Modelo nº 1.-
De repente percibes que ya llevas varias noches durmiendo
mal, con un ruido de fondo en sordina que enturbia el descanso. Ese despertar
súbito en mitad de la noche, empapado de sudor, con la sensación de que las
pesadillas acechan y que, si te vuelves a abandonar, se adueñarán de tu alma.
En la mañana no hay sensación de descanso que ilumine el día
y el buen humor se ha perdido en algún recoveco del inconsciente. El bullicio
interior sigue molestando aunque lo intentes ahogar en café con leche. Los
pequeños ruidos se convierten en estruendos, la palabra concisa en discurso
insoportable, la vida es un inconveniente, hay un dolor invadiéndolo todo.
Y el miedo. El miedo al abandono. El miedo al
abandono que sobrevendrá si hablamos. No. Mejor callar, como siempre, evitar el
conflicto, para qué más peleas. Aunque la pelea sea interior, con uno mismo,
angustia que se agarra a la boca del estómago, estrujándolo. El malestar
acabará convirtiéndose en enfermedad, eso también lo sabes.
Y cuando ya está todo a punto de explotar, por un último
resquicio de lucidez, aparece la decisión. La que desde el primer día ha estado
ahí y has estado amordazando, reteniendo, impidiendo nacer y ser.
La decisión de actuar. De hablar. De no callar más. De
expresar tu deseo con la última gota de libertad.
¡Qué bien que te has atrevido!
Quien espera, desespera. Cuán cierto es. Junto a un teléfono
mudo o frente a una puerta cerrada. Sin atreverse a llamar a uno o a otra por miedo
al rechazo. Intuyendo que del otro lado está algo parecido a la
felicidad; pero sólo el silencio. El nuestro también. ¿A quién le importará tu
felicidad más que a ti mismo? ¿Son los demás los que tienen que luchar por verte
feliz?
Esperar a que el mundo comience a moverse de nuevo. Esperar
a que deje de llover. O a que llueva. Pasividad que corroe por dentro e impide,
simplemente, vivir.
Y ya, cuando todo se está derrumbando, en el último instante
de la angustia suprema, sentir, por una vez sentir en vez de pensar, que ya
nada importa y entonces llamar.
¡Qué bien que me he atrevido!
Modelo nº3.-
La vida es dura. Ha transcurrido en su mayor parte y nos ha
desgarrado más de lo que podíamos haber llegado a pensar. Y duele. Las manos
están vacías ahora. La vida nos ha quitado tantas cosas. O quizás fueron las
personas. O fue ella. O él. Todo por lo que habíamos luchado se esfumó con una
firma sobre un papel. Y ya nada importa, porque las nubes se han instalado en
nuestra rutina.
Otro ser humano se tropieza con lo que queda de nuestra
pequeña verdad y la abraza. Otro naufragio que palpita junto al nuestro. Pero
no. ¿Volver a amar? ¿Volver a luchar? ¡Para qué! Mejor quedarse inmóvil por miedo
a la repetición de la vieja y mala historia.
Quiero estar solo, necesito estar solo, solo, solo, solo.
Siempre habrá un canto de sirena tentándonos. O una
propuesta de vida. No volver a caer en la tentación. Resistir. Resistir solo.
Dormir solo. Morir solo.
¡Qué pena que no te atreviste!
En fin.
LaAlquimista
Por si alguien desea contactar:


¡¡me encanta!! como cuentas las cosas
ResponderEliminarGracias, Angeles, pero es la vida misma, sin florituras, la que nos pasa a todas todos los días.
EliminarUn fuerte abrazo.
Alqui.