jueves, 30 de diciembre de 2010

31 de Diciembre y yo con estos pelos

Se acaba el año, se acaba dentro de unas pocas horas y no sé si voy a tener tiempo de hacer la lista de buenos propósitos con la que suelo empujar las uvas de medianoche. A ver si encuentro por aquí la del año pasado que, total, bien me puede servir para este nuevo que viene porque yo soy muy clasiquita y pido siempre lo mismo. Con la más que trapacera intención de que no se me cumplan los deseos porque suelen ser alhajas con dientes.

Lo que sí me gusta hacer, en lugar de repetir viejos sonsonetes, es agarrar un tippex en forma de rotulador bien gordo e ir borrando –que no tachando- viejas costumbres, prejuicios machacones e ideas obsoletas, para aceptar algunas cosas, seguir luchando contra otras y echar a correr cuando no puedo hacer ni lo uno ni lo otro.

Y así aprender que:

- El mundo dejó de girar alrededor de mi ombligo hace ya muchos años. (Nunca es tarde para aprender verdades universales)

- No tengo que poner cara de asombro en el ascensor cuando suben los inmigrantes del tercero.(Ni los del octavo ni los del undécimo)

- Mejor no echar cuentas de lo que me queda de sueldo a día quince.(Hay misterios que es preferible no desvelar)

- Desclavar mi “listón” y volverlo a colocar quince centímetros por debajo. (Para que pueda saltarlo algún hombre interesante)

- Es de tontos rechazar un libro porque el título y la portada sean horribles. (Aplíquese en toda su extensión)

- Si sigo cruzando la calle con el semáforo en rojo cuando “no viene nadie”, acabará pillándome “el carrico del helao” cuando me despiste.

- No hay que echar margaritas a los cerdos. Nunca. Ni en los momentos de mayor desesperación.

- No debo creerme los halagos a pies juntillas. Bueno, algunos sí.

- Poner todos los huevos en el mismo cesto tiene siempre el mismo y seguro final.

Ahora os toca a vosotros, que no voy a ser la única que se “desnude” en este blog. Tenemos un largo fin de semana por delante, con campanadas y uvas de por medio. Si lo celebramos que sea sin olvidar a todos aquellos que no pueden hacerlo porque tienen menos suerte que nosotros.

Feliz salida y entrada de año con mi agradecimiento por estar ahí y aquí dentro y de paso, permitir que yo ocupe este pequeño espacio en vuestras vidas.

Amores.

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Uno sabe lo que tiene que hacer

Uno sabe lo que tiene que hacer sin necesidad de que nadie le dé ideas, el conocimiento brota “sin más ni más, que es como se descubren las grandes verdades que han estado frente a tus ojos sin que hayas sido capaz de prestarles atención hasta que estallan ante ti, brillantes como el sol del mediodía.” Este párrafo de Carmen Amoraga en su libro “Algo tan parecido al amor” lo transcribo literalmente, es una frase que no merece que se le cambie ni una coma porque me ha asaltado contundente, dolorosamente contundente a las cinco de la mañana, que es la hora en que la verdad se despierta de su largo letargo y entonces ya no hay nada que hacer.

Cuando una sabe lo que tiene que hacer, hay que hacerlo. Terminó el tiempo de las excusas y de las prórrogas conmiserativas, finalizó el tiempo reglamentario de cualquier partido en el que se ha jugado con ventaja o sin ella, cuando la luz se enciende en la mente y nos ciega durante un instante, ese instante en el que “sabemos”, momento sublime de conocimiento imposible de rechazar.

Esto es aplicable a cualquier circunstancia, a las mías y a las de las personas más tranquilas que yo, esas personas a las que yo he querido parecerme de alguna manera haciendo como que no tiene importancia la cosa, con una cobardía de andar por casa –discreta, sencilla- que puede clavar alfileres en vez de puñales pero no por eso dejando de ser incómoda, dolorosa incluso.

Una sabe lo que tiene que hacer y no lo hace muchas veces por cobardía, porque nos da miedo el miedo que presentimos llamará a la puerta y no queremos tener que abrirle, porque le dejaremos entrar en nuestro corazón dolorido (una vez más), aun sabiendo que lo que nos duele por dentro nos ha de seguir doliendo. Siempre. La filosofía al servicio de la aceptación de la vida no es más que un hermoso ramo de flores que no va a durar más que lo justo; el tiempo suficiente para dar el empujón necesario, el balón de oxígeno para seguir aguantando un poco más, quizás esperando que se solucione el problema por sí solo y eso nunca ocurre; tampoco va a ocurrir en esta ocasión.

Así que sabiendo lo que tengo que hacer, no me queda más remedio que hacerlo. Porque los demás no van a cambiar para que yo sea feliz. Y si alguien no me quiere, más vale que me plantee si ese cariño que mendigo vale la pena o es mejor buscar en otra dirección. De hecho, nadie debería “mendigar” sentimientos. O como decía mi padre:”más vale una vez rojo que ciento “colorao”.

Hoy es el día, tan bueno como otro cualquiera, para dejar las cosas claras de una vez por todas. Porque uno sabe lo que tiene que hacer…

En fin.

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Nunca es tarde para aprender buenos modales

Seguro que lo hizo sin querer, como un reflejo incontrolado debido a su propio nerviosismo, pero me sentó como un tiro. Resulta que estaba el otro día con mis hijas en una sucursal bancaria de esas en las que, en vez de coger número y esperar tiempo y tiempo, te tienes que poner en fila de uno y avanzar a paso tortuga hasta tu destino final, que por lo menos haces amistades comentando con el de delante o con la de atrás la subida de la luz o la nueva novia del dueño de Playboy, ese anciano que toma la píldora mágica masculina tres veces por semana para poder cumplir como un machote.

El caso es que andábamos peleándonos con el cajero automático que ahora tiene la función de ingresar dinero y te devuelve una y otra vez los billetes como no los metas milimétricamente alineados, cuando se me acerca una señora de poca más edad que la mía y me espeta señalando al cajero de hierro y metal: “¿Se cogen ahí los números?” y a mí es que se me escapó, de verdad, contestarle de igual manera, señalándole a la larga fila de personas que esperaban frente a los mostradores, “Aquí no hay números, aquí se hace la cola”.

Ante mi tono desabrido la señora en cuestión me miró de mala manera y me dijo: “Oye…¡¡¡¡”, con el tono admonitorio de que no he sido todo lo amable que ella esperaba. Pero vamos a ver, señora mía, que usted ni ha dicho buenos días, ni por favor, ni disculpad, que así, sin anestesia, se ha metido en un grupo de tres personas y ha pretendido que se le solucionara su duda, haciendo gala de una ausencia de educación total y absoluta.

Mis hijas me miran con el ceño fruncido y sé que me juzgan por lo bajini, pero saben perfectamente que los modales, las formas son necesarias y así exijo que sea, porque si no nos acabaremos convirtiendo en asilvestrados sociales. Como cuando vas por la calle y te aborda un chaval (o chavala) y sin más te suelta: “¿Tienes hora?”… cómo que tienes hora, ni hora ni puñetas tengo para ti que no sabes pedir las cosas. Ya ni te cuento los foráneos que se dirigen a ti como si llevaras un cartelito de guía turístico y sueltan a bocajarro lo primero que se les ocurre; que donde está la Catedral o por donde se va a lo viejo y luego no te dan ni las gracias.

Y a todos les digo lo mismo. ¿No sabe usted pedir las cosas como está mandado? - “Buenos días, ¿me podría decir la hora?, Disculpe señora, sería tan amable de indicarme por dónde queda la playa de la Concha? , o por favor, estoy buscando un taxi, ¿sabe usted dónde hay una parada por aquí cerca?” Buenos días, por favor, me permite, sería tan amable, disculpe la molestia… parecen frases de las novelas decimonónicas fuera de catálogo. Y no. Están en el diccionario todavía, no están fuera de uso en ningún caso.

Llevo años, pero cuando digo años, digo toda la vida comprobándolo. Vete tú a Francia e intenta que alguien te mire a la cara sin haber dicho antes: “Bonjour”. Atrévete a pedir una barra de pan si no es por favor, entra en una tienda sin saludar o márchate sin despedirte…

Ve tú a Londres y no digas “Good morning, ni thank you por todas las esquinas, y el “sorry” doscientas veces al día, vamos, igual que aquí, ya te digo…

En fin

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lunes, 27 de diciembre de 2010

Mi mamá y su perrito

De todos los ejemplos –buenos y malos- que las madres trasmiten a las hijas algunos se quedan grabados a fuego en la memoria, como una marca indeleble que no se va ni con agua caliente. En este orden de cosas, además de consideraciones religiosas, morales y sociales que mejor no me meto a desentrañar ahora, mi madre emitía el mensaje subliminal de que había que elegir con mucho cuidado las amistades. Se notaba cuando yo llevaba una amiga nueva a casa y le hacía en un pispás una radiografía de bolsillo y según sonriera o su cara se quedase impasible ya sabía yo cuál era el veredicto. Así que dediqué toda mi vida a elegir las peores amistades posibles, como es prerrogativa de toda hija que se precie.

Dentro de ese “sibaritismo” social, que algunas veces me llevó a pensar que ella no tenía amigas dado el alto nivel de exigencia que enarbolaba, estaban excluidos por derecho propio cualquier tipo de animal que tuviera más de dos patas. (Aunque hubo una excepción con los hamsters cuando se pusieron de moda.) Y así crecí yo, mirando a la gente con el prisma de mi madre hasta que fui capaz de construir el mío propio.

Pero cuando cumplió los ochenta, mi madre empezó a bajar el listón. Y lo bajó tanto que fue capaz de “sugerir” que le gustaría tener “un perrito”. ¡ A buenas horas mangas verdes ¡ ¡Con lo que nos hubiera gustado tener un perro durante nuestra infancia, contando con que vivíamos en un duplex de grandes terrazas…! Así que se tomó nota del pedido y para la Navidad de 2008, mi mamá tuvo su perrito.

Me temo que habla con él de todo lo habido y por haber; de lo divino y de lo humano, -interesante situación sin derecho de réplica-, le canta canciones del siglo pasado y esta última semana han montado en comandita el belén de tropecientas figuritas; mi madre colocando los pastorcillos y el perro gruñéndoles con ahínco. Su carácter se ha dulcificado –el de mi madre- un par de puntos más de lo habitual en estas edades en las que el pasado se envuelve en brumas voluntarias y de repente empieza a tomar fuerza el tiempo presente, ése que a nosotros, los que todavía no tenemos ochenta años, nos cuesta aprender a reverenciar.

“Elur”, se llama. Es un alma cándida con pelaje blanco y sedoso que sorprende con sus ojillos dulces. Cuando está dormido parece de peluche. Mi madre, cuando duerme, también. Que duren mucho los dos juntos.

En fin.

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LaAlquimista   Foto: Amanda Arruti

domingo, 26 de diciembre de 2010

Un baño de humildad con sales de lavanda

Algunas ilusas creemos que podemos con todo, que por el hecho de ser mujeres y además madres –navegantes de mil tormentas, misioneras en urbanas selvas o targuías de árido desierto- estamos circundadas de un halo mágico que nos protege de todo mal. Y suele ser así casi siempre, que microbios y virus danzan a nuestro alrededor sin atreverse a contagiarnos su indelicadeza, la olla de la melancolía y la tristeza mantenida a raya para que no se desborde y, en definitiva, configurando la foto de poder aguantar lo que nos echen.

Pero resulta que no, que no es de recibo –aunque esté estatuido desde siempre- que una se levante con fiebre y malestar después de una “noche toledana” a preparar la comida para los que han salido de fiesta la víspera, que se derrumbe –o casi- lo doméstico si una no lleva fiel lista de lo que falta (papel higiénico, pan y leche, cervezas y naranjas); que la casa esté hecha unos zorros gracias a la alegría que aportan los hijos que vuelven, la familia que rinde visita y la general desidia de quien no se considera con más obligación que la de sonreír y dar unos cuantos kilos de abrazos sentidos.

Esta mañana me he despertado envuelta en sudores afiebrados y , para escarnio de mi inteligencia, mi primer pensamiento ha sido: y “qué pongo para comer”… Porque tengo la fea costumbre de creer –equivocadamente- que si no me ocupo yo de lo culinario me van a poner espaghettis con tomate, porque nos hemos arrogado la exclusiva de hacerlo todo nosotras para hacerlo bien y en el fondo lo que estamos haciendo es apuntalar la autoestima sobre la desfachatez de suponer a los demás menos capaces que nosotras, creando horrendos precedentes, educando de la peor manera posible, manteniendo un engaño ancestral.

Hace sol y frío desde mi ventana, pero con el plumón hasta la barbilla parece un día magnífico. Quizás alargue los brazos hasta el libro redentor o juegue un rato con las posibilidades del portátil. Pero lo más probable es que me quede en el limbo de los ensueños esperando a que aparezcan por la puerta mis hijas y –asombradísimas- descubran que hoy tienen el nada dudoso honor de ocuparse de todo. Incluso de mi persona.

Para que luego no digan que yo me creo que puedo siempre con todo y que tengo que aflojar las riendas, hoy reconozco que no sirvo para nada y pido ayuda. Un baño de humildad que sienta de cine. Seguro que van a estar encantadas.

En fin.

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LaAlquimista

jueves, 23 de diciembre de 2010

Balance de fin de año

El cierre de las cuentas del ejercicio suele ser la “bestia parda” de todo financiero que se precie. Ni se sabe la cantidad de ansiolíticos que pueden llegar a recetar los médicos de cabecera a tan arriesgados profesionales; sin embargo, ellos saben y yo sé, que la contabilidad es una especie de “magia potagia” consistente en hacer desaparecer partidas por aquí y sacarlas -cuando nadie se lo espera- un poco más allá; y a los que somos de letras, siempre nos la meten doblada, claro.

Pero en la vida real esas habilidades no sirven para nada, porque si en el ámbito empresarial le puedes engañar hasta al mismísimo ministerio del ramo, en lo personal no se la cuelas ni al más ingenuo de tus amigos.

