Transitar por la vida con cuidado de no recibir un navajazo si los pasos nos llevan por caminos inhóspitos hace que los sentidos estén alerta y que el miedo nos proteja de la agresión ajena. Así sobrevive cualquiera que tenga dos dedos de frente y cuarto y mitad de sentido común. El bosque y sus alimañas ponen en marcha nuestros mecanismos de defensa y la secreción torrencial de adrenalina es el mejor escudo protector.
Pero la patada en la boca nos la dará aquel que más cerca esté; esa persona de toda nuestra confianza con la que nos sentimos cómodos, con la que siempre tenemos la guardia baja –obviamente- y ningún atisbo de preocupación. Ese ser humano del que diremos que “es buena persona” porque nunca nos ha hecho daño y estamos seguros de que no nos lo va a hacer; incluso nos pegaremos la chulería de decir eso de “yo pongo la mano en el fuego…”
Y es lógico; si no confiáramos en nadie, si estuviéramos siempre alerta y prestos al ataque –o a la defensa- nuestra vida quizás tendría menos heridas y cicatrices, pero tampoco podríamos dormir más de tres horas seguidas en la santa paz de la tranquilidad.
Patadas en la boca me han dado unas cuantas; zancadillas –ese remedo del golpe contundente- me habrán puesto por cientos, unas las salté a tiempo, de otras ni me enteré y otras, –las más- me hicieron dar con los incisivos en el suelo, pero no es tan difícil sacudirse el polvo, ajustarse la mandíbula y recomponer el paso. Una tiene buena dentadura, algo descolorida por el uso y abuso del tabaco –treinta años de nicotina no perdonan- pero bien afilada y en su sitio para masticar lo intragable, triturar lo demasiado duro y desgarrar lo incomestible que tiene la vida.
Pero cuando te dan una patada que no te esperas –porque si te la esperases te protegerías o echarías a correr- el factor sorpresa duele más que toda la sangre que brota de las encías aplastadas. Duele tanto más la traición de la confianza depositada cuanto sabemos que la tendremos que retirar para siempre de esa persona. Y eso hace un amigo menos, un amor menos, un sueño menos…
En fin.
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Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.
sábado, 30 de abril de 2011
viernes, 29 de abril de 2011
El bodorrio, la jequesa y las torrijas.
Hubo una época en mi vida –antes de Internet- en que no leía periódicos; llegué incluso a hacer gala de ello, aduciendo que bastante hablaba ya la gente en el trabajo o en el círculo de amigos de lo que pasaba en el mundo como para tirarme todos los días una hora manchando mis dedos de tinta. Y no es que estuviera haciendo méritos a la misantropía de andar por casa sino que me dio por ahí, tonterías que una hace. Pero con la era de la informática al alcance de todos los bolsillos no pude sustraerme a la invasión de información, incluso en el trabajo se instauró la costumbre de “leer el periódico” con el cafecito de las nueve y media. Y ya no pude salir de esa noria.
Así que me entero de todo –de todo lo que cuentan- y mi capacidad de asombro se pone a prueba cada día, amen de soliviantarme sin haberlo pretendido. Luego está la peluquería, ese salón de lectura donde te pones al día de todo el colorín habido y por haber (hasta hace unos años me llevaba mi propio libro, pero empezaron a mirarme con cara rara, así que ahora doy buena cuenta de todos “los santos” de la hemeroteca del sinsentido.)
Parece ser que hoy hay una boda de alto tronío –real, vamos- y que todos los campesinos van a dejar sus aperos para ir a agitar banderitas al paso del cortejo del señor feudal que desposa a su heredero con una “villana” muy guapa. Intuyo que les darán una hogaza de pan y un pellejo de vino para que “los siervos de la gleba” festejen la alegría de su Señor. (Acabo de leer una novela ambientada en la Edad Media y me lo ha recordado).
También he visto las fotos de la “jequesa” de un pequeñísimo emirato árabe lleno de petróleo y de gases que huelen mal pero que cotizan alto. De Dior o Chanel, demasiado guapa para ser de verdad –y qué marido tan postinero que tiene-, ya le dejan conducir un coche (aunque ella vaya con chofer otras mujeres menos afortunadas de su país pueden hacerlo, oh gran concesión) pero no sé si está preocupada por el hecho de que en el país del que es dueño y señor su esposo exista algo muy parecido a la esclavitud o de que se siga aplicando la Sharia. Han sido recibidos en el Palacio Real con gran fasto y derroche de flashes después de haber firmado los tratados pertinentes para que no dejen de vendernos lo que tanto les sobra.
Tengo que dejar de leer novela histórica porque se me mezclan las imágenes y ya no sé en qué siglo vivo, pareciéndome algunas cosas tan anacrónicas y quitándome el buen humor a la vez que me ponen guapa la melena.
Necesito una de torrijas urgentemente para volver a mi pequeño mundo. Menos mal que no tengo tele…
En fin.
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Así que me entero de todo –de todo lo que cuentan- y mi capacidad de asombro se pone a prueba cada día, amen de soliviantarme sin haberlo pretendido. Luego está la peluquería, ese salón de lectura donde te pones al día de todo el colorín habido y por haber (hasta hace unos años me llevaba mi propio libro, pero empezaron a mirarme con cara rara, así que ahora doy buena cuenta de todos “los santos” de la hemeroteca del sinsentido.)
Parece ser que hoy hay una boda de alto tronío –real, vamos- y que todos los campesinos van a dejar sus aperos para ir a agitar banderitas al paso del cortejo del señor feudal que desposa a su heredero con una “villana” muy guapa. Intuyo que les darán una hogaza de pan y un pellejo de vino para que “los siervos de la gleba” festejen la alegría de su Señor. (Acabo de leer una novela ambientada en la Edad Media y me lo ha recordado).
También he visto las fotos de la “jequesa” de un pequeñísimo emirato árabe lleno de petróleo y de gases que huelen mal pero que cotizan alto. De Dior o Chanel, demasiado guapa para ser de verdad –y qué marido tan postinero que tiene-, ya le dejan conducir un coche (aunque ella vaya con chofer otras mujeres menos afortunadas de su país pueden hacerlo, oh gran concesión) pero no sé si está preocupada por el hecho de que en el país del que es dueño y señor su esposo exista algo muy parecido a la esclavitud o de que se siga aplicando la Sharia. Han sido recibidos en el Palacio Real con gran fasto y derroche de flashes después de haber firmado los tratados pertinentes para que no dejen de vendernos lo que tanto les sobra.
Tengo que dejar de leer novela histórica porque se me mezclan las imágenes y ya no sé en qué siglo vivo, pareciéndome algunas cosas tan anacrónicas y quitándome el buen humor a la vez que me ponen guapa la melena.
Necesito una de torrijas urgentemente para volver a mi pequeño mundo. Menos mal que no tengo tele…
En fin.
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miércoles, 27 de abril de 2011
Cada oveja con su pareja
Creo que a los de mi generación nos lo dijeron de mil maneras para que tuviéramos presente la lección: que cada oveja tenía que ir con su pareja y todo lo que fuera salirse de ahí llevaba a crear situaciones problemáticas y de difícil solución. Se referían –padres, educadores y sociedad en general- a convencernos a los jóvenes que teníamos que encontrar nuestro acomodo en el mundo en el entorno de nuestra misma “clase social”. Unos ni se lo cuestionaron –posición cómoda- y otros tuvimos la primera oportunidad de poner en funcionamiento la maquinaria de pensar –posición incómoda-. Tan disparejo era que una señorita de buena familia se casara con un obrero –antes se decía “obrero”, con conciencia de clase, nada de “trabajador”- como que un universitario se emparejara con una chica sin estudios, aunque se hacían ambas cosas –sobre todo por la vía del embarazo imprevisto- y luego acababan la mayoría de las historias como el rosario de la aurora. Pero ahí donde las familias –y la sociedad- intentaban mantener un criterio clasista (porque tanto desprecio encubierto había en una dirección como en otra), a los que teníamos quince años en el 68 nos salió una vena rebelde que nos estuvo dando la lata durante unos cuantos lustros con desiguales resultados.
