Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
¿Es la felicidad la ausencia de dolor?
“Disfruta, disfruta tú que puedes”, me ha repetido una y otra vez mi amigo Pako, en el transcurso de la conversación telefónica en que me he interesado por su salud, tan deteriorada ella en los últimos tiempos. Le ha tocado la china y sus salidas son a hospitales y consultas médicas en vez de a cenas con los amigos y cuando hablo con él me siento un poco “culpable” porque a mí no me duele nada.
“Eso debe de ser la felicidad”, me decía esta tarde, sonriente –imaginaba yo- de estoicismo y resignación –si no cristiana, por lo menos agnóstica. Me he apenado con él, pero la solidaridad telefónica no da para mucho en estos casos así que ha sido una llamada más bien escueta porque ni él quería dárselas de mártir ni yo de mala amiga contándole lo poco que me duele nada y lo feliz y tranquila que estoy.
Así que me he servido un buen vermú de la tierra de Reus y he decidido reflexionar un cuarto de hora sobre lo poco que valoramos -comúnmente- la ausencia de dolor y todo lo que nos quejamos cuando éste llega. Ahora no me duele nada; ni en lo físico ni en lo espiritual. Mi cuerpo funciona como un reloj –hay que darle cuerda, eso sí, no va con pilas- y puedo correr con mi perro, bailar una bachata bien arrimada, nadar varios largos (piscina pequeña, que conste) y meterme entre pecho y espalda un buey de mar, una de navajas a la plancha –con la botella de Chablis- y la tabla de quesos -con la botella de Bordeaux- sin que mi estómago proteste más que lo justo y necesario. (De postre, dos torrijas empapadas en leche y el chupito de Cardhu aparte). Esto es la felicidad o se aproxima.
Pero cuando sufro, cuando me duele el alma –o las raíces del pelo- es cuando mejor escribo (incluso mis poesías dolientes que no le enseño a nadie), cuando me duele algo por dentro anhelo la vida sin dolor de tal manera que la intensidad del padecimiento se aúna al ansia de dejarlo atrás y aparece otra mujer, una que siente cada gota de sudor atravesando sus poros y que valora el matiz cariñoso de las palabras de un amigo o la sonrisa de una amiga como si fuera un cordial reconstituyente y vivificador.
Mi querido amigo Pako sabe que no puedo ofrecerle más de lo que tengo: es decir, todo. Pero en la distancia se queda en un “casi todo”.
Lástima…
En fin.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
El abuso de poder, un lujo al alcance de cualquiera
En estas noches cálidamente mediterráneas apetece salir a dar un paseo nocturno con la excusa de bajar la cena. Y teniendo el mar a cinco minutos andando es fácil recalar en locales que viven del turismo intenso de cuatro o cinco meses al año. Es el caso del “Portobello” un Lounge Bar con jardín, exquisita música y bebidas preparadas con mucho mimo. Ayer noche la terraza estaba a rebosar, pero el camarero –italiano él y residente en Londres excepto en la época veraniega- nos atendió con amabilidad inusitada, explicándonos cómo la diferencia entre un “escocés” y un “irlandés” no estriba únicamente en el helado o el chantilly, sino en el tipo de copa y que el primero lleva unas gotas de whisky para aromatizar el café y el helado de vainilla mientras que el segundo respeta por separado los sabores dejando el alcohol como un poso denso y perfectamente definido. Sin azúcar, por favor.
El ambiente era tan tranquilo y relajado que ni siquiera hacía falta hablar; bastaba con escuchar el ruido de la rompiente justo donde alcanzaba nuestra vista a hollar la oscuridad no contaminada lumínicamente. Una playa con luces pierde todo su encanto.
Pero de repente se organizó una trifulca a base de gritos desaforados en la zona de la barra. Nuestro “amigo italiano” era interpelado furiosamente por el “capo” de turno –el encargado del local- por “andar remoloneando con los clientes y no ponerse las pilas”. Servidora, que está acostumbrada a que las broncas tengan lugar a puerta cerrada –por aquello del respeto a la dignidad del otro- puso la antena y activó la adrenalina.