Están por un lado los que cantan beneficios que no son reales; esa gente a la que todo le va bien o incluso de maravilla. Personas que pintan su vida de colores inventados, que se miran al espejo y hacen como un Dorian Grey cualquiera sin conciencia; maridos que aseguran seguir queriendo a sus esposas, mujeres que ponen los ojos en blanco cantando las virtudes de sus “santos”, esas madres que tienen hijas que no andan en malas compañías y esos padres cuyos hijos ni fuman ni beben ni ná de ná.

Se da la mano este grupito con los que falsean la realidad inventando pérdidas que no existen para así repartir menos beneficios. Los que “van tirando malamente” y resulta que han cambiado de cochazo, se compran la ropa en esas tiendas donde lo más baratito es un pañuelo para los mocos de treinta euros y toman las uvas en un resort caribeño de super-lujo. Que junto con los que se están quejando todo el año del gobierno, de los sindicatos, de la patronal, de su pareja, de sus hijos, de sus padres, de sus amigos, de sus vecinos, del conductor del autobús y de la señora que limpia el portal, conforman la recua de quejicas oficiales del reino que aburren a un muerto.

Nadie dice la verdad –si es que se molesta en buscarla-, intentando mantener la imagen social a toda costa, engañando a los que le rodean con datos inventados –o acaso soñados-; en dos palabras, fingiendo ser lo que no son. Aunque claro, a mí me pueden engañar, (que me engañan) pero cuando se quedan frente a frente con su conciencia ante el espejo de la vergüenza… ¿se creen ellos mismos sus propias mentiras?

Así que, para mi balance personal de fin de año, ni puedo ni quiero hacer trampas. Esta vez, no. El año que termina dentro de unos días lo cierro con un balance saneado. Es decir, que no está mi vida moribunda todavía. He perdido un trabajo y un novio, pero he ganado amigas y amigos. Se han llevado los disgustos un buen trozo de salud, pero ya no está –mi salud- en números rojos. He pagado todos mis errores con intereses por aplazamiento de pago (tenía algunos pendientes desde ejercicios pasados). Un viejo corazón medio en ruinas lo he amortizado a valor 1 y he empezado de cero con un crédito de confianza y amistad a corto plazo. Mis gastos generales se han visto tan reducidos que he conseguido –para compensar- aumentar la partida de fondos de reserva para cuando vengan los malos tiempos. No le debo nada a nadie y tengo mis sentimientos en regla. Quizás sea el momento adecuado (afectivamente) para echar la persiana y retirarme a disfrutar de lo que me queda por vivir sin pensar en planes de gestión. Vivir el momento presente con todas mis fuerzas y borrar de mi vocabulario la palabra “futuro”.

Con esta pequeña reflexión y las cuentas pendientes de aprobación por los auditores del Universo, dejo el espacio abierto durante el fin de semana para que, quien quiera, le apetezca o necesite, plasme aquí su propio Balance de Fin de año. Conocerá otras realidades y diferentes opiniones para seguir creciendo. Quizás ayude a las pesadas digestiones de estas comilonas que se avecinan aligerar un poco la carga emocional.

Y que al menos en dos días no le hagamos daño a nadie… ni por casualidad.

Feliz Nochebuena y todo eso.

En fin.

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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gente que odia la Navidad

La infancia tiene cosas maravillosas y una de las mejores es la de magnificar situaciones banales o cotidianas concediéndoles un valor que sólo puede sostenerse desde la perspectiva ingenua y bondadosa de una criatura que aún no conoce toda la gama de colores. Así pues, las Navidades de mi infancia resultaron ser un compendio de imágenes idílicas que me daban fuerza para vivir el tiempo comprendido entre unas y otras.

Se predicaba el amor al prójimo y todos éramos buenos. La casa resplandecía con luces y colores y la buena mesa prodigaba no poca satisfacción a nuestros aburridos estómagos. Existía una “magia” inventada alrededor de un acontecimiento sencillo, como era el cumpleaños de un niño del que se contaban historias increíbles. Pero la mejor magia de todas era, cómo no, la de los regalos que llovían –literalmente- del cielo para aquellos que nos habíamos portado bien.

Este pequeño prolegómeno sirva para ilustrar lo que pudo haber sido la celebración más común por estas latitudes de una fiesta religiosa, con pequeñas variantes locales, pero básicamente compartida por casi todos.

Sin embargo, a estas alturas de la película, cuando ya peinamos canas y vestimos elegantes, se origina por estas fechas una corriente “a la contra” que rezonga y refunfuña sobre las fiestas navideñas. Voy encontrando, aquí y allá, personas que manifiestan claramente su aversión a la celebración, que opinan que “odian las navidades”, que no las soportan, que les deprimen, que se las saltarían olímpicamente.

¿Por qué? ¿Son acaso indigentes que no pueden comprar turrón? ¿O solitarios que tienen que pelar langostinos frente a un televisor agresivo? ¿Gente sin familia –o peleado con ella- que rumia viejos rencores? Aunque también pueden ser enfermos, ancianos abandonados, personas atrapadas en su propio mundo de misantropía. Y la larga lista de deprimidos, que casi me olvido.

Sin embargo, suele ser gente corriente, como tú y como yo, quienes –cada año en mayor número- proclaman sin ambages que no soportan la Navidad. Y si les tiras de la lengua te cuentan eso mismo que tú y yo estamos pensando ahora.

En fin.

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martes, 21 de diciembre de 2010

La mejor loteria: la salud

Hoy sale el gordo y ayer fue tema obligado el: “¿qué harías tú si te tocara la lotería…?” e igual para cuando se lean estas líneas mis hijas y yo somos millonarias, pero previendo que Murphy haga cumplir su Ley como hace cada año y nos deje a dos velas voy a soñar un poco en voz alta.

Cuando era pequeña me acuerdo de que, por estas fechas, andaban mi madre y mi abuela con una actividad frenética cambiándose participaciones de lotería; que dile a la amona que no se olvide que tengo aquí la lotería del Banco y que ella me tiene que dar la de la farmacia de Manolita. Oye, Cecilita, recuérdale a tu madre que me guarde cinco pesetas de la lotería del Economato y yo le daré otro tanto de la parroquia de San Ignacio. Y así todo el rato, con papeles arriba y abajo y números apuntados por todas partes. Luego había que esperar al día 23 a comprar el periódico para repasar la lista de “la pedrea” y ver si nos había tocado lo puesto o un poquillo más.

Pero se jugaba por costumbre, porque era de obligado cumplimiento el rito social de intercambiarse unas pesetillas como un juego inofensivo, aunque algunas veces se generasen enfados porque a alguien se le había olvidado ofrecer lotería y, claro, eso igual lo has hecho adrede, por si os toca a vosotros para que nos fastidiemos los demás.

Sin embargo, en tiempos de poca bonanza, como son los que atravesamos, cuando ya somos legión los descreídos en ninguna fe que no sea la de la nevera llena –o el Fondo de Inversión seguro-, cuando nos estamos retirando del mercado laboral con pensiones ridículas, cuando nuestros hijos llegan a los treinta sin saber lo que es un salario decente, ¿cómo es posible que se sigan gastando cientos de miles de euros en un juego cuyas posibilidades de ganancia son tan ridículamente pequeñas?