Afortunadamente, a pocos de mis amigos les importa ya que sus hijos realicen la coyunda con gente de apellidos más o menos largos, primando el contento y el equilibrio emocional de los vástagos por encima de otras consideraciones más mundanas. Y esto cogiéndolo con pinzas, que de todo hay todavía en la viña del Señor y a ver a qué madre o padre le va a molestar que su retoño del alma se junte con alguien que, además de ser “buena persona”, sea un triunfador en ciernes…
Sin embargo, nosotros los que tenemos más de cincuenta años y jugamos en su día a ser jóvenes rebeldes –porque aquí era ridículo intentar ser “enfant terrible”- nos vemos abocados a recolocar el listón.
Después de lo visto, haciendo balance de lo vivido, igual vamos a tener que darle la razón a la abuela que decía aquello de “cada oveja con su pareja”, porque… ¿quién podrá aguantar a estas alturas, cuando hay cada vez menos por vivir, compartir el tiempo y los sueños que quedan con alguien que no entienda la vida como uno mismo? ¿Cómo resisten relaciones añejas entre una persona alegre y una persona triste? ¿En qué basarse para dormir al lado de alguien que no comparte nuestro proyecto vital o incluso que no tiene ninguno?
¿Qué sería de mi vida, cómo me mantendría risueña y moderadamente feliz si no pudiera compartir con mis allegados las inquietudes que me espolean? Si me gusta el arte, la cultura, leer y escribir, viajar y soñar, el silencio y la reflexión, sentir la naturaleza y la sangre corriendo por mis venas… ¿con quién sino con personas que tengan la misma inquietud, el mismo interés, puedo sentirme a gusto y tranquila?
De sabios –dicen- es rectificar; así que me voy a plantear muy en serio el tema ahora que todavía puedo planteármelo. Cada oveja con su pareja y lo demás son ganas de pasarlo mal… el tiempo que queda por vivir.
En fin.
Amar a una persona por lo que es y no por los efectos que causa en nosotros. Deberíamos estar enamorados de alguien porque nos gusten sus valores, sus ideas, su manera de vivir, porque nos haga sentir felices, porque nos respete, porque nos aprecie; deberíamos amar a alguien por cómo es,, ni más ni menos. (Carmen Amoraga “Algo tan parecido al amor”)
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Un hombre llama a mi ventana
Lo normal es que los hombres (o las mujeres) llamen a la puerta, aunque si vives en la planta baja de un edificio o en una casa tipo villa o chalet y es de difícil ubicación –la puerta- aquel que quiera atraer la atención del que habita, es decir, del habitante, puede sentirse inducido a golpear una ventana para hacerse notar. Pero si así lo hiciera, llamaría a la ventana con la mano, cerrada quizás en forma de puño, con golpes suaves y sincopados, para anunciarse como visitante deseado o cuando menos no hostil a primera vista.
Pero lo nunca visto –y menos esperado- es despertar del sueño nocturno por las poco o nada delicadas patadas proferidas contra el cristal de la ventana. Ruido inequívoco –el de un pie, calzado de una bota, golpeando un vidrio grueso- que el cerebro registra y reconoce con horror y súbita adrenalina por asociarlo a quién sabe qué imágenes nada tranquilizadoras. El corazón desbocado y el camisón flotando, héme al punto de la mañana –brumosa, gris panza de burro, nada poética-, saltando del lecho impelida por el resonar de los golpes antes descritos y nunca esperados.
Hay un hombre en mi ventana y vivo en el piso diecisiete.
Está colgando de un arnés complicado que viene de la terraza del edificio (esto tan sólo lo supongo, dejo que sea mi mente racional la que me diga que, efectivamente, su cuerpo, su casco, sus botas, tienen el punto de sujeción en la parte más alta del edificio, es decir, sobre mi cabeza y sobre mi techo), un cubo hace equilibrios a la altura de su torso suspendido de un mosquetón y con una espátula en la mano derecha, saca pegotones de cemento que va insertando en los huecos (también imaginados por mí puesto que no los veo) de la fachada. Parece no poder estar quieto a pesar de que no sopla el viento, pero con sus botas, en equilibrio imposible, golpea repetidamente el cristal de mi ventana. No parece importarle la eventualidad –que igual ni se plantea- de hacerlos saltar en añicos (el cristal y mi corazón).
Me mira. Le miro. Nos miramos. No me sonríe, así que yo a él tampoco. No me saluda así que yo tampoco le saludo a él. Nos ignoramos vilmente a 50 metros de altitud sobre el nivel de la calle. Pero él tiene sus patazas apoyadas en el cristal de mi ventana y ha adornado mi cornisa con varios grumos grisáceos que no auguran nada bueno cuando se sequen. Pienso rápidamente y busco una solución a la estúpida –por otra parte- situación. ¿Le ofrezco un cafecito? ¿Le pido amablemente que deje de patear mi ventana y que busque otro punto de apoyo en su precario (que no por eso menos necesitado) equilibrio?
Pasmada y con los pies fríos no sé qué hacer. Hasta que viene en mi ayuda mi hija y, ni corta ni perezosa, abre la ventana, se dirige al trabajador colgante y le dice: “Si no le molesta, voy a bajar la persiana para que pueda usted apoyarse mejor”.
Vuelvo a la cama arrastrando mi incapacidad, pero ya se perfila la silueta del siguiente espiderman en el cristal del dormitorio… tendré que tomármelo con filosofía y, por qué no, quizás aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid…
En fin.
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Pero lo nunca visto –y menos esperado- es despertar del sueño nocturno por las poco o nada delicadas patadas proferidas contra el cristal de la ventana. Ruido inequívoco –el de un pie, calzado de una bota, golpeando un vidrio grueso- que el cerebro registra y reconoce con horror y súbita adrenalina por asociarlo a quién sabe qué imágenes nada tranquilizadoras. El corazón desbocado y el camisón flotando, héme al punto de la mañana –brumosa, gris panza de burro, nada poética-, saltando del lecho impelida por el resonar de los golpes antes descritos y nunca esperados.
Hay un hombre en mi ventana y vivo en el piso diecisiete.
Está colgando de un arnés complicado que viene de la terraza del edificio (esto tan sólo lo supongo, dejo que sea mi mente racional la que me diga que, efectivamente, su cuerpo, su casco, sus botas, tienen el punto de sujeción en la parte más alta del edificio, es decir, sobre mi cabeza y sobre mi techo), un cubo hace equilibrios a la altura de su torso suspendido de un mosquetón y con una espátula en la mano derecha, saca pegotones de cemento que va insertando en los huecos (también imaginados por mí puesto que no los veo) de la fachada. Parece no poder estar quieto a pesar de que no sopla el viento, pero con sus botas, en equilibrio imposible, golpea repetidamente el cristal de mi ventana. No parece importarle la eventualidad –que igual ni se plantea- de hacerlos saltar en añicos (el cristal y mi corazón).
Me mira. Le miro. Nos miramos. No me sonríe, así que yo a él tampoco. No me saluda así que yo tampoco le saludo a él. Nos ignoramos vilmente a 50 metros de altitud sobre el nivel de la calle. Pero él tiene sus patazas apoyadas en el cristal de mi ventana y ha adornado mi cornisa con varios grumos grisáceos que no auguran nada bueno cuando se sequen. Pienso rápidamente y busco una solución a la estúpida –por otra parte- situación. ¿Le ofrezco un cafecito? ¿Le pido amablemente que deje de patear mi ventana y que busque otro punto de apoyo en su precario (que no por eso menos necesitado) equilibrio?
Pasmada y con los pies fríos no sé qué hacer. Hasta que viene en mi ayuda mi hija y, ni corta ni perezosa, abre la ventana, se dirige al trabajador colgante y le dice: “Si no le molesta, voy a bajar la persiana para que pueda usted apoyarse mejor”.
Vuelvo a la cama arrastrando mi incapacidad, pero ya se perfila la silueta del siguiente espiderman en el cristal del dormitorio… tendré que tomármelo con filosofía y, por qué no, quizás aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid…
En fin.
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domingo, 24 de abril de 2011
Reflexión de alguien que no suele pararse a pensar
Estoy cambiando; a golpetazos mi pensamiento deriva irremisiblemente hacia derroteros inusitados. Cuento el tiempo que gasto, las horas que desperdicio en un silencio vacío y los minutos que aprovecho en los silencios preñados de significado. Voy diferenciando con poco margen de error lo que me produce satisfacción profunda y todo lo que se me va quedando fuera, inservible, esperando a la aparición del contenedor de lo superfluo para ser depositado en él.
El día a día sin más sentido que el trabajo a golpe de sirena, esclavizado por el reloj y su empeño, sin más horizonte que los afanes laborales, sin más lucha que aquella que derive de lo profesional, todo ese maremagnum en el que patalean y boquean millones de seres humanos me es lejano y extraño.
No tengo que luchar por buscar cobijo, ni alimento. Mi cuerpo se viste de pieles que no he tenido que arrancar con mis propias garras. El alimento llega a mis manos sin haber tenido que cuidar la tierra, sin la lucha depredadora por conseguirlo. Pertenezco a un clan que me acepta, dignifica y considera. Todo está en orden en mi vida.
Sin embargo no me satisface la inmediatez de lo que obtengo, me deja un sabor amargo en la boca la superficialidad social del divertimento como contrapartida al trabajo. Somos focas de circo en busca de la sardina que nos ofrece el domador por haber pasado con estilo y glamour por el aro.
Demasiado bullicio interno. Ver, conocer, tener, atesorar. O gastar, fundir, desperdiciar, tirar. Me afano hasta el cansancio infinito para aprender a separar lo importante de lo superfluo. Y cuando creo que me voy acercando observo que el criterio adoptado es asaz diferente del que utilizan la mayoría de los seres que me rodean. Hay un punto de fuga en el que nos separamos… y tengo que ser lo suficientemente fuerte como para vencer el miedo de “escaparme” por él.
En fin.
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viernes, 22 de abril de 2011
"Lectura basura"
De que se celebre mañana el Día del Libro tienen la culpa Cervantes y Shakespeare por haber tenido la ocurrencia de fallecer ambos en la misma fecha: 23 de Abril de 1616. Luego llegó la oportunidad de un valenciano, Vicente Clavel Andrés, que consiguió allá por 1930, que se instaurara como fiesta del libro la fecha citada y coincidiendo con la festividad de Sant Jordi se le añade de esta manera el folclore de la rosa a la ofrenda del libro entre enamorados y personas que se quieren en general.
“Un libro al año no hace daño”, que diría aquél… y yo pienso, que ni por esas se va a solucionar el tema del inmenso desierto de incultura en que se mueve la masa lectora española. Lectora sí, pero ¿de qué?
Al igual que existe la comida basura existe también la lectura basura y, como aquélla, es la forma de llenarse sin alimentarse debidamente, envenenando de a pocos el organismo (y la mente) e introduciendo el germen de tantas enfermedades que se desarrollarán sin remisión en el mismo.
Que hay libros buenos y libros malos nadie lo pondrá en duda, pero que hay lectores buenos y lectores malos debería ser tomado en consideración. Las promociones editoriales de cara al Día del Libro buscan vender, no elevar el índice cultural del individuo. Y lo más fácil es proporcionarle “lectura basura”, con buen aspecto y “olor” apetecible.
Cualquier libro que cuente la vida de alguien famoso con un punto de escándalo, cualquier novela de tres al cuarto que enganche al lector y le mantenga horas atado al sillón empapuzándose el cerebro de estupideces de ficción que soñará posible extrapolar a su anodina vida real. Cualquier libro que descubre –por enésima vez- la quintaesencia de la felicidad, que muestra los mil caminos del optimismo a través de nuevos conceptos morales, éticos y psicológicos con nombre imposible de pronunciar. (Sobre todo porque están en inglés).
Nadie en su sano juicio aceptaría que un comedor de “fast food” pueda ser un gourmet; de la misma manera ningún lector de “lectura basura” es un lector auténtico. Y mucho menos si su “ingesta” de libros se reduce al bestseller del día del libro… aunque venga con una rosa.
Compremos un libro –o dos o tres- pero que sea un libro sano y de calidad escrito por un “chef” y no por un oportunista que se las da de escritor. Como recomendación infalible, los clásicos.
Ahí queda eso.
En fin.
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“Un libro al año no hace daño”, que diría aquél… y yo pienso, que ni por esas se va a solucionar el tema del inmenso desierto de incultura en que se mueve la masa lectora española. Lectora sí, pero ¿de qué?
Al igual que existe la comida basura existe también la lectura basura y, como aquélla, es la forma de llenarse sin alimentarse debidamente, envenenando de a pocos el organismo (y la mente) e introduciendo el germen de tantas enfermedades que se desarrollarán sin remisión en el mismo.
Que hay libros buenos y libros malos nadie lo pondrá en duda, pero que hay lectores buenos y lectores malos debería ser tomado en consideración. Las promociones editoriales de cara al Día del Libro buscan vender, no elevar el índice cultural del individuo. Y lo más fácil es proporcionarle “lectura basura”, con buen aspecto y “olor” apetecible.
Cualquier libro que cuente la vida de alguien famoso con un punto de escándalo, cualquier novela de tres al cuarto que enganche al lector y le mantenga horas atado al sillón empapuzándose el cerebro de estupideces de ficción que soñará posible extrapolar a su anodina vida real. Cualquier libro que descubre –por enésima vez- la quintaesencia de la felicidad, que muestra los mil caminos del optimismo a través de nuevos conceptos morales, éticos y psicológicos con nombre imposible de pronunciar. (Sobre todo porque están en inglés).
Nadie en su sano juicio aceptaría que un comedor de “fast food” pueda ser un gourmet; de la misma manera ningún lector de “lectura basura” es un lector auténtico. Y mucho menos si su “ingesta” de libros se reduce al bestseller del día del libro… aunque venga con una rosa.
Compremos un libro –o dos o tres- pero que sea un libro sano y de calidad escrito por un “chef” y no por un oportunista que se las da de escritor. Como recomendación infalible, los clásicos.
Ahí queda eso.
En fin.
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jueves, 21 de abril de 2011
A los tontos de Carabaña se les engaña con una caña...
Comienzo de Semana Santa con final de fútbol copero. El país entero pendiente únicamente de su ombligo; es decir, preparar las maletas para largarse unos días lejos de la vorágine habitual a la vorágine pasajera y/o sentados frente al televisor engullendo comida basura y deshojando la margarita entre el Barça y el Madrid.
Mientras tanto, con toda la alevosía y la nocturnidad posible el Gobierno le ha pegado un nuevo empujón al precio de los carburantes, vamos que ha subido la gasolina aprovechando que el pueblo estaba distraído, como siempre, por lo demás.
Ayer noche la ciudad estaba desierta y no era únicamente por la lluvia; fuimos a un restaurante y había “cuarto y mitad” nada más. A eso de las once y media, una copa para bajar la cena y… nadie por aquí, nadie por allá… y de repente apareció una riada de gente como si hubieran abierto las puertas del colegio para salir al recreo; empezaron a llegar cuadrillas por doquier, el pub se llenó en un santiamén –unos con camisetas del Barça incluso- la música sonaba de nuevo, la vida volvía a su ser después del partido de fútbol. Existe la vida después del partido…
El país –la ciudad- abre un paréntesis de cinco días (aunque muchísima gente se pilla la semana entera de vacaciones) en los que parece no querer pensar en crisis, disgustos ni sobresaltos. ¿Que suben la gasolina impunemente, avasallando, sin justificación? Bueno, pero estamos de vacaciones y ha ganado el Madrid (que es lo que quería más de media España) por otra parte.
Y no es que hayamos nacido tontos, es que a fuerza de obligarnos a tragar con carros y carretas, al final, uno acaba creyéndoselo, vamos, que nos la pueden meter doblada siempre que quieran, que aquí nadie protesta, que estamos de vacaciones de Semana Santa. Luego, cuando llegue el primero de Mayo, saldrán los que ahora están con la tripa al sol o visitando Europa, a protestar. Tarde y mal, como siempre.
Vosotros disfrutad, que yo me quedo en la garita de guardia.
En fin.
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Mientras tanto, con toda la alevosía y la nocturnidad posible el Gobierno le ha pegado un nuevo empujón al precio de los carburantes, vamos que ha subido la gasolina aprovechando que el pueblo estaba distraído, como siempre, por lo demás.
Ayer noche la ciudad estaba desierta y no era únicamente por la lluvia; fuimos a un restaurante y había “cuarto y mitad” nada más. A eso de las once y media, una copa para bajar la cena y… nadie por aquí, nadie por allá… y de repente apareció una riada de gente como si hubieran abierto las puertas del colegio para salir al recreo; empezaron a llegar cuadrillas por doquier, el pub se llenó en un santiamén –unos con camisetas del Barça incluso- la música sonaba de nuevo, la vida volvía a su ser después del partido de fútbol. Existe la vida después del partido…
El país –la ciudad- abre un paréntesis de cinco días (aunque muchísima gente se pilla la semana entera de vacaciones) en los que parece no querer pensar en crisis, disgustos ni sobresaltos. ¿Que suben la gasolina impunemente, avasallando, sin justificación? Bueno, pero estamos de vacaciones y ha ganado el Madrid (que es lo que quería más de media España) por otra parte.
Y no es que hayamos nacido tontos, es que a fuerza de obligarnos a tragar con carros y carretas, al final, uno acaba creyéndoselo, vamos, que nos la pueden meter doblada siempre que quieran, que aquí nadie protesta, que estamos de vacaciones de Semana Santa. Luego, cuando llegue el primero de Mayo, saldrán los que ahora están con la tripa al sol o visitando Europa, a protestar. Tarde y mal, como siempre.
Vosotros disfrutad, que yo me quedo en la garita de guardia.
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martes, 19 de abril de 2011
Hoy toca plancha
Uno de los poquísimos inconvenientes que encuentro a mi situación de pre-jubilada es el de tener que planchar yo misma. Como no tengo la excusa de trabajar más de ocho horas al día fuera de casa (como hacía antes) tampoco tengo la cobertura moral ni económica para pagar a una persona para que me haga las faenas domésticas.
Planchar cansa muchísimo, ahora lo descubro, y hace sudar a mares por aquello del vapor añadido, así que intento que el entorno sea lo más favorable posible: de cara al ventanal abierto de par en par y con mi emisora de radio favorita. Pero ni por esas. ¿Cómo es posible que sigan fabricando prendas que salgan de la lavadora holladas por mil senderos? Pantalones con arrugas imposibles, camisas que dan pena, algodones todos que precisan de nueva humedad y calor y fuerza en el brazo para volver a adquirir una apariencia decente.
Así que, en vez de rabiar, dejo la plancha para cuando no queda más remedio, es decir, cuando mi stock de vestimenta está bajo mínimo y aprovecho un día de mal tiempo, por ejemplo, hoy. Porque ayer consulté todos los programas de predicción meteorológica y eran unánimes en el hecho de que hoy, miércoles 20 de Abril, va a llover durante la mayor parte del día. Con esta previsión me dormí, pensando que, por lo menos, la lluvia me serviría para acometer una buena causa.
Me despierto a las siete menos diez –como siempre, no hay manera de decirle a mi reloj interno que ya no tengo que fichar a las ocho-, hago mi ronda acostumbrada por la casa y me asomo al balcón para comprobar que la ciudad sigue estando en su sitio. El precioso rosicler del amanecer empieza a despuntar por el este. Mientras desayuno va desvelándose la bruma que cubre la ciudad y las nubes se alejan mecidas por una suave brisa.
Conecto el ordenador –porque me estoy cabreando- y abro la página de Accuweather. San Sebastián: lluvia y muy nuboso.
ElTiempo.es: 15º y lluvia toda la mañana. Voy por fin a la página de la que menos me fío: AEMET (Agencia Estatal de Meterorología). Donostia-San Sebastián: todo el día lloviendo.
No sé a quién llamar para protestar. Miro hacia el mar que baña la Zurriola y lo diviso claro y diáfano sin ninguna nube, cortina de agua o chubasco que me impida la vista. Otro día magnífico.
Estoy harta de no poder confiar en nadie.
Y encima, otro día sin planchar.
En fin.
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Planchar cansa muchísimo, ahora lo descubro, y hace sudar a mares por aquello del vapor añadido, así que intento que el entorno sea lo más favorable posible: de cara al ventanal abierto de par en par y con mi emisora de radio favorita. Pero ni por esas. ¿Cómo es posible que sigan fabricando prendas que salgan de la lavadora holladas por mil senderos? Pantalones con arrugas imposibles, camisas que dan pena, algodones todos que precisan de nueva humedad y calor y fuerza en el brazo para volver a adquirir una apariencia decente.
Así que, en vez de rabiar, dejo la plancha para cuando no queda más remedio, es decir, cuando mi stock de vestimenta está bajo mínimo y aprovecho un día de mal tiempo, por ejemplo, hoy. Porque ayer consulté todos los programas de predicción meteorológica y eran unánimes en el hecho de que hoy, miércoles 20 de Abril, va a llover durante la mayor parte del día. Con esta previsión me dormí, pensando que, por lo menos, la lluvia me serviría para acometer una buena causa.
Me despierto a las siete menos diez –como siempre, no hay manera de decirle a mi reloj interno que ya no tengo que fichar a las ocho-, hago mi ronda acostumbrada por la casa y me asomo al balcón para comprobar que la ciudad sigue estando en su sitio. El precioso rosicler del amanecer empieza a despuntar por el este. Mientras desayuno va desvelándose la bruma que cubre la ciudad y las nubes se alejan mecidas por una suave brisa.
Conecto el ordenador –porque me estoy cabreando- y abro la página de Accuweather. San Sebastián: lluvia y muy nuboso.
ElTiempo.es: 15º y lluvia toda la mañana. Voy por fin a la página de la que menos me fío: AEMET (Agencia Estatal de Meterorología). Donostia-San Sebastián: todo el día lloviendo.
No sé a quién llamar para protestar. Miro hacia el mar que baña la Zurriola y lo diviso claro y diáfano sin ninguna nube, cortina de agua o chubasco que me impida la vista. Otro día magnífico.
Estoy harta de no poder confiar en nadie.
Y encima, otro día sin planchar.
En fin.
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lunes, 18 de abril de 2011
No soy una opción sino una prioridad
A veces hay que hablar claro para que la gente se entere, sin medias tintas ni dando rodeos, directo a las neuronas. Mi padre siempre lo repetía: “más vale una vez rojo que ciento colorao”. A veces los demás nos tratan con cierto desapego, como si no diéramos la talla y entonces es cuando tenemos que sacudirnos el pudor y dejar las cosas claras.
Algunos hay que no se enteran o hacen como que no se enteran, que eso nunca lo sabremos; esos amigos que son como los ojos del Guadiana y que de repente llaman a la puerta después de mucho tiempo desaparecidos en combate y se las dan de Fray Luis de León y te tienes que tragar el “como decíamos ayer…”. Esas personas que tienen una vida muy ajetreada, importante, llena de compromisos ineludibles y para quienes salir a tomar unos zuritos parece ser un plan nada interesante. Y cuando por fin encuentran un hueco, como descendiendo de su olimpo particular, resulta que son ellos quienes necesitan del otro, quienes enumeran el recuento sin fin de preocupaciones, problemas, inquietudes y algún que otro desencanto.
Sin embargo, al revés no funciona el invento. Cuando se les llama hay que hacer cola, colocarse en lista de espera con música de fondo –como cuando llamas a tu proveedor de luz o de teléfono- y hay que armarse de paciencia y echar mano de todo el cariño guardado para no enfadarse.
A mí me gustaría decirles a todas estas personas que dicen que soy estupenda y que me quieren mucho y tal y cual que no quiero ser una opción en su vida sino que aspiro a ser una prioridad. Una prioridad amistosa cuando les llamo para compartir, al igual que ellos lo son para mí cuando me llaman. Una prioridad humana que necesita la presencia del otro al igual que yo ofrezco la mía cuando me la solicitan.
Trabajo para concienciarme de que las personas a las que digo querer no son una opción a tener en cuenta, una opción mejorable en algunos casos, sino una prioridad elegida e incontestable. Trabajo para no utilizar ese: “bueno, ya veremos…” e ir eligiendo sobre la marcha el plan que más conviene sino ser capaz de asumir el pequeño y hermoso compromiso de aceptar estar con mis personas queridas no como un plan de relleno, sino como una prioridad en el Orden del Día de la vida.
Que nos estamos volviendo muy egoístas todos…
En fin.
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LaAlquimista
domingo, 17 de abril de 2011
Haced sitio, que vienen los turistas
Ya han dado la noticia en los periódicos: se prevé una ocupación en los hoteles del 90% para los días claves de la Semana Santa. Es decir, que la ciudad se va a llenar de turistas a partir del jueves y los aborígenes que nos quedamos en casa vamos a disfrutar de cuantiosas novedades durante unos días.
