domingo 29 de enero de 2012

No todo es lo que parece



Ver lo que uno necesita creer, creer tan sólo aquello que no hace daño, aunque esté al revés.


Dar la vuelta a la realidad y poner boca abajo a las personas para seguir teniendo razón.


Jugar a juzgar y equivocar el camino en la vida.


Nada es lo que parece aunque lo pongamos del revés.

En fin.

LaAlquimista


Foto: Amanda Arruti.  “Firenze. Ponte Vecchio”

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viernes 27 de enero de 2012

Si no sabes qué hacer, no hagas nada

 

Creo que esta frase, disfrazada de máxima de libro de autoayuda, la escuché o leí por primera vez hace más de veinte años. Pues hoy es el día en que la sigo teniendo presente cada vez que se me cruzan los cables en uno cualquiera de los cambios de rasante por los que transcurre mi vida. A diferencia de otras personas, -más sabias, más inteligentes y, sobre todo, más listas- que saben en cada momento y ocasión cómo actuar, qué decir o qué callar, yo me atoro como el gatillo de un rifle y cuando intento desencasquillarlo se me dispara solo y organizo una escabechina (figuradamente, claro) a mi alrededor.

Eso es porque ese día se me ha olvidado en casa la frasecita de marras, porque no la tengo grabada al rojo vivo en algún sitio a la vista que me recuerde la utilidad de la inacción, porque debería tener unos cuantos post-it mentales en color fosforito para impedirme meter la pata. El caso es que, mira que tengo ejemplos cotidianos a mi alrededor de personas que no hacen nada cuando no saben qué hacer; algunos políticos, sin ir más lejos. O algunos directivos de empresa, esos que se sientan ante una mesa llena de problemas y vacía de documentos y ponen cara de sufrir intensamente y están pensando en qué les pondrá la mujer para cenar esa noche.


Yo también tengo que aprender, de una vez por todas, a no hacer nada cuando no sé qué hacer. Cuando una situación me supera ¿por qué quiero siempre hallar la solución que la desenmarañe? Cuando no entiendo el comportamiento de los otros ¿por qué me rompo la cabeza intentando interpretarlo –erróneamente casi siempre?

Parece que si no estamos activos continuamente, enredando en la vida propia y la ajena, entrando y saliendo, subiendo y bajando, como motos con unos y con otros, todo el día sin parar un segundo, sin detenernos, “haciendo cosas”, no podemos sentirnos satisfechos de nosotros mismos. Y, sin embargo, sé perfectamente que el tomar distancia para ver las cosas con perspectiva, desde la inacción consciente, es la mejor manera –en lo que a mí me sirve y a nadie espero convencer- de no perder la tranquilidad de espíritu.

Porque la vida la hacemos muy complicada las personas y luego no paramos de quejarnos de los líos en los que nos hemos metido…así que es bueno recordarme que, cuando no sé qué hacer, lo mejor que puedo hacer es…nada.

En fin.

LaAlquimista

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miércoles 25 de enero de 2012

La autoestima y los implantes mamarios

 

Salta ahora a los medios el escándalo del fabricante francés P.I.P. que vendía implantes de silicona de baja calidad a bajo precio con posibilidades más que certeras de “autodestruirse” y arrastrar consigo la salud de la paciente que las lleve en su seno. (Me ha salido la ironía sin querer, lo juro). El ministerio de la Salud francés se ofrece a retirar las prótesis de esta marca y sustituirlas por otras no dañinas corriendo los gastos de hospitalización y nueva reconstrucción mamaria a cargo de las arcas del Estado. Como tiene que ser, faltaría más. El Estado es el último Responsable de lo que autoriza, de aquello para lo que da licencias, de todo por lo que cobra impuestos; que sea capaz o no de gestionarlo bien, controlarlo y regularlo es obligación suya, que para eso están los Ministerios y sus Ministros.
 
Hasta aquí vamos bien. Una noticia más con su morbo añadido y su polémica servida. Y al leerla, muy poca gente cae en la cuenta de que estamos hablando de miles y miles de mujeres que han tenido que implantar en su cuerpo un asqueroso trozo de silicona en forma de prótesis mamaria porque han padecido un CANCER de seno que a ello les ha obligado. Que parece que hablamos de modelos, actrices, faranduleras y culibobas en general que se hacen una “escultura pectoral” a medida porque forma parte de su trabajo y no les queda otro remedio. Que tampoco hablamos de esos miles de mujeres normales y corrientes que sufren complejos por tener los pechos pequeños y a las que la sociedad (en forma de un compañero intransigente y nada respetuoso) les empuja a “abrirse el pecho” –literalmente- para poder equilibrar su autoestima y dar gusto –visual y táctil- a los demás y sentirse mejor, más felices y más seguras ante la vida.


Porque no todas las mujeres que llevan un implante mamario lo llevan “por necesidades del guión”, es decir, como consecuencia de una horrible y traumática mastectomía que socava, sin lugar a dudas, cualquier moral, cualquier autoestima, cualquier gana por vivir que pueda quedar después de ello. Son muchas más las mujeres que han recurrido voluntariamente a la cirugía para “verse más guapas” que las que han arrastrado su cuerpo por mesas de operaciones intentando salvar la vida, sencillamente. Y no me parece justo. No me parece justo que la sociedad eleve a la categoría de culto los pechos de las mujeres, instándolas –subliminal o directamente- a creerse “menos” o “más” en función de la talla del sujetador.

Reían algunos (y algunas) en mis años adolescentes con chistes del tipo “campeona de natación: nada por delante, nada por detrás”. Se hicieron habituales –entre adolescentes estúpidos que luego serían adultos estúpidos también- las frases “más vale tener que desear” y “más lisa que una tabla de planchar” y las altas y delgadas no teníamos con qué competir frente a las bajitas y rechonchas como no fuera una natural inteligencia, una desbordante simpatía y nos quedábamos en la lapidaria frase de: “la suerte de la fea la guapa la desea”, entendiéndose por “fea” la que tenía las tetas más pequeñas, faltaría más.


Pero de aquellos polvos –no literales- vinieron estos lodos y ahora resulta que se habla de las prótesis mamarias como si fueran zapatos para no ir descalzas, como si aquellas mujeres que no fueron capaces –que no lo son todavía- de mantener su autoestima al nivel del mar, creyendo que serían mejor aceptadas por el hombre, por el espejo, por la sociedad y por ellas mismas si tenían una talla 110, fueran a pasar por la vida “de rositas” frente a todas aquellas que han sufrido una amputación traumática y la prótesis forma parte del mínimo paliativo necesario para volver a recuperar la sonrisa.

Porque el escándalo no viene únicamente del abuso y negocio del fabricante P.I.P. vendiendo porquería a cuatro euros (o cuatrocientos) sino que lo que se cuestiona es si la Seguridad Social tiene que correr con los gastos de arreglar el entuerto en las mujeres afectadas. Pues faltaría más, pues claro que sí, incluso para las que pasaron por el quirófano por cuestión puramente estética, que de estos desaguisados –y de muchos otros- somos responsables civiles subsidiarios todos sin excepción. Por la parte que nos toca o nos pueda tocar en el futuro. Y al que le vuelva oir lo de “ante la duda, la más tetuda” me lo como crudo por imbécil y desconsiderado.

En fin.

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martes 24 de enero de 2012

El negocio/timo de las rebajas

 
No voy a decir nada que no sepamos ya –sobre todo las mujeres-, pero me sigue llamando la atención la flagrante insidia con que nos saludan desde sus anaqueles de diseño las tiendas de ropa destinadas a hacernos creer que nos están dando duros a cuatro pesetas. Que yo no digo que no haya gangas apreciables o despreciables entre los metros cúbicos de manufactura textil que se desbordan en los comercios que son como el gobierno y la oposición: dos de los grandes con distintos nombres y los mismos collares y el resto  pequeños comerciantes que a duras penas le pueden hincar el diente al asunto. Supongo que puedes encontrar alguna prenda estupenda, sin manchas de maquillaje o rouge, con todos los botones en su sitio, sin hilachas aparentes y con las cremalleras en funcionamiento con un descuento sustancial sobre lo que marcaba la etiqueta; no lo discuto y quiero pensar que se puede obtener, pero lo que sí digo es que nos están “vendiendo” unas rebajas con la brisa fresca de la primavera justo recién empezado el invierno.

