martes, 21 de mayo de 2013

Amo los aeropuertos



Dicho así parece un poco absurdo eso de sentir cariño o amor por una estructura de hierro, cemento y cristal llena de gente, de ruido, de maletas rodantes. Pero yo amo los aeropuertos al igual que amo también las estaciones de tren porque siempre los he relacionado con la puerta hacia el reencuentro, el viaje, los sueños, la experiencia.

Lo poco que viajé por motivos laborales no cuenta aquí y, por conocer el tema, comprendo perfectamente a esas personas que “odian” los aeropuertos por no ser más que un paso en su rutina laboral, como una cabeza más de la hidra que les ahoga a cambio de dinero. Viajar por trabajo es duro y al final bastante triste; algo así como tener que comer en buenos restaurantes discutiendo estrategias o negociando comisiones, se pierde el sentido del gusto por la comida y el paladar se convierte en un lugar de paso.

Pero yo he tenido la suerte de viajar únicamente por placer, he sido muy consciente del privilegio que me era otorgado al poder elegir el cómo y el dónde de mis vacaciones, lejos de otros convencionalismos familiares u obligaciones sociales. Si he viajado sola ha sido porque no he querido arrastrar a nadie y si lo he hecho con compañía el viaje se ha compartido en absoluta libertad; siempre me ha dado un poco de pena la gente que viaja a donde les lleva su pareja sin mayor interés por su parte o quienes se “dejan llevar” como si fueran parte del equipaje.

Que amo los aeropuertos, decía. Ese tiempo detenido a la espera del aviso del embarque en el que todo está en beatífico orden y tan sólo queda esperar confiadamente a que el camino vaya abriéndose ante nuestros ojos emocionados. Volar por encima de las nubes recibiendo directamente el sol es una sensación para la que hay que tener los ojos muy abiertos; ver cómo se perfilan países y territorios, la línea del mar besando la costa, azul intenso frente a verdes imposibles, masas de roca y desierto interminables, ciudades en miniatura, todo ello a vista más que de águila… ¡Por eso llego pronto a la cola de facturación, necesito una ventanilla…!

La emoción de los días previos al viaje se decanta en el asiento del aeropuerto, es el momento final del antes y el instante primero del después. Una vez en el avión ya no hay marcha atrás, pero hasta ese momento queda un espacio de tiempo para serenarse, dejar que se calmen los nervios previos al viaje, acariciar la emoción reposada de los motivos que nos han llevado a meter un poco de vida en la maleta y comenzar a andar por un camino desconocido, más lejano y cercano a la vez, emocionante siempr

Si me siento cómoda y feliz en los aeropuertos es porque amo el concepto del viaje, sentir que sigo en el camino de la vida, hoy aquí, mañana allá, un fluir que me evita el anquilosamiento mental y emocional. Viajar para visitar pirámides milenarias es una emoción indescriptible, casi más ANTES de llegar a sus pies que una vez que se está allí mismo, en el calor de cualquier desierto, pero mientras las sueño en el aeropuerto, mientras tomo conciencia de que ya estoy en el camino, dejándome llevar hacia un nuevo destino, me siento sencilla y simplemente feliz.

Pero cuando el viaje es para propiciar el reencuentro con personas amadas todavía amo más los aeropuertos que me acercan al otro corazón, mirando al cielo que surcaré dentro de poco para llegar hasta el abrazo. La espera tranquila y emocionada de saber que los kilómetros irán empequeñeciéndose conforme se agranda el deseo del contacto es una sensación maravillosa, difícil de transmitir para quienes piensan que viajar es un fastidio y los aeropuertos lugares carentes de emoción.

Cuestión de perspectiva, cuestión de actitud.

En fin.

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lunes, 20 de mayo de 2013

Mentiras y mentirijillas

Cuando era pequeña –entre los seis y los diez años- solía utilizar la mentira para rellenar el espacio semanal de cinco minutos dedicado a la Confesión preceptiva en el colegio de monjas. Yo revisaba concienzudamente los Mandamientos de la Ley de Dios (y los de la Iglesia) y no sabía cuál elegir para “confesar” que había infringido. Porque estaba claro que algún pecado había de tener en mi haber, no sé, si nos obligaban a confesarnos era porque se aplicaba esa Ley con mayúsculas que dice que “todo cristiano es culpable mientras no se demuestre lo contrario”.

Así que me decantaba por el Octavo mandamiento –sobre todo porque había algún otro que no sabía exactamente a qué se refería: “No dirás falso testimonio ni mentirás”. La primera parte la relacionaba con asistir como testigo a algún juicio –tal y como veía en las películas de Perry Mason- y de verdad que no entendía mucho que Dios –o Moisés- hubieran tenido en su día la habilidad de imaginar episodios televisivos; pero lo de “ni mentirás”, ahí me daba el mandamiento en mitad de la frente.

Porque yo mentía a pesar de que mis educadores –en casa y en el colegio- me instaban concienzudamente a no hacerlo. A ver: no es que yo fuera la mentirosa oficial del reino, ni mucho menos, sino que lo de los peligros de la mentira formaba parte de un lavado de cerebro generalizado para que nos tragáramos las mentiras de “ellos” y no reaccionáramos defendiéndonos con las nuestras.

Si me decían que no debía matar ni robar ni cometer actos impuros ¿?, era la niña más obediente que imaginarse pueda. Yo amaba a Dios sobre todas las cosas y punto; aunque lo de “al prójimo como a ti mismo” era más difícil porque no se me alcanzaba (en aquella época sin libros de auto-ayuda) cómo podía “amarme a mí misma”. Me enseñaron que el amor venía de fuera y que había que ganárselo…pero ése es otro tema.

El caso es que me acusaba a mí misma de haber mentido a mis padres:

-        ¿Has hecho los deberes?: sí.”

-         “¿Te has lavado los dientes? Sí.”

-        -“¿Has rezado antes de acostarte? Sí”.

Y gracias a ello ya tenía algo que “confesar” porque si no, menudo panorama, te metían a empujones semanales en el confesionario… ¿y qué le contabas al cura?

Pero luego cambió mi visión de las cosas sobre la mentira en general y las mentiras domésticas en particular. Si venía una visita a casa me trataban delante de ella como la hija modelo e incluso me adornaban con virtudes que, en privado, pertenecían al reino de la ficción. ¡Descubrí que mis padres mentían cuando les convenía!

Y ahí empecé a comprender que existían mentiras de diferentes tipos: mentiras, mentirijillas y hasta las famosas mentiras piadosas. ¿Pero no era la mentira lo opuesto a LA VERDAD? ¿Acaso no se les llenaba la boca a todos –en el púlpito y en la mesa del comedor hablando de “esa verdad” con mayúsculas? No entendía nada.

Y surgieron mis dudas.

- “Te quiero” - me decía mi primer novio y yo inquiría: “¿de verdad?”, porque igual era mentira y me lo decía únicamente para su propia conveniencia…

-“Eres mi mejor amiga”, me decía siempre Maripili y por detrás me llamaba de todo menos guapa…

- “Sin ti no soy nada” o “Has dado sentido a mi vida” e incluso -“Te amo más que a mi vida” -también fueron frases de mentiras (piadosas) encubiertas.

Un buen día –como hace veinte años- decidí que me estaba volviendo loca intentando diferenciar lo que era cierto de lo que era falso, que no podía desarrollar más mi instinto para saber quién tenía intención de engañarme y quién me hablaba sinceramente aunque fuera con “su” verdad y tuve que tomar una decisión: o me lo creo todo o no me creo nada.

Buscando el término medio, el equilibrio, ando todavía… a veces en la oscuridad, otras con una fuerte luz que me ilumina.

En fin.

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viernes, 17 de mayo de 2013

La humildad de género como sabiduria


 

Ya de niña era yo muy respondona y acaparadora de “mojicones” varios –hoy llamados collejas- y de toda la gama de castigos al uso de la época. Vamos, que no me callaba ni debajo del agua. Con el paso de los lustros –tengo ya una edad provecta en la que puedo contar de cinco en cinco- he aprendido dos cosas: a callarme la boca y a esquivar los golpes.

