Leí esta frase en la novela “Leonora” de Elena
Poniatovska, atribuida a Octavio Paz, y tuve que detener la lectura, echar mano
del pequeño cuaderno que siempre me acompaña y apuntarla. Ha dormido –la frase-
varias semanas sin que me acordara de ella, hasta ayer por la tarde, recogida
en mi casa por culpa de ciertas inclemencias, en que la lluvia azotaba los
cristales mientras que, de este lado de la vida, intentaba calmarme inmersa en
las páginas de un libro. De repente, las letras dejaron de tener sentido porque
mis piernas, mi regazo, los brazos y el pecho se vieron sumidos en un calor
inusitado. Un reflejo del cristal me obligó a entornar los párpados para poder
seguir leyendo, tal era la fuerza del sol que inundaba el libro, mi cuerpo, la
habitación entera.
Asomando por la izquierda, se perfilaban todavía las nubes
cargadas de lluvia, esperando pacientemente para ocupar su espacio y volver a
cubrir de agua la ciudad y la vida. Sin embargo, un viento contrario se empecinaba
en no dejarlas pasar, en preservar un trocito de cielo limpio de grises y dejar
que los rayos de sol, inusitados, sorpresivos, caldearan los corazones y
alegraran los ojos a quienes nos dimos cuenta de lo que ocurría.
Un pequeño sitio al sol, apacible, sin ruidos ni penas
quejumbrosas. Un lugar íntimo y necesario donde refugiar lo que nos quede de
vida, aislado de griteríos y afanes vanos, lejos de cualquier reproche, silente
armonía en el cálido otoño de la existencia.
Cuando la vida es un tráfago ensordecedor a nuestro
alrededor, con teléfonos que suenan continuamente, cartas que llegan al buzón y
que son leídas sin rasgar ningún sobre, escritas sin necesidad de pluma y
enviadas ausentes de sello, que nos dejan una nada entre las manos, y ya no podemos
mojar ningún papel con las lágrimas del deseo o del amor, ni abrir un cajón y
estremecernos con el olor de un viejo papel lleno de caricias, cuando todo
cambia tan rápido que ni siquiera tenemos tiempo de hartarnos de ello… una
silla al sol de la tarde puede ser lo más parecido a unas gotas de felicidad
después de la lluvia.
Saca “una sillita al sol” de vez en cuando. Siéntate
en ella sin pensar en nada que no sea dejar de pensar en todo. Cierra los ojos
conforme el calorcito vaya llegando adonde más lo necesitas. Y nada más.
En fin.
LaAlquimista
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