Me decía uno el otro día: -Bueno, total ya, de perdidos al río, yo me he comprado veinte décimos. Y otra añadía: -Pues yo, entre pitos y flautas no bajo de los trescientos euros… -¿Y tú? Pues yo… yo entono el mea culpa por haber comprado tres décimos –dos para mis hijas y uno para mí- con el firme deseo pedido con los puños apretados y los ojos cerrados muy fuerte de que me toque, como todos los años me viene tocando por estas fechas, una serie completa de salud y energía.

Que son los mejores activos para disfrutar de la vida y sus encantos. Y la lotería que les toque a los otros.

Por cierto que, dicen los ateos, una prueba irrefutable de que no existe el dios con mayúsculas, es que la lotería siempre les toca a los ricos. Los que salen en la tele pegando saltos y brindando con cava del barato no son los millonarios de verdad sino los que han jugado un decimito y punto. Los otros, los de “El Gordo” de verdad, los que siguen enriqueciéndose mientras el pueblo aúlla, se callan la boca y lo celebran a puerta cerrada con los de siempre.

En fin.
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lunes, 20 de diciembre de 2010

PhotSpeak o el timo de la estampita



Recuerdo con cariño la paciencia infinita con que, allá por el año 80, intentaba explicar –con dudoso éxito- a mi abuela octogenaria cómo funcionaba un “fax”. Ella, que había sido testigo de la instalación de los primeros teléfonos, del prodigio de un cuarto de baño con ducha y bañera y, cómo no, del milagro televisivo en blanco y negro, no acertaba a comprender –ni yo a explicar- cómo se podía introducir una hoja de papel escrita en la ranura de un aparato y que apareciera al instante en otro aparato situado a distancia. Ay, amona, !si supieras que ahora el fax está prácticamente obsoleto…!

El viernes presencié alucinada el funcionamiento de la aplicación llamada “PhotoSpeak” instalada en uno de esos teléfonos que hay ahora a los que casi, casi, les sobra la función de transmitir la voz a distancia. Estábamos mi amigo G. y yo en un restaurante celebrando su cumpleaños y como no todos los días se cumplen cuarenta y dos, el muchacho se había ofrecido a sí mismo el aparatejo de marras. Así que estaba como niño con zapatos nuevos y a la hora del café –que durante la cena ni se atrevió- no pudo aguantar más y tuvo que mostrarme, con satisfacción nada disimulada, su última adquisición.

– A ver, me dijo, te voy a sacar una foto pero ponte natural. (Debe conocer mi afición a “posar”). Miré hacia el fondo del local y cuando ya el camarero se acercaba a ver qué quería, escuché el “clik”.

– Vale, ahora di algo.

– ¿Profundo o cualquier tontería? , pregunté yo.

– Qué guapo estás hoy, le dije sonriendo.

Manipuló con cara de misterio la pantallita del teléfono y me mostró… mi rostro, sonriendo, pestañeando, girando los ojos a derecha e izquierda siguiendo el rastro de su dedo que se movía por la pantalla y… mon Dieu, mi voz, susurrante, mi boca abriéndose, mis labios pronunciando arrastradas las palabras: “qué guapo estás hoy…”. Pegué tal grito que los comensales de todas las mesas se volvieron a mirarme, pero yo no podía contener mi entusiasmo y al grito inicial siguieron mis carcajadas, mi risa despendolada, transportada por la magia de la tecnología punta al universo de sueños impensados.

En un instante me ví junto a mi abuela riendo con ella –que no de ella- en el flashback de hace treinta años. -Pero esto, esto… ¡ es increíble, es fantástico…!, le dije cuando pude por fin articular palabra.

-No, no es fantasía –me contestó mi amigo G.- es una aplicación informática que no sirve apenas más que para jugar un rato.

Tiene razón G. Mirar a los ojos a alguien y decirle cosas bonitas no puede dejarse en manos de la tecnología so pena de engañarnos y acabar construyendo una realidad afectiva virtual. Es el peligro de tanta red social, que acaba mucha gente creyendo que tiene amigos porque el marcador lo dice o porque recibe todos los días dos docenas de correos electrónicos en los que no hay ni una sola palabra personal. Al final vamos a acabar no viéndonos porque total, ya tenemos “aplicaciones informáticas” suficientes para paliar la soledad.

De momento no quiero ese teléfono; prefiero que me haga los requiebros un hombre de verdad…

En fin.
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domingo, 19 de diciembre de 2010

Tirar la toalla o seguir luchando


Mis amigos se dividen en dos grupos: los casados y los sin pareja. Es una división simplista la que hago pero que lleva escondidos demasiados matices. Podía haber dicho: los que tienen pareja y los que no, mas no es tan sencilla la cosa.

Para empezar, digamos que el hecho de tener pareja es una situación activa –o proactiva que se diría ahora-, que conlleva el mantenimiento de la cosa en un día a día elaborado con inquietudes, proyectos en común, afanes compartidos e incluso ilusiones a dos bandas. Es decir, algo en lo que uno se implica, trabaja e invierte su esfuerzo vital.

Estar casado es otra cosa. Como es un estado civil en el que he permanecido durante muchos años sé de qué hablo. Estar casado provoca una dicotomía imposible y a la vez aceptada socialmente. Por un lado aceptamos cumplir unas normas especificadas en un contrato que firmamos ante testigos y por el otro nos dedicamos a soslayarlas con lacerante impunidad. De ello resulta que se rompa la baraja en tantas ocasiones, como es obvio y decente. O se sigue jugando haciendo trampas, todo hay que decirlo.

Es este el momento en que el ser humano debería plantearse si verdaderamente está destinado a caminar de dos en dos; si la individualidad que nos ha tocado en suerte se siente cómoda en la piel compartida, si buscar al otro es una pura necesidad nacida del miedo a la soledad, al deseo de aceptación social, o una firme voluntad de amar. Y ahí es donde se tira la toalla.

Porque tener pareja es otra cosa. Elegir una pareja –sin necesidad de recurrir al casorio- es un acto responsable, adulto y gratificante. Sobre todo cuando se ha pasado al otro lado de la valla, allí donde se respira el aire de libertad de la ausencia de chantajes emocionales y compromisos circunstanciales.

Elegir el segundo amor, la segunda pareja (o la tercera o la cuarta) es una decisión más importante que la primera que se tomó, porque ahora hay ilusiones rotas, esperanzas truncadas, heridas que siguen sangrando, incluso la dignidad descalabrada y es humano –y lo más fácil- rendirse y dejarse llevar.

Del grupo de mis amigos que no tienen pareja destacaré un denominador común que es lo que nos aglutina sin que nosotros lo hablemos: la ilusión por vivir un nuevo amor, la esperanza por encontrar el compañero adecuado, la certeza de que, la próxima vez, vamos a saber elegir mejor. Y en ello estamos los del club “sin pareja”: recargando las pilas para cuando nos vuelva a tocar el turno y con la seguridad de que, esta vez, lo vamos a hacer muchísimo mejor. Sin tirar la toalla, porque no estamos KO. Esa es la lotería que queremos que nos toque.

En fin.
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jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Para qué somos más longevas las mujeres que los hombres?



Es una pregunta retórica, que conste, de esas que no necesitas que te las responda nadie porque total, para qué. Esto viene al hilo de la observación de grupos humanos realizando diversas actividades de las llamadas cotidianas, bien en el ámbito de la salud o en el de la cultura del intelecto. Y que conste que no me voy a meter con los señores, faltaría más, con lo que me gustan.

Que hay en el mundo más hombres que mujeres es dato conocido y los porqués también; por aquello de la continuidad de la especie y no está mal la idea que tuvo la naturaleza de hacerlo así. Un único macho puede fecundar a varias o muchas hembras y todos tan contentos cuando se trata de la especie animal no pensante. Ay, que me desvío del tema… Pero parece que también la naturaleza ha decidido que seamos las mujeres las que tengamos que sobrevivir a los hombres y esa es la cuestión.

¿Para qué –y no “por qué”- somos las mujeres más longevas que los hombres? A ver, si está más claro que el agua. Pues para malcriar a los nietos dándoles todos los caprichos que les niegan sus padres y así vengarse un poco de tanta regla y tanta norma. Porque, ¿quién ha visto alguna vez a un abuelo haciendo rosquillas, bizcochos o galletas para los nietos? Para perpetuar la población canina gracias a la demanda de perritos. Para cuidar del marido cuando se jubila ¿Por qué el hombre piensa siempre en tener a su lado a una mujer que le cuide en la vejez y la mujer piensa en irse a Benidorm con las amigas cuando se queda viuda?

Es nuestro designio, no nos opongamos a él. A partir de los cincuenta se nos enciende el piloto rojo de todas las alarmas, pero somos las mujeres las que dejamos de fumar, controlamos la ingesta de alcohol y le declaramos la guerra sin cuartel al colesterol (menos en época de sidrerías). Nos jubilamos y seguimos haciendo cosas como locas, nos apuntamos al gimnasio en vez de hacer “sostenimiento de vallas”, llenamos las salas de conferencias en vez de hacernos expertas en el manejo del mando de la tele, abarrotamos las cafeterías de seis a ocho de la tarde para brindarnos la alegría de la sociabilidad en vez de cogerle miedo a la calle y a la vida.

En el Norte y en el Sur del planeta, la mujer sigue imparable, como el conejito de las pilas hasta que se topa con el obstáculo final. Sigue siendo el soporte de la familia y del clan cuando le dejan, tropieza con piedras y se levanta excepto cuando se las tiran a la cabeza en nombre de un dios lejano, reserva su energía y su aliento para preservar el orgullo y la esencia de la especie hasta que ya no puede más. Y entonces claudica, pero con las pilas puestas.

En fin.
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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Isabel Allende; otra mujer valiente

Empecé a leer a Isabel Allende cuando todo el mundo por estos lares. La publicitaron –como sobrina segunda de Salvador Allende- y el libro “La casa de los espíritus” era francamente entretenido. Y luego le cogí el gusto a sus tres siguientes obras de ficción (realismo mágico le llaman) hasta que me dejó con el corazón en la boca leí su primera entrega autobiográfica: “Paula”, en la que relata su vida hasta la muerte de su hija de veintinueve años; un antes y un después.

“Paula” es un libro terrible y hermoso a la vez; terrible por el dolor que rezuma mientras ella misma intenta purificarse de los demonios que anidaron en su corazón al asistir a la agonía y muerte de su hija. Hermoso, porque es literatura amorosa en estado puro. (Amorosa viene de amor).

El resto de novelas no me interesaron demasiado pero cuando ha caído en mis manos “Mi país inventado” –con varios años de retraso- he vuelto a admirar a la mujer que anida tras la escritora. En esta tercera entrega autobiográfica (la segunda es “Afrodita” un libro sencillamente precioso sobre el placer erótico de la comida) Isabel cuenta lo poco que le faltaba por contar. Desgrana su país de corazón, Chile –aunque ella naciera en Perú- y recuerda su infancia y juventud con pelos y señales.

Pero para contar la vida propia no le queda más remedio que arremeter con su familia y no dejar títere con cabeza desgranando virtudes y defectos de toda la parentela, dándole a cada quien lo suyo: medallas y escarapelas de colores a los que la trataron bien y orejas de burro a quienes le hicieron la vida imposible. Con razón ella misma indica que, para ser escritora, hay que distanciarse del entorno afectivo o incorporarlo a la fábula, siendo el caso que ella nunca estuvo dispuesta a desperdiciar el inmenso y enjundioso caudal literario que se podía extraer de su experiencia doméstica. Leyendo sus libros uno puede pasearse por su biografía cómodamente, seguirle los pasos desde la infancia hasta el momento presente. Sus amores y desamores, los conflictos de familia, iguales que los de cualquier casa pero que no le perdonaron airear y que fueron precisamente los que le dieron la fama.

Porque lo que más nos gusta leer son vidas como las que nos han hecho vivir, con envidias y rencores, trampas y recelos, pellizcos y empujones. Como ella decía, lo que tuvo que sufrir lo sufrían “en las mejores familias” pero la sociedad chilena -¿sólo la chilena?- era experta en callar, ocultar, distraer e incluso negar lo innegable. Por eso ensalza a los norteamericanos que son capaces de sacar sus esqueletos del armario como quien no quiere la cosa y guardar la hipocresía para otros menesteres. (El caso del affaire Clinton es el paradigma de lo expuesto)

Pocas escritoras hay en este país que se hayan atrevido con tanto y las que lo han hecho son mis preferidas, por descontado. Digo esto porque cada vez que cuento algo personal en este humilde blog, aparece la sombra de alguien que dice saber más que yo para recordarme que “eso no se hace, eso no se dice”.

Es la diferencia –una de las muchas- entre una escritora valiente y una bloguera cobarde.

En fin.

LaAlquimista
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martes, 14 de diciembre de 2010

La excusa del pilates

A fuerza de que te den la tabarra con una cosa acabas planteándotela , más que nada para que te dejen tranquila y dices,: vale, bueno, vamos a probar. Eso es lo que me ha pasado a mí con el plates de marras. Que yo ni había oído hablar de ello hasta que, hace un par de años, se puso de moda y parece que si no vas a hacer esos ejercicios un par de veces por semana te van a tener que dar 3 en 1 a partir de los 50.

Que si es buenísimo, que si a mí me va fenomenal, que no basta con hacerse diez kilómetros al día –que es mi pequeña contribución a eso del ejercicio y la salud-, que a tu edad hay que engrasar las articulaciones… el caso es que, tanto comerme la oreja, -mis amigas, que son bienintencionadas y pesadas- que al final me apunté a clases del dichoso método. Además, como no trabajo y tengo todo el día libre pues está bien ir llenándolo de actividades para poder jactarse de que “no tienes tiempo para nada”.

Digamos que voy a un gimnasio municipal y pongamos que estamos en una enorme clase unas dieciocho personas (hay dos hombres, dos). Que nos tiramos por el suelo en colchonetillas y nos pasamos una hora siguiendo las indicaciones de una jovencísima profesora que nos trata como si fuéramos chavalitas de primaria. Respirar con el vientre, sentir el ombliguito, levantar la cabecita, mover las caderitas, sujetar las rodillitas… increíble, pero cierto. Hacía años que no me hacían sentir tan tontita.