He aprendido a no hablar cuando la persona que tengo delante no va a valorar mis palabras o demuestra una tendencia a buscar el forro de cualquier exposición oral. Ahora miro con tiento lo que digo, cómo lo digo y a quién se lo digo; sobre todo si es un hombre, sobre todo si es un hombre que me gusta. Porque una cosa es lo que pienso y otra los datos que estoy dispuesta a dar sobre mi persona. Hubo también un tiempo en que hice gala de no tener pelos en la lengua y tuve que luchar con demasiados dragones que escupían fuego. En lo profesional, en lo personal, en lo social. Pero formaba parte de mi aprendizaje vital y no soslayé ninguna de las experiencias en las que, por mi forma de ser, me vi envuelta.

Suelo prestar muchísima atención a los consejos de mujeres más sabias que yo; reflexiono todo lo profundamente que puedo sobre su forma de ver la vida, sobre las experiencias que han tenido y me tomo el tiempo pausado para des-aprender otras malas lecciones.

Desde el comienzo de los tiempos (sociales) se ha tenido a la mujer por un ser depositario de una virtud (social): la humildad. Mujer que agacha la cabeza humildemente ante la autoridad del varón; mujer que, humilde ella, reconoce la superioridad del macho de la especie que la protege mientras la viola, le da de comer después de insultarla o le recuerda –con muy poca humildad- cuáles son sus deberes, obligaciones y devociones continuas. Pero de aquella época a la presente se supone que hemos evolucionado, aprendido y madurado (por lo menos las mujeres).

Hemos tenido a nuestro favor la flexibilización de la Ley –que nos permitió ser tan adúlteras como nuestros esposos sin ir a la cárcel- y abrir una cuenta en un banco sin el visto bueno de la mano (negra) masculina. También nos dejan –ahora- elegir legalmente sobre la continuidad de la especie y sentirnos protegidas de cualquier agresión violenta y/o sexual llamando a un número de teléfono.

La sociedad nos va “permitiendo” equipararnos al hombre en casi todo; lo de “a igual trabajo, igual salario” está por ver todavía, pero no es este el tema de hoy.

Todo esto sucede de puertas para afuera, pero veamos lo que ocurre de puertas para adentro, en ese círculo hermético e inviolable que es el hogar, la familia, el feudo del todavía “señor” del castillo.

¿Quién es realmente el primus inter pares de la pareja? ¿Son, tanto el hombre como la mujer, iguales? ¿Se sienten “entre ellos” al mismo nivel? Tema espinoso, árido y casi tabú porque… ¿le vas a preguntar a tu esposo si te considera tan inteligente como él, tan capaz como él, tan preparada como él?

El hombre tiene un ego que no tolera fácilmente que otro ego sea tan grande como el suyo o más, y que encima duerma en su misma cama. Por eso, más nos vale, más nos ha valido a las mujeres de mi generación, hacer como si fuéramos un poco tontas y… callar. E inventarnos una humildad de género que estamos bien lejos de sentir.

En fin.

aAlquimista

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jueves, 16 de mayo de 2013

Lo insano de exigir amor


 

¿Quién no se ha sentido alguna vez atraído por una persona con la que parecía que podía establecer una relación afectiva y que luego ha quedado en nada? Somos demasiado proclives a llenar nuestro pequeño mundo grisáceo de ilusiones de viva luz y nada debemos reprocharnos por ello; el ser humano necesita fabricar su propia esperanza para sobrevivir más allá de los peldaños inferiores de su propia pirámide.

Y es entonces cuando se cruza en nuestro camino una persona especial por la que nos sentimos fuertemente atraídos; quizás como complemento de carencias propias o acaso para llenar el hueco de viejos amores. El caso es que comienza el estómago a llenarse de esas inventadas mariposillas que espolvorean con sus alas la especie mágica de la ilusión. Esa nueva persona se nos mete en el pensamiento, en los sueños y nos sentimos un poco más felices cuando imaginamos estar en su compañía de una forma más íntima…

Pero no siempre la realidad coincide con el guión afectivo que hemos trazado desde el corazón; no siempre esa persona responde a nuestro cariño, a nuestra dedicación de la forma en que nosotros desearíamos o de la manera en que necesitamos. Y es entonces cuando comienza a fraguarse una metamorfosis de pensamiento con respecto a quien está “rechazando” nuestro cariño.

