Antes de ir a una gran ciudad hay que mirar bien en un mapa
en qué barrio nos alojaremos, no únicamente para no dejarnos la paciencia y el
dinero en traslados al centro, sino para que cuando volvamos “a casa” no nos
encontremos en pleno desierto. Es importante que haya comercio y, sobre todo,
algo de marchita, que se agradece enormemente salir a dar una vuelta a la hora
de la cena y participar del ambiente. Hay barrios en Londres donde sólo verás londinenses
(cosa interesante) y otros donde únicamente te cruzarás con turistas; cuestión
de elección.
La City es un barrio/hormiguero en horas laborables, aunque
no hay que dejar de visitarlo precisamente por eso mismo, pero para alojarse
basta con ir justo hasta Liverpool St. y, al final de Bishopgate, pasando el
puente, aterrizar en Soredicht, un barrio pleno de pubs, pequeños restaurantes
y aves nocturnas. A veinte minutos en metro de casi cualquier lado y a un paseo
andando de la Torre de Londres a la derecha y la catedral de St. Paul a la
izquierda.
Ahí es donde empezamos nuestra segunda jornada, día
laborable en La City, ejecutivos jóvenes de uniforme, con falda y taconazos
ella, con traje de lechuguino él, los maduros “bancarios” como en todas partes,
algún que otro bombín y muchos paraguas. La torre Swiss Re es una maravilla
arquitectónica, contrastando con la pequeña iglesita que sobrevive a sus pies.
El segundo café del día rodeadas de laboriosas hormiguitas que se afanan en un
ir y venir a paso ligero mientras nosotras nos demoramos en la contemplación de
su ajetreo.
La catedral de Saint Paul es inmensa y aparece rodeada de
autobuses turísticos, grupos heterogéneos en pantalón corto y en cuyo centro
alguien enarbola un paraguas de colores, rebaños –con todo su derecho- de los
que huimos atravesando el puente del Milenio que nos lleva a la otra orilla,
perspectiva magnífica, el río majestuoso, cambiante en sus luces por las nubes
que raudas se desplazan al son de un viento que es más primo del huracán que
hermana de la brisa.
Enfrente, la antigua central eléctrica reconvertida en el
museo más codiciado de Londres (según algunos artistas que se hacen pagar bien)
* ver anexo. El paseo por Southwark, por el
borde del río, que lleva hasta el famoso puente de la Torre de Londres,
es una auténtica delicia y el tiempo nos es propicio, hace fresquillo, pero no
cae ni una gota de agua.
Una de las cosas buenas que tiene el cambio de costumbres y
horarios es que cuando nosotros aperitiveamos ellos comen y cuando nosotros
comemos, ellos meriendan, es decir, que se puede comer a todas horas en casi
cualquier sitio. ¿Y qué mejor lugar que uno de los mercados más emblemáticos y
coquetos de Londres? The Borough Market nos recibe con sus olores suculentos y
cosmopolitas. Tengo dudas entre elegir una raclette francesa o un
auténtico falafell . Al final, decisión salomónica, uno de cada y a
disfrutar del almuerzo a las doce del mediodía. Al lado, la más antigua
catedral de Londres, Southwark Catedral, nos acoge con un culto y simpático
guía que nos explica que somos de los pocos visitantes que entran atraídos por
el arte gótico y no por ir a los toilettes como hacen algunos… ¿? Como
no hemos visitado Saint Paul, hacemos parada y fonda durante un buen rato ante
las vidrieras con personajes de Shakespeare representados en ellas.
Porque es justo al lado donde se halla la réplica del famoso teatro del famoso dramaturgo, “The Globe”, que decidimos no visitar vista la cola serpenteante que lo circunda. A cambio, nos desperezamos el día en los Tobard Gardens, con su césped inmaculado y la visión de postal al fondo del famoso Puente que no estaba esta vez “falling down”…
Porque es justo al lado donde se halla la réplica del famoso teatro del famoso dramaturgo, “The Globe”, que decidimos no visitar vista la cola serpenteante que lo circunda. A cambio, nos desperezamos el día en los Tobard Gardens, con su césped inmaculado y la visión de postal al fondo del famoso Puente que no estaba esta vez “falling down”…
Mientras sacábamos las fotos de rigor, una cuadrilla de jovenzuelos pegaba saltos en el pretil arriesgando su integridad física y llamando la atención de los tranquilos paseantes. (No hace falta esforzarse mucho para adivinar su nacionalidad, qué pena, qué ejemplo de mala educación)
La Torre de Londres es lo que es, es decir, la fortaleza y
las mazmorras donde estuvo presa antes de ser ejecutada mucha gente famosa. Y
donde Her Majesty guarda la “bisutería” los días que no le toca lucirla.
Pagar 21 Libras (26€) por la visita es algo que sólo se puede hacer una vez en
la vida, y como ya lo hice hace cinco años, mi hija comprende perfectamente que
es mejor dirigirse a tomar un buen tentempié al escondido puerto fluvial que se
halla en la zona.
Son ya las tres de la tarde y el cansancio empieza a hacerse
sentir, así que pillamos un bus en dirección contraria y nos vamos a dar un
buen paseo cómodamente sentadas en el piso superior con vistas privilegiadas.
El recorrido más largo que encontramos nos lleva hasta Pentonville, a King’s
Cross Station –o lo que es lo mismo, la estación de Harry Potter y su famoso
andén 9 y ¾-. Que está ahí mismo, el andén, digo, para hacerse la foto
divertida, con un carrito de equipajes empotrado en la pared de ladrillo…
Regent’s Park nos invita al último paseo del día, antes de
regresar al hotel a descansar recorriendo, siempre en autobús público, los
barrios de Marylebone, Mayfair, el Strand, la City y llegar piano piano hasta
la misma puerta del hotel. Dos horas de descanso y salir a cenar por la zona a
un vietnamita de los de verdad, es decir, con vietnamitas en la cocina y en la
mesa. Ni un turista esa noche. Bien.
Anécdota del día.- Al ir a coger el primer autobús del día me entra la duda (tonta) de si la tarjeta que llevamos sirve para todas las líneas y, estando en la parada un matrimonio de jubilados, le enseño la tarjeta a ella y, en mi mejor inglés, le hago la pregunta pertinente. Mi sonrisa se queda congelada cuando la buena (o no tan buena) mujer, me aparta –literalmente- la mano y con un gesto desdeñoso a todas luces, me dice “No, no”. A continuación, el marido le toma del brazo, la dirige hacia el bus que llega y le comenta en voz bien alta y en CASTELLANO: “A saber lo que quería ésa pedirte…” La pena es que el bus arrancó con ellos dentro, que si no le hubiera explicado, en castellano yo también, que cuando uno no sabe idiomas, o se queda en casa, o se viste de sonrisas y disculpas… En fin.
El museo del día.- “The Tate Modern”.
Habíamos sacado las entradas por Internet para no hacer la
cola en la exposición de Damien Hirst. Curiosamente, a las diez de la mañana,
un viernes, no había ni un alma esperando, delante de los seis puestos de venta
de entradas. Mejor. Todas las salas para nosotras (y otros cuatro despistados
madrugadores más). Hirst no es que sea mi artista contemporáneo favorito, ni
mucho menos, pero “había que verlo” y sobre todo después de leer el último
premio Goncourt de Houellebecq donde hace mofa y befa de este artista y otros
del estilo de Jeff Koons. La exposición es una “pasada” total y absoluta. Discuto
con mi hija largamente sobre lo que es “arte” y lo que es ARTE y aprecio la
claridad que aporta su punto de vista. Se ve que conoce el percal, por algo es
la artista de la familia… “The Physical Impossibilitiy of Death in the Mind of
Someone Living” –o el tiburón en formol, los famosos “Spot paintings”, la pobre
“Black sheep”, los mandalas a base de mariposas, el invernadero lleno de lepidópteros
vivos, las moscas comiéndose la cabeza de la vaca… Y como colofón, en el gran
loft de la planta baja “For the love of God”, su famosísima calavera de
brillantes… ¿Es el mismo arte el que
vimos ayer en la National Portrait Gallery que lo que estamos viendo hoy?
¿Quién responderá a la pregunta del millón? . Pero la Tate Modern es mucho más
que Hirst…
En fin.
LaAlquimista
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