Porque a ver quién se resiste, claro, a comprarse la blusita liviana de la “new collection” o la chaquetilla de punto fino para la primavera que ya está en ciernes, ríase usted de los eslóganes de los grandes almacenes, colocada con gusto y primor al lado de los montones informes de prendas feas –o casi feas- sobrantes de “la temporada anterior”, como si de un mercadillo dominical de pueblo se tratase. Que aparecen fardos llenos de prendas impensablemente feas –y baratas- que nadie ha visto durante el otoño/invierno y vienen con la etiqueta del precio en grande y/o fosforito para hacernos creer que nos llevamos un chollo comprando por pocos euros lo que, supuestamente, valía tres veces más en el albarán manipulado del director de marketing de turno.

Pues las cosas no son así, de verdad que no. Que para obtener buenos descuentos hay que irse al pequeño comercio, ése que trabaja con márgenes de este mundo y no del espacio sideral, ése que vende el material a un precio razonable y que, en rebajas, no puede dejarlo a un 70% de su p.v.p. oficial. ¿Quiere eso decir que si un abrigo –por poner un ejemplo- cuya etiqueta marca como precio original 395€ (ejemplo real) me lo están rebajando la friolera de 276,50€? ¿Y todavía siguen ganando? Si Pitágoras no miente y pago por él 118,50€ estoy manteniendo un negocio que se lleva márgenes de… (lo dejo que soy de letras)

Y no estoy queriendo decir que las rebajas sean un timo, en absoluto, que ayer mismo me compré unas Nike Excel Air Max auténticas –hechas en Vietnam, rebajadas de su precio original de 101,50€ al sencillo y redondo precio de 50€ del ala –cuyo costo original sitúo en los 9,95$ americanos tirando por lo alto, pero en fin. Lo que quiero es decir las cosas claras para que “piquemos” lo menos posible. Las rebajas ya no son lo que eran y, excepto que le hayamos echado el ojo a algo anteriormente y comparemos ahora su precio –y su calidad- y lo podamos adquirir, el resto –o casi todo el resto- son artículos fabricados “ex profeso” para la campaña de rebajas y/o excedentes de vaya usted a saber qué fabrica allende los mares y ubicada en lejanos países exóticos donde no atan los perros con longanizas, como aquí…

Que seamos conscientes de que nos dan gato por liebre “low cost” y como hay toda una psicosis colectiva que se encargan ellos mismos de fomentar, la gente sale “de rebajas” como si fuera a la vendimia, con alegría pero por necesidad. Y no es necesidad lo que nos mueve sino consumismo puro y duro a fin de cuentas.

En fin.

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lunes 23 de enero de 2012

Una rama de perejil y agua del Jordán

 

Cuando empecé el otoño y sentí la necesidad de cambiar de piel, supe que este año iba a terminar de forma diferente de los demás. Intenso y doloroso, definitivo y efectivo, el cambio no se limitó a lo interno, a reubicar mis afectos o desprenderme de relaciones tóxicas; no fue únicamente una “caída de la hoja” al uso, sino un revolcón externo también. Así pues, empecé por vaciar –uno a uno- los armarios de la casa, apilando recuerdos, desechando recuerdos, reabriendo heridas y suturándolas a la brava. Metros y metros cúbicos de libros, apuntes, cuadernos de poemas, cartas de amor, fotografías en papel, en diapositivas, en soporte informático. Desde los pendientes de bolita de oro del bautismo hasta el último anillo recibido con amor, pasando por toda la parafernalia de casi sesenta años de vida de mujer perteneciente a una sociedad rica, consumista, interesada en el tener más que en el ser.

Fueron tres meses de revolución total; acampando en cada extremo de la casa mientras la pintura, los barnices, el cemento y la madera lo invadían todo. Llenando bolsas de basura king size diariamente; regalando muebles en buen uso todavía, juguetes de varias infancias, baúles de ropa “buena” que se guarda por decreto/ley, llenando el contenedor azul de cartón/papel con mil escritos inservibles, mis poemas caducados y todos los amores perdidos. Me deshice de toda una vida en objetos, en recuerdos representados por cosas, anulé las huellas del amor tirando los colchones, comprando sábanas nuevas y deshaciéndome de las toallas que me secaron el cuerpo y las lágrimas.