Y donde antes se veían virtudes, ahora se ven defectos; donde hubo admiración empieza a asentarse el desprecio, el recuerdo de los buenos momentos vividos se enturbia con la rabia por no haber sido aceptados plenamente como objeto de deseo o de amor por quien nada nos prometió jamás, pero a quien encumbramos en nuestros sueños de poesía.

De ahí a hacerle crecer a esa persona que nos ha rechazado cuernos y rabo de demonio hay un paso muy pequeño y que sólo los seres equilibrados se niegan a dar. Lo más fácil es borrar con tinta negra los poemas llenos de luz que nos inspiró un día lejano, lo más pobre es adjudicarle al otro la incapacidad de amar puesto que no nos ha amado a nosotros y, finalmente, lo más injusto de todo, es acusar, a quien nunca nos dio esperanza de amor alguna, de frialdad afectiva y arrojarle piedras públicamente intentando manchar su imagen con el barro del despecho.

A quien no me ha querido a pesar de mis buenos deseos, le he dejado marchar en libertad aunque me doliera mucho. Por el contrario, jamás pensé que por no corresponder yo a un afecto que me era regalado sin haberlo solicitado, alguien iba a sentirse tan dolido como para llegar casi a odiarme.

¿Acaso el amor que siento en mi interior deja de SER por no entregártelo a ti? ¿Qué soberbia es la de pretender ser amado por encima de todas las cosas?

Dejemos que cada cual SIENTA en su interior el AMOR fluir y si no hemos sido tocados por la varita mágica del otro…comprendamos y aceptemos con humildad esa realidad. Pero es muy pobre y muy injusto acusar al otro de incapacidad de amar por no habernos amado a nosotros…

En fin.

·        Para todos aquellos que han “padecido” un amor no solicitado.

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miércoles, 15 de mayo de 2013

Un cuento. "Compartir espacio sin sacarse los ojos"


 

“El día que mis padres decidieron –después del “acoso y derribo” al que les tuve sometidos a ambos durante meses- que podía estudiar un año de la carrera fuera, en plan Erasmus, y digo “en plan” porque cuando te apuntas a la beca no sabes si te la darán y el gasto hay que hacerlo por adelantado, ése día, digo, fui feliz a más no poder. ¡Por fin podría librarme durante un curso completo, nueve meses gloriosos, de las normas familiares! Dejaría de escuchar a mi madre dándome la lata con sus “recoge eso” y “limpia lo otro”, se me abriría la puerta de la cárcel donde hay que entrar a la hora de comer y cenar o te quedas a dos velas, podría poner la tele a la hora que me viniese en gana y andar trasteando con el ordenador y el móvil sin tener que oir la murga de “!ya estás otra vez con el whatsaap de las narices!”. Qué relajo poner la lavadora cuando esté llena y no los lunes con ropa blanca y los jueves con ropa de color, qué libertad para mi estómago poder comer a mi bola y no las verduras, legumbres y comida sana con la que nos machaca a todos mi madre en casa. Qué felicidad poder invitar a mi gente a casa, compartir cenitas, risas, música, copitas y demás… sin tener que esperar a que mis padres se vayan un finde al camping o un puente al pueblo. Y sobre todo y por encima de todo, escapar de esta ciudad aburrida y gris donde nunca pasa nada y los tíos o están más salidos que la esquina de una mesa o son unos payasos, conocer una ciudad grande donde haya marcha, discotecas y bares y museos y teatros, donde las calles no estén desiertas a partir de las ocho de la noche un día entre semana; una ciudad sin prejuicios ni miedo al “qué dirán” porque ¡nadie me va a conocer…!

