A fuerza de intentar atemperar ese racionalismo que traigo
de fábrica y el afán de organizar, controlar la logística y una buena dosis de
previsión, voy recogiendo poco a poco los frutos de mi trabajo de
des-aprendizaje.
Ayer mismo, primer día en que consigo dormir las siete horas
que marcan los mandamientos, después de superar la disritmia circadiana (para
los que no gustan de usar el idioma español, “jet-lag”), renazco a la vida
descansada, sin atisbo de malhumor alguno y me encuentro con que esta me recibe
con “alfombra roja”; es decir, un día despejado de nubes que comienza
fresquito para ir, dulcemente, caldeando los corazones e impregnando la piel de
la energía que todos necesitamos por estas fechas.
Sin encomendarme a dios ni al diablo llamo a mi restaurante
favorito, ese que está en lo alto del monte, con vistas al mar, donde hay
silencio y se puede soñar, y reservo una mesa. No sé con quién iré, ni si iré
con alguien, pero está claro que los impulsos priman hoy sobre mi razón que me
dice que tengo borraja cocinada y que es martes y que… ¡Nada, ni caso!
Me lavo y acicalo como si fuera de boda y pongo encima de la
cama ropita guapa; me apetece. Salgo a la calle con Elurtxito y le compro un
hueso (de plástico) nuevo. De vuelta a casa, decido que hoy no hay “faenas
caseras”, ni siquiera abro el blog, pero sí todas las ventanas para que el
aroma a mimosas se expanda por los rincones.
De repente, la gran idea. ¿Y si llamo a alguien para
compartir el lujo de comer al aire libre y pasear por la naturaleza?
¿Encontraré disponible alguna amiga que sea capaz de hacer un plan con una hora
de adelanto un día laborable? Hago mi primera llamada y la idea es recibida con
aplausos, pero… tiene un niño “pachucho”, qué pena. A la segunda llamada que
hago, mi proposición deshonesta es aceptada en un pispás. Una esposa y madre
reorganiza su vida doméstica para hacer sitio a un impulso maravilloso. A su
vez, llama a otra amiga a la que también le falta tiempo para cambiarse el chip
y apuntarse al plan.
Lo hablamos en la sobremesa mientras damos un dulce paseo
para reposar los alimentos ingeridos (todo riquísimo).
Nos hemos acostumbrado demasiado a rutinas inamovibles, a
corsés estereotipados del tipo: “yo salgo con las amigas los viernes por la
noche”. O “entre semana se come en familia y punto pelota”. O, “prefiero
ir a un restaurante un día de fiesta” –cuando está lleno, agobiante,
ruidoso y con posibilidad de comer mucho peor.
Nos hemos ido quedando con el piñón fijo de esto se hace los
lunes y esto se hace los sábados. Y casi siempre somos nosotras, las mujeres,
las que nos encorsetamos sin que nadie nos obligue a ello, porque… ¿Cuántas
veces no nos habrá dicho un hijo eso de “me voy a comer a casa de
fulanito”? O la pareja, “oye, que me ha salido una comida, nos vemos a
la noche”. Y nosotras, ahí, al pie del cañón, con la mesa puesta y la
comida preparada, con una cara de…
Que lo de ayer fue un impulso maravilloso y quería
compartirlo por si a alguien le sirve de algo.
LaAlquimista
Por si alguien desea contactar:


No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada