Creo que esta frase, disfrazada de máxima de libro de
autoayuda, la escuché o leí por primera vez hace más de veinte años. Pues hoy
es el día en que la sigo teniendo presente cada vez que se me cruzan los cables
en uno cualquiera de los cambios de rasante por los que transcurre mi vida. A
diferencia de otras personas, -más sabias, más inteligentes y, sobre todo, más
listas- que saben en cada momento y ocasión cómo actuar, qué decir o qué
callar, yo me atoro como el gatillo de un rifle y cuando intento
desencasquillarlo se me dispara solo y organizo una escabechina (figuradamente,
claro) a mi alrededor.
Eso es porque ese día se me ha olvidado en casa la frasecita
de marras, porque no la tengo grabada al rojo vivo en algún sitio a la vista
que me recuerde la utilidad de la inacción, porque debería tener unos cuantos post-it
mentales en color fosforito para impedirme meter la pata. El caso es que, mira
que tengo ejemplos cotidianos a mi alrededor de personas que no hacen nada
cuando no saben qué hacer; algunos políticos, sin ir más lejos. O algunos
directivos de empresa, esos que se sientan ante una mesa llena de problemas y
vacía de documentos y ponen cara de sufrir intensamente y están pensando en qué
les pondrá la mujer para cenar esa noche.
Yo también tengo que aprender, de una vez por todas, a no
hacer nada cuando no sé qué hacer. Cuando una situación me supera ¿por qué
quiero siempre hallar la solución que la desenmarañe? Cuando no entiendo el
comportamiento de los otros ¿por qué me rompo la cabeza intentando
interpretarlo –erróneamente casi siempre?
Parece que si no estamos activos continuamente, enredando en
la vida propia y la ajena, entrando y saliendo, subiendo y bajando, como motos
con unos y con otros, todo el día sin parar un segundo, sin detenernos, “haciendo
cosas”, no podemos sentirnos satisfechos de nosotros mismos. Y, sin
embargo, sé perfectamente que el tomar distancia para ver las cosas con
perspectiva, desde la inacción consciente, es la mejor manera –en lo que a mí
me sirve y a nadie espero convencer- de no perder la tranquilidad de espíritu.
Porque la vida la hacemos muy complicada las personas y
luego no paramos de quejarnos de los líos en los que nos hemos metido…así que
es bueno recordarme que, cuando no sé qué hacer, lo mejor que puedo hacer
es…nada.
En fin.
LaAlquimista
Por si alguien quiere contactar:



mejor me iria si consiguiese poner en practica esa frase tan sabia, hoy sin ir mas lejos he estallado, por algo que me ha parecido injusto, y en un ataque de ira y sin pensarlo dos veces he llamado por telefono a una persona y le he hablado demasiado alteradal. no conozco el termino medio, peco por defecto o por exceso, cuando algo me molesta, me supera, o se me escapa de las manos, me ofusco en exceso, a partir de ¡¡ya!! intentare no hacer nada cuando no tenga muy claro que hacer
ResponderSuprimirun abrazo
Angeles... ufff. pero si eso nos pasa a todos!!! que somos viscerales, impulsivos y, claro, luego pensamos, cachis por qué no me habré callado la boca...
ResponderSuprimirTe sugiero leas el post "Media hora de seguridad" que compartí el otro día en DV.com. Es un poco más de lo mismo...
Yo ya he aprendido (toca madera) a controlar mis impulsos juveniles y cuando lo hago me siento mucho mejor. Pero, OJO, que también hay veces en que no me da la gana de contenerme y...ufff. pues eso, lo que tú dices.
Besos, guapísima.
Alqui.