Resulta que la mayoría de las personas que hacen este tipo de actividades por las mañanas, con pura lógica, son quienes no tienen que trabajar fuera de casa; como los parados no están para tonterías –esto no es gratis, sino tirando a caro o muy caro según el lugar donde lo practiques- pues la edad media de la clase anda por los setenta y me quedo corta. No es eso lo malo, claro que no, al contrario, sino el hecho de que –en general no damos pie con bola –o rodilla con ombliguito, que ya es triste que nos hablen como si estuviéramos con la baba colgando- y el “powerhouse” seguimos sin ubicarlo. Pero al cabo de dos meses de tirarme por el suelo ya he descubierto donde está el truco del dichoso pilates de marras.

El grupo de señoras mayores que llegan pegando grititos y hablando de sus nietos después se juntan a tomar cafecito y una vez al mes a comer. Los sábados por la mañana a pasear todas juntas y no perdonan festividad que se precie para ir a donde sea: da lo mismo un viaje en autocar a La Rioja a catar vinos que una excursión a Bilbao el día que el Bellas Artes es gratis. Hoy me lo contaba una compañera de colchoneta que lleva viuda diez años y que, palabras textuales, “gracias al pilates he vuelto a tener vida social”. Toma ya. A ver si cumplo años rapidito para poder unirme al grupo.

En fin.

LaAlquimista

lunes, 13 de diciembre de 2010

Todo sobre mi madre. O casi.

De vez en cuando hago referencia en mis escritos a mi padre, que nos dejó unas navidades hace ya diecisiete años, pero creo que casi nunca he dicho nada acerca de mi madre. El principal motivo es que está vivita y coleando –aunque con los achaques propios de su edad, que son ochenta y cuatro primaveras- y cuando le hablo de este blog y le leo las cosas que escribo me hace su crítica e incluso me insta a que mis temas no sean superficiales sino que intente ahondar en el profundo sentido de la vida humana.

Pero vamos por partes. Yo he sido (y hablo en pasado) lo que en la época se llamaba “una hija rebelde”, es decir, que me paseé –con bastante impunidad todo hay que decirlo- por el catálogo completo de lo que hoy se consideraría “políticamente incorrecto” y en aquellos años, simplemente, no era propio de una señorita de buena familia. Resumiendo; que a mi madre (y a mi padre obviamente) le llevé por la calle de la amargura durante varios lustros arrastrando el sambenito de “hija conflictiva” y proveedora de disgustos varios.

Sin embargo, pasados los años (muchos) y estando en trámites de cerrarse el círculo vital que nos une a madre e hija, constato con estupefacción que todos y cada uno de los supuestos “defectos” de los que yo adolecía en la primera y segunda parte de mi vida activa (ahora estoy entrando en la tercera, eso es seguro, y espero que la “cuarta fase” me pille en absoluta paz conmigo misma) han sido heredados de mi madre de la forma directa e irreversible que una madre transmite a su hija valores, pensamientos y forma de ver la vida. Una herencia genética tan fuerte como el ADN y que nadie ha conseguido desestructurar todavía.

Porque si en la forma no estábamos de acuerdo –por aquello de que no fueron lo mismo los años 50 de su juventud que los 80 de la mía- en el fondo somos como dos gotas de agua. (Ella una gota más guapa, vale). Mi madre me enseñó a ser no-dependiente y luego se enfadaba porque hacía lo que quería; me privó de una educación “al uso” para una niña, propiciando que jugara con libros en vez de con muñecas –aún recuerdo cómo puso el grito en el cielo cuando aparecieron en los comercios unos juguetes para niñas consistentes en un juego de escoba, recogedor y plumero de colorines- y después me recriminó que yo me hubiera convertido en algo parecido a una feminista sin saber que ella lo era de forma natural.

Mi madre fue a la universidad y se ha pasado la vida cultivando la mente y mimando su espiritualidad. Es lectora impenitente a pesar de su grave dolencia oftálmica y siempre ha preferido ir a una conferencia de Teología que a ver una película de Gary Cooper (o el ídolo secreto que tuviera en su época, el equivalente al George Clooney de mis sábanas calientes). Mi madre me mostró cómo se utilizaba la libertad y luego se quejaba de que intentaba volar demasiado alto. Me dio lecciones de cómo preservar la propia dignidad para pelearse acto seguido conmigo porque yo no daba mi brazo a torcer en según qué situaciones. Me enseñó que los malos ejemplos son para aprender a hacer las cosas bien y que los amores de verdad nunca vienen en papel de regalo y con lazo rojo. Sus consejos me parecieron horrendos hasta que descubrí que la muy “bruja” acertaba siempre un pleno al quince.

Ahora que ella está muy mayor y yo estoy mayor a secas, es cuando puedo acercarme a ella en una situación de igualdad. Ahora veo que he copiado todo lo bueno que había en ella y que lo malo –porque haberlo haylo- me ha ayudado a evolucionar como ser humano y como madre que soy de mis hijas para no repetir con ellas más que los buenos ejemplos, aunque las meteduras de pata sean mías y sólo mías.

Mi madre es muy suya para muchas cosas –igual que yo lo soy para las mías- así que ahora voy a leerle este escrito a ver si me da el nihil obstat o me hace tachar la mitad y corregir la otra mitad.

Estoy de buen humor; va por ti, mamá.

LaAlquimista

jueves, 9 de diciembre de 2010

Para lo que sirve un hombre

Como no me gustan los chistes machistas les hago muchos ascos a los chascarrillos feministas. Porque si parece, por el título, que voy a hacer la típica lista de las “habilidades” varoniles, pues no. Pero es que nos han educado mal, eso hay que admitirlo también, que en mi casa, cuando se estropeaba algo, allí estaba mi padre, como caballero en su corcel al rescate de la dama, llave ajustable en ristre, dispuesto a lo que fuera.

Y se atrevía con todo. Lo mismo ponía estopa en un grifo que goteaba, que silicona en los bordes de la bañera. Las lámparas y los enchufes los tenía en posición de firmes y con su pequeño soldador pelaba y juntaba cables como el que hace un huevo duro. Ruedas, patas, manillas, persianas, clavijas, junturas, cristales. Lijas, formones, alicates, destornilladores, llaves allen y de las otras y su gran colección de tornillos, puntas, hembrillas, alcayatas y toda la estirpe familiar colateral. Tenía un pequeño habitáculo, un armario grande más bien, con banco de trabajo incluido, al que denominaba pomposa e ingenuamente “el taller”.

Habiendo vivido de esta manera, era de cajón que me casara con un “manitas”. A ver si no. Y cuando me divorcié del manitas, seguí buscando en el hombre (en este momento es cuando mi psicoanalista de cabecera –si lo tuviera- se echaría las manos a la cabeza) habilidades manuales varias además de bondades del alma y las capacidades del cerebro.

Ahora me diréis que para qué están los gremios, que hay que darles de comer también, pero es que no puedo, me resulta imposible, es como si le dicen a Elena Arzak que si se le estropea la cocina de su casa, pida la comida a un chino. Pues no.