El piso no está del todo mal, le falta luz que diría mi madre, pero está céntrico, vamos que me ahorraré una pasta en metro para ir a la Facu y así hago culo que nunca viene mal. No conozco –todavía- a mis compañeras de piso, he sacado el anuncio del tablón de anuncios de la Universidad, ellas ya vivieron aquí el año pasado y me podrán ir introduciendo en el ambientillo… ¡va a ser mi primer curso de libertad, por fin podré ser yo misma…!

M & M. (Malú y Mavi) así se llaman mis compañeras de piso son unas tías cojonudas; agradables, simpáticas y super marchosas, con mucho rollo, me han llevado con ellas a todas las discos donde conocen al relaciones públicas y así las copas salen gratis, lo malo es que yo no puedo salir tanto como ellas, si suspendo una sola asignatura mis padres me crujen, y mis clases empiezan a las ocho de la mañana todos los días; ellas vuelven de madrugada y me despiertan con la bronca que montan, claro, ellas tienen clases por la tarde nada más y cuando me levanto por la mañana está el salón con el pestazo a humo y los platos sucios de la cena tardía, pero no pasa nada, tampoco vamos a andar poniéndonos en plan exigente, pero el tema de las comidas lo llevo fatal porque lo poco que sé cocinar no me sirve apenas de nada ya que si hago algo rico, tipo lentejas o garbanzos como los hace mi madre tengo que hacer también para ellas, si no queda feo y claro, al final comen a mi cuenta y si no pues me tengo que hacer unos macarrones con chorizo y poco más que el tema no está para comprar filetes si quiero hacer un poco de vida social. Al final ya me han dicho que me acostumbraré que el menú más sencillo son salchichas con puré o hamburguesas y los domingos si alguien quiere cocinar un pollo o así pues vale, pero como nos levantamos a las tres de la tarde a esa hora ya no te apetece ponerte a cocinar.
Lo de la limpieza pues tampoco hay normas, cada una se limpia lo suyo a su aire y el lugar común, la sala, pues poca cosa, porque total siempre hay alguien de fuera, algún amigo o amiga que se queda a dormir en el sofá, y no está la cosa como para limpiar para que ensucien los demás..
Un piso de estudiantes, ya se sabe, es para liberarse de los padres que siempre están poniendo normas, pero la verdad, a mí me extraña un poco que estas chicas no tengan ninguna, vamos, que les parece lo más normal del mundo ir a mi armario y pillarme un jersey o usar mi champú que cuesta una pasta, ellas usan el que venden por litros, pero me doy cuenta de que mi champú de marca va bajando el nivel. Y ya no te digo de la comida, que tenemos cada una una balda en el frigo, pero en las suyas nunca hay nada, más que cerveza y yogures y a mí me desaparecen los tomates y el jamón de york y hasta los huevos me quitan
para hacerse sus tortillas cuando les da por ahí. Claro, hay que compartir, no ponerse a malas, pero es que, bueno, no sé, como que tiene que haber un límite, vamos, digo yo, porque se tiran hasta las tantas todos los días con la tele a tope y yo, pues como que tengo que dormir a las doce de la noche que si no a la mañana siguiente no soy persona y venga a liarla entre semana invitando a gente y yo les dije el otro día, que a ver si por favor, entre semana no, que no puedo ni estudiar ni dormir y que cómo se pusieron que si soy una “rarita” y que como se nota que no he aprendido a vivir todavía. Pues vale, será eso, pero ya me estoy cabreando porque el otro día metieron en la lavadora algo rojo que me ha desgraciado toda la ropa interior blanca y al final voy a tener que lavar mi ropa a mano si no quiero quedarme sin ella. Y ya el colmo ha sido lo del móvil, que me han pillado el mío y venga a hacer llamadas a mi cuenta, bueno, al final lo he tenido que defender y es que estas tías son unas gorronas y unas irrespetuosas que se piensan que pueden hacer lo que les dé la gana sin contar con mi opinión y encima diciéndoles a sus padres que necesitan más dinero para pagar cuentas del piso inventadas y libros de la facultad que yo compro y ellas quieren que les preste porque se han gastado el dinero en irse de cañas, vamos, un desastre. Y para colmo invitan a tíos todos los días que ya ni puedo estar en mi casa cómodamente que lo mismo salgo de mi habitación en ropa interior y me encuentro a un desconocido fumándose un porro en el sofá del salón…
Lo tengo clarísimo, el trimestre que viene me busco un apartamento para mí sola… y el curso que viene…en casita, que es donde mejor se está…”