A saber: los municipales no nos van a achicharrar a multazos por mal aparcamiento (porque no sabrán qué coches son de aquí y cuáles de allí) como ayer durante el partido en Anoeta, que volví a casa de excursión a las seis de la tarde y me encontré el barrio colapsado por coches en las aceras, en las esquinas, en los pasos de cebra, tapando puertas y hollando jardines y me dije, bueno, por un ratito hasta que acabe el partido… y aparqué justo en una esquina, -obviamente mal- y cuando bajé a dejarlo en el sitio delimitado para los residentes (que estaba ocupado por vehículos SIN VIÑETA y SIN MULTA) me encuentro el regalito de los 90€ de vellón en el parabrisas. -Ah, bueno-, me dije, -como también les habrán multado a todos los demás…- pues no, oyes, qué casualidad, sólo a los de mi calle, a los de al lado…se ve que se les acabaron las ganas a los depredadores con uniforme que “apatrullan” Amara y Anoeta mientras la Real –por una vez- mete goles y se inflan a poner multas aleatorias para compensar la rabia que les debe de dar no poder estar dentro del estadio… Pues eso, que ahora, el talonario de multas al cajón, no vayan a llevarse un mal recuerdo los turistas.
Otra de las novedades será que iré al bar de siempre a tomarme mi verdejo y mi croqueta y el camarero hará como que no me conoce y me pondrá un plato en la mano para que lo vaya llenando de pintxos y yo le diré, “que no, que no, que sólo quiero mi croqueta de siempre” y él me mirará con cara de paciencia infinita y me seguirá tendiendo el plato “especial para que los turistas coman más pintxos”. Y cuando le dé mis 2,50€ de todos los días, él me dirá, -“no, son 3,50€” y ya la habremos liado porque servidora es muy mala para las peleas…
Ni te cuento ya lo que va a pasar por la tarde/noche cuando me siente a tomarme mi gintonic o mi cañita de los días de fiesta en cualquiera de las terracitas habituales y me peguen otro sablazo turístico. Además, son listos; ya no te dejan el tiket debajo del cenicero y se van, estos días los camareros tienen la orden de cobrar al servir, vamos que se las saben todas… A veces, sonrío y digo eso de “tranquilo, hombre, que soy de aquí…” y bueno, pues a veces y sólo a veces suele surtir efecto. Lo que tengo bien claro es que si me cobran más por un pintxo y por mi caña habitual les voy a pagar con la misma moneda, es decir, “sinpa” al canto. Vamos, por éstas que son cruces…
Ante la huida general y desbandada alocada de donostiarras me suelo sentir como si me dejaran haciendo guardia y me sale la vena auxiliadora-compulsiva; ¿Qué veo unos despistados con un mapa en una esquina? Pues me acerco con cara de póker a ver si me preguntan dónde está la Catedral y les digo que ni se molesten, que es un zarrio, que mejor se vayan al santuario de Arantzazu que ése sí que vale la pena. ¿Que me preguntan donde hay un buen restaurante y no demasiado caro? Pues les digo que se desplacen unos cuantos kilómetros al interior que hay muchas sidrerías abiertas todavía… Por ayudar, que conste.
Eso sí; lo que más me gusta es ayudarles (a los turistas) a sacarse fotos. Hago como cuando yo le pido a algún parisino que me inmortalice con Notre Dame al fondo y le corta las torres a la catedral por un lado y por el otro saca dos metros de suelo a mis pies; les enfoco bien enfocados con la isla al fondo (o el marco incomparable que hayan elegido) y le pego al zoom de la cámara y les saco un primer plano. Al final es lo que ellos quieren, verse bien.
En estos días de recogimiento que son la Semana Santa (que recuerdo que en mi casa ni se ponía música ni nada) procuraré sacar chispas a mis botas (de monte) y mezclarme con el turista rural, que es mucho menos neurótico y más accesible.
Y a esperar que vuelvan mis amigos de sus vacaciones de Semana Santa.
En fin.
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50
LaAlquimista
A saber: los municipales no nos van a achicharrar a multazos por mal aparcamiento (porque no sabrán qué coches son de aquí y cuáles de allí) como ayer durante el partido en Anoeta, que volví a casa de excursión a las seis de la tarde y me encontré el barrio colapsado por coches en las aceras, en las esquinas, en los pasos de cebra, tapando puertas y hollando jardines y me dije, bueno, por un ratito hasta que acabe el partido… y aparqué justo en una esquina, -obviamente mal- y cuando bajé a dejarlo en el sitio delimitado para los residentes (que estaba ocupado por vehículos SIN VIÑETA y SIN MULTA) me encuentro el regalito de los 90€ de vellón en el parabrisas. -Ah, bueno-, me dije, -como también les habrán multado a todos los demás…- pues no, oyes, qué casualidad, sólo a los de mi calle, a los de al lado…se ve que se les acabaron las ganas a los depredadores con uniforme que “apatrullan” Amara y Anoeta mientras la Real –por una vez- mete goles y se inflan a poner multas aleatorias para compensar la rabia que les debe de dar no poder estar dentro del estadio… Pues eso, que ahora, el talonario de multas al cajón, no vayan a llevarse un mal recuerdo los turistas.
Otra de las novedades será que iré al bar de siempre a tomarme mi verdejo y mi croqueta y el camarero hará como que no me conoce y me pondrá un plato en la mano para que lo vaya llenando de pintxos y yo le diré, “que no, que no, que sólo quiero mi croqueta de siempre” y él me mirará con cara de paciencia infinita y me seguirá tendiendo el plato “especial para que los turistas coman más pintxos”. Y cuando le dé mis 2,50€ de todos los días, él me dirá, -“no, son 3,50€” y ya la habremos liado porque servidora es muy mala para las peleas…
Ni te cuento ya lo que va a pasar por la tarde/noche cuando me siente a tomarme mi gintonic o mi cañita de los días de fiesta en cualquiera de las terracitas habituales y me peguen otro sablazo turístico. Además, son listos; ya no te dejan el tiket debajo del cenicero y se van, estos días los camareros tienen la orden de cobrar al servir, vamos que se las saben todas… A veces, sonrío y digo eso de “tranquilo, hombre, que soy de aquí…” y bueno, pues a veces y sólo a veces suele surtir efecto. Lo que tengo bien claro es que si me cobran más por un pintxo y por mi caña habitual les voy a pagar con la misma moneda, es decir, “sinpa” al canto. Vamos, por éstas que son cruces…
Ante la huida general y desbandada alocada de donostiarras me suelo sentir como si me dejaran haciendo guardia y me sale la vena auxiliadora-compulsiva; ¿Qué veo unos despistados con un mapa en una esquina? Pues me acerco con cara de póker a ver si me preguntan dónde está la Catedral y les digo que ni se molesten, que es un zarrio, que mejor se vayan al santuario de Arantzazu que ése sí que vale la pena. ¿Que me preguntan donde hay un buen restaurante y no demasiado caro? Pues les digo que se desplacen unos cuantos kilómetros al interior que hay muchas sidrerías abiertas todavía… Por ayudar, que conste.
Eso sí; lo que más me gusta es ayudarles (a los turistas) a sacarse fotos. Hago como cuando yo le pido a algún parisino que me inmortalice con Notre Dame al fondo y le corta las torres a la catedral por un lado y por el otro saca dos metros de suelo a mis pies; les enfoco bien enfocados con la isla al fondo (o el marco incomparable que hayan elegido) y le pego al zoom de la cámara y les saco un primer plano. Al final es lo que ellos quieren, verse bien.
En estos días de recogimiento que son la Semana Santa (que recuerdo que en mi casa ni se ponía música ni nada) procuraré sacar chispas a mis botas (de monte) y mezclarme con el turista rural, que es mucho menos neurótico y más accesible.
Y a esperar que vuelvan mis amigos de sus vacaciones de Semana Santa.
En fin.
