Como me he pasado toda la vida diciendo que la felicidad se
me antoja que es lo más parecido a tener buena salud y mala memoria,
algún duendecillo travieso se debe estar comiendo mis neuronas por racimos de
cientos de miles y echando al olvido…muchas cosas. (Espero que no sea un
duendecillo de nombre alemán). El caso es que tengo que recurrir a mis
fuentes para llenar las lagunas que están surgiendo en mi memoria y… ¿quién
mejor que mi propia madre para contarme la vida que no recuerdo? No es una
broma, faltaría más, mi madre “me vive” con la cabeza en su sitio y la memoria
dispuesta para lo que sea menester.
Ante mi preocupación y asombro de porqué tengo tan pocos
recuerdos –apenas alguno- de mi existencia hasta los nueve años –más o menos-
sugiere que al ser yo una niña “movidísima” los acontecimientos no se quedaban
fijados en mi memoria, por estar mi mente dispersa la mayor parte del tiempo.
No sé si es con fundamento científico que dice esto mi madre, pero algo de
razón tiene que tener puesto que mi memoria adolece de grandes lagunas.
Ayer mismo –para mi regocijo- me contó los pormenores de una
historiqueta de la que yo tenía conocimiento más por haberla escuchado en
numerosas ocasiones que por tener recuerdo fehaciente de la misma.
Resultó que, estando solas en casa mi madre, una servidora y
mi hermana de año y medio, la niña se hizo una herida y comenzó a sangrar en
abundancia; mi madre, con el apuro, me dijo: “Ceci, toma este dinero y ve a
la farmacia de abajo a comprar mercurocromo y una venda, ¡pero date prisa, no
te entretengas y baja y sube corriendo!” La farmacia en cuestión era
de sobra conocida por mí puesto que el mancebo de la misma me solía dar algún caramelote
malvavisco cuando iba de la mano de mi madre a pesarme o comprar lo que se
compraba antes en las farmacias: medicamentos y poco más. El caso es que –y de
esto no me acuerdo más que del chupa-chups que luego saldrá en la historia- la
farmacia estaba cerrada (por vacaciones sería) y, ni corta ni perezosa, me subí
al trolebús que iba al centro y que paraba en la puerta de casa, en el Ensanche
de Amara. Llegué hasta la calle San Martín, me apeé y fui a una farmacia que había
(y sigue estando) cerca de la Catedral, pero parece ser que tampoco hubo suerte
y me fui tranquilamente hacia el Boulevard. En la cestera de los arcos del
“Barandi” me compré un novedoso chupa-chups(*) y en una farmacia de la calle
Mayor adquirí lo que había ido a buscar con tanta urgencia. Después, ni corta
ni perezosa, volví sobre mis pasos a coger el “trole” que me devolvió sana y
salva, con el deber cumplido, y una hora más tarde, a mi casa.
Como es de suponer, para aquel entonces debieron de pasar
dos cosas: una, que mi hermana se pudo haber desangrado, dos, que mi madre pudo
tener un ataque de histeria. Llamó a mi padre al trabajo, quien salió a
buscarme a la calle (menuda odisea) y en el mientrastanto yo tan feliz
paseándome por Donosti, sintiéndome “mayor” por haber cumplido con éxito el
recado al que me había enviado mi madre.
Ese espíritu aventurero, arrojado y exento de miedo ante los
peligros que acechan en la vida, si de lograr mis objetivos se trataba, lo he
debido de seguir manteniendo durante los siguientes cinco decenios puesto que,
cuando mi madre, ayer mismo, me volvió a referir la anécdota –que pudo haberse convertido
en algo grave- yo me eché a reir, viéndome a mis cinco años recién cumplidos,
un retaco con el pelo cortado al modelo “postguerra”, con gafas y aferrándome a
un billete de cinco pesetas que dio para toda una odisea.
Lo que es evidente es que no he cambiado demasiado… y así me
luce el pelo. Al hilo de este “recuerdo” os invito a desgranar los vuestros…
En fin.
(*) Por cierto, ¿sabíais que el logo de la empresa lo diseñó
Salvador Dalí?
LaAlquimista
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