Moraleja: De estos polvos vendrán los futuros lodos, esos que harán que estas personas, cuando convivan en pareja, sigan sin respetar el espacio ajeno y harán que sea cierto eso de que “la convivencia mata el amor”. En realidad, es la MALA convivencia la que lo mata…casi todo.

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martes, 14 de mayo de 2013

Libros florecidos en primavera


 

Este invierno lo he dedicado a leer y a pensar. El frío, el viento y la lluvia me ha empujado a disfrutar de la literatura al amor del hogar. Libros y mucha música, sosiego y aprendizaje. Tiempo dedicado a sentir, a viajar sin pasaporte, a vivir historias que también han sido un poco mías, a soñar con los amores que brotaban de las palabras. El regalo impagable que surge de los escritores que nos comparten su existencia, su poder, su magia.

 
Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda)

 “La dama de la furgoneta” de Alan Bennett. Me encandiló con su pequeña joya “Una lectora nada común” y vuelvo a visitarle con la historia de una indigente que se instala a vivir en su jardin.      6/10

“La hija del tiempo” de Josephine Tey. Un thriller histórico a cerca de la figura del rey Ricardo III. Interesante friso… para los británicos, evidentemente.                                                                      6/10

“Ojo del amanecer” de Richard Skinner. Pretende ser una biografía “seria” de la famosa MataHari, pero es una novela nada más.     5/10

“El hombre del corazón negro” de Angela Vallvey.Un enrevesado novelón sobre las mafias rusas en España. Con tintes románticos que no profundizan. Creo que voy a dejar de leer a esta autora durante una buena temporada. Ya van dos decepciones seguidas.           5/10

“La historia de mi gente” de Edoardo Nesi. Historia de cómo un negocio familiar se va al traste y comienza la era de la crisis. Aburrido a pesar de la fama que trae de Italia.                          5/10

“El increíble caso de Barnaby Brocket” de John Boyne. Este señor escribió “El niño con el pija a a rayas” y debería haberle bastado con aquel éxito que le hizo rico. Un relato absurdo y sin pies ni cabeza. 50 páginas y lo abandono.                                     -----------------------

“V” de vengaza” de Sue Grafton. Entre la “A” del “Abecedario del cimen” y la “V”, un magnífico crecimiento literario. Se mantiene la protagonista y la época –los 80- sin móviles ni Internet. Con sueños por realizar y un mundo que todavía no había entrado en crisis de valores. Novela negra, pero con mucha luz.                         7/10

Daisy sisters”  de Henning Mankell. Sorpresa ingrata. Este NO es mi Mankell que me lo han cambiado. Ni novela negra ni serie africana. Son 500 páginas que no me han aportado ni diversión ni suscitado reflexiones. Una novela “antigua” que la editorial saca al mercado amparándose en la fama conseguida por el autor.                 5/10

“Amando a Pablo, odiando a Escobar” de Virginia Vallejo. Novela autobiográfica de la que fue novia del narcotraficante más temido y famoso de Colombia. La empieza y me parece tan hueca que la abandono antes de la página 50.                            ---------------

“La hermandad de la buena suerte” de Fernando Savater. No comprendo…¿Todo un señor filósofo que se mete a novelista y le regalan 601.000@ por escribir “esto”? Toda una decepción, aunque espero que con ese premio (Planeta) no escriba más novelas como esta. Toda una reflexión que hay que hacer al respecto.          5/10
 

Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

“El vino de la soledad” de Iréne Némirovski. El mundo trágicamente vacío donde tan sólo el dinero, la vanidad, el lujo y el egoismo tienen cabida. Hombres de negocios, mujeres que no quieren a sus hijos. Su novela más autobiográfica. Dolorosa.    7/10