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LaAlquimista
sábado, 16 de abril de 2011
Paris."Carnet de Voyage". Tesoros escondidos
Penúltimo día en Paris y me entra el gusanillo de hacer muchas cosas todavía; W. se asusta pero se apunta también a un bombardeo, así que partimos de buena mañana hacia l’Île de la Cité donde está escondida una de las pequeñas/grandes joyas de la capital francesa en cuanto a arquitectura gótica se refiere: La Sainte Chapelle. Lejos de las colas multitudinarias descubrimos con placer que hay cuatro gatos nada más; de esa manera los 8€ de la entrada parece que duelen menos. Esta pequeña iglesia es una de las sorpresas de Paris; quien no la conozca que vaya ciegamente y no se arrepentirá: ya digo, una “petite merveille”.
De gótico a gótico en cuatro pasos estamos de nuevo en Notre-Dame; le había prometido a W. subir a hacer una visita a “Emmanuelle” que vive en la torre sur, así que sin demora alguna -aunque previo pago de 7€-, comenzamos a trabajarnos los 400 peldaños de escalera de caracol angosta donde las haya (abstenerse cardíacos y claustrofóbicos) con la emoción anticipada del panorama por descubrir.
Ya estamos arriba, ya hemos soñado con Cuasimodo colgándose de las vigas de madera, todo el entramado de madera, da pánico pensar en un incendio a estas alturas y ahora tenemos Paris a nuestros pies.
Pero hay que pasar junto a las quimeras que jalonan el estrecho balconcillo a más de 50 metros de altura…
La quimera es un término de la mitología griega que designaba a un monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón. Más tarde, el espectro se amplió para referirse a una criatura fantástica compuesta a partir de otras. En las torres de Notre-Dame existe una galería de quimeras realmente impresionante. Eso sí, no deben confundirse con las gárgolas, que además de decorativas sirven de desagüe.
Las quimeras de esta galería que se encuentra entre las dos torres fueron diseñadas por Viollet-le-Duc, uno de los arquitectos que restauró la bella catedral en el siglo XIX.
Las vistas desde la torre a la que permiten subir son impresionantes. Hermosas en la bruma del teleobjetivo se divisan al fondo las torres de La Defense –que bien vale una visita por el contraste brutal con la ciudad clásica-; la ciudad entera se desparrama silenciosa a nuestros pies, pronto el encanto quedará roto y reposará en el recuerdo de la tarjeta de memoria de la cámara y en el rinconcito donde guardamos los momentos hermosos.
El Barrio Latino tiene un imán especial; turistas, viajeros y incluso parisinos siguen acudiendo a sus caves, boîtes, bistrots y bares. Es un barrio muy grande que no se reduce a esas cuatro callecitas llenas de tiendas de souvenirs y chiringuitos internacionales para comer por un módico precio el menú turístico. Me gusta entrar a este barrio por el callejoncito de la Rue du Chat qui Pêche (qué nombre tan bonito para una calle). Hoy hay “parada y fonda” porque W. desea probar una “raclette à l’anccienne y hay que darle gusto, así que nos vamos al Châlet Suisse y le pegamos zapatazo a cualquier equilibrio dietético. El vino del Rhin nos ayuda a diluir cualquier culpabilidad. Para ayudar a la digestión nos pegamos una caminata larga, BoulMitch arriba, giramos 40º grados a la izquierda y dos kilómetros más allá le muestro a mi amiga la sorpresa del día.
La Grande Mosquèe de Paris está casi “escondida” entre las calles que bordean la Place Monge. Puerta con puerta con el Jardin des Plantes, es un lugar que aparece en pocas guías turísticas y que se puede visitar –atrio,jardines,biblioteca- por el módico precio de 3€. Imposible asomar la nariz a la sala de oración, ni siquiera a la de las mujeres.
Sin embargo, el muecín sale al patio a rezar las oraciones equipado con un micrófono inalámbrico. Para nuestro asombro, canta y recita los suras del Corán sin importarle nuestra presencia, así que le saco una foto para el recuerdo. El trasiego constante de hombres llama la atención: son las cinco y media de la tarde, ejecutivos, estudiantes y trabajadores se descalzan y se pierden entre las sombras de la gran sala que nos está vedada después de haber pasado por las toilettes donde se hacen las abluciones.
Las fuentes están todas sin agua, el estanque vacío, las flores no han sido cuidadas desde la última vez que las vi. Hay una desidia en el entorno general, se vé que no quieren que les visiten pero algún acuerdo tendrán con la municipalidad que les obliga a ello…
Saliendo de la mezquita, en la esquina sur, está el delicioso Café-restaurante con sus jardincitos llenos de pájaros donde reponer fuerzas con un thé à la mènthe y un pastel dulce. Sigue haciendo calor y nada mejor que una bebida bien caliente y azucarada para restablecer el equilibrio térmico en el cuerpo cansado.
El paseo continúa atravesando el Jardin des Plantes; abigarrado de flores rosas la gente se desperdiga por sus bancos a la sombra. Saco preciosas fotos de W. pero ella no quiere “salir en la foto”, así que no me queda más remedio que poner una mía debajo de uno de los numerosos árboles rosados.
El cansancio ha hecho mella en nuestros cuerpos serranos así que pillamos el Metro en la estación de Austerlitz. Tenemos ganas de volver al apartamento. Esta es nuestra última noche y hemos previsto una cena de despedida. Con cosas ricas, champagne y buena compañía. Nos despediremos de la noche parisina brindando bajo una luna inusualmente hermosa. La misma que estarán viendo nuestros seres queridos desde Donostia…
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Fotos: C.Casado
jueves, 14 de abril de 2011
Paris."Carnet de Voyage". Van Dongen y la Torre Eiffel
Que me guste el arte moderno es algo que no puedo ni quiero remediar y el M.A.M. (Musèe d’art Moderne de la Ville de Paris) dedicado al arte del siglo XX me atrae irremisiblemente cada vez que visito la ciudad y no únicamente por su colección permanente de la que, por cierto, faltan desde Mayo 2010 –robados por mano profesional- "Paloma con guisantes" de Pablo Picasso,"La Pastorale" de Henri Matisse, "El olivo cerca del Estanque" de Georges Braque, "Naturaleza muerta con candelabros" de Fernand Leger y “Una mujer con un ventilador" de Amedeo Modigliani, sin que se hayan podido recuperar ni volver a saber nada de estas “fruslerías”.
La exposición “Van Dongen, Fauve, anarchiste et mondain” está en el programa por derecho propio y no defraudó nuestras expectativas. Si bien la entrada al Museo es gratuita no lo es para las exposiciones temporales (otros 10€ del ala) pero a mí no duelen prendas en esto del Arte.
La otra mitad del gran edificio construido para la Exposición Internacional de 1937 está ocupado por Le Palais de Tokyo donde el arte de vanguardia y su expresión conceptual, instalaciones y performances se llevan a cabo después de pasar por la caravana/taquilla de la entrada. A destacar su terraza interior, divina para comer en silencio, ya que el restaurante en sí parece sacado de un edificio de los años 50 a medio construir y a medio decorar: sencillamente horrendo por mucho que se las dé de “rompedor”.
Desde la terraza del Museo tenemos la Torre Eiffel a tiro de piedra y es el momento adecuado, después de casi dos horas disfrutando de las pinturas de Van Dongen a su paso por “Le Bateau Lavoir”, Marruecos, España y Montparnasse, de dar descanso al cuerpo y ¿qué mejor que un inmenso jardín donde poder sentarse sobre el césped, extender la pañoleta de rigor y sacar el picnic? Y como fondo la Tour. ¿Alguien puede pedir más?
Hacer “piquenique” junto a la torre Eiffel es un clásico para los parisinos. No habiendo en sus alrededores absolutamente ningún restaurante, bistrot o chiringuito donde comer decentemente (excepto los infumables hot dogs, crêpes industriales y helados grasientos) el viajero avisado (que no el turista despistado) sabe que puede llevarse el propio condumio y disfrutarlo “à la remanguillèe”. Servidora, que tiene ideas de bombero que luego son celebradas, compró en la rue de la Roquette un pollo asado bien “cruz-crús”, que bien cortado en pedacitos y dentro de su tupper fue disfrutado (o devorado)–todavía templado- como si fuera un manjar de dioses. Por el módico precio de 5€. Increíble, pero cierto. Regado con cerveza y de postre una siesta bajo un árbol que fue el placer hedonista del día. Al lado las japonesas con su paraguas-sombrilla que me dieron el apoyo moral para abrir el mío y proteger mi blanca piel del sol inclemente. (Lo mío con el sol es una pelea que el astro tiene perdida de antemano).