Tiré toda una vida fuera de mí y quise empezar en limpio el borrador de los años que me quedan, aunque no es “empezar de cero” –lo que sería imposible pues la carga emocional ya está ahí para siempre- sino continuar viviendo más ligera de equipaje. Equipaje material y afectivo, bagaje emocional familiar, amistoso y social. Se acabó el ir por la vida como “el baúl de la Piquer”, arrastrando amistades sin fundamento, cohesión, ni intereses en común. Se acabó el contar con personas que dejaron de contar conmigo hace años aunque lleven la misma sangre por las venas; se acabó lo que se daba porque no podía ser de otra forma.


Abrí las ventanas para que el aire corriera por todos los rincones desde el amanecer; una gran vela blanca presidiendo la estancia principal y un pequeño cuenco con agua del río Jordán (recuerdo de un maravilloso viaje realizado con mis hijas). El incienso de rigor y una ramita de perejil y la energía positiva de varias personas limpias, buenas, honestas.


Fuimos asperjando el agua ayudándonos de la ramita de perejil en cada una de las estancias, mientras quien lo hacía pronunciaba un buen deseo desde el corazón. Las bendiciones se fueron desgranando una a una por cada uno de los rincones y esa noche la energía positiva llenó mi casa y nuestros corazones. El ritual de las bendiciones es tan antiguo como el ser humano y, bajo mil formas diferentes, siempre encontramos la manera de hacerlo porque nos sigue siendo necesario que nuestro pequeño mundo esté limpio de energías que no nos ayudan y ecos de voces que ya no queremos escuchar. Saber desprenderse de fantasmas (aunque estén vivos) es como arrancarse un esparadrapo gigante que cubre el alma; al hacerlo se queda enrojecida y pica durante algún tiempo, pero luego la piel se regenera y estamos dispuestos a volver a empezar con más tranquilidad y sabiduría.

Ahora ya no queda más que seguir viviendo…

En fin.

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¿Qué significa hacerse adulto?




Recuerdo las ansias nada disimuladas que tuve a los dieciséis para aparentar dieciocho y poder entrar al cine a ver las películas que me encandilaban; y cuando cumplí los dieciocho quise tener veintiuno para ser mayor de edad –en los tiempos en que estaba fijada en tal fecha el sello oficial. Pero quería hacerme mayor para poder tener opción a derechos legales, en ningún caso quería cumplir años para asumir responsabilidades, que ese era el caballo de batalla que asomaba la testuz detrás del D.N.I.

Las responsabilidades vinieron –unas queriendo, otras sin querer- de la mano del devenir cotidiano y los avatares de la vida me hicieron adulta antes de los treinta, de la misma manera que la infancia se me enredó con la adolescencia y algo de ambas perdí en el intento. Pero ahora voy camino de los sesenta y creo que voy entendiendo lo que significa hacerse adulto (en mi percepción personal del asunto).



Quizás tan sólo signifique que uno aprende a ocultar mejor la inseguridad, que con el paso de los años se van adquiriendo herramientas para apuntalar el edificio en el que bregamos por conciliar nuestros deseos con las normas generales, los sueños privados con las pesadillas públicas, el silencio interior con la bulla circundante.

Un niño no se siente inseguro ante el mundo; lo afronta como un paladín invencible dotado de la espada flamígera que todo lo vence. A ese niño que todos llevamos dentro se le va recortando luego la seguridad y tirando por tierra todos sus cimientos. Allá donde creyó que sus padres eran dioses, descubre el pedestal de barro; donde pensó reinar pronto se siente príncipe destronado; alargar la mano para tomar lo deseado conlleva la posibilidad de que se la corten. Y como sabe, como intuye que vive en una selva disfrazada de cemento, comienza a darse golpes en el pecho –como sus amigos los gorilas- o a aullar más fuerte que el vecino –como sus amigos los lobos- para disimular que no es más que un pobre ser humano, débil e inseguro de sí mismo.

Pero pronto se hace adulto, incluso algunos antes de cumplir el primer decenio, y oculta su miedo, su angustia, el susto cotidiano ante la vida de la mejor manera que puede. Y se reviste su rostro de adustez, huye la mirada clara de sus ojos y el beso fácil de sus labios, guarda las distancias intuyendo enemigos, sella su boca de cariños y ahoga palabras en el fondo de su corazón. Y una vez revestido de las características típicas del ser humano, se hace adulto, madura en la siguiente primavera y comienza a pudrirse veinte o treinta años antes de desgajarse del árbol de la vida y caer al suelo donde ya nunca más podrá optar a nada.

