Todos conocemos algún caso. De cerca o de lejos, le hemos
seguido la pista a alguna persona que ha tirado la toalla anímicamente y no
tiene más discurso que el de “ya no tengo ganas de vivir más”.
Obviamente, si yo fuera profesional de la medicina y hubiera
hecho el juramento hipocrático, no me plantearía duda alguna el hecho de
intentar ayudar, animar, consolar o vitalizar en la medida de lo posible a esa
persona enferma de ausencia de ganas de vivir, enferma del alma. Pero como
mujer sana, vitalista y con un cuerpo entero que alberga un alma también sana,
no puedo hacer sino observar, comprender
y aprender de esos seres humanos que quieren apearse del tren vital antes de
llegar a la última estación.
Si fuera psicóloga, psiquiatra, filósofa, humanista o
simplemente socióloga de bolsillo tendría al alcance de mi comprensión una o
varias teorías que explicarían y justificarían el comportamiento descrito. De
manual, vamos.
Pero tan sólo quisiera comprender desde mi óptica
humana–alejada de toda formación academicista- cómo y porqué tantas personas
que aún no han agotado su cauce vital, jóvenes incluso, miran salir el sol cada
mañana y cómo se pone cada tarde, sin que en el intervalo se les mueva ni una
sola pestaña para hacer algo con su propia vida.
Estas personas que, repito, no están enfermas del cuerpo ni
de la mente sino lejanas a su propia alma, hacen girar el reloj vital alrededor
de su propio espacio. Cerrado, claustrofóbico a veces, alejado del amor hacia
los demás y hacia sí mismas, un espacio umbrío hasta el que no pueden entrar
los rayos del sol, los rayos de la vida, porque ellas mismas así lo han
decidido.
No hablo de personas depresivas, ni con trastornos
bipolares, ni neuróticas, ni con ninguna patología clínica. No. Hablo de las
personas a las que les da lo mismo “arre que so” o que el mundo esté a punto de
estallar, siempre y cuando no se tambalee su precario equilibrio y no se rompa
ese hilo que les mantiene unidas a sí mismas, dentro de una órbita individual y
carente de oxígeno.
Hablo de personas egoístas, terriblemente egoístas, que no
piensan más que en su devenir cotidiano dentro de un mundo que no aceptan, pero
del que todavía forman parte. ¿Qué hacer con ellas?
Y para que no sea una preguntar retórica, me la responderé a
mí misma en pocas palabras. Nada. No habría que hacer nada más que dejarlas en
paz, en su mundo, respetarlas en su decisión y comprender que tienen que tener
motivos que se nos escapan –y que no son de nuestra incumbencia- para
comportarse de tal manera.
Probablemente, el Universo y sus paradojas les hará vivir
hasta los cien años…
En fin.
LaAlquimista
Por si alguien desea contactar:


tu entrada me ha dado para pensar un rato
ResponderEliminar...Seguro que es para bien!
EliminarUn fuerte abrazo.
Alqui