Y aquí ando, peleándome con el casquillo de una lámpara que no quiere abrazarse a la rosca de la bombilla, pero es que con los cables yo no me atrevo, me da un miedo espectacular, que es mejor no tocarlos con mano inexperta no se vayan “a cruzar”. Necesito un electricista. A poder ser amigo. Que me arregle la lámpara de leer en la cama. ¿O tendré que, por primera vez en mi vida, pagar por los servicios de un hombre?

En fin.

Laalquimista

lunes, 6 de diciembre de 2010

Sábado por la noche en la ciudad

El sábado tuve “cena de primas”. Es una forma de hablar, obviamente, porque mi madre es hija única y por parte de padre la familia se dispersó hace mil años, pero quiero decir que me aceptan en una cuadrilla de mujeres -que casi todas son primas entre sí- y que están llenas de alegría de vivir y de ganas de pasárselo bien a pesar de que la vida les zarandee como a cualquier otro hijo de vecino. Son mujeres con bastantes menos años que yo –a mí es que siempre me ha gustado “la carne joven”- y su espíritu vivaz y su carácter abierto componen un cóctel absolutamente estimulante a la vez de contagioso. O sea que estábamos siete féminas (una se puso enferma y no pudo salir) vestidas de negro marchoso, con el ojo de Dior y los labios de Chanel dispuestas a pasar unas cuantas horas distendidas y divertidas.

Es curiosa la facilidad que tenemos muchas mujeres por estos lares para reunirnos sin necesidad de ninguna excusa aparente. La búsqueda –y el encuentro- de ese espacio de libertad que permite sentir la propia individualidad. ¿Un logro o un regalo? En cualquier caso, habíamos quedado a las ocho y media en el reloj del Bule –que parece seguir siendo el meeting point por excelencia; ahí quedaba yo con mis amigas a los quince y con mis novios de los veinte- para tomar un vino y hacer tiempo para la cena. En una hora ya estábamos sentadas alrededor de la mesa en el restaurante elegido (media entrada, muchos claros, camareros en posición de firmes mirando al infinito). La cena –que no es más que una excusa para charlar de todo y arreglar el mundo a los postres- no se pudo alargar más allá de las doce menos cuarto; empezaron a apagar velas y luces en general y sólo les faltó pasar la fregona para echarnos. Obviamente, si hubiera estado hasta la bandera eso no habría ocurrido, pero bueno.

La pena de estas reuniones es que, cuando más a gusto estás hablando de lo divino y de lo humano, caldeando el ambiente con una copa o dos cafés, tienes que salir a la noche fría -que no procelosa- y meterte en un sitio lleno de ruido –mezcla de música y conversaciones a grito pelado-. Del humo ya no digo nada por no ser recurrente. Así que de perdidos al río. Total, si no vamos a poder hablar pues mejor nos vamos a bajar la cena y darle gusto al cuerpo meneándolo lo mejor posible, lo que se puede hacer en el ámbito de lo privado yéndose cada una a su casa a ver si cae algo o en el ámbito de lo público acudiendo a una disco a bailar.

Sitios en Donosti donde puedan ir mujeres de 40 a tomarse una copa y bailar un rato sin subir la media de edad hay pocos, pero haberlos haylos. Así que nos fuimos al que estaba más a mano; un antiguo club de dudosa reputación reconvertido en disco bailona. Hay que dejar claro que el gusto por el baile no desaparece del cuerpo con los veinte ni con los treinta; la gracia y el salero –si se tienen- son para toda la vida. Otra cosa es que la sociedad, los corsés sociales, te aplasten las ganas haciéndote creer que “ya no tienes edad”.

En la puerta tres gorilas, tres. Descorteses por abreviar y no decir más, hacían la selección típica de esta ciudad; te miran, hacen como que piensan algo y al final –después de unos angustiosos segundos en los que notas cómo te corre el sudor frío por la nuca- deciden si puedes entrar o no sin pagar el tributo estipulado. Bueno, pues el sábado tocó que “NO”. O pagas entrada o no entras.

Entre siete que éramos había de todo: la conciliadora, la racionalista, la revolucionaria, la que protesta y la que conoce al dueño “de toda la vida”. Oye, pues que no.

- Vamos a ver… ¿Pero tú te crees que no vamos a consumir nuestras buenas copas ahí adentro?

Que da igual, tú, que el precio de la entrada es un elemento disuasorio utilizado en esta ciudad para no tener que ponerte en los morros lo de “Reservado el derecho de admisión”. Añadido al hecho de que, al ser puente y haber muchos turistas, las normas se endurecen para sacar más dinero; la semana que viene, cuando ya sólo quedemos “los de casa”, todo son mieles y reverencias cuando siete personas entran de golpe en un sitio de esos.

Mientras las más aguerridas dialogaban con los tres cancerberos malencarados, aparecieron por allí unas chicas que parecían ser habituales y que entraron sin pago previo.

-Oye, mira, que yo paso, vamos que me entra el mosqueo y que ya me tomo los gintónics en cualquier otro sitio…

Así que, manteniendo la cabeza erguida y el paso bien firme, nos fuimos taconeando a la clásica discoteca de siempre, donde parece que tienen un ojo clínico diferente –y mucho más acertado- para saber quienes son los clientes habituales a los que no hay que poner barreras por mucho que quieran aprovecharse de unas cuantas aves de paso. Que hay hosteleros inteligentes y luego están los que no saben diferenciar las churras de las merinas.

Lo mejor de la noche fue lo mismo de siempre cuando nos juntamos: nosotras. Esas horas de conversación amigable y distendida en las que compartimos el gusto por ser mujeres y ser libres. Levanto mi copa por la cuadrilla “de primas”. Ah, y que nos quiten “lo bailao".

En fin.

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Huelga salvaje pero menos

Es que con este caos en que nos han dejado sumidos los controladores aéreos se me ha alborotado a mí también la disciplina y casi hago yo también mi pequeña huelga salvaje como ha dicho el ministro del ramo. Ha sido interesante descubrir en manos de quién estamos (ora controladores, ora ejército del aire) y descubrirlo y poner las barbas a remojar ha sido todo uno. Aquí no se pasa uno ni un pelo, faltaría más, la plantilla del Barça sin poder volar a Pamplona para jugar su partido de liga; reunión urgente y estado de alarma, como en los mejores tiempos de guerra.

Sí, ya sé que no es lo mío comentar lo que pasa en el mundo, que para eso está la pluma del Sr. Jukebox bien afilada y oportuna, pero como es sábado y estamos en una especie de “no man’s land” –tierra de nadie o algo así- pues me atrevo a decir lo que opino. No he visto la televisión por ahorrarme la angustia de los pasajeros en tierra y los pequeños dramas personales de tantos y tantos que han visto truncadas sus mini vacaciones pre-navideñas.

Lo peor de todo es que ya nos hemos olido que esto lo sabían de antemano y bien callado que se lo tenían y que aquí hace falta muy poco para sacar al ejército a la calle (de nuevo). Unos firman y otros refrendan desde el otro continente y el que diga mú me parece que hasta un juicio por sedición le pueden hacer.

