viernes, 29 de octubre de 2010

Diágnostico: "Desgaste general"



Ayer fui al médico a pesar de que procuro alejarme lo máximo posible de tan digno grupo de profesionales, pero tocaba y punto. Un chequeo general, una especie de I.T.V. que a los 56 es más que necesaria. Ya me habían realizado análisis varios y tan sólo era para recoger los resultados, el veredicto del juez. Y me dijo que tenía un “desgaste general” propio de mi edad y condición.

¡Caray con los eufemismos!. Oiga, doctor, dígame que estoy hecha unos zorros, que tengo un poco de colesterol (del malo, del que hemos usado por aquí toda la vida), los triglicéridos un poco altos y todo un poco alto y que me cuide si quiero seguir soplando velas, pero no me despache displicentemente con ese “lo suyo es desgaste general”.

No, señor doctor, lo mío no es eso. Lo mío –y lo de todos- es la vida. La utilización ilusionada y emocionada de la vida. Eso es lo que desgasta: estudiar, trabajar, amar, soñar (verbos de la primera conjugación); comer, correr, perder, ceder (verbos de la segunda) y sufrir, vivir, morir (la tercer y última). Que me espetó el diagnóstico como si fuera culpa mía haber vivido hasta ahora…

Como yo soy de las que no se callan ni debajo del agua, le miré, me miró, nos miramos y le espeté: “O sea que … ¿no tengo ninguna enfermedad?” – “Pues claro que no”, contestó él. “Pues entonces ¿por qué no me ha dicho que estoy como una rosa para mi edad en vez de decirme eso tan feo del desgaste?”. Abrió la boca para decir algo más pero tuvo la lucidez de guardárselo.

Y es que siempre que ocurre igual sucede lo mismo, que tenemos la fea costumbre de usar términos acuñados desperdiciando las maravillosas posibilidades de nuestro lenguaje. Lo que desgasta no es la vida, lo que desgasta es la enfermedad. El amor no desgasta a la pareja lo que lo hace es el desamor. El trabajo no desgasta, lo que te destroza es el exceso. En resumidas cuentas que me temo que también la sociedad padece entonces mi mismo “desgaste general”.

Así que llamé a una amiga para contarle mis penas y tomarnos unas tónicas bendecidas a cuenta de lo que me había ahorrado en medicamentos.

En fin.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

El cinismo produce ardor de estómago



A veces se sienten cosas raras, tan raras que da hasta vergüenza contarlas por temor a no saber expresarlas comme il le faut. Ciertos ramalazos de lucidez que no pueden ser desechados al intuir que se anda ya cerca de la fase de la vida en que se identifica uno con los personajes cínicos y perversos de los libros.

Si pudiera elegir creo que preferiría seguir alimentando a esa niña pequeña que vive desde hace cincuenta años conmigo, compensando el malestar que muchas veces le provoco con dulces y besos o simplemente con besos dulces. Pero no siempre hay, siento como si se me hubiera metido entre las raíces la mala yerba del cinismo y aunque la arranque con cada frase que me enfría por dentro, vuelve a crecer, se alimenta de decepciones, de noticias, de realidad, del cinismo ajeno también.

Me digo que yo no soy ésa, que ni soy ni quiero ser así y me esfuerzo cada mañana en vestirme de sonrisas y perfumarme de buenas palabras, escondo el cuchillo de sajar y meto en el bolso la nariz roja de payaso. Luego salgo a la calle, me tropiezo con la vida y vuelve a salirme el sarpullido cuando me pica la insinceridad y la ausencia de bondad humana y me vuelvo a poner triste (la otra opción es el cabreo) y ya no sé qué hacer con mi espada de madera que no sirve para nada.

La niña se vuelve a casa confusa, adolorida y con dolor de estómago.

En fin.
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martes, 26 de octubre de 2010

Algunas cosas que nadie puede saber sobre la vejez



Quede claro que estas líneas se escriben desde la más sencilla intención de romper una lanza a favor de las personas mayores, esas a quienes los que tenemos menos de setenta años, gustamos de llamar “los viejos”.

Para empezar ni yo –ni esa magnífica pluma del “Jukebox” del blog de al lado- hemos traspasado la barrera social definitoria que te obliga a dejar de formar parte de la edad madura y te coloca la etiqueta oficial de “viejo”: los setenta. También creo que hemos dejado atrás aquel otro hito: el de los treinta. O sea que si ya no te dan un crédito joven, ya no eres joven. Pero tampoco viejo. Así que, por pura lógica, podremos y sabremos –si queremos- hablar de la juventud o de la infancia (en mi caso de mi total ‘madurez’) pero nunca de lo que no conocemos.

Y, lo siento mucho, pero “viejos, son los trapos”. Viejo es el anciano al que no quieres, viejo es el vecino tocapelotas, viejos son los que van en montón indiscriminado, viejos son los padres y abuelos de los demás. Pero, ¿los nuestros también? Jamás nadie de mi entorno se dirigirá a mi madre llamándola “esa vieja”, excepto que sea muy mal educado o grosero. Y yo, como hija de una madre anciana, siempre me dirijo con respeto y cariño a ese colectivo que ya está en la última etapa de su vida.

Porque no sabemos nada, pero lo que se dice nada, de lo que pasa por la mente de otras personas. ¿Quién podría alardear de ello? ¿Quién tiene esa bola de cristal?. Lo que hacemos es imaginar y sacar deducciones. (Muchas veces erróneas). “Los proyectos malogrados, los errores cometidos, los engaños soportados o las decepciones acumuladas” –Jukebox dixit-. Y a mí me gustaría hablar(le) de los proyectos que llegaron a buen fin, lo que se aprendió de los errores, del amor, la amistad y el cariño recibido durante toda una vida, de la satisfacción de haber pasado por la existencia acumulando alegrías –y algunas penas-, del contento de estar todavía ahí, compartiendo o recordando la única tarea que traemos todos como un pan debajo del brazo al nacer, LA VIDA.

Yo prefiero hablar de los ancianos. Porque no me gustan los eufemismos. Así pues elijo una palabra que viene en el diccionario y que es exacta y acertada y mucho más cariñosa para con quienes están completando ya el círculo vital. Frente a ese autobús lleno de ancianos que los lleva cada día a pasar unas horas “en el jardín de la vejez”, están todos los ancianos que pasean por las calles, se sientan en los bancos, contemplan el follaje de los árboles (más de 50.000 en nuestra ciudad –árboles, aclaro-) y que sonríen.
Están todos esos ancianos que han sabido granjearse el derecho a ser amados en los últimos años de sus vidas. A mí que no me hablen de abandono; a mí que no me hablen de que “es que los hijos tienen cada uno su vida y no pueden ocuparse…”. A mí que me hablen de amor y punto. Y si no hay (amor) pues no me cuentes milongas.

Uno siempre recoge lo que ha sembrado. (O debería). Aunque me parece que en estos casos suele haber demasiado “pedrisco emocional”.

Además, lo bueno de la vejez es que se olvida casi todo lo malo; y mejor así. Los recuerdos amables, el amor vivido –entregado y recibido- no hace falta que se quede grabado en la parte del cerebro donde anida la memoria; lo mejor de toda una vida está siempre grabado de manera indeleble en el corazón. Y el corazón habla. Habla cuando eres joven, habla en la edad adulta y hablará (¿por qué no?) también cuando seamos ancianos.

O eso quiero creer.

En fin.
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lunes, 25 de octubre de 2010

El milagro del otoño y Rita Hayworth



Ahora escribo frente al ventanal. Lo abro y dejo que entre el aire calentito de primera hora de la tarde; o por las mañanas, el frescor que baja del monte que hay enfrente de mi casa, sensaciones ambas a las que me entrego con deleite. Es un paisaje de cielo y nubes, de monte y árboles. La carretera que sube serpentea sinuosa entre una pequeña urbanización que no estropea el encuadre. Bordeando esta subida, una larga hilera de árboles de hoja caduca, esos que cambian de color ofreciendo el regalo del milagro del otoño e inspiran poesías dolientes a los enamorados.

En menos de una semana, día tras día, estos árboles han ido pintando sus hojas de un tono ocre para pasar al color que tenía el cabello de Rita Hayworth: sencillamente precioso. Son una mancha rojiza en medio del exuberante monte verde, un regalo para la vista y un alivio para el espíritu, después del primer estremecimiento.

El martes estuvieron bailando bajo la lluvia durante varias horas; se cimbreaban peligrosamente sobre su propio eje pero, cuando amainó el temporal, volvieron a erguirse, sacudiendo sus hojas con tino y preparándose para la caricia de un solecito de última hora. Sin aspavientos, sin llamar la atención, viviendo lo que les depara la naturaleza -la vida- sin ofrecer resistencia al cambio. Dejándose llevar, bendito ejemplo.

Llevo media vida viviendo en esta casa y hasta ahora no había disfrutado realmente de la brisa de paz que entra por mi ventana. O será que la brisa es la de siempre y la paz es la novedad. Chi lo sa!

En fin.
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domingo, 24 de octubre de 2010

Ventajas de no ir a trabajar (6) Guía para pre-jubilados



Tengo amigos franceses y comparto con ellos temporadas más o menos largas, tanto en su casa como en la mía, y una de las doscientas mil cosas que me llama la atención de su peculiar idiosincrasia (¡qué dirán ellos de la nuestra!) es el hecho de que la vida social la realizan mayormente entre semana. El week end es sagrado y familiar. Quien no tiene una maison en campagne y se tiene que quedar en la gran urbe dispone de esos casi tres días para sus asuntos íntimos. Vamos, que no se sale apenas con los amigos.

Con los amigos, con los colegas, se queda entre semana. A las exposiciones, al cine, al teatro, se va entre semana. Todo lo “obligatorio y social” se hace entre semana. Y luego, descansan, vaya que si descansan. Además las cenas con amigos las hacen en casa, eso de ir a restaurantes es para los negocios o para los ricos o para las celebraciones. (Saben adecuarse a la crisis, no como aquí, que sigue siendo difícil encontrar sitio libre un sábado).

El caso es que cuando no tienes que ir a trabajar al día siguiente es más que agradable quedar entre semana y eso que a la gente le cuesta cambiar de esquemas mentales. “¿Salir un miércoles?... si no hay nada…” y como borregos todos el viernes y el sábado a los mismos sitios. Pero cuando estás disponible te das cuenta de que puedes acceder a una serie de posibilidades magníficas. Quedar el lunes, el martes o el miércoles para ir a comer, para tomar café (y copa), para ver una exposición sin prisas, al cine a la sesión de las 5, a cenar a casa de tus amigas y volver a las tantas en taxi…

De repente la agenda empieza a llenarse durante la semana; y el “finde” ya no tienes esa angustia vital si te quedas en casa, si no quedas con nadie… ahora puedes hacer justo al revés que lo que venías haciendo durante toda la vida. Disfrutar durante los días laborables y mimarte el fin de semana. Como los franceses.

Que aparte de los quesos también tienen cosas buenas.

En fin.
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viernes, 22 de octubre de 2010

Ventajas de no ir a trabajar (5) Guía para pre-jubilados



Acabo de darme cuenta de que el hecho de no tener que ir a trabajar supone un sustancioso ahorro en mi economía en contra de la tan extendida creencia de que, por tener los ingresos reducidos en un tanto por ciento sustancial, ha llegado el momento de apretarse el cinturón. Pues no, he hecho un repaso y la cuenta de la vieja y las cuentas me salen redondas.

- 7.00 a.m. Puesta en marcha de la jornada laboral. Ingesta de desayuno rápido y sin sustancia. A veces de pie; siempre con prisas. Un asco.
- 7.30 a.m. Puesta en marcha del coche para desplazamiento al trabajo. Cuatro viajes diarios. Costo de la gasolina: importante.
- 8.00 a.m. Puesta en marcha de la jornada laboral. Café (de máquina) encima de la mesa. Costo: interesante.
- 9.30 a.m. Pausa para el café con los colegas. Costo: interesante.
- 1.00 p.m. Comida con los colegas (opcional). Costo: importante
- 2.30 p.m. Retorno al trabajo. Cafecito encima de la mesa. Costo: interesante.
- 6.30 p.m. Fin de la jornada laboral. Cervecita con los colegas. Costo: interesante.

Y cuando vuelves a la vida real te das cuenta de que tienes que hacer la compra y pillas lo que puedes en el súper de abajo (carísimo), así que el dispendio “laboral” sigue aumentando aunque no haya disfrute especial alguno.

La segunda ducha del día, revela que hay un juego completo de ropa que hay que echar a lavar; impensable usar dos días seguidos la misma blusa, la misma falda o el mismo pantalón. (Práctica ésta muy utilizada por algunos “colegas” del género masculino casi siempre). Así que el gasto de agua, jabón y suavizante, champú y energía se dispara.

Mejor no echar cuentas de lo que te gastas en ropa de trabajo (mi puesto no incluye uniforme), que una tiene que ir bien vestida si quieren que le consideren “un poco más” y eso, las mujeres trabajadoras lo sabemos muy bien.

El caso es que, entre gasolina, comida cara comprada con prisas, cafecitos y menús del día, cervezas de mantenimiento e inversión en ropa, se me iba todos los meses una más que sustanciosa cantidad de dinero que ahora, directamente, me ahorro.

Qué contenta me he puesto.

En fin.
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Ventajas de no ir a trabajar (4) Guía para pre-jubilados



Ando de celebraciones. Y no es que a mí haya que insistirme demasiado para que me apunte a cualquier brindis, pero eso de pre-jubilarse sólo pasa una vez en la vida (como tantas otras cosas a las que no les damos importancia porque no las apreciamos lo suficiente), así que, a lo tonto, voy ya por la tercera. Lo mejor de todo es ver que a una la aprecian –no perdamos la perspectiva-, pero también es interesantísimo apuntar consejos y observar reacciones.

Mis amigas y amigos trabajan todos todavía; algunos “a su pesar” y otros “afortunadamente”. Así que me animan y jalean con sus bienintencionados consejos de cuáles son las posibilidades fantásticas de no tener que ir a trabajar. En realidad lo que hacen es proyectar sobre mi persona sus deseos o elucubraciones mentales, pero bueno, es divertido escucharles.

Recibo, alucinada, la propuesta de apuntarme (todo de golpe) a: un curso de pintura al óleo, un grupo de teatro para la tercera edad, contar cuentos en una residencia de ancianos, asistir a la Universidad a los cursos para mayores de 55, aprender a hacer tai chi, apuntarme a una ONG como voluntaria, venderlo todo y largarme a dar la vuelta al mundo… Son simpáticas las ideas; algunas francamente horripilantes y otras demasiado vulgares y si ninguna me cuadra supongo que es porque estoy esperando a que surjan las mías.

Pero es que yo no veo la pre-jubilación como una ruptura radical en mi vida, un “antes y un después”, sino simplemente como lo que es: un cambio de ritmo en la danza existencial. Porque yo no voy a cambiar de carácter ni mi temperamento se va a ver afectado por el hecho de no tener que ir a trabajar a toque de corneta nunca más. Lo verdaderamente importante son las posibilidades. Hasta ahora no había cabida en mi vida más que para lo previsto, lo adecuado, lo rutinario y lo obligatorio. Esto incluía períodos vacacionales y momentos de auténtico relax, pero siempre rigiéndose –mi vida- por las normas y reglas previstas; aceptadas voluntariamente por mí en la mayoría de los casos, pero normas y reglas que me ataban al rebaño, que me uncían al carro.

Ahora ya no. Ahora tengo posibilidades que antes no tenía. Y una de ellas es la que he elegido. La que casi nadie me sugirió por no estar en el programa del Ayuntamiento para mayores de 55. Vivir con mayúsculas.

Sin más. Y sin menos.

En fin.

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miércoles, 20 de octubre de 2010

Ventajas de no ir a trabajar (3) Guía para pre-jubilados



Cuando llegaba el buen tiempo una se encontraba con el eterno dilema del fin de semana: ¿madrugo para ir a la playa o aprovecho para recuperar el sueño atrasado de la semana? Casi siempre ganaba Morfeo y luego todo era escudriñar la arena para encontrar un metro cuadrado libre donde poner la toalla y la bolsa. Sin embargo, ahora somos los pre-jubilados turistas perennes; el lunes es festivo y el martes y el miércoles y podemos ir a disfrutar de la playa antes de que vengan las huestes, es decir, a primera hora de la mañana. Placer donde los haya, enredarse los pies en las algas paseando por la orilla, hacer la ración de ejercicio preceptivo diario para presentarle batalla a la celulitis y luego el chapuzón como premio bien merecido. Y ya te puedes ir a casa a preparar las vainas.

La verdad es que he hablado de la playa sin demasiado conocimiento de causa real puesto que yo soy más de monte; me gustan los paseos frescos en la mañana –incluso con lluvia- subiendo y bajando colinas en esta ciudad llena de verde. Descubriendo calles con nombre desconocido, avenidas recién estrenadas y hollando con mis zapatillas deportivas los parques nuevos y antiguos. La mochilita de supervivencia con un libro, el paraguas, las gafas de sol, el botellín de agua, algo de fruta, una pañoleta para sentarme en la hierba y la música por si me apetece compañía en la oreja.

En varias semanas he perdido de vista el calendario; sé diferenciar los días laborables de los festivos por el ruido del ascensor y los portazos matutinos de los vecinos. Pero poco más; el otro día salí de casa a las diez de la mañana decidida a hacer unas gestiones bancarias y era sábado, ergo los bancos cerrados. Me puse a reír yo sola delante de la puerta cerrada de mi sucursal bancaria favorita.

El tiempo y el espacio están jugando conmigo a un juego del que todavía desconozco las reglas; ni siquiera sé si existen o cada persona tiene las suyas propias y, en ese caso, tendré que realizar mi primera tarea no remunerada de este año. Un planning mental o por escrito de cómo distribuir el tiempo de una manera racional dentro del espacio en que me muevo. Ya no soy una oveja siguiendo a su rebaño. Ahora voy por libre. Espero no perderme en el monte y que me coma el lobo.