De forma vergonzosa, el jefecillo (que no el dueño), cargado con toda la mala leche de una vida infeliz (supuse) vomitaba sobre el empleado su peor educación y la gama completa del carácter español. (O catalán, tanto da)
El camarero replicaba, elevando la voz también, que él había venido a España a trabajar, no a aguantar los malos modos de los españoles, que él era camarero “de profesión” y sabía cómo tratar a los clientes para que volvieran al bar, que servir copas caras no está exento de amabilidad y simpatía y una serie de razones –todas lógicas, válidas y coherentes- que el otro, el jefecillo, acallaba con sus gritos de “!mañana no vuelvas!”.
Cuando nos vino a cobrar –el maleducado empleador- le dijimos que nosotros tampoco pensábamos volver al día siguiente ya que lo mejor del bar era el camarero amable y si nos iba a atender alguien con tan malos modos como él… Nos miró sonriente y, como quien se aparta una pelusa de la chaqueta, contestó: “ disculpen ustedes, pero ya saben que en hostelería hay que tener mano dura…”
En fin.
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sábado, 24 de septiembre de 2011
"Ponte guapa, que vamos al Festival de Cine"
No quería hablar de cine, porque para eso ya están los demás, pero sí que tengo un par de apuntes que hacer relacionados con el evento que, estos últimos días, monopoliza conversaciones y colapsa el tráfico rodado.
Conversación:
–Tú que vas mucho al cine, ¿has visto la francesa del satélite?
–Pues sí, la vi y me gustó muchísimo…
-Ay, yo también, qué guapa estaba la rubia con su vestido azul…
-¿?¿?
–¿Y la china esa del niño de la camisa?
–Pues sí, también la vi…
-El niño…qué simpático… y ella con su vestido verde…
-¿?¿?
-¿Y al Banderas? ¿Le viste ayer al Banderas? ¡le saqué ochenta fotos con el móvil…!
(Se refería –mi interlocutora- a la “tenue” de los actores que estuvieron presentes en el Kursaal presentando la película)
Haciendo la cola para entrar al K1 (que ahora le han puesto nombre de fusil) observé cuidadosamente la indumentaria del personal y me quedé alucinada –pero alucinada de verdad- al constatar que muchísimas señoras y señores iban vestidos como suelen hacerlo las celebrities en las premières, es decir, de tiros largos pero en su versión donostiarra o como diría el otro: “eleguantes”.
Estupefacta también estuve durante un buen rato cuando me contaron de la cantidad de gente que ha ido a comprar entradas pidiendo -“dame dos entradas para todos los días en el Victoria Eugenia”.- ¿Para qué películas…? -Da igual, que sea en el Victoria Eugenia… y si no hay, pues para el Kursaal… la película es lo de menos…
Luego anda comentando un periodista amiguete de Madrid que este festival “es la hostia”, que en las recepciones dan champán francés Moët Chandon y jamón de Jabugo auténtico y que se espera con ansia la fiesta de la noche del sábado en el Palacio de Miramar en la que se va a tirar la casa por la ventana…
Servidora, que ya aprendió hace mil años eso de que “aunque la mona se vista de seda…” y sobre todo a separar lo importante de lo superfluo, se tiene que sacudir los restos de prejuicios –como otros deberían sacudirse “el pelo de la dehesa”- y va al cine a ver la película sin más. Por amor al cine, no por un rato de supuesto (y pueblerino) glamour al lado de un actor famoso –aunque esté buenísimo. Un año más por estas fechas, me voy cada noche a la cama con la sensación de que este pueblo grande está más que plagado de esnobs de tres al cuarto…
En fin.