Pensaba callar el paseo que dimos en una navette por el Sena para complacer a W. que, la verdad, no se queja de nada y se lo merece, así que lo confieso: hubo turistada. “Nobody is perfect…”
El paseo desde el Quai de Branly –otro magnífico museo de igual nombre que merece capítulo aparte- hasta Concorde despejó la mente, pero cansó las piernas, así que recurrimos al transporte público para regresar a la Plaza Leon Blum que es nuestro punto de partida y origen.
Como no habíamos comido con fundamento y en esto del estómago yo no perdono una, le propuse a mi amiga ir a cenar a un restaurante coreano de lo mejorcito que hay por Paris. “OssekGarden” se llama y está en Boulevard République, 11. La barbacoa coreana –qué pena que no haya en Donosti- es divertida, sabrosa, estimulante y diferente. (menú completo, con “bibimbap”, difícil de terminar por 19,80€, lo juro). Con varios entrantes riquísimos y la carne marinada que se va cociendo poco a poco en el centro mismo de la mesa, un buen vino –aparte, of course- y hambre, es el digno colofón a una jornada andarina e intensa.
De vuelta a casa, nos preparamos un MEGACUBATA de Ron de Guadalupe (había provisión de alcohol en el apartamento, un poco disimulada pero la encontramos…) que compartimos en la terracita al aire templado y envolventemente acogedor de la noche parisina.
Casi nada…
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LaAlquimista
Fotos: C.Casado
La exposición “Van Dongen, Fauve, anarchiste et mondain” está en el programa por derecho propio y no defraudó nuestras expectativas. Si bien la entrada al Museo es gratuita no lo es para las exposiciones temporales (otros 10€ del ala) pero a mí no duelen prendas en esto del Arte.
La otra mitad del gran edificio construido para la Exposición Internacional de 1937 está ocupado por Le Palais de Tokyo donde el arte de vanguardia y su expresión conceptual, instalaciones y performances se llevan a cabo después de pasar por la caravana/taquilla de la entrada. A destacar su terraza interior, divina para comer en silencio, ya que el restaurante en sí parece sacado de un edificio de los años 50 a medio construir y a medio decorar: sencillamente horrendo por mucho que se las dé de “rompedor”.
Desde la terraza del Museo tenemos la Torre Eiffel a tiro de piedra y es el momento adecuado, después de casi dos horas disfrutando de las pinturas de Van Dongen a su paso por “Le Bateau Lavoir”, Marruecos, España y Montparnasse, de dar descanso al cuerpo y ¿qué mejor que un inmenso jardín donde poder sentarse sobre el césped, extender la pañoleta de rigor y sacar el picnic? Y como fondo la Tour. ¿Alguien puede pedir más?
Hacer “piquenique” junto a la torre Eiffel es un clásico para los parisinos. No habiendo en sus alrededores absolutamente ningún restaurante, bistrot o chiringuito donde comer decentemente (excepto los infumables hot dogs, crêpes industriales y helados grasientos) el viajero avisado (que no el turista despistado) sabe que puede llevarse el propio condumio y disfrutarlo “à la remanguillèe”. Servidora, que tiene ideas de bombero que luego son celebradas, compró en la rue de la Roquette un pollo asado bien “cruz-crús”, que bien cortado en pedacitos y dentro de su tupper fue disfrutado (o devorado)–todavía templado- como si fuera un manjar de dioses. Por el módico precio de 5€. Increíble, pero cierto. Regado con cerveza y de postre una siesta bajo un árbol que fue el placer hedonista del día. Al lado las japonesas con su paraguas-sombrilla que me dieron el apoyo moral para abrir el mío y proteger mi blanca piel del sol inclemente. (Lo mío con el sol es una pelea que el astro tiene perdida de antemano).
Pensaba callar el paseo que dimos en una navette por el Sena para complacer a W. que, la verdad, no se queja de nada y se lo merece, así que lo confieso: hubo turistada. “Nobody is perfect…”
El paseo desde el Quai de Branly –otro magnífico museo de igual nombre que merece capítulo aparte- hasta Concorde despejó la mente, pero cansó las piernas, así que recurrimos al transporte público para regresar a la Plaza Leon Blum que es nuestro punto de partida y origen.
Como no habíamos comido con fundamento y en esto del estómago yo no perdono una, le propuse a mi amiga ir a cenar a un restaurante coreano de lo mejorcito que hay por Paris. “OssekGarden” se llama y está en Boulevard République, 11. La barbacoa coreana –qué pena que no haya en Donosti- es divertida, sabrosa, estimulante y diferente. (menú completo, con “bibimbap”, difícil de terminar por 19,80€, lo juro). Con varios entrantes riquísimos y la carne marinada que se va cociendo poco a poco en el centro mismo de la mesa, un buen vino –aparte, of course- y hambre, es el digno colofón a una jornada andarina e intensa.
De vuelta a casa, nos preparamos un MEGACUBATA de Ron de Guadalupe (había provisión de alcohol en el apartamento, un poco disimulada pero la encontramos…) que compartimos en la terracita al aire templado y envolventemente acogedor de la noche parisina.
Casi nada…
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Fotos: C.Casado
miércoles, 13 de abril de 2011
Paris."Carnet de Voyage". Montmartre y Père Lachaise
De vuelta a la gran urbe hoy toca un paseo por la colina más emblemática de los parisinos: Montmartre (Monte del martirio). Antigua tierra de viñedos y molinos, refugio de artistas empobrecidos y memoria histórica de la bohemia del XIX, este barrio ostenta el dudoso honor de cobijar al Paris nocturno de cabarets y “mal vivir”. Pasear por Pigalle por la noche no es recomendable en ningún caso, aunque tampoco se me ocurre el interés.
Los tiovivos emblemáticos de Paris derraman su regustillo decimonónico por doquier y la plaza de la subida al Sacré Coeur no se ha podido librar de tener el suyo. Por cierto, esta basílica de postal siempre me ha parecido un “pastelón” arquitectónico, vamos que no me gusta nada, pero parece que no has estado en Paris si no te haces una foto en sus escalinatas…y aunque haya estado muchas veces en el barrio no me importa volver para que W. pueda pisar sus viejas piedras aunque no quiera salir en la foto.
Pero Montmartre es mucho más que la Place du Tertre con sus mediocres pintores para turistas relegados ahora a un exiguo espacio a favor de las terracitas de los restaurantes que pagan más impuestos que ellos; Montmartre esconde un Espacio Dalí absolutamente interesante y poco publicitado que alberga ejemplares de sus esculturas en bronce además de muestras de dibujos y grabados que convierten en un pequeño placer la visita de sus salas. Terribles los 10€ de la entrada, que conste.
Desmitificando de nuevo los precios abusivos de ciertos establecimientos parisinos, comemos en una terraza al rico solecito la “Formule” habitual: Primer y segundo plato o segundo plato y postre por 12€. Agua y pan incluidos, que nadie diga que hay que comer bocatas o irse de hamburgueserías, eso son manías y ganas de complicar la cosa…
Bajamos la colina por las escaleras de mil fotos y, debido al calor ambiental, nos trasladamos a un paraje más fresco y que a la vez ofrezca interés. Mi propuesta de visitar el cementerio Père Lachaise es acogida por W. con poco entusiasmo, eso de rastrear tumbas de escritores, músicos y filósofos parece que no le apetece demasiado… aunque primero nos tomamos un té a la menta en el Boulevard de Menilmontant, fuera del circuito turístico y en un café árabe de los de verdad. Le explico lo que significa para mí ese cementerio donde se erige el terrible recuerdo de los masacrados en los campos de concentración nazis.
Ah, no es lo mismo la tumba de Oscar Wilde cubierta de labios rojos y mensajes sensuales o la de Jim Morrison o Colette, Dumas y tantos otros, que estos monumentos funerarios tenebrosos, que recuerdan toda la crudeza de lo ocurrido sin flores ni paliativos.
