domingo, 29 de abril de 2012

El respeto: un arma de doble filo

 

Últimamente oigo hablar mucho del respeto que nos debemos los unos a los otros, de cómo comprender a los demás, no juzgando sus ideas, opiniones, actos u omisiones porque sean diferentes a las nuestras. De hecho, las personas que más me hablan últimamente de respeto suelen son precisamente las que más critican mi forma de ser, las que más juzgan mi comportamiento y las que me cierran las puertas por no estar de acuerdo con la manera en que tengo de encarar la vida.

Y me choca mucho, la verdad. Porque las teorías las conocemos todos, vienen en los libros de autoayuda, en los artículos de opinión de los suplementos semanales y ahora cualquiera se atreve a pontificar acerca de lo que son los valores humanos y de cómo acceder a ellos.

Sí, estoy muy sorprendida de tener que padecer en mis propias carnes llamadas de atención, críticas y denuestos, malas caras y lo que es peor, sermones de la montaña hablados y escritos a mi provecta edad.

Pero… ¿qué es el respeto exactamente? ¿Un valor que exijo se me aplique y que me voy a negar a aplicar a los demás?

Respeto a uno mismo, es aceptarse de buen grado, con las emociones, sentimientos, opiniones y formas de actuar que conforman la personalidad de cada uno; lo que se activa ante sucesos del entorno, sea esto del cariz que sea. Sí, respeto es ACEPTAR como propias las ideas, los gustos y las preferencias que detectamos en nosotros ante las múltiples y variadas situaciones de la vida, así como las acciones verbales –todo lo que decimos- y las no verbales –todo lo que hacemos, como una elección libre y consciente, preparándonos para ASUMIR las posibles CONSECUENCIAS inmediatas o posteriores que nos podrían sobrevenir por el hecho de haber dicho o hecho tales cosas.

El RESPETO A UNO MISMO es una condición imprescindible para CONSERVAR LA PROPIA ESTIMA y un factor protector ante cualquier agresión natural y/o social, lo que constituye un factor protector de nuestra SALUD INTEGRAL, física y mental. Por otra parte, el respeto a uno mismo conlleva fácilmente el respeto a los demás, lo que favorece la prevención de conflictos con “los otros”, conocidos o desconocidos y la mejora de las relaciones sociales con amistades, familiares y conocidos.

RESPETAR A LOS DEMÁS es ACEPTAR los sentimientos, emociones, gustos, preferencias, ideas, opiniones y comportamientos de los otros.

¿Qué fácil, verdad?

No obstante, habría que hacer un par de puntualizaciones importantes:


a)    Respetarse a sí mismo no quiere decir que uno se puede considerar con derecho a dañar o perjudicar a los demás y no recibir consecuencias desagradables por ello: exclusión al rechazo social, sanciones económicas, penas de cárcel, etc.

b)    Respetar a las demás personas no quiere decir que se deba considerar que otras personas puedan dañar, molestar o perjudicar a los demás y no recibir consecuencias desagradables por ello: exclusión o rechazo social, sanciones económicas, penas de cárcel, etc.

Si esta teoría nos parece válida, no tenemos más que aplicárnosla y contribuir a crear un mundo respetuoso, lleno de valores y, qué duda cabe, mucho más agradable para todos.

Si esta teoría parece complicada o retorcida… habrá que buscar la que nos satisfaga más, siempre que no sea la típica (y tan extendida) ley del embudo: “lo ancho para mí, lo estrecho para ti”.

En fin. Que se note que aprovecho las clases de Inteligencia Emocional de los martes…

LaAlquimista

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viernes, 27 de abril de 2012

Menopausia ¿Trauma o liberación?



Nuestras abuelas –y puede que nuestras madres también- pasaron la menopausia sin hablar de ella, recibiéndola como a un pariente pobre e indeseado al que se coloca en el cuarto de atrás y no se hace demasiado caso. Asumían que eran “cosas de mujeres” y reforzaban el stock de abanicos a la vez que le comunicaban al marido que,a partir de hoy, se acabó lo que se daba. En unos casos, ese “lo que se daba” iba con retintín y coña marinera; en otros, supongo, con una especie de resignación más o menos cristiana.

Al ser un tema tabú, pasaba como con todos los temas tabúes: que cada uno lo engrandecía a sus anchas o lo minimizaba a su conveniencia. Desde el “!por fin no tendré más hijos”!, hasta el “ahora me saldrá bigote…”, pero casi siempre –quiero pensar- desde la ignorancia o la falta de información suficiente. A ver, antes no había doctoras como hay ahora y no era cuestión de contarle al santo varón que venía a hacer las visitas de rigor a casa con el estetoscopio, las pequeñas miserias que acaecían por culpa de la guerra de hormonas interna que se libraba en silencio. Si acaso se le hacía partícipe de dichas tribulaciones al cura en el confesonario, que para eso estaba…

Ahora es diferente; ya casi hasta los hombres saben de la menopausia casi tanto o más que nosotras. Tienen muy asumidos todos los lugares comunes al respecto: que si el carácter se vuelve vinagre, que si ya no tenemos ganas de hacerlo, que si los lunares se convierten en verrugas y tonterías por el estilo. Y nosotras, ladinas siempre, nos callamos como muertas porque no nos apetece dar pistas al “enemigo”.

Nuestras abuelas y madres pasaban “la retirada” –como si de tropas sitiadoras se tratara- a la brava. Aguantando sofocos, subidas y bajadas, descompensaciones y malestares como al que le agarra una tormenta en la calle y no tiene ni gabardina ni paraguas ni dinero para un taxi. Sufrían, porque en su educación y forma de comportarse estaba el hacerlo y, sobre todo, porque el tema era “delicado”.

Ahora no. Ahora se llega a la menopausia de la mano de una ginecóloga –o ginecólogo la que prefiera- comprensiva, mujer al fin, que sabe de lo que hablamos hasta cuando callamos. Ahora hay remedios paliativos para no llamar la atención con un abanico en pleno diciembre, ahora les explicamos a nuestras parejas cómo funcionan las cosas y que hay mucha mala información circulando por ahí al respecto. Y constatamos que los prejuicios siguen campando a sus anchas por doquier. Que todavía hay mujeres que creen que con el climaterio se acaba el deseo sexual, cuando no es más que una etapa de transición entre la posibilidad de reproducción y el cese de la misma. Y transmiten esa desinformación a sus hombres que, cómo no, se lo creen todo a pies juntillas.

De hecho, es un arma de doble filo, porque también se puede usar para decirle al macho de la especie que tiene la testosterona encima de las cejas: “ahora me dejas en paz para los restos”. (Pero este es otro tema)

Llegar a la menopausia no es ni un trauma ni una liberación, sino una etapa más del natural desarrollo de la vida sana de cualquier mujer. Que su llegada trae parejas molestias, qué duda cabe; también las primeras reglas las traen, y las segundas y hasta las terceras, pero es como cortarse las uñas porque crecen, se hace con naturalidad y punto.

Con el climaterio tenemos la oportunidad de volvernos más hermosas, por fuera y por dentro, gracias a la tranquilidad que da el saber que nuestro cuerpo funciona a su ritmo, sin estancarse ni acelerarse. Saber que ya no vamos a poder concebir un hijo no es un trauma ni una liberación sino una etapa más de nuestra vida y los cambios en el organismo que acaecen son naturales y como tal deben ser acogidos. No con gestos exagerados, ni alharacas estúpidas, sino como parte de una feminidad que sigue ahí, siempre presente, y que nos permite ahora seguir disfrutando de la vida, de la sexualidad, con una cierta tranquilidad que, quizás anteriormente, no se sentía libremente.

Muchos hombres utilizan la menopausia femenina para cargar las tintas contra una mujer a la que ya no desean o incluso a la que ya no aman.

Muchas mujeres utilizan la menopausia para apartar definitivamente a un hombre al que ya no desean o incluso al que ya no aman.

Cada cual que elija su “estilo y su destino” y que, coherentemente, acepte después las consecuencias de su decisión. Yo me apunté al carro de las “listillas” que le dio la vuelta a la cosa e hizo un rápido cálculo de lo que me iba a ahorrar todos los meses… en tampones y en condones.

En fin.

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miércoles, 25 de abril de 2012

Impulsos maravillosos


A fuerza de intentar atemperar ese racionalismo que traigo de fábrica y el afán de organizar, controlar la logística y una buena dosis de previsión, voy recogiendo poco a poco los frutos de mi trabajo de des-aprendizaje.

Ayer mismo, primer día en que consigo dormir las siete horas que marcan los mandamientos, después de superar la disritmia circadiana (para los que no gustan de usar el idioma español, “jet-lag”), renazco a la vida descansada, sin atisbo de malhumor alguno y me encuentro con que esta me recibe con “alfombra roja”; es decir, un día despejado de nubes que comienza fresquito para ir, dulcemente, caldeando los corazones e impregnando la piel de la energía que todos necesitamos por estas fechas.

Sin encomendarme a dios ni al diablo llamo a mi restaurante favorito, ese que está en lo alto del monte, con vistas al mar, donde hay silencio y se puede soñar, y reservo una mesa. No sé con quién iré, ni si iré con alguien, pero está claro que los impulsos priman hoy sobre mi razón que me dice que tengo borraja cocinada y que es martes y que… ¡Nada, ni caso!

Me lavo y acicalo como si fuera de boda y pongo encima de la cama ropita guapa; me apetece. Salgo a la calle con Elurtxito y le compro un hueso (de plástico) nuevo. De vuelta a casa, decido que hoy no hay “faenas caseras”, ni siquiera abro el blog, pero sí todas las ventanas para que el aroma a mimosas se expanda por los rincones.

De repente, la gran idea. ¿Y si llamo a alguien para compartir el lujo de comer al aire libre y pasear por la naturaleza? ¿Encontraré disponible alguna amiga que sea capaz de hacer un plan con una hora de adelanto un día laborable? Hago mi primera llamada y la idea es recibida con aplausos, pero… tiene un niño “pachucho”, qué pena. A la segunda llamada que hago, mi proposición deshonesta es aceptada en un pispás. Una esposa y madre reorganiza su vida doméstica para hacer sitio a un impulso maravilloso. A su vez, llama a otra amiga a la que también le falta tiempo para cambiarse el chip y apuntarse al plan.

Lo hablamos en la sobremesa mientras damos un dulce paseo para reposar los alimentos ingeridos (todo riquísimo).

Nos hemos acostumbrado demasiado a rutinas inamovibles, a corsés estereotipados del tipo: “yo salgo con las amigas los viernes por la noche”. O “entre semana se come en familia y punto pelota”. O, “prefiero ir a un restaurante un día de fiesta” –cuando está lleno, agobiante, ruidoso y con posibilidad de comer mucho peor.

Nos hemos ido quedando con el piñón fijo de esto se hace los lunes y esto se hace los sábados. Y casi siempre somos nosotras, las mujeres, las que nos encorsetamos sin que nadie nos obligue a ello, porque… ¿Cuántas veces no nos habrá dicho un hijo eso de “me voy a comer a casa de fulanito”? O la pareja, “oye, que me ha salido una comida, nos vemos a la noche”. Y nosotras, ahí, al pie del cañón, con la mesa puesta y la comida preparada, con una cara de…

Que lo de ayer fue un impulso maravilloso y quería compartirlo por si a alguien le sirve de algo.

LaAlquimista

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lunes, 23 de abril de 2012

Se empieza a mentir muy joven

 

Ayer fui a pasar la mañana a uno de mis txokos favoritos. Si voy caminando se me hace un poco dura la vuelta porque hay que subir primero y bajar después un pequeño monte cercano a mi casa, así que me desplazo en coche y de paso le doy un meneo a la batería. Pero me gusta sentir que estoy en contacto con la naturaleza, que lo estoy, y me visto con mi equipo de supervivencia, a saber: mochilita, agua, libro, recado de escribir, navaja suiza, pañoleta para tumbarse en la hierba, gafas de sol y paraguas y algo de fruta.

Detrás de las casas hay un parquecillo desierto entre semana; algunos perros paseando a sus amos y poco más. Toda la ciudad a mis pies, el mar a izquierda y a derecha, los montes festoneando el paisaje y arriba lo que toque: sol o nubes según decida el albur de los que mueven los hilos. El silencio es magnífico a pesar de ser un lugar “urbanizado”. Árboles y bancos ofrecen pequeños recovecos amorosos para leer, soñar, pensar o simplemente besarse.

Como hacían esta mañana dos adolescentes a cubierto de miradas ofensivas tumbados en la hierba. Elur los ha localizado en su vagabundeo errático y yo les he saludado cortésmente. Me han mirado con cara rara y justo han contestado a mi saludo con un arqueamiento del arco ciliar. (Encima de hacer pira del instituto maleducados).

Sonaban las campanadas de las dos de la tarde cuando he emprendido mi camino de regreso pasando, inevitablemente, por el lugar donde estaba la parejita en cuestión. Ellos se sacudían algunas hojas prendidas en los vaqueros cuando en ese momento le ha sonado el móvil a la chica.

-         “Sí, ama, sí, acabo de salir de clase, cogeré el bus de y cuarto, sí, hasta luego”.

Mientras esto hablaba le hacía gestos al chico para que estuviera callado y no ofreciera pistas a su interlocutora.

Lógicamente, ambos dos se han dado cuenta de que yo había escuchado la pequeña conversación y la no tan pequeña mentira y me han mirado con cara desafiante. Sí, sí, no te lo pierdas, como si pensaran que iba a decirles algo en plan admonitorio o así… ¡hasta ahí podríamos llegar!

Pero me he quedado pensando en ello mientras conducía de vuelta a casa y el olor fragante de las mimosas endulzaba mi ánimo crítico.

¿Cuándo dije yo mi primera mentira? ¿Cuándo dije la última? ¿Fue la mentira compañera habitual en mi vida? ¿Se miente por miedo, por costumbre, como autodefensa?

Recuerdo claramente las bofetadas que me gané en mi adolescencia por descarada y contestona; es decir, por ir de frente y con la verdad por delante intentando que mi verdadera personalidad no se viera condenada al exilio por miedo a que mi sentido de la libertad se tropezara de frente con las normas de educación de quienes tenían que educarme.

La mentira me parecía un “pan para hoy y hambre para mañana”, una fea costumbre propia más de cobardes que de gente honesta. Además, estaba el riesgo de creerse las propias mentiras como yo veía que a mi alrededor les pasaba a muchas personas. Hablo de mi adolescencia, pero luego en la juventud también tuve que ser espectadora de otras muchas mentiras hasta que me tocó ser el sujeto pasivo de las mismas. Es decir, que empezaron a contármelas a mí.

Ahora, en mi edad más que adulta, las sigo detectando alrededor, como si fueran pulgas saltarinas que no dejan de molestar. Veo a gente que miente y se queda tan pancha. Veo a personas supuestamente responsables, adultos con hijos, profesionales incluso, que continúan con el feo hábito de intentar maquillar la realidad –un poquito aquí otro poquito allá- para sentirse mejor consigo mismas.

Crecí rodeada de grandes mentiras y de personas que la usaban para no enfrentarse a las consecuencias de la vida y muchos han sido los años y el trabajo que me ha llevado des-aprender lo malamente aprendido. Mi gran verdad ha sido muchas veces una gran mentira para los demás, porque no me han querido creer...las personas acostumbradas a mentir. Así se cierra el círculo vicioso de los mentirosos: desconfían de los demás porque saben que no pueden confiar en sí mismos.

Como la parejita de ayer.

En fin.

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domingo, 22 de abril de 2012

No importa estar un poco triste aunque no se sepa porqué.



Hubo un tiempo en mi vida en que me dediqué tontamente a analizar todos y cada uno de mis estados de ánimo, como si quisiera, a través de la razón, comprenderme un poco más y, sobre todo, justificarme a mí misma. Con el paso de los lustros me fui dando cuenta de la tamaña tontería que era esa parte de mi comportamiento y tasqué el freno para siempre.

Así que ahora, cuando estoy contenta sin saber porqué lo disfruto sin preocupaciones y dejo de lado el microscopio emocional. Sin embargo,  cuando es la tristeza la que se levanta conmigo por las mañanas me cuesta mucho más fingir que no le presto atención y seguir mi vida como si tal cosa y como racionalista que soy sé que tengo que desmenuzar la emoción siquiera una vez para poder decir: vale, de acuerdo, esto ya sé porqué me pasa y no me importa.

La mente tiene un escáner poderosísimo que funciona al ralentí durante el día y a pleno rendimiento durante el sueño y es allí cuando se detectan ignotas molestias, cuando surgen de los recovecos del alma algunos sueños enmohecidos o se activa el sistema de las lágrimas con efecto retardado. Todo vale para ese ingenio sin descubrir que llevamos dentro de la cavidad craneal.

Otra cosa es lo que se da en llamar alma. O espíritu. En esa nebulosa fantástica llena de etéreas emociones flotamos mal que bien demasiadas veces al vaivén de estímulos externos aunque intentemos que las “corrientes de aire” sean las menos posibles a favor de la paz interior. Y en esas luchas, en las que no siempre estamos presentes, surgen tristezas inefables que no llevan nombre ni origen determinado. Y como deberíamos saber que no todo lo que nos acaece puede quedar constreñido al ámbito estricto de nuestro “control”, la mejor decisión –desde mi punto de vista- es dejarlo correr y esperar a que cambie el viento.

Hoy puede ser uno de esos días en que me despierto descansada y al levantar la persiana descubro que un sol hermoso me está esperando. Sin embargo, me hago la remolona. Preparo mi desayuno automáticamente, sin dedicarle a mi estómago el homenaje que otros días le regalo. Visto mi cuerpo de agua y espumas y cuando ya está listo para decirle al nuevo día, “bueno, aquí estoy yo”, se queda mudo, parado, como un mal actor que olvida su papel en mitad de una escena.

Es un déjà vu que ya conozco desde siempre así que me recuerdo que no tiene importancia, que la escena puede quedarse detenida todo el tiempo que yo quiera, que nadie me juzga desde el patio de butacas, que tengo todo el derecho del mundo a suspender la función de ese día si así lo considero necesario, que soy mi propia empresaria, directora y primera actriz. Que estar un poco triste sin saber porqué no tiene ninguna importancia y que no voy a forzar ni sonrisas ni alegrías que hoy no están sino ser yo misma sin tener que dar cuentas a nadie de cómo me siento hoy. De la misma forma que las nubes no nos piden permiso para lanzar la lluvia ni para retirarse y dejar que luzca el sol.

No importa, de verdad que no.

En fin.

LaAlquimista

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viernes, 20 de abril de 2012

Alergias primaverales de tres al cuarto




“Alergia al marido”.


Es una hipersensibilidad latente durante el invierno y que se manifiesta ante los primeros capullos en flor produciendo una comezón en extremo desagradable que afecta sobre todo a las hembras de la especie que se sienten observadas, deseadas, codiciadas e incluso perseguidas por los maridos ajenos mientras que en el propio se da el caso común de tener,


“Alergia a la esposa”.


Es la reacción extraña que le asalta cada equinoccio de primavera al macho de la especie (humana) al observar el florecimiento repentino de TODAS las hembras de la especie (humana), perfumadas de feromonas y de nada más. Entra en franco litigio con la alergia anterior. Se cura con la llegada del otoño.


“Alergia al compromiso”

Ataca sobre todo al macho de la especie (humana) que ve que se acerca el destape primaveral y decide pasar los próximos seis meses picoteando de flor en flor para volver al invernadero de siempre cuando se acerca el otoño.


“Alergia a la comida basura”

Se da comúnmente en la hembra de la especie (humana) que desarrolla de repente una fobia visceral hacia la dieta alimenticia que ha seguido durante todo el invierno –léase alubias, garbanzos, pizzas, hamburguesas, comidas preparadas y/o congeladas, pasteles, frutos secos y chocolates en general- sintiendo la necesidad imperiosa de alimentarse de vegetales, frutitas y yogures desnatados. Dura hasta que termina la temporada de playa.


“Alergia a las vacaciones”

Se ensaña con los individuos de la especie (humana) en edad madura sobre todo y máxime si se trata de volver al pueblo en verano. Comienza desde ahora mismo el sufridor paciente a tener tics nerviosos cada vez que se habla de fechas, planes, itinerarios y familia política. Suele ser devastadora con graves consecuencias que pueden durar hasta las fiestas navideñas.


“Alergia al trabajo”

Esta es una alergia recidivante durante todo el año, pero con períodos de intensidad inusitada por el hecho de que cada vez oscurece más tarde y el individuo de la especie humana (hembra o macho) se retrae en retirarse a su madriguera al caer el sol, desarrollando hábitos latentes que inhiben el sueño por lo que al día siguiente el desempeño laboral ve mermada su eficacia. Se arregla con una semana de baja por enfermedad ficticia.


Supongo que hay más, pero ahora mismo estoy en una fase acelerada de “disritmia circadiana” y se me han agotado las neuronas en activo.

En fin.

LaAlquimista

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martes, 17 de abril de 2012

"¿El que venga atrás que arree?



Vivimos momentos históricos. Sí, ya sé que es una perogrullada, pero tengo que empezar por ahí para explicarme lo que quiero decir, lo que barrunto desde hace unos días, concretamente desde que el chavalín ése que jugaba con una escopeta se hizo daño sin querer, “cosas de niños, ya se sabe”, mientras su padre le miraba con ojos arrobados y se colocaba bien el foulard. Luego vino el abuelo –como en los mejores tiempos de Manolo Vázquez- a tropezarse en la sabana africana y romperse la cadera en el transcurso de un safari organizado por una princesa de nombre imposible y modelo barbie. Y si los españolitos de a pie nos hemos enterado de estos percances ha sido porque los protagonistas se han visto obligados a ingresar en centros hospitalarios españoles. Que si no, ni eso.

La información es poder. El cuarto poder le llaman a la prensa. Y gracias a ella se decide qué debe ser puesto en conocimiento de los ciudadanos y qué debe ser ocultado convenientemente. Porque, para quien no lo sepa, desde el accidente real hasta que salta la noticia a los medios transcurrieron treinta y seis horas, las necesarias para hacer el equipaje y volver a fletar el jet privado en que viajaba el Rey con un grupo de empresarios amiguetes de vuelta al suelo patrio.

Vivimos momentos históricos, claro que sí. Al igual que todos los seres humanos desde que el mundo es mundo; sólo que antes no lo sabían y ahora sí. Ahora no tendremos excusa alguna cuando llegue el futuro y nuestros hijos y nuestros nietos nos miren a los ojos y nos pregunten: “pero todo aquello que pasó… ¿no lo sabía todo el mundo?” Y habrá que decir que sí, que vaya que si lo sabíamos, pero que fuimos lo suficientemente cobardes o demasiado poco inteligentes como para hacer algo que pudiera salvarnos.

A veces escucho frases terribles en mi propio círculo. Del tipo, “total, a nuestra edad, ya lo que nos queda es vivir lo mejor posible la jubilación y poco más”. Que es lo mismo que decir: “el que venga atrás, que arree”. Como si no fuera nuestra también la responsabilidad de aceptar calladamente –o simplemente protestando en la barra del bar o en la sobremesa familiar- los tiempos “históricos” que nos está tocando vivir.
Mis abuelos vivieron faltos de información. Y la que recibían estaba manipulada, censurada y amputada. O lo que es peor, magnificada, inventada, exagerada. Y es comprensible, puesto que no tenían “medios” para acceder a la secuencia real de los acontecimientos. Pero nosotros… que podemos saberlo “casi” todo gracias a la tecnología… ¿cómo podemos hacer como si la cosa no fuera con nosotros?

Ya no existe ningún Luis Cesar Amadori que se atreva a filmar una película falsa y mentirosa como “¿Dónde vas Alfonso XII?” que vieron nuestros padres y abuelos creyendo a pies juntillas las mentiras históricas que se pusieron en boca de los personajes. Ya cerró la editorial que publicaba los libros de Historia de nuestro bachillerato ocultando, falseando y modificando al antojo de quien movía los hilos, una Historia de España cuyos protagonistas (Reyes y políticos) no fueron representados más que desde la mentira y el interés (de quien escribía la Historia).

Y precisamente, como vivimos “estos” momentos históricos, quizás sea menester que los que ya no tenemos “el futuro por delante” recopilemos las anécdotas desgraciadas que estamos viendo día sí y día también, para relatárselas a nuestros nietos (y reir por no llorar) cuando nos pidan que les contemos un cuento antes de ir a dormir.

Que aunque comparsas sin estipendio, también somos los de a pie protagonistas de este peliculón que nos están obligando a visionar para estremecimiento de nuestro corazón y martirio de nuestras neuronas.


En fin.


LaAlquimista


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lunes, 16 de abril de 2012

"A buenas horas mangas verdes" Un relato.



-“Mira, lo que he aguantado yo, eso no lo sabe nadie, ni siquiera mis hijos, que buena soy yo para andar hablando mal de su padre, que esas cosas se vuelven en contra de una a la larga, y lo he aguantado todo porque le quiero, eh, no te vayas a pensar que ha sido por cobardía o por los chavales, no, si yo en el fondo a mi marido le quiero, qué digo en el fondo, en el fondo y en la superficie, que aunque tenga un carácter, cómo decirte, “difícil”, es un buen hombre, vamos, te lo aseguro, lo que pasa es que, ya sabes, lo del trabajo que siempre le ha ido atravesado, con tanto viajar de acá para allá, pues uno se cansa también, ¿no? y yo entiendo que después de pasarte toda la semana en la carretera cuando vuelva a casa quiera un poco de tranquilidad, vamos, es lo normal y claro, pues aquí con los críos y mi trabajo también, llegaban los fines de semana y esto era la locura, él pidiendo, los críos pidiendo y a mí pues como que se me iban los nervios con tanta exigencia y el cansancio acumuldo y en cuanto el primero empezaba a gritar pues ya gritábamos todos y menudo follón que se armaba. Pero eso de puertas para adentro, que de puertas para afuera me he callado siempre, que ni a mi madre le he contado las humillaciones que me he tenido que tragar, que tú no sabes lo que es estar en la misma cama que tu marido y que no te toque un pelo y encima te diga que es que ya no le gustas porque te has puesto vieja y gorda, que eso ya me llegaba al alma, de verdad, ¿cómo voy a estar gorda trabajando desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche todos los días?, que no voy a conservar el tipo de los veinte, a ver, con dos hijos y la operación de estómago encima, pero claro, si tanto desajuste ni comer como Dios manda me dejaba, y ya me dirás, a las diez de la noche me voy a poner a hacer verduritas, un bocata y un vaso de leche con galletas y si se puede pues pizza para todos y tan felices. Pero lo que te decía, no es por quejarme, pero es que ya no puedo más, de verdad, que últimamente cuando volvía ya todo eran quejas, “que si estoy harto, que si no te aguanto más, que si todo el día con morros” y a ver qué quieres, ya le digo, si llevo casi treinta años sola durante la semana y cuando él viene pues ni caso apenas, echarme el polvo de rigor, con perdón por la claridad, y poco más, soltar el dinero necesario y siempre con lo suyo, pensando en babia y a los críos pues poco caso, eh, que ya sabes tú que me las he tenido que apañar sola y él, total, pegarles cuatro gritos y un par de bofetadas para cubrir el expediente y poder decirle a su madre que “a los hijos los lleva él mejor que yo que soy una blanda”, lo que soy es idiota y no blanda, porque ya a partir de que nació el primero me di cuenta de que este hombre no estaba por la familia sino por sus cosas, más aburrido que un muerto pero con un genio que no veas, que ya de novios me arreó algún empujón como quien no quería la cosa y ya de casados pues bueno, muy cariñoso no es que fuera, pero ya se sabe, los hombres aquí no son de expresar mucho los sentimientos y tal, pero cuando íbamos a casa de su madre a comer los domingos, cómo se le ponía la cresta, como al gallo del corral, que bien se veía que su padre, que en paz descanse, la trataba malamente a la madre porque él hacía lo mismo y yo tenía que haberme dado cuenta, que le venía de atrás lo de los malos modos, pero si hasta su madre le excusaba con el “ay, pobre, con lo cansado que está, toda la semana fuera de casa, no le eches cuentas” y claro, si ella defendía al hijo no iba yo a acusar al marido, porque además, bueno, pues las cosas tienen importancia sólo si tú se las das, ¿no? y yo miraba a mis amigas y casi todas estaban como yo, cansadas, insatisfechas, tiñéndose el pelo en casa por no gastar en ellas para que luego el marido te venga y te diga que cada día estás más fea y más vieja, que eso sí que tiene gracia, que lo dicen como un chiste pero tú te lo acabas creyendo y te miras en el espejo y al final es que te ves fatal, tú, ¿y cómo no con esta vida que llevo?. Y no sé, de verdad, que me ha dicho la psicóloga del plan ese que ha puesto el Ayuntamiento para mujeres maltratadas que me tengo que separar y yo le digo, ¡pero si yo no soy una mujer maltratada!, porque a mí, de verdad, es que mi marido no me ha puesto la mano encima más que unas pocas veces, pero con razón, bueno, con razón, por discusiones y tal, de esas que todos los matrimonios tienen, lo normal, pero es que no entiendo porqué se empeña mi hermano también en que me separe, si entonces voy a estar peor, sola, ya te digo y el sueldo de él pues tampoco lo puedo rechazar, que el mayor aunque ya trabaja se lo queda todo para él que tiene que forjarse un futuro y el pequeño pues malestudiando y lo que me cuestan las clases de la academia y la ropa que no te creas que se conforma con cualquier cosa y luego está lo de la moto, que parece que si no es en moto no puede salir de casa, el chaval, pero ya te digo que no es que no me importe que mi marido esté con otra que eso ya me lo olía yo desde hace mucho, pero bueno, como todos más o menos ¿no? y que hay que tragar y punto, pero es que lo de la hija que tuvo y que ya tiene once años la cría, y que eso no se hace, vamos digo yo, pero al final no es que me importe tanto, bueno, sí que me importa pero al final él no es mal hombre, que a nosotros no nos ha faltado de nada nunca aunque ahora lo del piso, oye, que quiere venderlo y quedarse su parte que se va a vivir ya de fijo con la otra y yo dónde me meto porque el juez no me va a dar nada, no, porque el menor tiene ya veinticinco y parece que se me acaba el derecho de vivir en el “hogar familiar” y bueno, pues eso, que total, que sepa ahora todo el mundo que tenía otra y con una hija y todo pues no sé qué importa, si al final, para lo que estaba conmigo tampoco hay que echar las campanas al vuelo, si lo que yo he aguantado no lo sabe nadie… y ahora ya, total, con cincuenta y dos que tengo a dónde voy yo, quién me va a querer, ¿sola me voy a quedar después de una vida aguantando? Pues que no me da la gana y ya le he dicho a la psicóloga esa, que se equivoca, que yo no soy una mujer ni sometida ni alienada ni nada de nada, sino una mujer normal y corriente, como hay miles, que aguanta con lo que le ha tocado hasta el final y nada más. ¡Qué manía con que si tengo una vida por delante y tengo que ser feliz y libre y zarandajas de esas! ¡A buenas horas mangas verdes!

En fin.

LaAlquimista

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domingo, 15 de abril de 2012

Cómo afrontar las crisis positivamente

 

En esta vida casi todo es cuestión de actitud y de aplicar cuando sea menester aquello que nos decían las abuelas de “al mal tiempo buena cara” o un aforismo similar que venga al caso. Porque recetas mágicas no hay, por mucho que se estén forrando –sí, forrando- los augures del reino a base de vender libros o dar conferencias donde quieren enseñarnos cómo hacer un guiso para seis con medio pollo y tres patatas. En las crisis, como en las guerras, o estás en un bando o estás en otro o te marchas a un país neutral a verlas en el telediario.