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martes, 20 de septiembre de 2011
Todos tenemos un don
Cuando éramos pequeños siempre había la típica tía o madrina que repetía hasta el aburrimiento: “esta niña vale para dibujar” o “lleva el baile en la sangre” y tú te angustiabas porque no querías ser diferente de los demás niños sino que te dejaran jugar en paz con tus lápices o pegar brincos al son de la radio. Pero ahí estaba –casi con seguridad- el don que nos hacía únicos y que ahora nos otorga la íntima satisfacción de tener algo “especial” a la espera de darle alas y desarrollarlo en libertad.
En mi caso, los tenía todos (los dones). Como me gustaba estar sola en un cuarto hablando sin parar, inventando personajes y disfrazándome con los pingos que encontraba, pensaron que iba a ser actriz de teatro. Pero como también tenía una habilidad especial para subirme a los árboles, dar volteretas y saltos imposibles también creyeron que sería deportista (de elite) o trabajaría en un circo (importante). Luego estaban los libros, que me fascinaban y desarrollaron mi imaginación más allá de lo aceptable en una familia al uso como la mía, pero nadie supuso que me podía gustar escribir. Ni siquiera cuando le pedía a mi padre que me dejara utilizar su magnífica Underwood –aprendí mecanografía con un método del año 53, tecleando en casa como una posesa, a la edad en que mis amigas sólo pensaban en si fulanito les había mirado o les había dejado de mirar.
Todos tenemos un don; o dos. Lo importante es descubrirlo, diferenciarlo de las cosas que, simplemente, “nos gusta hacer”. Y es importante, y mucho, porque cuando llegue el momento de pasar al otro lado del muro laboral y descubrir la vasta planicie donde sólo crece el “dolce far niente”, más vale poder echar mano de gustos, aficiones y hobbies varios si no queremos ir a parar directamente al barranco de la angustia vital y la depresión.
Todo esto lo comentaba ayer con un amigo al que “siempre le gustó pintar” y que ahora, superviviente de la tormenta laboral, disfruta desarrollando ese don con el que ha sido bendecido. Sus cuadros hablan por sí solos desde las paredes del Espacio de Arte del “Marugame Café Bar” en el Barrio de Berio en Donostia.
A mí me ha dado por esto del blog; una querida amiga se embelesa con la fotografía, otra se ha dedicado a la repostería fina; está quien navega en su velero cuarenta horas a la semana, y la periodista que escribe biografías a cuenta del “biografiado” sin tener que fichar en el periódico que la empleaba. Y el que escribe poesía, pinta acuarelas, construye maquetas, cuida de sus nietos, cultiva rosales o pimientos, canta en un coro, practica Tai Chi o da conferencias.
Que no nos dé reparo sacar de la trastienda ese “don” que sabemos que tenemos; quizás sea lo que nos salve la vida cuando no tengamos otras obligaciones que cumplir y la vida amenace con volverse una cosa sin sentido.
En fin.
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domingo, 18 de septiembre de 2011
La pelea con los hijos; KO técnico
A partir de los cincuenta uno empieza a quejarse de muchas cosas, contrariados porque las cosas no salen como estaban previstas. Y las disensiones con los hijos –que rondan los treinta- es moneda corriente. Dicen muchos padres, quejándose, que los 30 son los nuevos 20, que se está dando un paso atrás considerable en el proceso que lleva a un joven a convertirse en un adulto con todas las de la ley.
A los veintidós metíamos el turbo para abandonar el nido lo antes posible; de hecho, nos íbamos con lo puesto, el póster del Che, los libros y los discos a buhardillas que no sé si pasarían ahora los controles de habitabilidad, siguiendo una dieta a base de carbohidratos -que siempre fueron baratos- y de alguna manera que ahora no acierto a comprender, nos buscamos la vida lejos del amparo familiar.
Dejamos de pelearnos con nuestros padres cuando la distancia media entre nuestra libertad y su férula fue tan grande que ya todos los disparos se perdían en el aire. Y no nos fue nada mal; a unos mejor que a otros, pero todos supimos salir adelante con bastante acierto y decoro.
De la educación recibida no voy a renegar ahora; de hecho, de muchos de sus valores sigo siendo discípula y así he querido transmitírselos a mis hijas. Y como mis padres hicieron conmigo, yo también les he empujado a que volaran con sus propias alas; les he enseñado a pescar y pocas han sido las veces en que les he dado peces. El resultado es que el nido está vacío desde hace ya no pocos años en el caso de la mayor y con ausencias intermitentes en el caso de mi hija pequeña.
Pelearse con los hijos para que hagan a los veinticinco lo que no han querido hacer a los dieciocho es una batalla perdida de antemano. Y sin embargo, se sigue estando en el ring, presto a saltar al centro al toque de campana en una lucha sin sentido alguno a estas alturas.
Cuando escucho lamentos paternales, pienso (y a veces digo) que no podemos pretender que nuestros hijos sean como nosotros queremos que sean, sino como ellos han decidido ser. Y que si esa elección no es de nuestro agrado pues… a agachar las orejas y a callar. El problema es cuando se siguen presentando a cenar todas las noches y dejan la cama sin hacer por la mañana…
¡Qué difícil tiene que ser poner en la puerta a un hijo con casi treinta años…! Aunque, en el fondo, creo que se quejan –los padres- para justificarse a sí mismos y le echan la culpa a la crisis o al papa de Roma para poder acallar la protesta interior, pero lo que si está claro es que si rozando los treinta se sigue jugando a ser un “cachorro”… es mejor hacérselo mirar.
En fin.
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viernes, 16 de septiembre de 2011
La ley del más fuerte o yo me paso las normas por el forro
Sábado noche; terraza de un restaurante al aire libre en un monte con vistas al “marco incomparable” y con ganas de cenar bien y disfrutar de buena compañía. Justo cuando salía de casa me dijeron: “¿Te traes al perro?” y viendo sus ojillos que ya habían aceptado que no le tocaba salir agarré la correa y, entre brincos de alborozo, me lo llevé conmigo. Elur es un bichón maltés de tamaño mediano, obediente e inteligente (o eso dice el veterinario), de esos perros que uno puede llevarse a todos lados porque saben estar en su sitio sin molestar.
Y allí estaba, debajo de la mesa, atado con correa y satisfecho de oler la crema hidratante de las piernas de su “jefa”… De repente, un perrazo de más de veinte kilos se abalanzó bajo nuestra mesa buscando a su presa que, atada como estaba y sin posibilidad de huir, quedó enganchada en un abrir y cerrar de ojos entre sus fauces. Entre los gritos y las patadas que le di al perro agresor y que mi acompañante alzó a Elur del suelo y lo protegió entre sus brazos, copas y platos salieron por los aires y la mesa cayó al suelo produciendo el natural estruendo. Pero mi perro ya había recibido una enorme dentellada en mitad del lomo.
En pocos segundos el dueño del perro atacante estaba allí –un chico de menos de cuarenta- con la correa para sujetarlo y el gesto enfadado y torcido en mi contra por haberle dado una patada a su perro. Luego vino la ira.
-¿Por qué dejas a tu perro suelto si es una fiera?
- Mi perro no es una fiera y lo llevo suelto porque quiero.
- Pero ¿no ves la sangre, no ves lo que le ha hecho al pobre animal?
- Mi perro no muerde, el tuyo se habrá cortado con el cristal de las copas…
Ya está, -me dije- ya me he topado con el cretino universal que utiliza sus argumentos kafkianos para acallar las razones cartesianas con sus perogrulladas… Y como intuí la que se avecinaba –rodeada de dos docenas de testigos- le exigí se identificara para asumir su responsabilidad y las consecuencias del acto provocado por su desidia y falta de vergüenza al dejar suelto a un perrazo “malo”.
Me dio el número de su móvil y ahí le he llamado esta mañana para exigirle el reintegro de los 120€ que me ha cobrado el veterinario por curarle las heridas de la dentellada que tiene Elur en el lomo, los antibióticos, los analgésicos y… menos mal que no tienen los canes memoria traumática que si no lo tengo que llevar al psicólogo de perros para que no se le quede en el subconsciente perruno la brutal agresión.
La reflexión es la siguiente: si cuando no tenía perro me llevaban los demonios los perros sueltos que pululan por la ciudad… ahora que tengo perro –y lo llevo atado SIEMPRE- ¿qué hago? ¿Me paso al bando (mayoritario) de quienes se pasan la normativa que dice que TODOS los perros deben ir atados en la ciudad por el mismísimo arco de triunfo o sigo ejerciendo de ciudadana respetuosa y estúpida, visto lo visto?
Ahora Elur apenas puede andar y me mira con ojillos agradecidos por la razón extra de mimos y cariños que le hemos prodigado en casa.
Todos me dicen que denuncie al ciudadano irresponsable y abusador y yo me digo… ¿vale la pena?... el Universo es tan sabio como la naturaleza y juega sus manos con cartas inusitadas…quien sabe...
Por lo menos fui capaz de expresar toda la ira que me produjo el suceso y no me quedé con nada en la mochila. Y él tuvo el buen juicio y criterio de aguantar el chaparrón y callarse… aunque era digna de ver la mirada enfurecida que me dirigió su señora esposa… supongo que queriéndome decir algo así como “a mi marido sólo le chillo yo…”
En fin.
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jueves, 15 de septiembre de 2011
Tengo toda la vida (que me queda) por delante
Tengo toda la vida por delante y toda la vida por detrás y aunque sea una perogrullada y cosa de simples recordarlo no por ello es menos necesario. El camino recorrido se va quedando aposentado en los bolsillos de la mochila espiritual y tiene un peso específico inversamente proporcional al espacio ocupado. Si ha sido rico en experiencias, éstas quedan condensadas en una nube amorfa de recuerdos y emociones (no se puede estar recordando todo, todo el tiempo). Si, por el contrario, pasó la vida por el camino sin dejar su huella contra las piedras, al volver la vista atrás, es como si no hubiera sido recorrido o como si el sentir se hubiera difuminado con el último rayo de sol da la tarde.
Cumplidos con creces los cincuenta no tiene ya sentido echar la vista atrás. ¿Para qué? Melancolías y nostalgias se agolparán con todas las lecciones aprendidas y, de seguro, olvidadas. Volverán los rostros de los que ya no están porque quisieron marcharse de nuestra vida o porque se les truncó el paso antes que a nosotros, y sentir que seguimos –que tenemos que seguir- nuestra andadura cada vez más solitarios, cada vez más débiles, no es precisamente de las cosas que a una le alegran el día.
Así que yo soy de las que se despierta cada mañana con la emoción de ser consciente de que tengo toda la vida por delante. Y ahora, además, sin planes, sin proyectos, sin obligaciones. Yo, que siempre he sido la jefa de las agendas, controladora natural de mis pasos, previsora y prudente, precavida y organizada… me encuentro ahora con toda la vida por delante y con la agenda vital alegremente vacía.
Tomando conciencia de que, cuando comience el nuevo “curso”, ni sé dónde estaré ni mucho menos en qué berenjenal andaré metida.
Y esta ausencia de proyectos, de planes concretos, en vez de producirme el desasosiego que en otro tiempo habría sido lo natural en mí, me deja cómoda y sonrientemente relajada. Sin más obligación que seguir cuidando mis “pies” para poder seguir hollando el camino y con la alegría expectante de saber que, a la vuelta de cualquier recodo, la vida y sus afanes llamarán mi atención para que me deleite en ellos.
Despierta con el alba, me dejo invadir por el frescor del monte cercano que entra por la ventana. Poco a poco, las nubes se diluyen en pequeños jirones de ese color poético y un poco cursi que tanto me gusta soñar: el rosicler de la aurora. Yo también tengo todo el día por delante, que es como decir, la vida.