Por la noche, W. decide darse un respiro mientras yo salgo a cenar con H., mi más antiguo amigo parisino con el que es preceptivo ponernos al día de nuestras vicisitudes afectivo/sentimentales de los últimos meses. Quedamos en vernos en la rue Oberkampf y me lleva a uno de los sitios de moda: “CHARBON”, café-restaurante imprescindible, cuyo plato estrella se llama “Pata Negra”. Sí, sí, es jamón del rico, del bueno, que los parisinos adoran y que los dueños del lugar traen de la zona salmantina… sorprendida quedo con una ración enorme por un precio bastante inferior al que pagaríamos en cualquier bar de esta tierra. Como plato fuerte me decido por un “Parmentier au canard” que inunda los sentidos de dulce salsa y fina carne. La historia de Monsieur Parmentier es interesantísima ya que fue uno de los dietistas y naturistas más famosos de su época que consiguió convencer a los franceses de que la patata era COMESTIBLE y promovió su plantación y consumo.
La noche acaba con más confidencias y mojitos a tutiplén en una “cave” de esta calle llena de vida nocturna, con música de jazz de la de siempre pero sin humos (en Francia está prohibido fumar en sitios públicos cerrados desde hace AÑOS); ni soñar con un gintonic como mandan los cánones… la perfección no existe ni siquiera en Paris...
En fin.
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LaAlquimista
Fotos: C.Casado
Paris."Carnet de Voyage" Giverny, Monet y Bonnard
Llevaba años intentando visitar Giverny, el emplazamiento mágico que Monet supo regalarse para ser uno con los colores de la naturaleza. Siendo como es un jardín exuberante, la visita no puede realizarse más que durante los meses en que las flores alcanzan todo su esplendor y estando a 80 kms. de Paris lo ideal es poder contar con alguien que quiera participar de la excursión. Mi amigo inglés se brinda a llevarnos a W. y a mí junto a otra amiga británica - y a compartir un día de asueto además de su vehículo para realizar esta florida y deseada escapada. Partimos pues los cuatro ilusionados y felices camino de Giverny…
Mi amigo inglés es un fotógrafo delicado que encuentra el momento perfecto para disparar su cámara sin molestar a nadie. Sus fotos –y su compañía- son el mejor regalo para el recuerdo.
En esta recién estrenada primavera faltan todavía las rosas por eclosionar, pero tulipanes, pensamientos y tantas flores a las que no sé dar nombre, regalan sus colores a la paleta imaginaria del visitante.
El termómetro ha descendido una docena de grados en veinticuatro horas y la humedad ambiental –a pesar del sol- hace que el paseo por los bellos jardines esté perlado de escalofríos. Sin embargo, al llegar al lago y al jardín japonés, con sus puentecitos de tantas postales, los nenúfares (ahora ausentes) de los muros de l’Orangerie, las viejas barquitas en las que se sentaba el pintor y los sauces inmensos sobre el agua limpia, el alma comienza a caldearse mientras se imagina el espíritu del artista asomando por entre los bambúes.
La casa de Monet es todo un tributo a la emoción que le producía el color. El estudio de abigarradas paredes con sus cuadros y la luz invadiéndolo todo; amarillos imposibles en el salón/comedor, los azules inventados en la cocina, verdes y lilas en los dormitorios… Todo es tan perfecto, tan luminoso y bello que casi se agradece que no esté permitido tomar fotografías del interior haciendo que la retina guarde en lo más hondo el regalo de esta belleza perfecta.
Y como marco para este cuadro bucólico las nubes ceden al empuje de los vientos y descubren el regalo solar en todo su esplendor cuando nos sentamos a comer en un pequeño restaurante situado justo al otro lado de la calle; el jardín donde se hallan las mesas imita al de Monet y nos sentimos felices y satisfechos. No hay apenas visitantes, es un lunes friolento y se nota (y se agradece), por lo menos la ausencia de las multitudes que visitan este encuadre perfecto en época estival.
http://es.wikipedia.org/wiki/Giverny
No dejamos de visitar el Museo Impresionista de Giverny donde se acaba de inaugurar una exposición de Bonnard. Otro lujo más para un día perfecto.
El retorno a Paris se hace en silencio. Mi amigo inglés conduce sonriente mientras Pink Floyd pone música a lo que sentimos. Todavía hay luz suficiente como para dar un paseo por el Marais y reposar el día en una terracita calma a espaldas de la rue des Rosiers.
Encontramos un “traiteur” con deliciosas viandas con que confeccionar una cena tranquila “chez nous”. Llega la medianoche y los sueños estarán llenos de flores…
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LaAlquimista
Fotos: Nigel Barnett
lunes, 11 de abril de 2011
Paris. "Carnet de Voyage" Una de museos con noche en la Opera
El primer domingo de cada mes los museos municipales son gratuitos en Paris y dándose esta feliz coincidencia nos dimos cita en el Musèe d’Orsay que preparaba la inauguración de la exposición “Manet, Inventor de lo moderno”. “Mi querido amigo inglés” –de alma británica y corazón francés- se presta a hacer de avanzadilla para los casi noventa minutos de espera y W. y yo llegamos “a mesa puesta” a la puerta del museo, a paso más que ligero para compensar el descenso de más de diez grados de temperatura ocurrido durante la noche.
Visitar el museo impresionista más bonito del mundo requiere tranquilidad y poca prisa. Hay que poder demorarse en el detalle de las maravillas ofrecidas, dedicar un buen rato a los rincones del salón de baile, a las preciosidades “art nouveau” en muebles y objetos, seguir con el dedo imaginario el perfil de las esculturas de Camille Claudel y de su maestro Rodin y cuando el espíritu comienza a marearse con la contemplación de tanta belleza hacer una pausa comiendo en su maravilloso restaurante –que lo fue del hotel de lujo que albergó la estación de trenes que fue la Gare d’Orsay desde su construcción en 1900 con motivo de la Exposición Universal hasta 1980 en que se transforma en Museo de Arte del siglo XIX.-
Después de disfrutar con un “Merlan à la ratatouille” y un ligero “coulis aux framboises”, (Menu 16,95€) regado todo ello con un Chablis que se iba del mundo (costaba el vino el doble que el menú, pero un día es un día) las salas del ala derecha del museo brindan al visitante todo cuanto es menester para que la digestión sea deliciosamente ligera y agradable a la vista y al espíritu. A veces se puede ir a contemplar una exposición de arte temporal y dedicarle tan sólo un par de horas, pero el museo entero… aunque sea pequeño tirando a muy pequeño… con la jornada completa no es suficiente.
Pero el domingo se presentaba especial puesto que habíamos tenido la oportunidad de comprar con mucha antelación entradas para un concierto de Brahms/Dohnanvi en el Palais Garnier, dentro de la celebración de un Salon Musical especial del mes de Abril. Butaca de Orchestre bien situada al precio de 25€. (Esto es promocionar la cultura y lo demás son cuentos). La copa de champagne no estaba incluida en el precio pero nosotras nos la bebimos saboreando el placer de las burbujas y el mágico entorno.
La Ópera de Paris, el Palais Garnier tiene historia suficiente como para hacer volar la imaginación de cualquier persona amante de la música, el ballet, la ópera y, cómo no, el mito y el misterio. Por dos ocasiones había visitado el edificio, pero nunca había tenido la oportunidad de asistir a una sesión y… aquí faltan las palabras.
Fue André Malraux como Ministro de Cultura, quien encargó a su amigo Marc Chagall la realización de la cúpula de la Opera. Obra criticada en su día y mitificada con posterioridad –recuerda un poco a la polémica de Mariscal y su otra bóveda- sigue siendo de una fastuosidad exquisita a pesar del contraste apreciable con el entorno.
El “Grand Foyer”, versallesco en sus luces y sombras, los mármoles de cien colores y vetas diferentes, las escalinatas majestuosas, las arañas fastuosas con su juego de luces premeditadamente escaso…
La velada se vistió de magia y de música, de glamour y piel erizada, ingredientes justos para hacerla inolvidable. A la salida de la Ópera casi imaginábamos que nos estaría esperando un R&R para llevarnos a cualquier mansión de la Place Vendôme en vez de a nuestro apartamento del XIème… pero ni siquiera el viaje de retorno en metro pudo borrarnos la sonrisa de la cara ni hacernos aterrizar de la nube en la que habíamos pasado tres horas magníficas.
La noche estrellada y del imposible “azul Klein” en algunos claros sobre los tejados se volvió poco a poco más silenciosa, más íntima, hasta que el sueño nos fue envolviendo a todos los que esa noche soñábamos en Paris…
En fin...
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50
LaAlquimista
Fotos. C.Casado
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