Mal de escuelade Daniel Pennac. Otro libro sobre la enseñanza y sus fallos garrafales. Escrito esta vez desde la perspectiva del “zoquete” de la clase, del mal alumno, del inútil…                    7/10

“El gestor” de Max Landorf. Un thriller difícil, muy difícil, escrito por dos autores famosos ¿? que se ocultan tras el pseudónimo citado. Pretende ser filosófico, pero me ha resultado complicado.          7/10          

 “El lector de Julio Verne” de Almudena Grandes. Una novela sobre la vida en un cuartel de la Guardia Civil en un pueblo de Jaen…cuando ya la guerra había terminado y no se habían dado por aludidos. ¡cómo me gusta su ritmo y las buenas descripciones..!              8/10

“Cuando pase tu ira” de Äsa Larsson. La mejor escritora del panorama actual de novela negra (en mi opinión). Ausente de tópicos y completamente impredecible. Vivaz y profunda a la vez.          7/10

“Madame Bovary” de Gustave Flaubert. Necesidad de reller una magnífica novela que, de haber sido escrita en esta época actual, no habría precisado de ninguna corrección de “fondo”. El alma humana en estado puro.                                                                      8/10

“El reposo del guerrero” de Cristiane Rochefort. Contundente relato de un “amour fou”, devastador y total… Amar a un hombre hasta la extenuación, por encima de la lógica y la razón. Amar a un alcohólico y morir en vida por él. Amor al fin y al cabo…             8/10

“Bajo los vientos de Neptuno”  de Fred Vargas. La mejor novela negra que he leído en los últimos tiempos. 400 páginas de puro disfrute. Editada por Siruela/Policíaca adolece de unas faltas de ortografía espeluznantes. No comprendo cómo es posible esos fallos. No obstante…una maravilla. A ver si la pillo en francés…            9/10

“La pérdida” de Gudbergun Bergsson. Un autor venerado en España que me ha dejado una sensación de extenuante tristeza. Demasiado melancólico, una novela-ensayo sobre la vejez y la soledad y la muerte. Estilo muy peculiar en la narración. Para amargarte el día. 7/10

“Marranadas” de Marie Darrieussecq. Atrevida y bestial. La metamorfosis de Kafka…al estilo francés femenino. “Truismos” (título original) significa “Evidencias” y la traducción del título es vergonzante. Una novela rompedora, llena de lugares comunes perfectamente bombardeados, una crítica acerada y sarcástica contra…!todo! Recomendable aunque cruda.                            7/10


Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas)

“Mira por dónde. Autobiografía Razonada” de Fernando Savater. Como donostiarra, entrañable; como amante de la filosofía, interesante. En cada capítulo he aprendido varias cosas y he disfrutado el regalo de un escritor que “llega”.                          8/10

“El atrevimiento de mirar”  de Antonio Muñoz Molina. Ensayos ásperos, nada fáciles (excepto un par de ellos). Escribir sobre ARTE nunca ha sido un caramelo, ni para el autor ni para el lector.     6/10       

“La escuela de Platón” de Fernando Savater. Un pequeño divertimento que juega a imaginar lo que hay tras el cuadro de Jean Delville que se halla en el Museo d’Orsay. Tiene su cosa, pero es el librito ideal para llevar en el bolso y leer mientras ocurre alguna otra cosa…                                                                                   6/10

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar..

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lunes, 13 de mayo de 2013

Tonterías ridículas e innecesarias


 
 

De la observación cotidiana se pueden sacar algunas enseñanzas sobre el comportamiento humano más interesantes que muchas clases magistrales académicas.

Llueve. Se transitan las calles paraguas en ristre. De repente se accede a unas casas que tienen soportales (o arcos o arcadas interiores). Pues numerosos son los viandantes que NO CIERRAN el paraguas a pesar de estar a cubierto. ¿Cuál es el motivo? Muy sencillo: ahorrarse el “trabajo” de tener que volverlo a abrir cuando deban cruzar la calzada hasta la siguiente casa provista también de soportales. Y, como es obvio, van agrediendo sin querer a todo aquel que no lleva abierto el paraguas. ¿No es acaso una tontería ridícula e irrespetuosa para con el prójimo circular a cubierto con el paraguas abierto?