Pero el título de este post es una pregunta que quizás tenga muchas respuestas, tantas como lectores este blog.

En fin.

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sábado 21 de enero de 2012

Hadas




No quería creer en las hadas, pero las brujas de mi vida me hacían soñar con ellas, así que, incluso no teniendo ya edad para creer en casi nada, seguí guardando un pequeño y sagrado espacio por si aparecían. No las soñaba como las de los cuentos, aquellos en formato pequeño y rectangular de la infancia de post-guerra, en blanco y negro y rodeadas de princesas a las que dormían o inventando príncipes que las despertaban, no. Mis hadas comenzaron a visitarme cuando el recuerdo de los juegos había quedado atrás y mi vida se trazaba con el rotulador negro de lo racional; y entonces ocurrió el milagro, la fantasía que pensé no existía se hizo realidad y empezó a fructificar mis sueños y dulcificar mis días.

Vinieron de la luz y trajeron el sol a mi vida alejando de ella el frío, la oscuridad, la pena. No me dijeron pide un deseo, -porque ya me conocían y querían evitar que me equivocara- sino que leyeron en lo más hondo e hicieron la magia. Sin varita, que nunca se la vi, pero la fuerza de su mirada era suficiente para curar la tristeza, alejar los rencores y rebosar en cualquier tipo de amor. No sé cómo lo hicieron, aunque lo he ido intuyendo a lo largo de los años, pero consiguieron cambiar mi vida, cubrirla de pequeñas estrellas que brillaban cuando más lo necesitaba y velar mi sueño aunque yo sólo adivinara su sombra cálida junto a mi almohada.


Pequeñitas, caben en la palma de mi mano o en el bolsillo junto al corazón cuando están a mi lado, pero se hacen grandes, yo diría que inmensas, abarcándolo todo –cuerpo, mente, espíritu- cuando la purpurina mágica que las acompaña las lleva volando, siempre volando, lejos de mí.

Sé que en sueños vienen a visitarme porque me despierto a veces con lágrimas en los ojos, y los abro enormes en la oscuridad queriendo aprehender todavía un poquito de su esencia que siento flotando en mi habitación, pero es tan sólo cerrándolos cuando puedo verlas en todo su esplendor, es entonces cuando me habitan y me hacen feliz.


Las hadas con las que no jugué cuando fui niña aparecieron en mi vida y buscaron su lugar en mi corazón. Ahí siguen, cada día, cada noche, cada instante en que preciso de un pequeño toquecito mágico para seguir sonriendo a la vida, haciendo que mi existencia sea un cuento hecho realidad.

Y cuando aparece alguna bruja en el horizonte –con o sin escoba- ellas me susurran al oído palabras de amor para conjurar cualquier maleficio y librarme del mal.

Mis hadas. Mis amores que velan por mí.

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Hoy toca algo "light"




Raras veces releo mis escritos; escribo a impulsos, según siento en el momento, casi de manera visceral, no soy nada organizada para el asunto ni tengo un “fondo de armario” de posts para ir colocando estratégicamente (siempre he sido cigarra, no hormiga) y como considero que lo escrito “se autodestruye automáticamente” en veinticuatro horas, pues no le doy más importancia al asunto y sanseacabó.

Pero hoy estaba en blanco, lo juro, me he despertado hace ya una hora larga y –a falta de otro menester- he echado un vistacillo al pequeño stock virtual de palabras que voy amontonando para que luego se las lleve el viento y me ha llamado la atención lo “seria” que me pongo en general y lo poco divertida que soy en particular.

Ah, -me digo- esto no puede seguir así, faltaría más, ¿qué me pasa que parece que llevo una cruz a cuestas cuando me considero una mujer alegre –siempre que no se me salte el esmalte de las uñas?. Así que he puesto el título y heme aquí intentando juntar palabras livianas, sandungueras, sin peso específico; o sea, “light”.