Crisis ha habido unas cuantas, pero lógicamente ahora parece que sólo importa una, la nuestra, la crisis “económica” de Occidente. Como ya la han desmenuzado los que saben de esto, economistas, sociólogos y presidentes de bancos o multinacionales, yo no tengo mucho que añadir, excepto aplicar mi pequeña filosofía en zapatillas.

Sin embargo, algo se puede hacer todavía individualmente cuidando y mejorando nuestra actitud. Cada maestrillo tiene su librillo y yo llevo ya por tercer año consecutivo utilizando –porque no me queda otra- mi regla de oro personal: “Me congratulo de lo que tengo en vez de condolerme por lo que me falta” y eso es algo que está al alcance de cualquiera que quiera dedicarle al asunto los diez minutos de reflexión necesarios.

¡Me faltan tantas cosas! Trabajo suficiente, dinero como antes, hasta la salud se resiente; el amor anda en globo y las relaciones interpersonales como el tiempo. Se han fundido los plomos de la tranquilidad y la seguridad es como una pistola en manos de un mono loco. No vemos salida al túnel porque estamos justo, justo en la mitad, en lo más oscuro, desde donde no se ve la luz futura ni se reflejan los resplandores pasados.

Sin embargo, la alquimia todavía sigue funcionando, sigue conservando su poder milenario y regalando resultados más que satisfactorios para quien se quiera tomar la molestia de meter en su alambique personal lo que de bueno queda todavía en su corazón.

Dicen que “las penas con pan son menos” y ahora habría que sustituir el dicho por “las crisis con amor son menos”. Transformar el silencio en música, la ausencia en calor, una caricia en cien abrazos, las sonrisas en combustible, la esperanza en pan para el espíritu…

La única libertad que me queda es elegir mi “actitud” ante cualquier hecho que me suceda y es lo que toca hacer ahora. Disfrutar de unos rayos de sol entre las nubes cargadas de nieve, valorar esa invitación a compartir un chocolate que hace eco en nuestra soledad, mirar con dulzura a quien está a nuestro lado y ya casi ni vemos, dar las gracias por tener todavía la vida en las manos, tan llenas a veces que nos pesan y las abrimos dejando caer cuanta ventura nos está siendo regalada y que rechazamos valorar porque… estamos en crisis y hay que poner cara sombría a la vida.

Una actitud positiva es el mejor aliado para soportar cualquier tipo de crisis: las que afectan a nuestro bolsillo y las que afectan a nuestro corazón. Y si cuesta demasiado aceptarlo, siempre quedará el recurso último y final de mirarse al espejo y hacer lo que nos dicte la persona que nos mira desde el azogue: encogerse de miedo o pelear.

En fin.

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viernes, 13 de abril de 2012

¿Seré una buena "suegra"?

 

No, no se casa ninguna de mis hijas –que seguro que tienen mucha más lucidez mental que la madre que las parió- pero hoy toca hablar de suegras porque me ha hecho mucha gracia la petición de una “oyente”; además, no todo va a ser devanarnos la sesera con temas enjundiosos.

La experiencia que tengo con tan vilipendiado colectivo me viene dada por un exhaustivo conocimiento empírico de la cosa habida cuenta de que servidora, aquí donde me ven o me intuyen, se ha casado dos veces, ergo he tenido dos suegras INMENSAS para compensar que sus maridos, es decir, los abuelos de mis hijas, fallecieron prematuramente y no pudieron acudir a la boda a bailar con la novia.

Pero yo no debo hablar de mis suegras puesto que una falleció y la otra sigue viviendo y como ambos casos están sujetos a mi respeto a la intimidad y al cariño hacia mis hijas, voy a hablar de las suegras de los demás, que de esas he visto centenar.

Una “suegra” es una mujer que casa a un hijo y es como si no lo casara, vamos, que le sigue guardando la habitación con los banderines de los equipos de fútbol y los posters de Rocky Balboa por si algún día decide recapacitar y regresar al hogar materno. Una suegra es una mujer que casa a una hija y de repente tiene dos hogares donde meter baza, dos economías que dirigir, dos hombres a los que criticar y tiene muy claro que si algún día su hija recapacita no tendrá que volver al hogar materno porque se quedará con el piso matrimonial.

Las “suegras” de por aquí no son mejores que las suegras de otras latitudes sino manifiestamente más tocapelotas, más metomentodos y más manipuladoras porque utilizan el matriarcado elevado a la enésima potencia (la suya) para meter cizaña entre la pareja , dar el coñazo y criticar al cónyuge de su vástago del alma a cambio de ocuparse de los nietos un par de horas al día y regalarles pijamas en su cumpleaños si son niños y muñecas si son niñas.

Hay “suegras” de diferentes categorías según tengan yerno o nuera. Las que consideran que tu marido es un infeliz y que te podías haber casado con alguien mucho mejor y las que consideran que tu mujer es una lagarta que te ha echado el lazo porque eres un infeliz que te podías haber casado con alguien mucho mejor.

La “madre política” es una variante mucho más aceptable que sólo hace visitas por Navidad y ni siquiera se molesta en ser simpática. Es la “mother in law” anglosajona y la “belle mère” francesa. Todo un lujo no al alcance de cualquiera.

Para compensar con las “suegras” están las abuelas. Aquellas madres de primera generación que quieren a sus hijos por encima de todas las cosas en este mundo y sólo desean su bien, respetando –algunas veces en silencio- sus decisiones y posibles errores en el uso de la libertad, que ayudan con los nietos, cocinan ricas comiditas para regalar metidas en fiambreras de las de antes, comparten los cuatro cuartos que tienen ahorrados para que sus hijos puedan tener un respiro y adoran a los nietos como se adoraba al niño Jesús de Praga en otros tiempos. Éstas nunca traspasan la línea que convierte a una mujer en una bruja…

Así que he decidido que nunca voy a ser “suegra”; seguiré siendo madre y ampliando la familia con más hijos y muchos nietos hasta el día en que me muera. Por éstas.

En fin.

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jueves, 12 de abril de 2012

"In medias res"



Es característica del ser humano una cierta inquietud por conocer el final de las cosas, como si sabiendo su duración se pudiese controlar de alguna manera el curso de los acontecimientos. Al leer un libro, por poner un ejemplo sencillo, uno toma conciencia de si hemos llegado ya a la mitad y, si nos está siendo especialmente grata la lectura, miramos con cierta pena cómo el volumen de páginas va disminuyendo. El epílogo puede ser leído con una sonrisa de satisfacción.

Cuando niños ya aprendimos a hacer esto al comernos un helado o las patatas fritas que acompañaban al filete. Mirábamos con pena cómo iba desapareciendo en nuestra boca aquello que nos producía deleite degustar y, aproximadamente hacia la mitad, el gozo comenzaba a transformarse en pena. Pena porque se acababa, porque teníamos constancia absoluta de que, irremisiblemente, se acababa.

Así la vida, nos ofrece su deleite aunque no queramos echar cuentas de si ya nos hemos comido una cuarta parte o andamos ya “in medias res”, hacia la mitad de las cosas. Pero aunque no sepamos –afortunadamente- en qué momento se terminará nuestra particular tragicomedia, sí somos conscientes de que nunca podrá superar cierto número de páginas. Algunos llegarán a la extensión de “En busca del tiempo perdido” y a otros les parecerá su vida un relato de Monterroso. Pero sea nuestra vida confusa y prolija como quiso Proust o breve y concisa como gustaba el laureado hondureño, no podemos sustraernos a la conciencia de haber sobrepasado con creces “ese punto medio” que nos lanza hacia la recta final.

Hablo, obviamente, de una reflexión realizada bajo el título de este blog, “A partir de los 50”,  que nos aboca a disfrutar conscientemente de cada instante del presente como irrepetible y quién sabe si con posibilidades de futuro. El resto de las personas, los que todavía juegan a luchar con la vida en los treinta o los cuarenta, tienen por delante la otra mitad del libro por escribir. Me temo que no va a quedar más remedio que dedicarse a los últimos capítulos con paciencia, amor y buena letra…

En fin.