Otra de agua. ¿Cuál es la razón profunda de que tantas personas se laven los dientes, mirándose fijamente en el espejo, produciendo una nube de crema espumosa alrededor de su boca con el grifo abierto y el agua corriendo escandalosamente? Yo sé porqué lo hacen: para ahorrarse el “trabajo” de cerrarlo y tener que volverlo a abrir en el momento de enjuagarse. Y, como es obvio, van agrediendo el ecosistema despilfarrando innecesariamente litros y litros de agua. Algo parecido he bservado cuando se friegan los cacharros: se deja que el torrente mane mágicamente. Mi concienciación con el agua derrochada viene de un viaje que hice al sahel senegalés. En aquellos pueblecitos los habitantes tenían teléfono móvil que recargaban en el mercado semanal –ya que no había electricidad-, pero el agua había que sacarla del pozo común, casi siempre a un par de kilómetros de la aldea. ¿No es acaso una tontería ridícula e irrespetuosa para con el planeta despilfarrar el bien más preciado para media humanidad?
 
 

¿Por qué tanta gente se pone el pijama para estar en casa?. Es de lo más habitual que figure entre las más acendradas costumbres domésticas la de la limpieza. “Alguien” limpia cada día e incluso con frenesí para que la casa esté como los chorros del oro. Luego llegan sus habitantes de la calle sudados, con el polvo externo y se quitan las ropas contaminadas. Y se ponen el pijama, el elemento virginal por excelencia para dormir y acceder a un lecho impoluto, con sábanas limpias y frescas. Y cocinan, comen, se sientan en el sofá, beben, fuman y sudan para meterse luego a la cama…!con una ropa que se ha ensuciado! Si hay ropa para ir a la calle y ropa para ir a dormir por qué hay quien se salta el trámite de la ropa para estar en casa? ¿No es acaso una tontería ridícula pretender que la vivienda esté limpia y meterse a dormir con ropa que no lo está?

Una de coches. A todos nos ha pasado alguna vez que, al ir a coger el coche por la mañana –o por la tarde- descubrimos que el de la derecha o el de la izquierda, el de adelante o el de atrás –según se haya aparcado en batería o en línea- ha reducido al mínimo la distancia de seguridad para poder embutir su vehículo en el sitio libre y nos ha “encerrado” de tal manera que hacen falta cincuenta maniobras para desaparcar. ¿A que sí? Y no nos ha pasado también a todos alguna vez que cuando vemos que hay MUCHO sitio libre aparcamos a dos metros del vehículo más cercano pensando que, después, tendremos menos dificultad para sacarlo? Y, como no podía ser de otra manera, cuando volvemos tan ufanos de lo bien que hemos aparcado, descubrimos que otro vehículo ha tenido que aprovechar al máximo el sitio disponible y se nos ha montado en el parachoques o dejado los retrovisores besándose. ¿No es acaso una tontería ridícula sentirse ufanos de tener “más sitio” que los demás cuando todo es de todos y con el mismo derecho a compartir?

Otra de coches. O de semáforos. ¿Por qué cuando la luz pilla en ámbar la mayoría de conductores pisan el acelerador en un reflejo absurdo por no quedarse detenidos ante un semáforo en rojo? ¿Qué más dará dos minutos arriba o abajo si, para colmo, los semáforos casi nunca están bien sincronizados y si no te pilla ese en rojo te tocará el siguiente? Y como se te ocurra frenar –porque el ámbar es para frenar y no para acelerar- el de atrás te echará las luces, te llamará de todo por el retrovisor (eso si no te embiste). ¿No es acaso una tontería ridícula la ínfima satisfacción de no detenerse ante un semáforo?

No quiero aburrir (ni aburrirme yo). Son pequeñas tonterías que me suscitan una gran reflexión. Quería compartirlo por si a alguien le sirve…

En fin.

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