujándolo. El malestar acabará convirtiéndose en enfermedad, eso también lo sabes.

Y cuando ya está todo a punto de explotar, por un último resquicio de lucidez, aparece la decisión. La que desde el primer día ha estado ahí y has estado amordazando, reteniendo, impidiendo nacer y ser.

La decisión de actuar. De hablar. De no callar más. De expresar tu deseo con la última gota de libertad.

¡Qué bien que te has atrevido!




Modelo nº 2.-

Quien espera, desespera. Cuán cierto es. Junto a un teléfono mudo o frente a una puerta cerrada. Sin atreverse a llamar a uno o a otra por miedo al rechazo. Intuyendo que del otro lado está algo parecido a la felicidad; pero sólo el silencio. El nuestro también. ¿A quién le importará tu felicidad más que a ti mismo? ¿Son los demás los que tienen que luchar por verte feliz?

Esperar a que el mundo comience a moverse de nuevo. Esperar a que deje de llover. O a que llueva. Pasividad que corroe por dentro e impide, simplemente, vivir.

Y ya, cuando todo se está derrumbando, en el último instante de la angustia suprema, sentir, por una vez sentir en vez de pensar, que ya nada importa y entonces llamar.

¡Qué bien que me he atrevido!




Modelo nº3.-

La vida es dura. Ha transcurrido en su mayor parte y nos ha desgarrado más de lo que podíamos haber llegado a pensar. Y duele. Las manos están vacías ahora. La vida nos ha quitado tantas cosas. O quizás fueron las personas. O fue ella. O él. Todo por lo que habíamos luchado se esfumó con una firma sobre un papel. Y ya nada importa, porque las nubes se han instalado en nuestra rutina.

Otro ser humano se tropieza con lo que queda de nuestra pequeña verdad y la abraza. Otro naufragio que palpita junto al nuestro. Pero no. ¿Volver a amar? ¿Volver a luchar? ¡Para qué! Mejor quedarse inmóvil por miedo a la repetición de la vieja y mala historia.

Quiero estar solo, necesito estar solo, solo, solo, solo.

Siempre habrá un canto de sirena tentándonos. O una propuesta de vida. No volver a caer en la tentación. Resistir. Resistir solo. Dormir solo. Morir solo.

¡Qué pena que no te atreviste!

En fin.

LaAlquimista

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martes, 8 de mayo de 2012

Mío y sólo mío

 

Desde que estoy pre-jubilada tengo que llevar una pequeña agenda en el bolso donde ir apuntando mis citas o lo que tengo que hacer en fecha fija. Es curioso, antes, cuando trabajaba por un sueldo mensual, me acordaba de mis cosas con facilidad. Pero ahora ya me tengo que aplicar el cuento de “más vale un lápiz pequeño que una memoria grande”. Así que provista de mi agendilla voy a todas partes, que nunca se sabe cuándo la voy a necesitar. Supongo que es también porque he relajado mi mente y la he liberado del agobio de obligaciones que cumplir a fecha fija.

Sin embargo, han ido pasando los meses –y ya va para tres años- y mi pequeña agenda siempre está echando chispas. Como estoy “disponible”, la gente de mi entorno echa mano de mi persona en días y horas “inverosímiles”. ¿Desde cuándo he quedado yo con una amiga a media mañana para tomar café? ¿Cuándo se me ha pasado por la mente comer un bocata en un parque en el tiempo de descanso del mediodía? ¿Y salir de cena un martes? ¿Y visitar una exposición a media tarde o de compras un lunes por la mañana?

Dejar de trabajar definitivamente te puede situar en uno de estos dos campos de batalla: en el que no hay nada interesante que hacer y el tedio, el aburrimiento y la depresión acechan o en el del exceso de actividades que acabe agotando a la persona casi tanto como lo hacía el trabajo lucrativo. Las personas activas, obviamente, nos encontramos dentro del segundo ejemplo y ahí es donde tenemos que lidiar con nuestro “toro” particular.

No puede ser que en cinco días libres MÁS que tiene la semana para mí, no me queden huecos para descansar o no hacer más que únicamente mi santa voluntad. Con tanto tiempo libre, ¿quién es el guapo que rechaza invitaciones o le dice a una amiga que no apetece salir a dar la vuelta al Paseo Nuevo un día cualquiera a primera hora cuando la belleza es lo único que habita la ciudad?

Así que he tenido que tomar una decisión drástica e imponerme una disciplina severa. En mi pequeña agenda, en los huecos diarios que conforman la semana, he decidido que tiene que haber un espacio en blanco, sin anotaciones, ni citas, ni compromisos, en el que escribir únicamente la palabra “MÍO”.