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miércoles, 11 de abril de 2012

Anécdotas de la infancia



Como me he pasado toda la vida diciendo que la felicidad se me antoja que es lo más parecido a tener buena salud y mala memoria, algún duendecillo travieso se debe estar comiendo mis neuronas por racimos de cientos de miles y echando al olvido…muchas cosas. (Espero que no sea un duendecillo de nombre alemán). El caso es que tengo que recurrir a mis fuentes para llenar las lagunas que están surgiendo en mi memoria y… ¿quién mejor que mi propia madre para contarme la vida que no recuerdo? No es una broma, faltaría más, mi madre “me vive” con la cabeza en su sitio y la memoria dispuesta para lo que sea menester.

Ante mi preocupación y asombro de porqué tengo tan pocos recuerdos –apenas alguno- de mi existencia hasta los nueve años –más o menos- sugiere que al ser yo una niña “movidísima” los acontecimientos no se quedaban fijados en mi memoria, por estar mi mente dispersa la mayor parte del tiempo. No sé si es con fundamento científico que dice esto mi madre, pero algo de razón tiene que tener puesto que mi memoria adolece de grandes lagunas.

Ayer mismo –para mi regocijo- me contó los pormenores de una historiqueta de la que yo tenía conocimiento más por haberla escuchado en numerosas ocasiones que por tener recuerdo fehaciente de la misma.

Resultó que, estando solas en casa mi madre, una servidora y mi hermana de año y medio, la niña se hizo una herida y comenzó a sangrar en abundancia; mi madre, con el apuro, me dijo: “Ceci, toma este dinero y ve a la farmacia de abajo a comprar mercurocromo y una venda, ¡pero date prisa, no te entretengas y baja y sube corriendo!” La farmacia en cuestión era de sobra conocida por mí puesto que el mancebo de la misma me solía dar algún caramelote malvavisco cuando iba de la mano de mi madre a pesarme o comprar lo que se compraba antes en las farmacias: medicamentos y poco más. El caso es que –y de esto no me acuerdo más que del chupa-chups que luego saldrá en la historia- la farmacia estaba cerrada (por vacaciones sería) y, ni corta ni perezosa, me subí al trolebús que iba al centro y que paraba en la puerta de casa, en el Ensanche de Amara. Llegué hasta la calle San Martín, me apeé y fui a una farmacia que había (y sigue estando) cerca de la Catedral, pero parece ser que tampoco hubo suerte y me fui tranquilamente hacia el Boulevard. En la cestera de los arcos del “Barandi” me compré un novedoso chupa-chups(*) y en una farmacia de la calle Mayor adquirí lo que había ido a buscar con tanta urgencia. Después, ni corta ni perezosa, volví sobre mis pasos a coger el “trole” que me devolvió sana y salva, con el deber cumplido, y una hora más tarde, a mi casa.

Como es de suponer, para aquel entonces debieron de pasar dos cosas: una, que mi hermana se pudo haber desangrado, dos, que mi madre pudo tener un ataque de histeria. Llamó a mi padre al trabajo, quien salió a buscarme a la calle (menuda odisea) y en el mientrastanto yo tan feliz paseándome por Donosti, sintiéndome “mayor” por haber cumplido con éxito el recado al que me había enviado mi madre.

Ese espíritu aventurero, arrojado y exento de miedo ante los peligros que acechan en la vida, si de lograr mis objetivos se trataba, lo he debido de seguir manteniendo durante los siguientes cinco decenios puesto que, cuando mi madre, ayer mismo, me volvió a referir la anécdota –que pudo haberse convertido en algo grave- yo me eché a reir, viéndome a mis cinco años recién cumplidos, un retaco con el pelo cortado al modelo “postguerra”, con gafas y aferrándome a un billete de cinco pesetas que dio para toda una odisea.

Lo que es evidente es que no he cambiado demasiado… y así me luce el pelo. Al hilo de este “recuerdo” os invito a desgranar los vuestros…

En fin.

(*) Por cierto, ¿sabíais que el logo de la empresa lo diseñó Salvador Dalí?

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martes, 10 de abril de 2012

Los demás ven en nuestra "alma".




Me lo explicaba un vecino una de estas mañanas frías y antipáticas, guarecidos en los soportales mientras nuestros respectivos canes aliviaban sus perrunos cuerpos; me explicaba, digo, que las personas somos “emisoras” y “receptoras” y que eso los perros lo “huelen” a la primera. Que el perro capta el estado de ánimo que emites, si estás cansado, enfadado o triste. O contento, feliz y alegre. Recibe las ondas que le envías y las devuelve instintivamente, sin pasar por el filtro de la razón.

Por eso evitan acercarse a las personas que “emiten” malas vibraciones, -allí donde saben que puede haber una patada- y, por el contrario, buscan la caricia o el gesto amable de los amantes de los animales en general. Que según lo que yo emita, mi perro actuará de una manera o de otra conmigo. Que entienden el tono amable de la voz: “vamos perrito guapo, que te voy a sacar a la calle aunque haga un tiempo de p……s” o “ahora me dejas tranquila que voy a escribir mis cosas en el ordenador, ¿vale?” y si es acompañado de una caricia pues ya… ni te cuento… ahí los tienes, a tu vera para los restos.

Mientras desayunaba acunada por el calor de mi cama –privilegio de dioses con el tiempo que hace- reflexiono sobre el hecho de que no solamente los perros tienen esa capacidad de captar las ondas que emitimos los humanos, que nosotros, como animales por sobre todas las cosas, animales dotados de dignidad humana, también funcionamos como emisores/receptores de la energía del mundo que nos rodea.

¿No ocurre alguna vez que te presentan a una persona y de entrada y al primer golpe ya te está cayendo mal? Es porque somos capaces de captar las ondas de energía negativa –o mal rollo- que emana de su mirada, de un porte altivo o de una actitud despectiva. ¿Y el caso contrario? Mucho más fácil aún de percibir, esa especie de aura acogedoramente luminosa que emanan ciertas personas… y que, como en el primer caso, percibimos inmediatamente, como si fuera el “alma” la que se manifestase para orientarnos.

Pero a la inversa también funciona, claro está. Todas nuestras emociones rompen la barrera de la contención de una forma sutil e invisible por mucho que nos empeñemos en disimularlas u ocultarlas. La mujer antipática de voz dura no caerá bien a nadie; el hombre desafiante que eleva su voz y se impone tendrá pocos amigos (y aquí que cada uno ponga los ejemplos que conozca… o vea en el espejo reflejados cada mañana).

Con esta pequeña reflexión llego a la conclusión de que, de una vez por todas, -que ya tengo una edad como para aprender-, no debo hacer caso omiso a las ondas de mala energía que a veces percibo y, como mi perro, debo enseñar los dientes o simplemente, dar media vuelta y mostrar la grupa. En el más puro estilo animal. Sin tonterías políticamente correctas…y aceptar cuando me lo hacen a mí. Por algo será.

En fin.

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lunes, 9 de abril de 2012

Los lunes, limpieza



Desde que vivo sola es que no mancho nada o será que me estoy volviendo miope, pero el caso es que paso el dedo por los muebles y ni polvo encuentro apenas… y la lavadora que antes echaba chispas cada dos días… ahora gasto menos en suavizante que mi perro en libros –que ya es decir. Pero a pesar de estas apreciaciones puramente subjetivas sobre la higiene doméstica, servidora que es muy apañadita, dedica los lunes a hacer limpieza.