En fin.
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martes, 13 de septiembre de 2011
Martes y trece: un día más
En el imaginario personal figuran historiquetas, anécdotas y recuerdos –quizás inventados- de cosas malas que sucedieron en tal día como hoy. Ves que la gente cruza los dedos y murmura por lo bajini: “hoy es martes y trece; uf, seguro que pasa algo malo”. Y pasa, claro que pasa. Pero no más de lo que pasó ayer ni menos de lo que pasará mañana.
En esto –como en tantas otras cosas- nos creemos el ombligo del mundo porque el día internacional de la mala suerte en las culturas anglosajonas es el viernes y trece y no vamos a comparar, faltaría más. Lo que sí está claro es que el trece es un número fatídico (dicen) aunque yo no me he dedicado a investigar los porqués.
De verdad que no acierto a comprender bien en qué puede afectarnos que los días de la semana correspondan con una numeración u otra; si los ingredientes de nuestro pastel personal de la vida están bien ligados y en la proporción justa no veo yo que ninguna influencia ajena a nuestra voluntad pueda interferir para estropearnos el postre.
Si el lunes 12 nos hemos acostado moderadamente felices, lo lógico es que el martes 13 nos despertemos con la misma sensación de bienestar. Y, arrastrándola, conformaremos el día de hoy con el mismo o parecido patrón que el de ayer. Porque las desgracias ocurren todos los días de la semana y los milagros, si tienen que ocurrir, puede que lo hagan en martes y trece.
Así que hoy voy a estar muy atenta a todo cuanto acontezca de inusitado en mi vida. Incluso los pequeños detalles también los voy a tener en una consideración especial. Una llamada inesperada, un encuentro en alguna esquina diferente, un detalle que –otro día que no fuera hoy- pasaría desapercibido. Por el contrario no responderé a la llamada dudosa, evitaré el encuentro no del todo amigable y me fijaré –atrayéndolo- únicamente en lo positivo.
El martes y trece para quien crea en él.
En fin.
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lunes, 12 de septiembre de 2011
Sueños de luna llena
En silencio desde mi ventana brillas sólo para mí, el guiño sensual entre nubes velado. Llena de la voluptuosidad de la que se viste la amante que sabe va a ser amada, pero todavía no. Espera, dulce espera…
Una brisa fresca del monte se desprende para regalar el primer escalofrío, la amante que hay en mí, en toda mujer viva, se despierta en mitad de la noche y sonríe con todos los motivos precisos…
La cortina se agita suavemente perfilando una sombra o quizás inventándola, quizás tan sólo el último recuerdo, tanto da a esta hora mágica en que el deseo no quiere dormir, apurando la noche, buscando un susurro perdido entre las sábanas…
Vuelve el aliento como un recuerdo y el olor de tu pecho, inconfundible ya para siempre, ese refugio abierto a todas las tempestades, incluso a las mías que tanto protegiste un día…
Con los ojos cerrados cuento tus pestañas, recuerdo el número exacto. Y nada ha cambiado desde la última noche de luna llena en que también te soñé, todo perdura en la memoria de la piel que guarda aromas escondidos y los deposita, suavemente, sobre mis párpados encendidos cual beso infinito que se regala cada vez que venga la luna a hacerme soñar…
Hasta el mes que viene, luna mía. No dejaré de esperarte con el sueño en los labios… tuyos y míos.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Quincuagésimoctava edición
Hoy debería mirar atrás, pero no quiero. Más por llevar la contraria que porque me parezca inane la costumbre de hacerlo, a fin de cuentas, con los años, uno afina tanto la memoria que va remodelando la propia existencia y tapando las grietas y disimulando los desconchones anímicos en la medida de lo posible ya que una autobiografía resquebrajada y a punto de derrumbarse no es precisamente el trofeo que nos apetezca exhibir ante los demás y ante nosotros mismos.
