Cuando empecé el otoño y sentí la necesidad de cambiar de
piel, supe que este año iba a terminar de forma diferente de los demás. Intenso
y doloroso, definitivo y efectivo, el cambio no se limitó a lo interno, a reubicar
mis afectos o desprenderme de relaciones tóxicas; no fue únicamente una “caída
de la hoja” al uso, sino un revolcón externo también. Así pues, empecé por
vaciar –uno a uno- los armarios de la casa, apilando recuerdos, desechando
recuerdos, reabriendo heridas y suturándolas a la brava. Metros y metros
cúbicos de libros, apuntes, cuadernos de poemas, cartas de amor, fotografías en
papel, en diapositivas, en soporte informático. Desde los pendientes de bolita
de oro del bautismo hasta el último anillo recibido con amor, pasando por toda
la parafernalia de casi sesenta años de vida de mujer perteneciente a una
sociedad rica, consumista, interesada en el tener más que en el ser.
Fueron tres meses de revolución total; acampando en cada
extremo de la casa mientras la pintura, los barnices, el cemento y la madera lo
invadían todo. Llenando bolsas de basura king size diariamente;
regalando muebles en buen uso todavía, juguetes de varias infancias, baúles de
ropa “buena” que se guarda por decreto/ley, llenando el contenedor azul de
cartón/papel con mil escritos inservibles, mis poemas caducados y todos los
amores perdidos. Me deshice de toda una vida en objetos, en recuerdos
representados por cosas, anulé las huellas del amor tirando los colchones,
comprando sábanas nuevas y deshaciéndome de las toallas que me secaron el
cuerpo y las lágrimas.
Tiré toda una vida fuera de mí y quise empezar en limpio el
borrador de los años que me quedan, aunque no es “empezar de cero” –lo que
sería imposible pues la carga emocional ya está ahí para siempre- sino
continuar viviendo más ligera de equipaje. Equipaje material y afectivo, bagaje
emocional familiar, amistoso y social. Se acabó el ir por la vida como “el baúl
de la Piquer”, arrastrando amistades sin fundamento, cohesión, ni intereses en
común. Se acabó el contar con personas que dejaron de contar conmigo hace años
aunque lleven la misma sangre por las venas; se acabó lo que se daba porque no
podía ser de otra forma.
Abrí las ventanas para que el aire corriera por todos los
rincones desde el amanecer; una gran vela blanca presidiendo la estancia
principal y un pequeño cuenco con agua del río Jordán (recuerdo de un
maravilloso viaje realizado con mis hijas). El incienso de rigor y una ramita
de perejil y la energía positiva de varias personas limpias, buenas, honestas.

Fuimos asperjando el agua ayudándonos de la ramita de
perejil en cada una de las estancias, mientras quien lo hacía pronunciaba un
buen deseo desde el corazón. Las bendiciones se fueron desgranando una a una por
cada uno de los rincones y esa noche la energía positiva llenó mi casa y
nuestros corazones. El ritual de las bendiciones es tan antiguo como el ser
humano y, bajo mil formas diferentes, siempre encontramos la manera de hacerlo
porque nos sigue siendo necesario que nuestro pequeño mundo esté limpio de
energías que no nos ayudan y ecos de voces que ya no queremos escuchar. Saber
desprenderse de fantasmas (aunque estén vivos) es como arrancarse un
esparadrapo gigante que cubre el alma; al hacerlo se queda enrojecida y pica
durante algún tiempo, pero luego la piel se regenera y estamos dispuestos a
volver a empezar con más tranquilidad y sabiduría.
Ahora ya no queda más que seguir viviendo…
En fin.
LaAlquimista
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