Paso el aspirador por toda la casa y por la agenda, por si me sobra algún teléfono que no quiero para nada. Cambio las sábanas de la cama, las toallas de mi baño y la manera de encarar la vida, si es que veo que me hace falta. Los cristales ni los toco, que hay muchos y grandes y ya se limpian, o así, con la lluvia; también dejo algunos asuntillos íntimos pendientes por si se lavan con la lluvia… o el paso del tiempo. Los cuartos de mis hijas los aireo con la brisa mañanera y los dejo como están: perfectos, preservados y llenos de amor. La cocina que esté ordenada. El frigorífico limpio y sin ningún producto caducado –también algunas relaciones han ido a la “basura” emocional por estar “caducadas”, que los perecederos me gusta que perezcan en la plenitud de su sabor y frescura. (Entiéndaseme bien, por favor)

Los baños son mi “asignatura pendiente”; odio limpiarlos, lo odio, lo odio, lo odio… Menos mal que sólo utilizo uno de los dos que hay, que si no… Freud diría que sigo teniendo fijaciones escatológicas, me da igual, pero siempre he sido muy “fina” yo… pero llega un momento en la vida –casi siempre a partir de cierta edad- en que hay que enfrentarse con la propia porquería. (Iba a poner otra palabra, pero me ha parecido ordinaria y maleducada). La vida nos salpica mucho barro, polvos viejos y telarañas antiguas, reproches del siglo pasado, rencores apestosos y resentimientos que es mejor que vayan directamente por el desagüe del inodoro. Y no tocarlos sin guantes, que pueden contagiar algo tóxico.

Mi “niña bonita” es el cuarto de estar porque, como su propio nombre indica, es donde estoy muchas horas al cabo del día, donde escribo entre plantas y músicas, mirando la ciudad y la mar al fondo, un espacio verde (ahora hay alfombra verde, lámpara verde, cuadro verde y muchas plantas con abundante clorofila) que me acoge, me protege y me da ánimos para seguir sintiendo que puedo llenar cada día mi vida de un nuevo sentido. Aquí agarro el plumero y voy limpiando –uno a uno- el polvo de los libros, de los recuerdos de mis viajes, de los marcos y sus fotos. Lo limpio, pero no solamente los lunes, sino cada día, porque hay espacios que deben ser preservados con buena energía y aire limpio para que al respirarlo nos llene el cuerpo y el espíritu de buen temple.

De mi dormitorio no digo nada porque es un lugar “sagrado” y ya sabéis que lo sagrado merece devoción aparte.

Los lunes hago limpieza para quitarme alguna porquería que se me haya quedado pegada en el alma sin darme cuenta (o dándomela). Que no es lo mismo, pero es igual.

En fin.

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domingo, 8 de abril de 2012

Actitud positiva. Alimenta y está libre de impuestos




Como la crisis nos va cercando irremisiblemente a una psicosis colectiva de reducción de lo que cada uno entendía por “estado del bienestar”, igual hay que empezar a sacarle punta al lápiz por el único sitio que puede resistir sin romperse. Tener una actitud positiva ante los avatares de la existencia significa, ni más ni menos, utilizar únicamente herramientas que permitan erradicar la palabra (y el concepto) “no”.

Estamos demasiado acostumbrados a utilizar el mencionado adverbio de negación precisamente para enfatizar algo positivo. Gramaticalmente esto tiene un nombre raro –irrelevante ahora mismo- que es capaz de producir en el inconsciente el efecto contrario al deseado. Es decir, el “no” llama a lo negativo como un reclamo irresistible.

Los propósitos deben realizarse en positivo,- asertividad le dicen-, y ensalzar la meta a conseguir ninguneando olímpicamente lo que se quiere evitar. Por ejemplo, en vez de decir “no voy a volver a tratar a esta persona que me hace daño”, habría que decir, “voy a tratar únicamente con personas que me aporten bienestar”. O algo así.

¿Parece una tontería simple y fácil? ¡En absoluto! Es muy difícil pensar siempre en positivo, estamos demasiado acostumbrados a hacerlo inconscientemente en negativo. Prohibiciones, tabúes, barreras, caminos vedados, vallas de espinos y todo tipo de limitaciones nos han empujado colectivamente a movernos alejados de la parte positiva de la vida.

Personalmente llevo intentándolo un par de años –con resultados “bastante” satisfactorios-, pero sé que puedo mejorar el sistema que, por cierto, a poco que lo pienso, es para todos el mismo.

Actitud positiva para darle la vuelta a las cosas. Actitud positiva para valorar más lo que está por dentro que lo vacuo y superficial de lo que nos hemos estado rodeando. Es tan sencillo como hacer la lista íntima y “secreta” de lo que REALMENTE queremos que sea nuestra vida dejando de lado las trampas sociales que nos llevan a comportarnos de una forma que, en muchísimas ocasiones, va en contradicción con nuestra más profunda esencia pero que nos sentimos débiles para enfrentar.

Quizás el fin de semana nos apetezca más un paseo por la naturaleza que una cena con ruido y aturdimiento. (En vez de expresar: “no quiero salir de fiesta”, decir “voy a dar un buen paseo por el monte”). Acaso estemos deseando disponer de unos días libres para reposar en silencio junto con nuestro interior cansado de pelear. (En vez de decir: “no soporto el ruido”, que sea “me voy a rodear de silencio”.) Y puede que hasta suspiremos por dormir solos o abrazados a alguien y en ninguno de los dos casos seamos capaces de realizar nuestro deseo, de dar rienda suelta a nuestra voluntad. (“No quiero estar contigo”, lo cambio por “prefiero estar sola”.)

Mi actitud positiva consiste en escribir –y sentir lo que escribo- durante un folio entero sin haber utilizado la palabra “no” más que para recordarme que mi vida se sustenta en el . Lo cual me llena de satisfacción (me alimenta) y está exento de cualquier tipo de tasa, gravamen o impuesto (es gratis).

En fin.

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viernes, 6 de abril de 2012

Hacerse el tonto. Todo un arte.



Hay personas que van adquiriendo práctica y perfeccionando el método de “hacerse los tontos” para no afrontar situaciones que resultan conflictivas o desagradables. Cuando les entra el malestar ante una realidad incómoda o poco gratificante, hacen como que tienen un ataque de amnesia y se desentienden olímpicamente. Es decir, juegan a “no darse por enterados”.

Cuando a ti, que estás ahí haciendo guardia en la húmeda garita, se te agota la paciencia y llamas y dices: “eh, ¿acaso no habíamos quedado en esto o lo otro…?”, ponen su voz más inocente –habría que verles la cara- y te sueltan eso de: “Uy, por Dios, si se me había olvidado completamente, ya lo siento…”.

Pero tú sabes que están mintiendo.

Son gente que “desaparece” durante unas cuantas semanas y deja de dar señales de vida, preocupando a los demás y deslizando el subliminal mensaje de que algo les ocurre. Cuando te contienes el mosqueo y llamas a su puerta a ver qué pasa, casi siempre ofrecen un panorama desolador de males a los que han tenido que hacer frente, dolores físicos y/o anímicos que les han tenido fuera de la circulación afectiva, cansancios varios y trabajos de Hércules. Y tú, que tenías preparado el discurso admonitorio, acabas compadeciéndote de sus penas y ofreciendo tu ayuda para lo que haga falta.

Pero tú sabes que te están mintiendo.

Estas personas -¿quién no tiene alguna así a su alrededor?- utilizan las relaciones casi únicamente para su propio beneficio, cuando precisan de ayuda que no pueden obtener por sí solos, y el resto del tiempo, se recluyen en sus aposentos, creando a su conveniencia una burbuja caliente y cómoda que excluye a los demás… una vez que ya han satisfecho su deseo o visto cumplida su necesidad. Sueltan el discurso de que “necesitan su propio espacio” o de que “ahora solo quiero tranquilidad”.

Pero tú sabes que se están mintiendo.

Son tres mentiras en una. La que lanzan al Universo, volviéndole la espalda a la vida. La que lanzan al prójimo a la cara, habiéndole tratado con cariño primero y retirándoselo después. Y la que se lanzan a sí mismos, en su interior bien guardado, convenciéndose de que ellos tienen “razones”  y el resto… únicamente malas intenciones.

Y ahí siguen; haciéndose los tontos, como si la cosa no fuera con ellos, sin querer saber nada, ni mojarse, ni echar una mano…. Hasta que vuelvan a necesitar algo y entonces volverán a llamar a tu puerta como si no hubiera pasado nada.