Es decir, que ese día es “mío y sólo mío”. Un día en el que nadie puede contar conmigo para ningún plan lúdico. ¿El lunes, el miércoles, el jueves? Sin predeterminar, pero sin cuartelillo alguno. Una jornada que me reservo para mis cosas, mis pensamientos; un espacio mío que puede que sea solitario y silencioso o alegre e improvisadamente compartido. Un día que quiero se quede EN BLANCO en mi agenda semanal.

A nadie hago daño con ello, lo sé. Si viviera en familia ese día pediría permiso para perderme en mi mundo; si viviera en pareja mi hombre estaría feliz de que yo disfrutara de mi propio tiempo. Pero como vivo sola con mi perro puedo considerarme privilegiada de no tener que dar ninguna explicación añadida.

Salvando las distancias, es lo más parecido a la “habitación propia” que preconizaba Virginia Woolf. A nadie debería faltarnos…

En fin.

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domingo, 6 de mayo de 2012

Este año me pido para el Día de la Madre...



Yo es que soy muy de fechas, vamos que cualquier ocasión la pintan calva a mi entender para darme un homenaje. ¿Que llega el 14 de Febrero? Pues celebración al canto con quien se deje homenajear. ¿El solsticio de verano? Con champagne a la playa. ¿Plenilunio? Pues unos cuantos aullidos con alguien que los quiera disfrutar. ¿Día de la Madre? Eh…!que tengo dos hijas! Así que esta noche, me preparo para la luna llena en el jardín de “la casita de chocolate del bosque” mientras voy susurrándome al oído los deseos para mañana domingo primero de Mayo…

Me pido para el Día de la Madre que todas las madres del mundo quieran a sus hijos con “amor de madre” y no con “amor de madrastra”; y que, de rebote, desaparezcan las llamaditas hipócritas para decir “felicidades, mamá” si el resto del año no ha habido amor compartido… y quienes no tengan hijos piensen que, por lo menos, han tenido madre, que seguramente les habrá querido mucho.

Me pido para el Día de la Madre que nuestros hijos no tengan que sufrir ninguna guerra, que puedan vivir y trabajar con dignidad, que el mundo no siga convirtiéndose en un lugar inhóspito donde el amor es ridículo y el dinero verdad. Que no tengamos que llorar la muerte de nuestros hijos, ni su enfermedad, ni su pena y miseria. Que se mantenga el orden natural y yo me vaya primero y mis hijas sigan viviendo su vida, felices y contentas mientras yo les “vigilo” desde donde sea.

Me pido para el Día de la Madre que mis hijas quieran a sus hijos el día de mañana tanto como yo les quiero a ellas, es decir, hasta el infinito y más allá.

Me pido para este domingo que me sigan haciendo el regalo cotidiano de sus sonrisas y su amor sin necesidad de que sea el Día de la Madre.

Porque si este domingo es “mi día oficial” que sepáis, hijas mías, que todos los demás hasta acabar el calendario son vuestros y míos, nuestros, compartidos en una constelación lejana y cercana a la vez que nos une con un hilo mágico que nunca se romperá porque lo hemos elegido para tejer nuestro amor desde el principio de los tiempos.

Y que así sea.

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viernes, 4 de mayo de 2012

Plenilunio bajo nubes grises

 

La luna está ahí arriba y nadie le hace caso. Tapada por un manto inmenso de nubes no consigue que el reflejo de la luz que le regala el sol llegue más allá y haga vibrar los corazones humanos.

Cuando nos es dado el regalo de contemplarla en todo su esplendor permitimos que se mueva en nuestro interior la maquinaria que funciona alrededor de la idea romántica del amor.

Besos y abrazos amantes bajo la luna llena es una imagen a la que siempre se puede recurrir por lo menos una vez al mes. Para prodigar tristeza por no tener a quien abrazar o para disfrutar del regalo compartiéndolo.



Este mes su presencia oculta e inquietante no puede pasar desapercibida. En lo más hondo de nosotros mismos está recibiéndose su mensaje y, quizás una inquietud, quizás un sueño agitado, no dejará de derramar su influencia se quiera o no.

La melancolía se hará más fuerte, la voz callada se convertirá en grito y el susurro en clara voz. La piel seca pedirá su alivio, la boca vacía, aunque sólo sea un beso. ¡Y cómo latirá el corazón doliente! Por lo que se fue y por lo que tarda tanto en llegar…

El miedo también es amigo de la Luna. No puede esconderse de su luz aunque así lo crea. Cerrar la ventana no sirve de nada, es un truco demasiado viejo, y la noche vendrá vestida de luna a dormir a nuestro lado prodigando calor, sí, calor en el cuerpo y calor en el alma hasta convertirse en incendio.