Dicen que hay que revisar el pasado para aprender de los errores cometidos, pero quien eso preconiza no tiene en cuenta el olvido disperso que planea sobre tanto calendario, que si recordásemos todos los malos pasos –para no volver sobre ellos- no tendríamos tiempo de vivir el ahora, nos quedaríamos dando vueltas alrededor del tiempo pasado sin ánimo para conjugar el presente de indicativo que es, a fin de cuentas, el único que permite decir en voz alta –y con verdad- yo estoy viva, tú estás vivo, él está vivo…
Cada nueva edición de mi existencia –ese año que se inaugura hoy y que durará –espero- hasta el próximo doce de Septiembre- acostumbro a festejar la vida y todo lo que se me ha dado. Hago repaso de cuanto bien anida en mi alma, paso lista a las esperanzas para que no se me despiste ninguna, nombro –una a una- a todas las personas a las que amo, digo en voz alta sus nombres, despacio, morosa y amorosamente, y siento el silencio en los huecos de los que faltan, de los que se han ido de la vida o han salido de la mía.
Repaso mi rostro en el espejo y saludo a las nuevas arrugas que ahora me acompañan –huellas de todas las risas del último año-; no hay surcos de lágrimas, en el álbum de mi piel no guardo fotos de tristezas, ni cicatrices amargas que he ido cubriendo de otras nuevas esperanzas. Al fondo de mis ojos no brillan más que los buenos momentos, los ojos que me han sonreído, las chispas que me han prendido. Sobre el cutis está el nuevo día limpio, recién lavado, dispuesto y contento.
¿Cuáles serían mis amarguras si me pusiera a buscarlas? ¿Cuáles mis penas, dolores y pasiones si volvieran todas juntas un segundo apenas? ¿Quién la mujer que las acogiese…? No yo, ciertamente. Mi vida es el hoy, lo que cabe justo en mis manos y abarca mi corazón. El regalo del amor recién horneado por las manos suaves de mis hijas, unas cuantas caricias en el alma para cuando las necesite y la seguridad de que ahora, mientras esto escribo, estoy viva y feliz por todo lo que soy. Más que suficiente para inaugurar esta quincuagésimoctava edición.
En fin.
LaAlquimista
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sábado, 3 de septiembre de 2011
Por las cosas no se llora
Esta noche ha sonado el móvil a las cuatro de la madrugada; era mi hija anunciándome que le habían robado “todo” en un bar de la parte vieja; a ella y a la amiga que le acompañaba. Bolso y chaqueta, cazadora y pashmina, en camiseta de tiras y minifalda me la han dejado en mitad de la noche… y de la fiesta mayor del pueblo. Como la chica es espabiladita –a la fuerza ahorcan con una madre como la que tiene- me llamó desde las instalaciones de la Policía Municipal y con la denuncia en la boca. Entre las dos amigas tenían la cantidad de 0 euros para volver a casa –la una en casadios y la otra a media hora andando…
No vamos a entrar aquí a dilucidar si los amigos de lo ajeno tenían más necesidad que mi niña del dinero de su cartera y la blackberry que ya estará a la venta por ahí –que seguro que sí, no me cabe la menor duda. Tampoco quiero echar pestes sobre la costumbre, tan arraigada ella, que tenemos los donostiarras de proclamar a los cuatro vientos que “aquí no es como en Madrid”, porque ya va camino de serlo. Que en la playa seguimos yéndonos a dar el paseíllo y lo dejamos todo a la buena de dios y luego…pasa lo que pasa.
Los que perpetraron el pequeño desaguisado personal a estas dos jóvenes hablaban el idioma de Averroes y seguían –aparentemente- los preceptos de hospitalidad de su libro sagrado: muerde la mano que te da de comer. Pero tampoco de esto vale la pena hablar.