Es sábado y no ha llovido todavía. La ciudad está tranquila aparentemente, aunque los de la hostelería estén mesándose los cabellos por los clientes que no han podido volar hasta estos lares para dejarse los dineros; aquí, los de casa, los que no nos hemos ido a esquiar ni a las Landas a comer foie, hacemos como que la cosa no tiene que ver con nosotros y miramos hacia otro lado. Como siempre.

En fin.

LaAlquimista

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jueves, 2 de diciembre de 2010

Torrijas "afroasiáticas"

                    

De vez en cuando dedico una tarde completa a mis placeres personales para lo que me desconecto de todos los enchufes, me quedo fuera de cobertura en todos los teléfonos y los ordenadores de casa descansan conmigo de sus habituales jornadas de doce horas. Un almuerzo ligero, una siesta placentera –para poner el cuerpo a tono- y luego ¡a cocinar!. Descubrí que me encantaban los fogones hace algunos años –no demasiados- y le pongo cariño y dedicación a la cosa y nadie se me ha quejado; de hecho, repiten. La cocina es un arte para dar placer a los sentidos –a casi todos- y yo una aprendiza que se deja llevar por su instinto, hago un tête à tête con la vitro o el horno dejándome fluir, disfrutando de la inspiración del momento. Sopeso los ingredientes de los que dispongo y le añado “mano” e imaginación….

Pero hoy tenía capricho, más bien un antojo tardío, de comerme unas torrijas bien empapaditas en leche dulce o quizás es que leí en algún sitio que eran afrodisíacas (o “afroasiáticas” que disimula un poco) y quería probar a ver qué tal. Como siempre he sido muy apañadita para las cosas de comer, cuando se me despista el pan y se queda duro, no lo tiro; lo congelo. De ahí sale la materia prima para la sopa de ajo y las torrijas o para dar de comer a los pajaritos en las mañanas de invierno. Así pues, del cajón de abajo (del congelador), saco media barra de pan bien tiesa y pongo Radio 3 para que se vaya caldeando el ambiente. Leche, cáscara de limón, azúcar, canela en rama y las ganas; tengo de todo. Pongo la cacerola al fuego con la leche y el resto de ingredientes y entonces llaman a la puerta. (Es un timbre que no sé cómo se desconecta, pero ya aprenderé).

Me acerco, atisbo por el ojo de besugo y todo está oscuro al otro lado. Me acuerdo de mi abuela que nunca abría sin preguntar: “¿Quién es?”, y me siento tonta hablándole a la puerta blindada, pero no recibo respuesta. Un siseo en la cocina me indica que la leche ya está en su punto, hirviendo, y la retiro del fuego con cuidado. Corto el pan en rodajas de grosor medio -2 ó 3 cms.- y voy batiendo los huevos mientras la leche se templa. Pongo el pan en una fuente para recibir la ducha lechal y empaparse bien. Saco la sartén nueva y soy generosa con el aceite de oliva; al “9” que tiene que estar bien caliente.

Vuelve a sonar el timbre ; voy corriendo a la puerta y oigo una voz que dice: “Soy “X”, el vecino…” (El vecino, ese tan simpático –ahora que se ha divorciado- el único que me da palique los diecisiete pisos de ascensor, abre y sostiene la puerta del portal para que salga yo primero y me acompaña hasta el coche porque “va en mi misma dirección”. Dios mío y yo con estos pelos) Abro y me pego una carrerita hasta la cocina que el aceite ya comienza a reclamar su alimento. Mi vecino se mete “hasta la cocina” sin que lo invite y me contempla sorprendido, debo de estar muy sexy con el pelo recogido a la torera, el mandil de cocinera y las zapatillas de peluche con forma de conejito.

-“Que llevo de baja desde el lunes y no he podido comprar, que si te sobran un par de huevos o lo que sea”

En un abrir y cerrar de ojos voy bañando cada trozo de pan en la espuma amarilla y depositándolo amorosamente en el aceite humeante; de dos en dos y vuelta y vuelta. Siento sus ojos en la nuca y me tiemblan las manos. Las reposo amorosamente –las torrijas- en una fuente con unas servilletas de papel que absorben el exceso de aceite. Ocho nada más, las justas. Cuatro para ti y cuatro para mí; digo…cuatro para hoy y cuatro para mañana. El locutor de la radio se decanta por una bachata empalagosa, parece mentira, otro que colabora. Me quito el delantal y preparo un mantelito para llevármelo a la sala y darme un banquete –adoro las torrijas calientes con azúcar por encima-.

-¿Te las pongo para llevar?, le digo.

Fuera llueve, sigue lloviendo, y me encanta mimarme aunque luego mi dietista (y mi director espiritual, si tuviera) me monte la bronca. Así que decido no contarle nada.

- No, creo que me las comeré aquí.

En fin

LaAlquimista

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El SIDA. Enfermedad oculta

Desde 1998 el 1 de Diciembre es el día Mundial de la Lucha contra el el SIDA, a instancias de la OMS. La fecha del 1 de Diciembre se toma de tal día de 1981 en que fue detectado el primer caso de SIDA. Y tal día como hoy, se dan a conocer los avances obtenidos en la lucha contra tan terrible enfermedad.

Veamos lo que hemos avanzado en mi casa. Y cuando digo en mi casa, digo aquí, en mi pequeña ciudad, en mi barrio, entre mis amigos o en las reuniones familiares. Claro, nosotros no somos investigadores, ni médicos de altos vuelos, ni somos químicos en un laboratorio multinacional, pero hemos tenido –todos, me temo- un papel colateral importante en el “desarrollo” de la enfermedad.

Durante demasiados años hemos ocultado y apartado socialmente a las personas que padecían el V.I.H., como si fuera algo que les ocurre a los demás y no tiene nada que ver con nosotros. “En mi familia eso no pasa”, “Es cosa de drogadictos e invertidos”, “Que los curen, pero lejos” y lindezas por el estilo.

¿Alguien ha conocido de cerca a una persona que haya desarrollado el virus? Dejando de lado al personal sanitario, obviamente, que es su trabajo y son los que más saben del caso, la mayoría de las personas profanas en el tema hemos sido jueces implacables de la desgracia y del sufrimiento ajeno. Es ya viejo el tema de la discriminación laboral, de los chistes crueles, del ostracismo social al que han sido condenados inveteradamente quienes se atrevieron a contar su mal, la ausencia de empatía, compasión y apoyo a nivel individual por parte de una sociedad que, colectivamente, hoy se pondrá el lacito rojo por bandera para no quedar mal.

El SIDA nutre sus estadísticas de países pobres y lejanos. Aquí, nos limitamos a contar a los que entraron en los centros hospitalarios y los que salieron –de una u otra manera- de ellos. Las estadísticas dicen que ya “sólo quedan” una treintena larga de millones de afectados en el mundo. Pero lejos.

Hoy leeremos en la prensa y nos contarán en la televisión la historia lejana de una enfermedad que, aquí, entre nosotros, está oculta por el miedo al más que seguro rechazo que provoca. Por mucho lazo rojo que nos pongamos no hemos avanzado mucho.

En fin.

LaAlquimista