¡Qué torpeza de vocablo y qué mal aplicado está! “Light” significa “luz” y también significa “ligero” (de la lengua de Shakespeare hablamos, claro está); dos acepciones para la misma palabra, entrelazadas por la aparente liviandad del espectro de luz que se extiende a cualquier otro concepto con poco peso, con poca enjundia.

Yo no creo en lo light que nos comemos o en lo light que nos fumamos, son trucos para vender un producto más caro con la cantidad mínima de veneno permitida por la ley. Pero sí creo en lo que veo o veo aquello en lo que creo –que diría aquél- y observo que las personas también nos estamos volviendo “light” (los adjetivos no tienen plural en inglés).


Mi abuela utilizaba mucho el adjetivo “sinsustancia”. Ese novio que tienes es un “sinsustancia”, -me decía y no se equivocaba- o esta sopa me ha salido “con poca salsoya” –que supongo que es una derivación euskérika de la cosa que no es ni fú ni fá, ni chicha ni limoná, como queremos ser todos ahora, como la mayonesa light (apenas sin aceite ni huevo), el chocolate light (apenas sin cacao), la cerveza light (apenas sin alcohol) el tabaco light (apenas sin nicotina), el sexo light (apenas sin ganas) y nuestra vida acaba siendo también light (apenas sin vida).

Supongo que me he vuelto a liar, desde la primera frase hasta la última he querido expresar una idea light (apenas sin idea), así que abro la ventana (del ordenador) y que se lleve estas palabras ligeras, livianas, volanderas, el viento de la mañana…

En fin.

Laalquimista

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jueves 19 de enero de 2012

Mi tamborrada




Bueno, pues ya está aquí, un año más. Y con mal tiempo, según las previsiones. La Tamborrada cierra el mes más festivo del año por estos lares, ese que empieza el 21 de Diciembre con olor a txistorra y termina mañana, 20 de Enero con redoble de tambores para descanso de nuestros estómagos (y de nuestros bolsillos). Son precisamente esas dos fiestas, Santo Tomás y San Sebastián, las que más me gustan –por no decir las únicas- de ese calendario exhaustivo de desenfreno consumista, digamos que es como una película larguísima de un realizador surrealista, que te gusta cuando empieza y cuando termina, pero lo que hay entre medias estás deseando que pase rápido.



En realidad mi calendario anual no empieza con las uvas y los petardos, sino con la izada de bandera la víspera de San Sebastián. Es la de hoy una noche importante en mi imaginario particular, una noche que empezó a cargarse de significado un diecinueve de Enero de mil novecientos setenta y seis, cuando asistí por primera vez a la izada en público de una bandera que había estado escondida en el corazón popular por imperativo legal de quien hacía las leyes entonces. Aquella noche, en la Plaza de la Constitución, que todavía se llamaba Plaza del 18 de Julio por hacer referencia a una fecha que será tristemente histórica en este país, con mi recién estrenada conciencia de cómo funcionaba nuestro pequeño mundo, formé parte de una emoción colectiva que no he vuelto a sentir hasta pasados treinta y cinco años, cuando he vuelto a creer en que nuestro pequeño mundo puede empezar a dar el siguiente paso de gigante.



Tamborrada de tambores que suenan haciendo ruido para llamar la atención de quienes están perdidos en ensoñaciones sin futuro, tamborrada de protestas ante “el enemigo” que viaja en el tanque de la ausencia de valores por el que nos hemos dejado invadir en el interior de nuestras cómodas conciencias, ruido de palillos sobre cántaros de aguadoras, de aquellas y estas mujeres valientes que empiezan haciendo ruido y acaban derribando murallas. Simbolismo ineludible y tristemente poco conocido, nuestra propia historia, tan similar a la de cualquier pueblo que quiere seguir viviendo tranquilo aunque para ello haya tenido que pagar el precio de olvidar su propia conciencia.


Mi tamborrada no pasa por desfiles con brillantes uniformes, ni se pierde en la borrachera común (y admitida socialmente siempre que se guarden “ciertas” formas), ni necesita de un menú gastronómico que me destroce –un poco más- el maltrecho estómago de cincuenta años de comer y comer y comer, sino que se queda en algo mucho más sencillo y valioso para mí: la noche en que los donostiarras salimos a la calle a mirarnos unos a otros con una sonrisa en los ojos y sin hacernos casi ningún reproche. Que no es poco.

En fin.

LaAlquimista

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