La lluvia me ha despertado de buena mañana repicando sobre el cristal de la ventana; entre sueños creía estar en mi cama de Donostia tal era la similitud del persistente y entrañable sonido. Poco a poco he tomado conciencia de que algo no cuadraba en mi despertar de hoy: el silencio circundante, ajeno al ritmo del agua que llamaba a maitines. Silencio, como en un útero perfumado de lavanda.
Mientras preparaba mi desayuno especial para francesas que sólo desayunan yogurt y té he ido adecuando mi ánimo para acompasarlo al día gris y lluvioso. Nada importa: estoy viva y estoy en Paris aunque llueva. Así pues, buen calzado, un abrigo acolchado y el paraguas en la mano izquierda, que la derecha es para la cámara de fotos.
La plaza de la Bastilla sorprende por su olor a churros; ¿Es esto la aldea global o un dislate geográfico? Un cortado en el Café des Phares –el café-philo que sigue propiciando las tertulias filosóficas más interesantes de Paris- me permite observar, escuchar e impregnarme del espíritu aguerrido de los contertulios. Se hablaba del porqué de la maldad en este mundo de hoy… (Como si Rousseau redivivo se enfrentara a sus detractores). Pero hoy no puedo filosofar con ellos, quizás mañana, con mi estropajoso Francés de acento sureño.
El Boulevard Henri IV me lleva hasta el puente de Sully, primer contacto con el Sena, y de ahí a la isla de San Luis. Recorrer sus callejuelas abarrotadas de pequeños comercios únicos en sí mismos: donde sólo venden galletas y turrones, donde imperan las flores de tela, donde los juguetes decimonónicos alegran la vitrina empañada por la humedad… y los cafés aromatizando las estrechas calles. Es un barrio precioso con lluvia y con sol. Le Quai d’Anjou bordea el lado derecho de la pequeña isla; hay que avanzar hasta el puente de San Luis y llegar a la isla de La Cité, acceder a la Catedral desde su magnífico porte trasero demorándose en el parque Juan XXIII con el otoño resplandeciente enmarcando la mole que brilla bajo la lluvia incluso.
En Notre Dâme de Paris hay turistas en todas las épocas del año, unas más que otras, pero hoy no había cola para entrar y he podido recorrer –afortunadamente una vez más- sus naves y sus reflejos sin agobio aparente. He encendido mi vela y se la he ofrecido a mis hijas; prefiero ser supersticiosa que religiosa, yo ya me entiendo. La lluvia ha amainado el tiempo suficiente para descansar un rato en un banco al lado del río. Observación aparentemente anodina: en un cuarto de hora de ver pasar gente no he detectado a nadie que estuviera solo. Parejas, grupos y familias. Así que me he sentido extrañamente contenta de ir sola, de ser capaz de disfrutar lo que los sitios transmiten dejando que mis emociones golpeteen en mi interior sin distracción alguna. Después vendrá el momento de contar y enseñar fotos, pero sigo defendiendo que el placer inefable de sentirse en libertad no puede ser entendido más que por uno mismo. Por supuesto que he estado muchas veces en Paris con compañía –más veces que en soledad- y siempre he necesitado el silencio aun estando de la mano de otro ser humano. Mis hijas saben bien cuando “la ama necesita no hablar”.
Dicen que el hombre (que no la mujer) es un animal de costumbres, pero a mí me entra el hambre en Paris justo un rato después del mediodía, así que –por proximidad únicamente- he atravesado el Petit Pont y al Barrio Latino de cabeza ;a través de la Rue du Chat qui Pêche me he metido en la vorágine de la Rue de la Huchette, donde restaurantes de todo el mundo ofrecen sus menús a un precio irrisorio –obviamente con calidad de igual calificativo-, pero un cuasi digno pakistaní me ha deleitado con una perfecta ensalada griega ¿? (no será por proximidad geográfica, pero estaba buenísima). Al metro y corriendo a casa a hacer la siesta, que para eso estoy bien acendrada en mis costumbres.
Dormir para salirse del mundo y despertar para descubrir que sigue estando ahí, te guste o no te guste.
La manifestación multitudinaria se concentra en Republique a las dos y media de la tarde. Ordenada por sindicatos y facciones políticas, me recuerda a un desfile bien organizado. La inmensa mayoría, gente joven. No quiero decir más sobre este tema; cada cual que se mire por dentro y decida si “aquí” sería posible algo así. Si los “mayores” hemos ayudado en las protestas por el plan Bolonia o en cualquier reivindicación puramente juvenil. ¡A qué distancia tan enorme estamos de Europa…!
En fin.
LaAlquimista
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

No puedo negar que ha sido un placer leerte ,y no hay en mi elogio ningun errado ni obscuro pensamiento,Mi pie izquierdo ya esta casi en la tumba ,de ahi que he abandonado los deseos impuros de esta vida , Me ha enamorado tu relato de Paris,donde hace ya mil años vivi,aunque siempre que he podido he vuelto ¿has visitado le cementerio de Lachaise , y la tumba de Oscar Wilde ,cierras los ojos ,alli, e imaginas la vida que vivio, o la tumba de mi admirado Brasillach en una iglesia muy cercana ,La historia de Paris esta en sus edificios y en sus cementerios,Pero es logico , yo tengo un pie donde te he dicho y los martes el otro tambien ,Te felicito por tu lexico por tu encanto al descubrir la vida por tu relato tambien de las noches de Donosti ,Y se benevolente , con mis faltas ortograficas Gracias Alqumista , No encontraras la piedra filosofal , pero ya tienes el oro de tu ingenio me has hecho pasar un buen rato, hoy me
ResponderEliminaracordare de tus relatos, mañana ,ya no,quiza habra otra cosa Saint-just
Saludos, Saint Just-Nasuti.
ResponderEliminarNo hay más esperanza que la que cada uno pueda brindarse a sí mismo y en estos casos podría quedarte la de volver a Paris, ¿por qué no? y depositar un beso en el mausoleo de Wilde aunque para ello tengas que usar rouge à lèvres... volver a pisar los adoquines centenarios, cenar en Le Procope en el mismo rincón donde se sentaron los filósofos revolucionarios... ¿por qué no?
Un abrazo lleno de energia positiva.
Alqui.