Plenilunio es también para quien no quiere entender y para quien cierra el corazón. Los que lo tienen abierto saben lo que es y cómo vale la pena. A pesar del miedo que da sentir que la luna entra en la cama en mitad de la noche…

Cuentos de licántropos y brujas danzando conforman un decorado que quiere tapar lo que realmente es: una fuerza imparable que avienta el deseo y provoca que la vida se anticipe con fuerza cuando está por nacer. Una fuerza que arrastra las aguas fuera de su cauce, que mueve montañas endurecidas en el alma, que baila con el mar en una danza provocadora.

Una vez al mes la Luna nos hace un regalo. No lo ignoremos.

LaAlquimista

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martes, 1 de mayo de 2012

Pequeñas vacaciones en otro planeta

 

¡Cuántas veces habremos expresado que no nos gustan las aglomeraciones, que abominamos de muchedumbres ansiosas huyendo de la rutina para, al final, de alguna manera “obligados”, repetir parecidos destinos con el regustillo amargo de saber que es un error conocido el que cometemos.

Así me ocurrió no pocas veces durante mi época laboral, cuando en cuatro días y medio era capaz de irme a una capital europea y acabar saludando a mis vecinos en la puerta de la Catedral de turno o escuchar hablar Euskera en cualquier pub inglés. En realidad, vamos de viaje donde nos llevan, donde nos “obligan los niños” o adonde quiere la pareja; pocas personas tienen libertad para elegir o para disfrutar de las vacaciones sin consultárselo a nadie.

Pero todo llega en esta vida, y algunas cosas llegan para bien. Léase la posibilidad de realizar vacaciones en la época que uno quiere, preferiblemente en temporada baja y lejos de cualquier turbamulta.



Así que, como acostumbro desde hace ya varios años, he buscado en Internet y he encontrado lo que yo quería. Un chalet, en medio del bosque, a menos de dos horas de casa, alejado del mundanal ruido, rodeado de pinos, arbustos, flores silvestres, pájaros y ardillas.



A la distancia perfecta de todo contacto humano: kilómetros. A la distancia perfecta de la naturaleza: en su corazón más profundo y a media hora andando del mar más salvaje de esta zona del Atlántico. Y, obviamente, por un precio más testimonial que otra cosa, teniendo en cuenta los tiempos que corren.



Una casa “habitada”, con libros dormidos sobre las mesas, fotografías de personas en las paredes, flores secas bailando en las vigas, el silloncito perfecto para leer junto a un gran ventanal, visillos bordados velando las ventanas, loza de colores en el aparador rústico, plantas colgando de la alacena, cuadros pintados con amor por la dueña de la casa que, recoge sus bártulos y se va fuera por una semana, dejándonos su hogar, con todo el calor acumulado del invierno, a nuestra disposición.

Elur es feliz correteando por el jardín, subiendo la pendiente del terreno y oliendo la savia fresca; se detiene estupefacto cuando ve la primera ardilla que corre veloz hacia el cielo, me mira con ojos juguetones como preguntando: “¿y todo esto es también para mí?”

Ha llovido toda la noche pasada y el tamborileo de las gotas sobre las tejas ha acompañado mi sueño de sábanas bordadas y edredones florales, sobre una cama con cabezal de hierro y colchón de bizcocho, hasta una mañana espléndidamente azul, fresca, magnífica, solitaria y feliz. Al salir al camino, bicicletas alborotadas de familias enteras pedaleando entre los pinos. Autos en caravana hacia la playa cercana y allí, vehículos con la cama y el frigorífico incorporados en desfile aburrido y uniforme. Las gentes, contentas por el día festivo y soleado, se arraciman sobre las dunas que dan a la playa en un incesante vaivén de hormigas de primavera.

Brújula en mano, tomamos el primer atajo que se interna en el bosque y seguimos la pista de algún jabalí invisible hacia lo profundo de la naturaleza y lo más conocido del corazón; esa zona que llega justo hasta el umbral donde todo está oculto y a la vez expuesto, como los tesoros de los cuentos. El camino silvestre y boscoso retrocede en el calendario de la vida mientras nuestros pasos se adentran en el espacio vacío de humanidad.


El cansancio físico supone todo un regalo satisfactorio que nos lleva de vuelta a “la casita de chocolate del bosque” donde no huele a “frites” sino a muguet, espliego y laurel. Y al cabo de un rato, a la comida con la que nos hemos regalado como si fuéramos dioses y ése nuestro banquete.



Lejos de la gente, lejos del bullicio, con silencios llenos de sentido y lectura a la sombra con el sol a los pies: con todo el mundo a mis pies. Con todo el mundo que quiero a mis pies.

No es para contarlo, sino para vivirlo… o compartirlo.

En fin.

LaAlquimista

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Fotos: Cecilia Casado

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