En fin.

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jueves, 5 de abril de 2012

Un Viernes (muy poco) Santo



¿Quiénes van a asistir hoy a la “Liturgia de la Pasión del Señor”? ¿Quiénes escucharán las lecturas del profeta Isaías y de San Pablo y de la pasión según San Juan? ¿Que de qué hablo…? Pocos, muy pocos serán los cristianos “de verdad” que participen en un culto religioso que se está convirtiendo más en recurso costumbrista o en folclore puro y duro. La “Semana Santa” es ya una atracción turística, como lo son los sanfermines. Hay que aceptarlo y punto.

Pero no es mi idea hablar de religión, ni discutir prácticas que no me conciernen por mi condición de apóstata, sino de lo que voy a imaginar harán mis conciudadanos y visitantes en este viernes de Abril en el que la previsión meteorológica de AccuWheater, -mucho más fiable que el pastor de Urbasa- tiene previstas lluvias durante casi todo el día y temperatura más bien fresquita.


Imagino –porque no voy a acercarme a verlo- grupos de turistas desorientados, paraguas en ristre, paseando después del desayuno en el hotel, por la “zona noble” de la ciudad, mirando al mar y acordándose de todos los muertos de quien se empeñó en venir al norte en vez de ir a los sitios donde está garantizado –o casi- el buen tiempo. Imagino su cara de fastidio al comprobar que las peores previsiones se están viendo cumplidas, el fastidio añadido de tener que apaciguar a fieras menores de edad tan sólo con la contemplación del “marco incomparable” y buscando desesperados cualquier sitio de comida basura o similar para aplacarlas.

Algunos incluso llegarán a visitar algún museo (de los dos que hay en la ciudad); otros se decantarán por el Aquarium y los más prácticos simplemente buscarán soportales con escaparates. Otros se preguntarán dónde se han metido los habitantes de la ciudad ya que no se cruzan más que con gente como ellos: turistas en cuerpo, alma y chubasquero.


Las iglesias también dan su juego, pero sólo las situadas en el centro. Fotografiarán la catedral de nefando estilo neogótico –con suerte podrán entrar en ella, pero eso no es seguro-; la Basílica de Santa María del Coro y la Iglesia de San Vicente, les permitirán darse un paseo del gótico tardío hasta el barroco pasando por bares de pintxos donde sólo entrarán en uno, en el primero que pillen, porque después de la bofetada monetaria por el sistema de “pintxo-plato”, ya no les quedará más ganas de dar de comer a los “luiscandelas” de turno.

Comer, lo que se dice comer, no sé yo si el turista come en Donostia. Si acaso los que estén bien informados y con la visa en la boca. Para los demás están los bocatas, los sitio donde dan un menú malo a precio (g)astronómico y los terribles “woks” de todo incluido menos la bebida. Pero ya se apañarán, ya, que para eso están de vacaciones y es Viernes Santo.


Lo terrible va a llegar después de comer. La tarde lluviosa en un día festivo del mes de Abril puede ser mortal de necesidad para los foráneos poco avezados y avisados. Menos mal que los cines trabajan y ofrecen una solución recurrida aunque no barata precisamente si se va en familia y encima se empeñan en lo de las palomitas.

¿Cuántas peleas familiares tendrán lugar esta tarde intentando matar las horas precedentes a la cena y el descanso? ¿Cuántas parejas acabarán en el hotel para hacer lo mismo que podrían haber hecho en su casa sin desplazarse kilómetros? ¿Cuántos estarán echando ya las cuentas de los días que quedan y el ritmo al que va bajando su presupuesto?

Les queda el consuelo y posiblidad de hacerse amigos entre ellos. Como la ciudad es pequeña y no salen de un “circuito” que ellos mismos se han delimitado, a fuerza de encontrarse una y otra vez dando vueltas a la farola, pueden acabar por saludarse y pararse a charlar y comentar la mala suerte que han tenido…por no querer hacer caso de las previsiones meteorológicas que decían que iba a hacer mal tiempo.

Aunque como dice una amiga mía, siempre les queda la opción de echarle la culpa al partido en el poder y aligerar la energía negativa…

Hoy me daré una vuelta por la barandilla y si encuentro a algún turista al borde del ataque de nervios, igual lo “amadrino” por unas horas y le llevo a un par de sitios que me conozco y que no están en las guías…que hoy es Viernes Santo y los cristianos tienen que demostrar que lo son.

Pero todo lo antedicho no son más que imaginaciones mías, vanas suposiciones desde el calorcito de mi hogar del que hoy no estoy obligada a salir…

En fin.

Si se veía venir.

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Fotos: Cecilia Casado

Mi perro no es tonto

 

Después de cinco meses cuidando del ex_perro de mi madre, ya le voy cogiendo más o menos el tranquillo a un animalillo que venía con sus mañas, costumbres y triquiñuelas añadidas a la hoja del pedigrí y, si bien jamás en mi vida había deseado ocuparme de ningún animal de más de dos patas ni mucho menos compartir parte de mi vida y mi espacio con él, ya se va definiendo el camino de una posible relación “hasta que la muerte nos separe”, pero teniendo bien claro que es él quien depende de mí y no viceversa.

Lo primero que tuve que hacer fue enseñarle a des-aprender sus trucos infalibles para conseguir del humano de turno todo lo que se le pasaba por el hocico y por su condición de macho de la especie perruna a la que pertenece –está claro que si hubiera sido “chica” no habríamos podido convivir bajo el mismo techo, demasiados estrógenos juntos…

Cuando entró en mi casa por primera vez, lo olisqueó todo y sacó a relucir olvidadas pelotillas de polvo de detrás del sofá y un calcetín desparejado de debajo de la cama donde no llega ni la escoba ni el aspirador. (Buen trabajo, Elur) Antes de que eligiera su espacio propio en el salón o en mi dormitorio le puse su camita debajo de la mesa de la cocina y al lado situé la vasija de plástico de donde come y bebe; pero no le gustó y el mismo día ya se situó a dormir en el pasillo, junto a la puerta (cerrada) de mi dormitorio buscando, alma de cántaro, la proximidad y el calor de otro ser, aunque fuera humano. Luego se duerme. No es tonto, no.

Cuando escribo, leo, miro una película, hablo por teléfono o realizo cualquier actividad que no me obligue a estar ni de pie ni moviéndome por la casa, se acerca y se tumba a mis pies. ¿Que me levanto a, por ejemplo, buscar un vaso de agua? Allá que se viene detrás de mí, me espera y vuelve conmigo a su posición en el suelo. No es que no pueda pasar ni un momento de su vida sin mí; es que se siente desamparado si me pierde de vista un segundo y supongo que intuye que de mi mano viene la comida que necesita. Luego se duerme. No es tonto, no.

Pero cuando me ausento de la casa y lo dejo encerrado en la cocina –no tiene visado para entrar en los dormitorios- con la comida en su cuenco, algo de luz si está oscureciendo y Radio3 prendida no muy alta para que escuche buena música, no se pone a ladrar ni monta bronca alguna. Se duerme plácidamente (o eso creo) y, simplemente, espera a que vuelva. Cuando regreso, salta como loco, caracolea, se excita hasta lo indecible, en definitiva, un recibimiento de alfombra roja que muchos humanos deberían imitar. Luego se duerme. No es tonto, no.

No me hace reproches, ni me molesta con tabarras varias; sabe cuál es su sitio y respeta el mío tan sólo a cambio de la comida y los paseos preceptivos. Cuando juego con él a lanzarle el hueso de plástico que venera, corre, salta, lo atrapa y escapa corriendo hasta su txoko con él entre los dientes. Entonces yo se lo quito y lo vuelvo a lanzar a la otra punta del pasillo y así hasta que se cansa él o me canso yo. Y sigue durmiendo. No es tonto, no.

Pero sólo se mueve por su propio interés: un paseo por el parque, la comida a sus horas y el resto del tiempo, dormir. ¿Haría otra cosa si tuviera inteligecia…?

En fin.

LaAlquimista

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