Mis hijas saben –porque yo se lo he machacado con ejemplos clarísimos y en mi propia carne- que “por las cosas no se llora”. Que un bolso y un móvil, la ropa y los maquillajes, la cartera y el dinero, los documentos que hay que volver a sacar (DNI-Carné de conducir-Visa-Tarjeta Osakidetza- Tarjeta Sanitaria Europea-Carné Joven-Carné Universitario-Tarjeta de Transporte y media docena más que no me acuerdo), no son nada por lo que valga la pena llevarse un disgusto. (Aunque de buena mañana ha tenido que venir a casa el cerrajero a poner una cerradura nueva, a ver qué remedio)
Porque no he tenido que ir a Urgencias a buscarla, ni me la han desgraciado violentamente, ni le va a quedar trauma alguno en su cuerpo o en su alma de lo ocurrido más que la pequeña sabiduría de otra lección aprendida (y las que le quedan), hoy he decidido que nos vamos a comer por ahí para celebrar que ella está bien y seguimos siendo felices. Y porque por las cosas no se llora.
En fin.
LaAlquimista
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viernes, 2 de septiembre de 2011
1 de Septiembre, ¿se acabó el verano?
Oficiosamente el verano se acaba el treinta y uno de Agosto; los políticos vuelven a las andadas –esta vez con el culo prieto (y perdón por la “perezrevertada”)-, las madres vuelven a hacer las cuentas de lo que cuesta esa famosa “vuelta al cole” que organizan las grandes superficies para convencerles –a los hijos- de que la mochila del año pasado está obsoleta y de que no se puede uno presentar al primer día de colegio o instituto con las mismas pintas del curso anterior. (Me vienen a la memoria aquellos uniformes de colegio que estaban largos el primer año, en su sitio el segundo y después iban desdoblándose dobladillos hasta completar el ciclo vital de la tela negra o azul marino que podía ser de cinco o incluso seis inviernos. Incluso en las casas donde había “posibles” se estilaba no llamar la atención y se ahorraba en uniformes y hasta los del servicio duraban años.)
Pero a lo que iba. Que la gente funciona a golpe de calendario pase lo que pase y el uno de Septiembre todos en su sitio contándose las aventuras de las vacaciones (algunas, por previsibles, igual de patéticas que las del año pasado) y en este espacio pequeño y medio escondido en el que vengo a solazarme cuando todos se van ya no quedan niños en la playa (oh, milagro donde los haya) sino jubilados tranquilos y silenciosos que se limitan a competir consigo mismos entre el eritema solar y los colesteroles, diabetes y otros males que llevan por dentro; (total, a estas alturas, mejor morir disfrutando que no encerrado en casa.) Sin embargo, esta gente baja a la playa tarde, nada de madrugones –como los míos- y tampoco pasean orilla arriba orilla abajo; se sientan –nunca tumbados- con un periódico o revista por escudo (pocos libros veo yo) y hacen como que leen mientras los ojillos siguen el deambular playero de culos y tetas desafiando mínimos bañadores y biquinis (no sé qué me pasa hoy, que ando algo falaz).
Ya ni siquiera tengo que guardar el coche en el garaje porque hay sitio de sobra debajo de los árboles; la piscina nos pertenece por entero de sol a sol y en el jardín puedo elegir sombra de sauce u olivos para leer mis libros o escribir mis cosas. El bar más cercano cierra sus puertas y es como si se diera cerrojazo al estío oficialmente. Las terrazas de verano regalan sus existencias de arbequinas y frutos secos y las tiendas elegantes hacen su “promoción de otoño” antes de que los yates fondeados en el puerto marchen a otras latitudes.
Mi hija –como yo- adora este tiempo tranquilo que invita a la creación, al pensamiento, a la reflexión relajada durante el vermú del atardecer escuchando romper las olas en una baile intenso e incansable con figuras inventadas a cada momento y poquísimos espectadores: los que vuelven a los sitios hermosos cuando todos los demás se van.
En fin.
LaAlquimista
Foto: C.Casado
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