Dicho así parece un poco absurdo eso de sentir cariño o amor
por una estructura de hierro, cemento y cristal llena de gente, de ruido, de
maletas rodantes. Pero yo amo los aeropuertos al igual que amo también las
estaciones de tren porque siempre los he relacionado con la puerta hacia el
reencuentro, el viaje, los sueños, la experiencia.
Lo poco que viajé por motivos laborales no cuenta aquí y,
por conocer el tema, comprendo perfectamente a esas personas que “odian” los
aeropuertos por no ser más que un paso en su rutina laboral, como una cabeza
más de la hidra que les ahoga a cambio de dinero. Viajar por trabajo es duro y
al final bastante triste; algo así como tener que comer en buenos restaurantes
discutiendo estrategias o negociando comisiones, se pierde el sentido del gusto
por la comida y el paladar se convierte en un lugar de paso.
Pero yo he tenido la suerte de viajar únicamente por placer,
he sido muy consciente del privilegio que me era otorgado al poder elegir el
cómo y el dónde de mis vacaciones, lejos de otros convencionalismos familiares
u obligaciones sociales. Si he viajado sola ha sido porque no he querido
arrastrar a nadie y si lo he hecho con compañía el viaje se ha compartido en
absoluta libertad; siempre me ha dado un poco de pena la gente que viaja a
donde les lleva su pareja sin mayor interés por su parte o quienes se “dejan
llevar” como si fueran parte del equipaje.
Que amo los aeropuertos, decía. Ese tiempo detenido a la
espera del aviso del embarque en el que todo está en beatífico orden y tan sólo
queda esperar confiadamente a que el camino vaya abriéndose ante nuestros ojos
emocionados. Volar por encima de las nubes recibiendo directamente el sol es
una sensación para la que hay que tener los ojos muy abiertos; ver cómo se
perfilan países y territorios, la línea del mar besando la costa, azul intenso
frente a verdes imposibles, masas de roca y desierto interminables, ciudades en
miniatura, todo ello a vista más que de águila… ¡Por eso llego pronto a la cola
de facturación, necesito una ventanilla…!
La emoción de los días previos al viaje se decanta en el
asiento del aeropuerto, es el momento final del antes y el instante primero del
después. Una vez en el avión ya no hay marcha atrás, pero hasta ese momento
queda un espacio de tiempo para serenarse, dejar que se calmen los nervios
previos al viaje, acariciar la emoción reposada de los motivos que nos han
llevado a meter un poco de vida en la maleta y comenzar a andar por un camino
desconocido, más lejano y cercano a la vez, emocionante siempr
Si me siento cómoda y feliz en los aeropuertos es porque amo
el concepto del viaje, sentir que sigo en el camino de la vida, hoy aquí,
mañana allá, un fluir que me evita el anquilosamiento mental y emocional.
Viajar para visitar pirámides milenarias es una emoción indescriptible, casi
más ANTES de llegar a sus pies que una vez que se está allí mismo, en el calor
de cualquier desierto, pero mientras las sueño en el aeropuerto, mientras tomo
conciencia de que ya estoy en el camino, dejándome llevar hacia un nuevo
destino, me siento sencilla y simplemente feliz.
Pero cuando el viaje es para propiciar el reencuentro con
personas amadas todavía amo más los aeropuertos que me acercan al otro corazón,
mirando al cielo que surcaré dentro de poco para llegar hasta el abrazo. La
espera tranquila y emocionada de saber que los kilómetros irán
empequeñeciéndose conforme se agranda el deseo del contacto es una sensación
maravillosa, difícil de transmitir para quienes piensan que viajar es un
fastidio y los aeropuertos lugares carentes de emoción.
Cuestión de perspectiva, cuestión de actitud.
En fin.
LaAlquimista
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