En fin.
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martes, 19 de octubre de 2010

Ventajas de no ir a trabajar (2) Guía para pre-jubilados



Dicen que “las penas con pan son menos” y algo parecido nos ocurre a los que nos hemos pre-jubilado y vivimos en una ciudad llena de atractivos y alicientes. Que es que te levantas por la mañana y no tienes que pensar “¿qué voy a hacer hoy?” mientras te cuentas las arrugas en el espejo; por suerte para unos y, supongo, que desgracia para otros, San Sebastián es un municipio en el que sus ediles, próceres y mandatarios se esfuerzan concienzudamente por proporcionarnos a los ciudadanos placeres diversos y gratuitos.

No hay más que salir a la calle a dar una vuelta y tropezarse con la cultura en vivo. ¿Alguien imagina una exposición de Miró, de más de 100 obras completamente gratuita? ¿O la actuación de músicos de jazz de renombre también “por la patilla”?; no nos engañemos, eso no abunda casi por ningún lado más que aquí. Así que no vale quejarse, sino que hay que aprovecharlo.

Dice un amigo mío del Sur que esta ciudad es la que más fiestas celebra de cuantas ha conocido –que son muchas-. Y debe tener razón, porque si consultas un calendario de fiestas oficial, empiezan el 1 de todos los eneros y acaban el 31 de todos los diciembres. Como para aburrirse.

Si es que te tomas una buena merienda en casa, agarras la chaquetita y el paraguas y ya tienes el plan servido. A saber: observación de fauna variada (foránea y extranjera en estas fechas), contemplación de espectáculos callejeros gratuitos (unos lamentables, otros curiosos), allá donde veamos un grupo de más de veinte personas hay espectáculo (lúdico y sin necesidad de disolverse). Y entre esto de aquí y un poco de lo de más allá, sin darte cuenta te da la hora de cenar, te fortaleces con un bocata a medias o un par de pintxos y a seguir hasta que den las uvas.

Es un factor muy importante para pre-jubilarte bien y con honra: no llevar reloj ni preocuparse de la hora durante los primeros dos meses. Erradicar de nuestro pensamiento y del vocabulario la frase: “Uy, es tarde, hay que volver a casa”. Que se nos olvida que mañana no hay que madrugar. Que las reglas, ahora, están hechas para romperlas.

En fin.

LaAlquimista


lunes, 18 de octubre de 2010

Ventajas de no ir a trabajar (1) Guía para pre-jubilados



Sí, ya sé que conté hace tres semanas que me prejubilaba, pero todavía no ha transcurrido el tiempo suficiente como para que mi mente (y mi cuerpo, que no mi espíritu) se acomode a la nueva situación. Para empezar, el despertador biológico que tan sabiamente supo programar en su día el “Gran Hermano” empresarial sigue sonando a las siete menos veinte de la mañana. Y la verdad es que tampoco me importa tanto porque me ofrece la oportunidad de hacerle un guiño –o corte de mangas- al Calendario Laboral, darme media vuelta y seguir durmiendo con plena satisfacción.

Otra de las ventajas que estoy columbrando es el hecho de que si paso una mala noche por la ingesta indebida y exagerada de cualquiera de los alimentos –sólidos o líquidos- que tanto me hacen disfrutar, no pasa nada. Se supera el bache como se puede y se sigue durmiendo hasta las diez. ¡Qué se le va a hacer…¡ Y si luego hace falta rematar la faena con una siesta pues…más de lo mismo. Y además no tienes que ir al Ambulatorio a contarle tus pejigueras al médico de cabecera para que te dé una baja laboral. Por fin tengo derecho a ponerme enferma!

Me dicen en casa que estoy exagerando, que eso de sacarle únicamente ventajas al hecho de la prejubilación no puede ser sano y yo digo que, vale, que de acuerdo, que de lo mío gasto, que ya va siendo hora de que pueda sacar a pasear a ese “bicho” que todos llevamos dentro y que se ha pasado lustros amordazado y constreñido por mor de tantas y tantas reglas, leyes e impedimentos.

Y cocinar… darle la tabarra a mi “cashera” favorita (Carmen, del Mercado de San Martin) divagando sobre la textura de los tomates que cultiva y la vida en general, para volver a casa y, sin prisa, demorarme con regocijo en un sofrito, pelar unas vainas con la ventana abierta y la música a tope, sabiendo, consciente, con regodeo incluso, que comeré cuando esté la comida y con el reloj de la cocina castigado de cara a la pared.

Estoy empezando a vislumbrar muchas posibilidades nuevas para la cosa esa de la felicidad. Ya iré contando.

Lo de pararme a ver las obras que se hacen en la ciudad, eso lo dejo para el otro género; no quiero invadir terrenos.

En fin.

LaAlquimista


domingo, 17 de octubre de 2010

A favor de los jubilados que miran las obras en la ciudad



Ahora que no tengo ya que ir a trabajar, el tiempo, las horas del día, una detrás de la otra, adquieren un valor intrínseco, específico y personal que hasta ahora (y mira que he vivido años) no habían tenido. Cuando mi única alternativa era deslomarme por un salario mensual no tenía demasiada conciencia del paso del tiempo como no fuera para vigilar que dieran pronto las seis de la tarde de los días laborables. A partir de ese hito vespertino la vida comenzaba realmente para mí (y para tantos otros).

Sin embargo, ahora que no tengo ya que ir a trabajar, gracias a la crisis que se ha llevado por delante mi puesto de trabajo (y tantos otros), la primera hora del día es sagrada y hermosa en cada uno de sus sesenta minutos. Abrir la conciencia y los ojos pausadamente, sin ser despertada por la alarma antiaérea del despertador, desperezarme lánguidamente comprobando si los cuatro puntos cardinales de la cama siguen estando en su sitio, posar un pie y luego el otro en la tierra, en la vida, en la alfombra suave de mi libertad. Hacer el café con todo el mimo posible, meditar sobre la profundidad de la cosa mientras un par de tostadas se broncean lentamente, bendecirlas con aceite oscuro y de olor intenso…

Pero también la segunda y la tercera horas son sagradas y hermosas. Todas ellas. Porque nadie me aprieta, porque nadie me agobia, porque no suena el teléfono, ni recibo treinta correos electrónicos al día, porque no tengo reuniones, ni nadie que repita mi nombre cincuenta veces en una misma mañana. Las horas, mi tiempo, es sagrado porque es exclusivamente mío. La cosecha que no esperaba recoger hasta dentro de casi diez años ha fructificado antes; algo verde y bastante menguada, pero suficiente –con qué poco podemos ser felices- para hacerme crecer las alas.

Ahora puedo dedicarme a reflexionar sobre lo que más ha importado a la humanidad que no tenía que ir a cazar mamuts. Las preguntas del millón, del tipo : “Quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la esencia? ¿Qué es la nada?”* Ahora comprendo que es preciso pararse a mirar al vacío circundante para poder entender la inmensidad del caos.

Embutirse en la espiral ruidosa que nace con nosotros para, en medio de ella, hallar el verdadero silencio. Como hacen sabiamente los jubilados que se pasan horas delante de las obras públicas en cualquier rincón de la ciudad. Ahora puedo comprenderles y, sin lugar a dudas, romper una lanza a su favor.

Los que aún trabajan atados a la férula impositiva de las ocho –o más- horas al día, no podrán comprenderlo. Pero algún día se darán cuenta de que es la prejubilación (o la jubilación completa) el comienzo de un largo curso de filosofía. No seré yo quien lo desaproveche.

En fin.

* Siniestro Total. Letra de una canción.

LaAlquimista


sábado, 16 de octubre de 2010

Desnuda ante el otoño



Tengo que cambiar de piel cuando comienzan a caerse las hojas, no puedo evitarlo; cada año, cuando el verano –ese tiempo de nadie que culebrea entre la primavera y el otoño- recoge sus días y se retira hasta el siguiente calendario, me comporto como ciertos lagartos que se frotan entre dos piedras para arrancarse la piel vieja y dejar que surja una piel nueva.

Es una necesidad vital, extraña y recidivante y no por conocida menos sorprendente, ocurriría incluso aunque yo quisiera oponerme. Y siendo así, no sólo no lo evito sino que lo propicio. Ahora que la naturaleza comienza a desnudarse para volverse a vestir, mi piel me reclama algo parecido en el sentido figurado de la cosa.

Es el momento de abrir ventanas, respirar el aire limpio, desechar lo raído y demasiado usado, tirar lo inservible aunque esté pintado de nostalgias, limpiar espacio para sobrevivir, marcar los límites para que el viento, la lluvia y el frío que vendrán me encuentren preparada, con una piel nueva, resistente, fuerte.

Así que es el momento de la limpieza compulsiva del interior, un ir arrancando sin prisa pero sin pausa lo pegajoso del verano, los besos mustios, el tiempo perdido, lo demasiado débil como para soportar otro invierno. Ahí se irán amores y requiebros, algunos sueños que ya no son más que decepción y la piel vieja, inservible ya.

Lleva su tiempo mudar de piel, pero lo tengo. Todavía. Confío.

En fin.

viernes, 15 de octubre de 2010

Prohibido no celebrar el cumpleaños




A veces se cometen tonterías que luego una no sabe cómo ha sido capaz. Por ejemplo: el año pasado no celebré mi cumpleaños por una serie de razones de las que soy yo la única responsable. No es que estuviera con la “depre” de hacerme un poco más mayor ni tonterías de esas, digamos que elegí hacerlo así y luego supe que me había equivocado.

Conforme pasaban los días y en el calendario quedaba atrás la fecha de mi nacimiento, empecé a tener la sensación de haber hecho el tonto, de haber desperdiciado una oportunidad estupenda para celebrar la vida, mi vida, para compartir con quienes me quieren y a quienes quiero (y mucho) todo lo bueno que me estaba pasando y hacer risas sobre lo que yo consideraba mis problemas.

En un libro de Marlo Morgan titulado “Las voces del desierto”, se narraba la costumbre de una tribu de aborígenes australianos para quienes la celebración –o no- del cumpleaños dependía del propio interesado, quien comunicaba a sus compañeros si era merecedor del agasajo. Es decir: una autocrítica sin anestesia y decidir si se ha evolucionado en los últimos doce meses.

Pertenezco ,afortunadamente, a otra tribu donde no se mira tanto con lupa los progresos hacia la luz y el encuentro con uno mismo, pero –y aquí está la gracia del asunto- no puedo dejar de cuestionarme si todos los aniversarios son igualmente merecedores de agasajos y celebraciones varias. Y como de modesta tengo poco (que no tiene nada que ver con una eventual humildad que me favorece al cutis), he decidido que este año lo celebro.

El truco –que me temo no se practica a menudo- consiste en no romperse la cabeza pensando en invitar a amigos y familiares a una comida, una cena o una copa, sino justamente al revés. Cuando alguien allegado me indica que es su cumpleaños, a lo que me siento impulsada es a hacerle un regalo, a agasajarle YO. Justo, ¿no? Pues eso. Este año, me toca.

En fin.

LaAlquimista
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jueves, 14 de octubre de 2010

¿Soy acaso una mujer pública?




En el siglo pasado teníamos a nuestros amigos apuntados en el corazón o en una libretita; algunos teléfonos nos los sabíamos de memoria y enviábamos postales al salir de vacaciones. Manteníamos las relaciones afectivas dentro de un orden y cuando estas se acababan pues le perdías la pista a la persona en cuestión y aquí paz y después gloria.

Pero ahora no te libras de los viejos conocimientos ni con agua caliente. Gente con la que dejaste de tener contacto en los tiempos de estudiante o en aquellas vacaciones en Benidorm, un ligue del viaje de fin de estudios o una conocida de cuando fuiste de au pair, el novio de los diecisiete o la profesora de labores del hogar. Resulta que un día se aburren o se acuerdan de ti porque sí y teclean tu nombre en Google y…oh miseria entre las miserias…ahí estás tú, al desnudo, con la espalda al descubierto, escribiendo tus cosas en un blog…

Y de repente aparecen después de haber estado diez o quince o incluso veinte años sin haber dado señales de vida; te recuerdan –en público y para solaz de desconocidos y allegados- que saben ‘cosas’ de ti (¿no te acuerdas?), y una no sabe qué decir por miedo a ser grosera y perder la tranquilidad de su vida cotidiana. Aunque de vez en cuando aparezca alguna pequeña joya olvidada que te da una alegría inmensa volver a encontrar.

El discurso es el siguiente: “oye, pues encantada de saludarte, pero en fin, esto es un blog de reflexiones y filosofía de vida para personas de más de 50, no mi diario íntimo al descubierto” y la respuesta: “pues por eso, si es un blog público yo tengo derecho a decir lo que me dé la gana…”.
¿? O sea, ¿me convierte eso en una mujer pública…? Porque yo escribo con nombre y apellidos y estas personas lo hacen desde el anonimato… ¿es eso justo?

Tengo que reflexionar al respecto. Menos mal que a la tarde da la sombra en el jardín.

En fin.

LaAlquimista


miércoles, 13 de octubre de 2010

Congelador + microondas = mujer liberada



O sea que te jubilas –o te mandan a casa con la mitad del sueldo y un reloj de plástico de colores- y ya sientes que puedes hacer lo que quieras una vez superadas las primeras semanas de estupefacción, susto, depresión encubierta y demás zarandajas psicológicas. Cuando te recompones un poco empiezas –siempre sibilinamente- a soñar sueños soñados en algún momento de los últimos veinte o treinta años y que se quedaron en la trastienda del deseo.

Las amigas baten palmas y pegan saltitos a la vez que despliegan ante tu mirada ojoplática folletos de lejanos rincones paradisíacos en 2x1 fuera de temporada, los hijos te sonríen y te abrazan y te dan la enhorabuena diciéndote “bien, ama, qué suerte tienes, ya puedes hacer lo que quieras, disfruta, ama, disfruta”. Te vas a la pelu a hacerte las mechas, la manicura, la pedicura, un peeling y lo que quieran cobrarte, que para eso eres una mujer nueva, libre, con todos los sueños por delante y toda la vida por detrás.

Y un día cualquiera, a la hora de la cena -que has preparado con el mismo cariño que los últimos treinta años-, Él te mira, se atraganta, coge fuerzas y lo suelta: “No pensarás marcharte de viaje y dejarme solo ¿verdad?, porque a ver cómo me apaño yo…”- y remata la frase con un pucherito de los suyos, el gesto preciso para que todo el sentimiento de culpabilidad por los pensamientos impuros caiga sobre tu cabeza. –“Pero, hombre, si sólo sería una semanita de nada…”.

Al día siguiente tu mejor amiga te recuerda que, teniendo congelador y microondas, los chantajes maritales ya no tienen razón de ser. De verdad. El resto son ganas de ser infeliz, que no hay opresores sino oprimidos.

Tenía que decirlo. Que conste en acta.

En fin.

LaAlquimista

lunes, 11 de octubre de 2010

¿De dónde saca la gente el dinero?




Que estamos en crisis y nos aprietan por todos lados es un hecho sobre el que ya no se me ocurre nada que decir puesto que ya se han encargado los políticos y los que viven de la política de contarnos su película. Y cada quien se ha tragado el sapo como ha podido. Así pues, unos han visto mermados sus ingresos, otros aumentados sus impuestos y los más –entre los que me encuentro- hemos tenido que replantearnos hasta la cesta de la compra.

Pero hay un hueco en el calendario, dos días tontos que suman cuatro y medio y nadie quiere perderse el puente. Y de nuevo aumentan las reservas hoteleras, los restaurantes forman colas y las barras de pintxos lucen en todo su esplendor: vuelven los turistas.

Y eso que las previsiones meteorológicas lo decían bien claro: lluvia, lluvia y aire en movimiento y ayer domingo en el Peine del Viento no cabía un alfiler bajo el agua y el viento y la gente se pedía la vez para sacarse la foto. Aunque luego, evidentemente, hubiera riadas de personas desorientadas dando vueltas por la ciudad en busca de cobijo al inclemente tiempo y con cara de enfado. Vamos, como si no lo hubieran sabido de antemano.

Supongo que los que mueven los hilos, los que deciden subidas o bajadas todo esto lo ven y piensan que el pueblo se queja por quejarse, por costumbre adquirida, que se refunfuña por el aumento del recibo de la luz con la boca llena de foie o se hacen sobremesas fumando tabaco a precio de oro y sosteniendo el copazo de güisqui con gesto displicente.

Y yo, en mi ingenuidad pasada por agua, me pregunto:”¿De dónde saca la gente de a pie el dinero?”

En fin.

LaAlquimista



domingo, 10 de octubre de 2010

Estoy deprimida



Estoy leyendo a Clarice Lispector y no puedo sustraerme a su influjo.

–“¿Cómo te sientes cuando lees mis libros? Eso te dará una idea de cómo me siento cuando los escribo”-. Esas fueron sus palabras y como una ‘maldición’ se cumplen aunque hayan pasado 66 años desde que escribiera “Cerca del corazón salvaje”. ¿Qué homenaje mejor se le puede hacer a una autora que mimetizando el ánimo con el suyo? Así que llevo dos días ‘deprimida’.

No importa lo que ocurra al otro lado del ventanal, da igual que el privilegio de vivir me haga guiños obscenos, nada de eso tiene valor frente a sus palabras, terribles, expuestas, totales. A veces hermética, a veces incomprensible, me arrastra su prosa. El desamparo, la soledad y todos los vericuetos que hasta allí nos llevan… tener conciencia de que todo eso se comprende es el sendero que he decidido caminar a través de sus historias.

A veces toca vivir en ‘un mundo piruleta’, es bueno incluso, no todo va a ser ver telediarios y aguantar las mentiras y tropelías de los políticos. Pero sólo a veces, porque detrás del azúcar de color de rosa está esa realidad amarga de color traición. Nuestra vida se podría resumir en la corta historia de unas cuantas traiciones; las que hemos padecido y las que hemos inflingido a los demás.

Así que he decidido deprimirme con todas las de la ley y seguir leyendo hasta el final. O como dice esa frase tan horrenda, pero certera: ‘apurar el cáliz hasta las heces’. Me voy con mi libro a otra parte.

En fin.

LaAlquimista

sábado, 9 de octubre de 2010

¿Por qué beben nuestros hijos?




Cuando se llega a cierta edad uno de los errores más comunes es creer que uno “está de vuelta de todo”; que ya ha recorrido lo más abrupto del camino y que ya se las sabe todas. Que conoce lo que hay que conocer y que tiene el derecho a juzgar lo que hay que juzgar. Y no. Craso error. Los usos sociales cambian a un ritmo vertiginoso y somos incapaces –nadie es capaz, ni siquiera los sociólogos ni los más enterados- de “comprender”.

Este prolegómeno viene al caso de cuando hablo con gente de mi edad –madres y padres de hijos entre quince y treinta años- del uso del alcohol por parte de la juventud. Suelo pecar de sincera y casi siempre resulta que mis hijas son las únicas bebedoras sociales de fin de semana. Escucho con demasiada frecuencia la frase: “pues mi hijo no bebe; ni fuma.” Ah, pienso yo, y sin embargo vuelve a casa viernes y sábados con el repartidor del pan…

¿Por qué beben nuestros hijos? La respuesta más simple es porque nos ven beber a los padres. Poco o mucho, la ingesta de alcohol está presente en todas las celebraciones: familiares, amistosas y de compromiso. El alcohol es barato, baratísimo (en comparación con otros países de Europa -¿con qué vamos a comparar si no?-) y está al alcance de cualquiera con un DNI suficiente. Nos han visto con la copa en la mano desde que tienen memoria; excepciones las hay, por supuesto, pero no cuentan ahora desgraciadamente.

Yo les pregunto, a esos jóvenes a los que tengo acceso, cuál es el motivo de su exagerada e imprudente ingesta de alcohol. Esas botellas de vodka, ginebra, whisky y ron que cuestan lo mismo que un bocata… ¿qué veneno contienen? ¿les importa acaso meterse entre pecho y espalda química pura y dura de a tres euros el litro?
Las respuestas son variadas e insuficientes: porque lo hace todo el mundo, porque ¿qué otra cosa van a hacer para divertirse?, ¿preferirías que nos metiéramos algo más fuerte? ¿qué hacías tú a nuestra edad…?

A su edad yo…nosotros…estábamos igual de desorientados, confusos, dolidos e insatisfechos de la vida que atisbábamos se nos presentaba por delante. Creíamos que nuestros mayores nos habían dejado un mundo tocado del ala, dañado en sus cimientos, sin inquietudes y que íbamos a tener que dejarnos la piel en levantarlo. Y es cierto que nos hemos dejado la piel. En los últimos treinta años hemos convertido un proyecto vital único en un fracaso vital colectivo. Y nuestros hijos nos miran con el rabillo del ojo conscientes de que no podemos echarles ya nada más en cara; que la responsabilidad también es nuestra.

Y se van a tomarse sus copas tan tranquilos. O no.

En fin.

LaAlquimista


jueves, 7 de octubre de 2010

Mario y su tía: mujeres en la sombra




El nombre de Julia Urquidi no me era desconocido cuando leí la noticia de su muerte el 10 de Marzo de 2010 ocurrida en Santa Cruz (Bolivia). Julia fue la primera esposa de Mario Vargas Llosa, la famosa tía de “La tía Julia y el escribidor”, aunque no fuera su tía tía, sino tía política por parte de padre.

Cuando leí el libro justo después de su publicación, no fue únicamente porque Vargas Llosa me pareciera un escritor genial, - ya había leído “La ciudad y los perros” “Los jefes y los cachorros” y la “La orgía perpetua. Flaubert y “Madame Bovary” que conservo en edición de Seix Barral de Abril de 1975 - sino porque me movía la curiosidad de conocer la historia amorosa tan atípica que habían vivido juntos.
Que un chaval de 19 años se enamorara perdidamente de su tía de 29 –recién divorciada-, que se enfrentara a toda la familia y se casara con ella marchándose juntos a Paris, me parecía el colmo del romanticismo. La historia duró nueve años pasando por todos los tópicos de la bohemia literaria en Paris, finalizando cuando el hombre –inquieto siempre- le fue infiel ¡con la propia sobrina de ella!- la abandonó para casarse al cabo de un año con la joven y guapa dejando de lado a la mujer madura. Historia corriente.

Pero lo que me llamó la atención fue el trabajo de esa mujer apoyando al escritor, siendo su compañera y ayudante aunque detrás de él. - “ Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Sin mi ayuda no hubiera sido escritor. El copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir. Bueno, fue algo mutuo, creo que los dos nos necesitábamos”, dijo en una entrevista para El Deber, en Enero de 2003.

Me recordó esta historia la de otra gran mujer en la sombra, Zenobia Camprubí, esposa y colaboradora de Juan Ramón Jiménez, también premio Nobel de Literatura. Y surge inevitable el nombre de Rosario Conde, fiel secretaria de Camilo José Cela y quien rescató de las llamas el manuscrito de “La Colmena” a donde el escritor, en un ataque de rabia, había arrojado.

Qué verdad es que detrás de un gran hombre siempre ha habido una gran mujer. Mientras no se demuestre lo contrario.

Ayer, “el eterno candidato” al Nobel de Literatura dejó de serlo. Ahora le criticarán por motivos ajenos a su magnífica producción literaria. Me lo estoy temiendo.

En fin.

LaAlquimista


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miércoles, 6 de octubre de 2010

Me acuerdo sólo de lo que me interesa



Con los años se va perdiendo la memoria al igual que se van perdiendo ilusiones y amores y da mucha rabia cuando te encuentras con la típica amiga que tiene ‘memoria de elefante’ y te dice aquello de: “Sí, mujer, acuérdate, que estábamos en un guateque en el 69 con Tito y Toti, era verano y tú llevabas aquel vestido horrible de florecitas que te había hecho tu abuela…” y le miras con tu mejor mirada ‘modelo katana’ y acabas diciéndole: “tú, no es que tengas buena memoria, es que te inventas las cosas…”

El caso es que he llegado a un acuerdo con mi memoria, hemos decidido –ella y yo- hacer limpieza general, sacar de los cajones viejos los recuerdos viejos, quitarles polvo y telarañas y aprovechar que el ayuntamiento recoge la basura todas las madrugadas. O sea: ¿las cartas de aquel novio que me dejó sumida en la confusión y el desamparo…? a la basura. ¿las fotos de aquel verano en que todas iban con bikini y yo con bañador de faldita…?, a la basura. Sábanas, vestidos, zapatos, bisutería de mondondanga, flores secas, recuerdos secos, flores viejas, recuerdos viejos… todo al contenedor.

Para lo otro, para lo difícil y duro de olvidar, los desafueros, las traiciones, las mentiras, las zancadillas, las bofetadas, los desprecios y el desagradecimiento tenemos cita el próximo martes a las 9 de la mañana. Ella –mi memoria- sé que pondrá encima de la mesa mi lado oscuro, el gran saco donde están guardados los desafueros y traiciones que yo he cometido, las mentiras que dije, las zancadillas que puse, las bofetadas que di y los desprecios que inferí. Desagradecida nunca he sido, menos mal que me salvo de algo.

Una vez terminada la tarea –nada baladí, por cierto-, una vez realizada la criba, la limpieza anímica y espiritual, podré decir orgullosamente que yo me acuerdo sólo de lo que me interesa. Y con todo el derecho del mundo que a estas edades no conviene tener los armarios llenos de cosas que no sirven para nada.

En fin.


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martes, 5 de octubre de 2010

La soledad en medio de la multitud




El ser humano es gregario por naturaleza, es decir, que tiende a unirse a sus congéneres por aquello de que en grupo se pueden hacer más cosas que en solitario. Como ir a cazar mamuts y todo eso. La sociedad funciona a base de grupos y el que se queda fuera pues es un desclasado. Y si la familia se disgrega o tus amigos se mueren ya no cuentas en ninguna estadística.

Me llama muchísimo la atención comprobar cómo por las mañanas puedo cruzarme en la ciudad con una cantidad considerable de personas que van sin compañía; mujeres y hombres proporcionándose su ración diaria de ejercicio, paseantes solitarios con o sin perro y toallas individuales en los días de playa. Y me llama la atención en contraposición con lo que observo a media tarde, al comienzo de la noche en medio de las fiestas veraniegas.

Pareciera entonces que una ley tácita prohíbe la circulación de personas solas, que hombres y mujeres recurren al derecho del libro de familia, al carné de amigas de toda la vida o al novio colgando del brazo. O sea, que si no tienes con quien salir, mejor no salgas. Porque yo no veo a nadie que vaya solo. Y si es mujer pues mucho menos.

Las terrazas repletas, los restaurantes y bares también, una multitud emparejada, en familia o en grupo abundante. La ciudad sucumbe a una marea humana dividida en miles de grupúsculos, de parejitas, de amigos, amantes, vecinos, compañeros de trabajo y familias al completo.

¿Dónde se meten los solitarios? ¿Con quién va a ver los fuegos artificiales quien no tiene familia cercana, aquellos a los que se les han ido los amigos de vacaciones, los que están más solos que la una?
Porque los hay y en cantidad y he llegado a una conclusión: se quedan en casa, encerrados, soportando la soledad en un sofá con un televisor o un libro, mirando al calendario y porfiando porque acaben lo antes posible las fiestas, los fuegos, los toros, los helados, los bailes y los conciertos. Todo aquello que les hace sentir como algo terrible su soledad en medio de la multitud.

Que no nos pase.

En fin.

LaAlquimista

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lunes, 4 de octubre de 2010

Compromisofobia




Los que ya no vamos a cumplir los cincuenta y hemos salido escaldados de la maravillosa aventura del matrimonio, formamos una sub-especie (zoológicamente hablando) a la que hay que echar de comer aparte. Si algo hemos aprendido es a no poner la mano en el fuego por nadie y a sentarnos de espaldas a la pared por si las puñaladas traperas.

Algunos supervivientes de tan cruenta batalla caen de pie y otros resurgen de sus cenizas; unos se enroscan en su caparazón y los de más allá cierran la puerta y tiran la llave, cada cual en su estilo y con el denominador común a partir de ahora para cualquier relación hombre/mujer de: “cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

Que es una exageración, de verdad, que está la gente con la neura puesta todo el día, que sales con un hombre (modelo A) dos fines de semana seguidos y ya te está diciendo aquello de que ‘necesita espacio’. ¿Espacio..? El sideral te voy a dar yo a ti.

Luego están (Modelo B) los que prefieren ‘no hacer planes’ con la cantinela de que ‘los mejores planes son los que no se planifican’ y no es más que la excusa para dejar abiertas otras posibilidades y claro si luego te apetece ir al teatro y ya no hay entradas…¿de qué hablas toda la noche?.

-¿Quedar el martes para salir el sábado? Uff, no sé, ya veremos, ‘sobre la marcha’-. (Modelo C) Y ‘sobre la marcha’ significa que si el sábado por la mañana está el ciudadano de humor propicio pues igual te llama y te dice eso de: “¿te apetece que vayamos a cenar esta noche a algún sitio bonito?” y tú piensas, mira majo, llevo desde el martes haciendo planes con las amigas para este sábado y… ¿ahora sí? Pues lo siento, ya he quedado.

Luego está el fin de semana que dedican a sus hijos (Modelos A,B y C) -¿hay algún separado, divorciado, viudo o soltero que no tenga hijos?- y te lo cuentan como si fuera Eurodisney y al día siguiente que si no le hicieron caso, que si sólo querían ‘pelas’ y tú dices, “bueno, pues a ver cuándo me los presentas, no por nada, eh?, por curiosidad más bien, que llevas hablándome de ellos dos años y…” , (Modelo D) “ ah, pues no sé, ya veremos, es que ellos se tomaron muy mal lo de la separación con su madre y…. -a todo esto la madre lleva cuatro años viviendo con un tipo guapísimo sin trauma aparente alguno- ya se verá, no me gusta que me agobien…”


Y cuando le dices –por decir, que a ti ya te da exactamente lo mismo- que igual lo que pasa es que tiene miedo al compromiso y ponen cara de ofendidos y te sueltan eso tan original de ‘es que sufrí mucho en mi matrimonio…’ pues a una le da la risa floja y se va al baño a empolvarse la nariz y vuelve absolutamente decidida a dormir con los ositos y buscarse a alguien que haya crecido: por ejemplo, un tipo quince años más joven.

En fin.

“Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso (Honoré de Balzac)”

Nota Bene.- Cualquier parecido con la realidad o coincidencia con personas o situaciones es pura imaginación mía. No señalo a nadie en particular y señalo a todo el mundo en general. Incluyéndome, claro, porque el que esté libre de pecado, etc…

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