Me lo explicaba un vecino una de estas mañanas frías y
antipáticas, guarecidos en los soportales mientras nuestros respectivos canes
aliviaban sus perrunos cuerpos; me explicaba, digo, que las personas somos
“emisoras” y “receptoras” y que eso los perros lo “huelen” a la primera. Que el
perro capta el estado de ánimo que emites, si estás cansado, enfadado o triste.
O contento, feliz y alegre. Recibe las ondas que le envías y las devuelve
instintivamente, sin pasar por el filtro de la razón.
Por eso evitan acercarse a las personas que “emiten” malas
vibraciones, -allí donde saben que puede haber una patada- y, por el contrario,
buscan la caricia o el gesto amable de los amantes de los animales en general.
Que según lo que yo emita, mi perro actuará de una manera o de otra conmigo.
Que entienden el tono amable de la voz: “vamos perrito guapo, que te voy a
sacar a la calle aunque haga un tiempo de p……s” o “ahora me dejas
tranquila que voy a escribir mis cosas en el ordenador, ¿vale?” y si es
acompañado de una caricia pues ya… ni te cuento… ahí los tienes, a tu vera para
los restos.
Mientras desayunaba acunada por el calor de mi cama
–privilegio de dioses con el tiempo que hace- reflexiono sobre el hecho de que
no solamente los perros tienen esa capacidad de captar las ondas que emitimos
los humanos, que nosotros, como animales por sobre todas las cosas, animales dotados
de dignidad humana, también funcionamos como emisores/receptores de la energía
del mundo que nos rodea.
¿No ocurre alguna vez que te presentan a una persona y de
entrada y al primer golpe ya te está cayendo mal? Es porque somos capaces de captar
las ondas de energía negativa –o mal rollo- que emana de su mirada, de un porte
altivo o de una actitud despectiva. ¿Y el caso contrario? Mucho más fácil aún de
percibir, esa especie de aura acogedoramente luminosa que emanan ciertas
personas… y que, como en el primer caso, percibimos inmediatamente, como si
fuera el “alma” la que se manifestase para orientarnos.
Pero a la inversa también funciona, claro está. Todas
nuestras emociones rompen la barrera de la contención de una forma sutil e
invisible por mucho que nos empeñemos en disimularlas u ocultarlas. La mujer
antipática de voz dura no caerá bien a nadie; el hombre desafiante que eleva su
voz y se impone tendrá pocos amigos (y aquí que cada uno ponga los ejemplos que
conozca… o vea en el espejo reflejados cada mañana).
Con esta pequeña reflexión llego a la conclusión de que, de
una vez por todas, -que ya tengo una edad como para aprender-, no debo hacer
caso omiso a las ondas de mala energía que a veces percibo y, como mi perro, debo
enseñar los dientes o simplemente, dar media vuelta y mostrar la grupa. En el
más puro estilo animal. Sin tonterías políticamente correctas…y aceptar cuando
me lo hacen a mí. Por algo será.
En fin.
LaAlquimista
Por si alguien quiere contactar:


No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada