sábado, 31 de julio de 2010

Volver a rezar



Pasé la niñez y parte de la adolescencia rezando. En el colegio –de monjas obviamente-, antes de comenzar las clases asistíamos a misa. Por la tarde, antes de regresar a casa rezábamos el rosario o asistíamos a la exposición del Santísimo.
Todos los días, durante muchos años, los comencé y terminé rezando. Al salir de casa me santiguaba y al pasar por delante de una iglesia y , rizando el rizo, en mi casa se rezaba el rosario todos los días (pero todos, todos), dirigiéndolo mi padre, pasillo arriba-pasillo abajo, mientras el resto de la familia daba la réplica desde donde estuviéramos.

Rezaba –con una fe obsesiva y perseverante- para aprobar los exámenes (estudiando lo menos posible, si no no tenía gracia el rezo), experta en jaculatorias monótonas e incongruentes para que se fijara en mí el chico con el que me cruzaba todos los días al volver del colegio, mis rezos iban dirigidos a arreglar el mundo y a salvar mi alma. Recuerdo como si fuera ayer, cuando asesinaron a Kennedy y mi madre nos hizo rezar por su alma o cuando falleció Juan XXIII y le dedicamos una novena completa para que encontrara una buena plaza a la derecha del Padre.

He visitado este fin de semana una gran catedral llena de turistas y vidrieras magníficas. En el centro, acotado por pequeñas vallas de madera, el lugar reservado a la oración. Sin un solo sitio libre. Y lo mismo las capillas laterales, con sus entramados de velas votivas, arrodillados los orantes fieles en la más profunda concentración.
Todas esas personas confían plenamente –casi con toda seguridad- que su plegaria será efectiva.

¿Por qué me quité la venda que ofuscaba mi entendimiento? Con lo bien que me vendría que todo lo rezado me solucionara en el presente algún pequeño problemilla… Ahora, a mis años, con tanto rezo por detrás y tan poca fe por delante, ¿no sería más cómodo y fácil hacer como el filósofo aquel que se convirtió al final de su vida “por si acaso”?

En fin.

LaAlquimista

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Foto: C.Casado

jueves, 29 de julio de 2010

Cómo convertir un príncipe azul en un sapo verde


El ‘príncipe azul’ es un invento de los hombres que escribían cuentos para niñas; las niñas aquellas se lo creyeron y lo fueron transmitiendo a hijas y nietas hasta llegar a nosotras, las mujeres maduras de hoy en día que tuvimos que utilizarlo de modelo para nuestros sueños de amor cortés.


Así que, cuando nos enamoramos –en pasado- de un joven no muy alto, con tendencia a la gordura, apuntando ya las entradas de la calvicie pero con pelos en la espalda, estábamos ya entrenadas para transformarlo en el modelo de príncipe deseado. También podía ser que el mozo en cuestión fuera larguirucho, un poco patizambo, se mordiera las uñas y tuviera cierto defecto al hablar; daba igual, con un simple toque de nuestra varita mágica enamorada lo convertíamos en el hombre ideal para nosotras.


La mujer se adecua al entorno mientras que el hombre acomoda el entorno a su necesidad. (Hablo de ‘espacios afectivos’, que conste).


Cuando caen las hojas y las caretas, la realidad queda descarnada, desnuda de adornos la persona, sin ropajes el príncipe azul. Y aparece el sapo verde amigo de la bruja. Juntos tienen que caminar el resto de sus días, pues están hechos el uno para el otro.


Excepto, ya digo, que la bruja coja su escoba…y eche a volar.


En fin.


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miércoles, 28 de julio de 2010

Estoy hasta el gorro


Estoy hasta el gorro.-


He aquí la lista corta de las cosas de las que estoy absolutamente harta y aburrida.


• Estoy hasta el gorro de ver en los supermercados el cartelito de “enseñe su bolso en la caja” porque es más barato que poner cámaras o contratar un guarda.


• Estoy hasta el gorro de las personas que ocupan en el autobús dos asientos: uno para ellos y otro para sus bolsas de Zara.


• Estoy hasta el gorro de las bicicletas que vienen de frente por la acera como si fueran tanquetas.


• Estoy hasta el gorro de los dueños de perros que andan sueltos, sobre todo cuando te ladra como un loco y encima te aseguran ‘que no hace nada’.


• Estoy hasta el gorro de tragarme el humo de todos los porros que se fuman en los bares. (Del tabaco ya ni hablo).


• Estoy hasta el gorro de que el vecino de un portazo de órdago a las 7 de la mañana cuando sale y otro a las 10 de la noche cuando entra.


• Estoy hasta el gorro de ser yo quien cede, quien se calla, quien se achanta, quien se comporta civilizadamente para que no se me tome por una vieja gruñona.


En fin. Qué bien me he ‘quedao’.

LaAlquimista

lunes, 26 de julio de 2010

A leer tocan



“-¿Qué estás leyendo?
- Uf, leer, qué más quisiera yo, si no tengo tiempo…”

¿Cuántas veces no hemos sido sujeto activo/pasivo de tal pregunta?. Excusa universal donde las haya, el ‘no tengo tiempo’. Bueno, pues ya no cuela, seamos serios, menos milongas, ahora es el momento, pasados los cincuenta, cuando ya no hay que llevar a los niños al colegio, ni cocinar para seis, ni meter horas extras. Aunque todo el mundo diga que lee, sí, sobre todo los que se engañan a sí mismos cada noche antes de dormir; media página y caen como ceporros.

Si partimos del supuesto (que no creo yo que sea demasiado suponer) de que no repudiamos los libros ¿por qué no le damos a la lectura su (alto) valor y la tratamos con reverencia?. No se trata de arrojarle las migajas del día, con el cansancio a cuestas, ya en el lecho con la crema puesta, no, de esa manera no se puede leer, las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas.

Leer es una actividad completa, digna, productiva, enriquecedora, pongámosla pues en su sitio, en un pedestal a ser posible. Ah, cuando cae un libro virgen todavía en las manos y lo hojeas, aspirando el aroma de las letras junto con el olor de la tinta sobre el papel. preludio del placer, prolegómeno del acto de amor de sumergirte de lleno en los brazos de la palabra.

Sillón + tranquilidad + libro = FELICIDAD (Pasajera, pero felicidad)

No importa lo que se lea (bueno, sí importa, pero hablo de literatura, los ensayos son para los que se lo toman más a pecho), porque a leer se aprende leyendo y el gusanillo no se muere, tan sólo hiberna, está deseoso y anhelante como un amante esperando a que le hagamos caso. Dedicar horas al día a leer es tan enriquecedor como dedicar horas a pasear o hacer ejercicio. Lunes y miércoles, pilates. Martes y jueves, lectura. Fin de semana, lo que caiga. No más excusas, que no se diga, que ahora ya tenemos TIEMPO.

Mi padre leía y leía y decía que esos eran sus viajes, sin pasaporte y calentito, mimetizado con su sillón de orejeras (que sigue en su sitio), con su copita de Remy (si era por la tarde) abducido por la emoción de la filosofía, protagonista de las novelas de Somesert Maugham, desentrañando misterios con Conan Doyle o blandiendo espadas con Dumas.

Todo se hereda.

En fin.

Sugerencias de lectura:
- “La elegancia del erizo” Muriel Barbier
- “El príncipe negro” Iris Murdoch (o cualquiera de la autora)
- “Viajes con Heródoto” Ryszard Kapuscinski
- “El chino” Henning Mankell
- “Instrucciones para arreglar el mundo” Rosa Montero
- “Diario de una buena vecina” Doris Lessing ****
- “Pulsa la estrella” Benoîte Frouet ****

**** Sobre la dignidad en el envejecimiento.

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viernes, 23 de julio de 2010

Yo no necesito darme potingues para el sol




¿Qué mujer no ha escuchado esta frase –acompañada de un gesto como sugiriendo una enajenación mental transitoria- de boca de un hombre vestido únicamente con un calzón de baño? Una, que en su prudencia y responsabilidad heredada por vía materna, ha comprado una crema de las buenas (de las que parecen hechas con esencia de caviar y aroma de langosta) con la sana intención de compartirla, se encuentra ante la disyuntiva del “pues allá tú” o “por favor, cariño, sólo un poquito”.

Porque tú ya conoces esa calva que se pone como la placa de la vitrocerámica al 9 después de un día de playa; porque tú ya has pasado por una noche de lamentos y quejidos aplicando compresas de agua fría en una espalda devastada como si una docena de cangrejos hubiera jugado a hacer carreras sobre ella, esa misma espalda que ha querido mantenerse virgen a los efectos crematísticos (de crema) porque es un pringue con la arena y no y no y déjame en paz.
Sus argumentos son de manual: “los pelos del pecho me protegen del sol”; o ese otro de: “el sol no tiene apenas fuerza, todavía estamos a principios de junio”. O para rematar la faena el razonamiento por K.O.: “mi madre nos untaba con Nivea para ponernos morenos y nunca pasó nada”.

Tal parece que los hombres, -nuestros hombres o por lo menos aquellos que nos llevan la toalla y la sombrilla a la playa,- han fundado un club hermético y secreto en el que todos sus afiliados tienen en común la aversión a las cremas protectoras de rayos UVA en proporción directa a su hombría y dignidad de sexo. Como si protegerse del sol redujera la virilidad. Como si estar quemado los hiciera más seductores y deseables. Como si pillarse un cáncer de piel fuera más interesante que morir de viejo.

En fin.
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jueves, 22 de julio de 2010

Amor vincit omnia



El insigne Virgilio es proveedor infalible de hermosos ‘latinajos’, de esas frasecitas que todo el mundo utiliza para adornarse con un pequeño toque de distinción (touch of class), pero entrar en las profundidades de su intención primigenia es trabajo hercúleo para la mente y el espíritu.


“Amor vincit omnia”, qué fácil se lee y qué fácil se traduce; bonito para un poema, pedante para susurrarlo al oído, ¿una falacia más?,esto hay que demostrarlo, a ver quién tiene redaños.


Ya no hablamos de amor, ni siquiera con los seres amados, ese sentimiento que –como el valor en el ejército ‘se da por supuesto’- ampara cómodamente nuestras relaciones afectivas, con la pareja, con la familia, con los hijos, con los amigos… Dejamos que los días pasen, que la vida pase, que se vaya acabando irremisiblemente, sin llevar a cabo ese pequeño acto heroico aunque sea con minúsculas.


A mí me han querido mucho –eso decían- y mucho he amado yo – o lo he intentado al menos-, pero ahora miro en el espejo a esa mujer que me mira y siento que todavía me queda mucho por amar, mucho trabajo por hacer, ‘tanto por vencer’.

Y sonrío al darme cuenta de que tengo a quien amar, de que no he apartado de mi vida a manotazos a las personas quedándome sola (como han hecho otros que sufren más que yo), que aquellos con quienes estoy y comparto la sal y la vida se merecen que se lo demuestre con más fuerza si cabe para que ellos sean un poco más felices al sentirse amados. Ahora que todavía queda tiempo.


Qué sencillo parece.


En fin.

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martes, 20 de julio de 2010

Te recuerdo Amanda





Llevas el nombre por la canción que Víctor dedicó a su madre, porque todavía hace veinte años otra madre, la tuya, se estremecía con perdidas utopías y sueños imposibles y tú fuiste uno de los últimos que pudo convertirse en realidad.

Te diría que no te acuerdas pero seguro que sí, que en algún huequecillo de tu espíritu atesoras las primeras canciones que te cantaron, todavía dentro del vientre que te cuidaba, la nana del negrito chiquitito para que no dieras patadas por las noches cuando tu madre quería dormir. Seguro que te acuerdas de todo aquel tiempo cálido, seguro y feliz.

Porque naciste con los ojos color violeta y las manos abiertas y los pies cerrados y fuiste diferente desde el primer instante, el instante en que llegaste a la vida para regalar felicidad, ese es el pan que traías bajo el brazo, una dulce mirada que no ha cambiado todavía.

Que veinte años no es nada, como dice el poeta, y son todo lo que tienes. Ni un día más, ni un beso menos. Veinte años que no te pertenecen únicamente a ti sino a quienes te han cantado para hacerte dormir, a quienes te han acariciado para hacerte sentir, a quienes te miran y te agradecen que, simplemente, existas.

Tu madre fue a buscarte al reino de las hadas y volvió con una mezcla de sorgiña y cariñosa niñita; te alimentó de puré de cuentos y besos, te vistió con terciopelos de caricias, te dejó vivir feliz en la torre de chocolate rodeada de tus ositos y vigilada por el amor infranqueable de tu hermana.

Gracias a tanta imaginación y al amor que traías contigo, has conseguido cumplir veinte años llena de dulzura. Y sigues siendo única y especial para todos los que te conocemos.

Te recuerdo Amanda; aquí, a mi lado… todavía.

Te quiere hasta el infinito y más allá,

Alqui. (Pero para ti, Mmmy)

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sábado, 17 de julio de 2010

Miedo a jubilarse




Cuando dio comienzo mi vida laboral, en la década de los setenta, coincidiendo con el pistoletazo de salida de algunas de las libertades en este país, di por sentado que esta se extendería durante ‘otros’ cuarenta años como mínimo, hasta cumplir los 65 que era donde se fijaba la edad ‘hito’. Sin embargo, alguno de los cuatro jinetes del Apocalipsis anda rondándonos a los de aquella quinta y parece que vamos a ser ‘jubilados precoces’. (Me consolaría poder seguir siendo precoz en algo todavía).

A quien más y a quien menos le llegan cantos de sirena o proposiciones deshonestas y quien más y quien menos se lo toma de diferente manera; unos con regocijo mal disimulado, otros con angustia desaforada. Porque no es sólo que una contase con hallar al final del camino un poco de sabiduría y paz, sino también una digna pensión de jubilación. Bien es verdad que aunque hayamos trabajado por dinero la cosa pueda pasar a ser inversamente proporcional, pero son paradojas de la vida y hay que saber torearlas.

Anda el personal (el que yo conozco y trato) revuelto y ansioso; -“pero si sólo tengo 58 años-, me decía el otro día un colega, “no tengo edad para jubilarme, no estoy preparado”!. Ciertamente.
Como si tuviéramos que asumir como fracaso personal el que por culpa de los bancos y los gobiernos a gente absolutamente válida se le cuelgue de repente la etiqueta de ‘obsoleto’ o ‘prescindible’. En tiempos de bonanza –recuerdo- en mi empresa se ‘rogaba’ a la gente que no se jubilara anticipadamente, que no se fueran llevándose su ‘know how’, que ahora se ha convertido en ‘how’ a secas.

El miedo a jubilarse anda campando por sus respetos en nuestras vidas; se reduce la vida laboral en cinco, ocho y hasta diez años por gracia de la magia financiera y el birlibirloque social. Voy a ser –me temo- la única de entre mis amigas que no tendrá prisa por regresar a casa después de las cenas de los jueves; me odiarán (amablemente) por no tener que usar ya nunca más por obligación ni traje chaqueta ni despertador. Y yo me desconcertaré al no tener que contar con cuentagotas los días de vacaciones que gasto y los que me quedan…porque todos serán igual de…maravillosos!

¿Qué hacemos los de cincuenta y pico con el miedo a la jubilación…?
Mi idea es que lo metamos en el mismo cajón donde guardamos un día el miedo a la libertad, el miedo al compromiso, el miedo al amor, el miedo a la vida. Todos los miedos juntos para que no se escape ninguno. Sin naftalina. Para que los encuentren algún día y los tiren (otros) directamente al contenedor.

En fin.

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viernes, 16 de julio de 2010

La ropa sucia se lava en casa




De todas las historias hay dos versiones como mínimo. En los tiempos del dictador –en el cine español- se hacían dos: una de acuerdo con los parámetros inquisidores de los censores y otra ‘para el extranjero’, es decir, para poder presentar la película fuera de la frontera camuflando la opresión, la estrechez de miras, la ausencia de libertades que nos atenazaba a los ciudadanos en general y a algunos en particular.

No sé si hemos cambiado mucho. En términos cinematográficos supongo que sí, que sólo hay una versión del guión original y punto. Pero en términos domésticos… la de ‘culebrones’ familiares que se maquillan, distorsionan, censuran y adecuan para que sean autorizadas para todos los publicos.

Decía mi abuela –como tantas en su época- que “la ropa sucia se lava en casa” y me parece que tenía razón, no en el planteamiento en sí –que habría que analizar- sino en la vigencia del pensamiento de marras.
Así pues, la tía solterona (pobrecita ella) que vive desde hace veinte años ‘con una amiga’, en su versión original es la tía lesbiana (por Dios!) que vive como le da la gana y haciendo de la libertad su bandera. Existe también el guión de la hija que se fue de casa a los diecinueve (un espíritu inquieto, una cabeza de chorlito) que en su versión original es la chavala que se quedó embarazada y a la que sus padres empujaron a marcharse para no ensuciar el buen nombre de la familia y que tiene –por Ley- un hijo (un nieto, un sobrino) al que no se presenta en sociedad pero que es tan heredero como los bautizados en la parroquia del barrio.

Pero el caso que más me gusta es uno bien habitual; ese del padre que abandonó a su mujer y a sus hijos cuando éstos eran unos críos y arrastra el baldón y capirote de (canalla, mal hombre, sinvergüenza)
y que en su versión original llegó a un ‘acuerdo’ con su esposa (madre, hermana, tía, abuela de cualquiera de nosotros) para seguir manteniendo a la familia económicamente y ‘hacer su vida’ –hace treinta años las separaciones no estaban bien vistas- porque la convivencia entre los esposos era un auténtico infierno. Y él se queda con el sanbenito y ella con el título de ‘mártir’.

Y como de todas las historias hay dos versiones y en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas, se me ha ocurrido que hay muchos mitos domésticos o familiares que habría que desmontar por aquello de que ahora viene la ley dando estocadas con lo de la custodia compartida de los hijos de padres separados y aquí se van a contar más historias en ‘versión para el extranjero’ que en ‘versión original’. Para seguir lavando la ropa sucia en casa.

En fin.

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jueves, 15 de julio de 2010

Cuando vienen mal dadas


Una está tranquilamente pasando por la vida procurando hacer el menor ruido posible, intentando que el equilibrio entre lo que se quiere hacer y lo que se puede sea suficiente para no tener que torcer el gesto, mirándose con lupa por los adentros en busca de ese riachuelo de paz que fluye –siempre fluye- pero que a veces es esquivo y pinturero como los ojos del Guadiana.

Y llega el lunes y ZAS, garrotazo. Es un detalle que los enanos no trabajen los fines de semana, que ellos también se dediquen a adiestrar enanitos y dar saltos en el fútbol o a babear con el mando en el sofá de la sala y dejen sus barrabasadas para la semana laboral.

Pero más se perdió en Cuba (que decían en la época de mi abuelo) y por minucias económico-laborales no voy a desintegrarme; ni por fruslerías afectivo-amorosas; ni mucho menos por pequeñeces salutíferas. O sea, resumiendo, que vienen mal dadas y tengo que correr al cofrecito secreto donde guardo mis pastillas mágicas de filosofía y tomarme dos con el desayuno, comida y cena.

El frigorífico hace escarcha, la lavadora no me centrifuga, la cisterna del baño pequeño hace glugluglu continuamente, me desbordan todos los días el buzón de propaganda y los pantalones de primavera del año pasado no me entran. A cambio me han llamado de mi banco favorito para ofrecerme un fantástico crédito instantáneo de unos cuantos miles por un interés fantástico también (de fantasía waltdisneyana), he sido seleccionada (no es broma) entre miles y miles para optar a un magnífico Audi (Internet dixit) y me ha escrito una chica rusa llamada Layka (qué mona, como la perrita) informándome de que ‘ella mujer rusa mucho cariños y gustar mucho mujer española’.

En fin. Me voy a Zara a comprarme algo.

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viernes, 9 de julio de 2010

Separar lo importante de lo superfluo




Vaya, parece un título de libro de autoayuda, pero viene a ser algo tan importante que hacer en la vida como aprender a respirar bien. (Que no todo el mundo sabe, por cierto).

Mi vida ha cambiado mucho en los últimos doce meses; por diversas circunstancias he accedido a una serie de posibilidades que antes no tenía. La puerta estaba abierta y unas han entrado y otras las he cogido alargando la mano simplemente. Ahora vivo de manera diferente a la trayectoria que estaba fijada para mí (¿quién la había fijado? ¿la familia? ¿la sociedad? ¿los dioses?) y mi gente se asombra, me pregunta, quiere saber.

Después de muchísimos años practicando creo que he llegado a conocer los rudimentos del difícil y sutil arte de identificar lo importante y separarlo de lo superfluo, bien entendido que siempre de acuerdo con criterios individuales y sin ánimo de convencer de nada a nadie.

En lo material tengo mucho menos que antes porque he aprendido a necesitar menos. Menos ropa, menos joyas, menos viajes, menos lujos, menos cosas. Cuando te das cuenta de que tienes ropa en el armario hasta para hacer tu propio sudario ves lo innecesario, lo superfluo de la situación. Con todo lo material puede suceder lo mismo y un buen día ‘haces mercadillo’ y lo regalas casi todo.

Cuanto menos amor propio tengo mejor duermo, a menor cantidad de orgullo mayor brillo en la piel. Metí en la misma bolsa la competitividad, la ambición y los proyectos materiales; en el sitio que ocupaban se están instalando ahora la satisfacción de lo poco y lo bueno, el silencio de la ausencia de caos.

Creo que me he liado, pero yo me entiendo. Y es suficiente para ser moderadamente feliz.

En fin.

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En brazos de la mujer madura


En brazos de la mujer madura.-

Mediodía. Demasiado pronto para comer, un pequeño paréntesis al tímido sol entre dos enjambres de nubes, un dry martini y el periódico. El se sienta en la mesa de al lado. El le mira, ella le devuelve la mirada, él se la roba durante un rato.

Es agradable hablar con alguien en estos tiempos de indiferencia, -piensa ella- a veces la soledad no es tan interesante –concluye-. Él es joven, insultantemente joven al lado de ella que tiñe canas con bastante glamour y mucho aplomo, una pequeña conversación intranscendente entre madame martini y monsieur capuccino. Pero él es un depredador nato y la mujer comprende y acepta el juego (sólo un rato, hasta la hora de comer). Y la encandila con las palabras, arrastradas, medio susurradas, en un castellano aprendido con prisas para salir de caza. La sonrisa de él es magnífica, sus rasgos bellos y jóvenes, su origen indudablemente magrebí.

Cuando ella se despide él le sonríe con una promesa en los ojos y la deja marchar. Al minuto se levanta tras la sombra de la mujer y la sigue desde lejos; ve cómo entra en un portal cercano y acelera el paso y llega justo a tiempo de golpear el cristal de la puerta que se cierra, le hace señas, ella retrocede, con la pregunta en la mirada. “¿Podría volver a verte…?”, aventura él poniendo ojos de cordero degollado y ella, amable pero firme le dice que no, que sería una tontería… “Sí, pero una tontería deliciosa”, responde él.

Al día siguiente ella no necesita acordarse del encuentro breve pero intenso de la víspera porque él está a dos pasos, esperándola. E insiste, y le habla, y ella escucha y caminan juntos y la tarde se pierde entre nubes y claros. Él tiene una historia que contar y a ella le encantan las historias; de hecho, se inventa muchas, su realidad la crea con palabras y sueños entremezclados.

¿Le interesa tener un affaire con este joven inmigrante, guapo, instruido, cultivado incluso, aunque manifiestamente fuera de toda lógica? La vida es tan corta y sin embargo tan triste. Queda lejos el último requiebro, el último amante, los últimos brazos que mecieron a la niña que se esconde tras su fachada de mujer-madura-segura-de-sí-misma…

Cada día él la espera a su regreso del trabajo; sentado en un banco del jardín, un día le ha traído un poema, al siguiente unas flores, hoy sostiene entre sus labios la promesa de un encuentro feliz.

En el último instante de lucidez ella le pregunta “¿Qué quieres de mí?” y él, dejándose naufragar en los ojos de ella le contesta en un susurro inquietante…”Un empadronamiento, mon amour”.

En fin.

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domingo, 4 de julio de 2010

¿Por qué aguantamos ciertas cosas?


Me admira y estremece la capacidad de sufrimiento, de aguante, del ser humano. En según qué ocasiones –las terribles, cuando las circunstancias son trágicas-, el instinto de supervivencia de la especie prevalece; en otras, en las cotidianas, las fácilmente subsanables, la modorra existencial toma las riendas.

“Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse?; si no la tiene… ¿para qué preocuparse?” y con esta o parecida filosofía vamos dejando que los que mueven los hilos sigan creyendo que sus marionetas no tienen vida –ni vida, ni ideas-.

A veces encuentro en mi camino a personas que se sienten oprimidas. Personas que se quejan, continuamente, de su mala suerte, de las injusticias de que son objeto, del abuso que padecen y yo, que soy de poco compadecerme cuando le veo el truco a la cosa, no tengo palabras de ánimo o consuelo del tipo “bueno, ya pasará”, “no hay mal que cien años dure” o “este es un valle de lágrimas, ya se sabe”.
No, yo soy más bien de meter el dedo en el ojo y preguntar -¿por qué lo aguantas?. Y es curioso, porque entonces el quejica se revuelve y te das cuenta en seguida de que ya no le interesa lo que le vayas a decir.
Que no existen opresores sino oprimidos, que la situación que está padeciendo es porque quiere, que en su voluntad está darle la vuelta a las cosas… No, lo que quiere es solidaridad con su cobardía, empatía e incluso un punto de conmiseración.

Esposas soportando lo innombrable por miedo a enfrentarse al mundo, maridos más que hartos y aburridos pero incapaces de renunciar a su vida cómoda y rutinaria, asalariados agachando la testuz por no soltar su mísera nómina, padres explotados por hijos egoístas que se sienten (los padres) culpables de la mala educación que les dieron y amantes aferrados a unos brazos fríos e indiferentes elegidos antes que la soledad (más fría e indiferente si cabe).

¿Por qué aguantamos ciertas cosas? Cada uno tiene sus propias justificaciones, las excusas justas y precisas para acallar la conciencia lacerada. Por eso, cuando se encuentran a un amigo, le lloran en el hombro y se quejan de la opresión de que son objeto. Pero casi nadie hace nada.

En fin.

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sábado, 3 de julio de 2010

Peregrina soy


Suele ser la asignatura pendiente para mucha gente; también lo fue para mí. -‘De este año no pasa’, me repetía cada primavera y cada otoño me enfadaba conmigo misma por no haber sido capaz de acomodar mi tiempo de ocio al deseo de hacer el Camino de Santiago.
Unas veces porque no coincidían los períodos de vacaciones, otras por diferentes prioridades, el resultado era que lo iba posponiendo un año tras otro.

Pero el 2009 cayó piedra. Me lié la manta a la cabeza y aprovechando la posibilidad que me brindaba un parón en el trabajo, me fui a una gran superficie, me equipé de arriba abajo y comencé a entrenar. Primero un par de horas al día –para hacer las botas a los pies y viceversa-; luego llenando la mochila con manzanas y una botella de agua de litro y medio hasta conseguir los 7 kgs. de peso máximo que podría acarrear durante mi andadura y así hasta ser capaz de caminar 25 kms. al día de un tirón.

Y se lo contaba a todo el mundo: -“Me estoy entrenando para hacer el Camino de Santiago”. -“¿Ah, sí, y con quién vas?”. -“Pues sola, como está mandado…” y ahora viene lo bueno, -“¿A tu edad y sola? Tú estás loca…”. Pues fui y volví. Reventé los pies y alivié el alma.

Este año es Jacobeo, o sea que habrá multitudes ingentes –hordas más bien- pateando las tierras por donde nunca pasó el apóstol, pero si es la ‘asignatura pendiente’ para alguien, le animo a no dejar pasar la oportunidad.

El Camino seguirá estando ahí para recibir las penas y las risas de los peregrinos, pero quizás nosotros ya no estemos…

Lo mismo me animo de nuevo, ya que tengo el equipo amortizado y me voy a saludar al párroco de Triacastela. Quién sabe.

En fin.

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